×
LOS + LEIDOS
Ecología y sociedad civil
94 LECTURAS
La pasión de Alicia
61 LECTURAS
La extraña. Una historia de la inmigración
58 LECTURAS
Filosofando sobre la Realidad, el Ser, Dios y el Cosmos
46 LECTURAS
Marcus. Historia de un barrio
43 LECTURAS
Filosofía de los sistemas sociales
37 LECTURAS
eDemocracia para indignados
28 LECTURAS
La guerra de Inés
26 LECTURAS
Berlín sin muro
22 LECTURAS
Mi querida libertad
20 LECTURAS
La batalla de Sigüenza. Diario de guerra
16 LECTURAS
Relatos celestiales y otros cuentos
16 LECTURAS
Cuentos berlineses
15 LECTURAS
Filosofía para todos los públicos
8 LECTURAS
Naturaleza y ser humano
7 LECTURAS
No soñarás en vano
2 LECTURAS
No soñarás en vano
JAIME DESPREE

NO SOÑARÁS EN VANO
NOVELA



PRIMERA PARTE: BARCELONA






1. La cita

Mireia debería acudir al café Zurich de Barcelona para entrevistarse por primera vez con Marc a las siete en punto de la tarde. La conocería por llevar un ejemplar de su nueva revista, «Alternativas». También le había advertido que tenía el cabello teñido de rojo y que no era muy alta. Con esas indicaciones creía no tener el menor problema para reconocerla. Unos meses antes Mireia había escrito una sencilla carta la revista para ofrecerse como colaboradora, que decía así:
«Estimado señor, soy una estudiante de tercer curso de periodismo de Barcelona. He comprado su revista y me encantaría poder colaborar en ella. No tengo mucha experiencia, pero estoy muy interesada en los temas que trata. Reciba un cordial saludo, Mireia E.».
Releyó varias veces la breve carta escrita a mano en papel reciclado antes de contestar. La letra era menuda, de rasgos infantiles sin apenas signos de cierto ímpetu o ambición. Trató de imaginar como podía ser aquella periodista. Todo lo más que llegaba a imaginar era una joven de mediana estatura, con una figura indefinida pero aceptable y un rostro todavía más inexistente, pero, en conjunto, tenía la fuerte intuición que debía ser alguien interesante. Lo cierto era que la carta no permitía imaginar mucho más.
A las seis y media acudió al café Zurich. Hacía un calor húmedo insoportable. Un gran ventilador sobre el techo acentuaba la sensación de bochorno de aquella cargada tarde del mes de agosto. De no haber acordado esa cita con Mireia, hubiera permanecido en la terraza. No es que hiciera menos calor, pero corría una brisa húmeda que subía desde las Atarazanas, secando el sudor de la frente, que hacía, en cierta manera, más desagradable la sensación de humedad. Pero tenía que permanecer en el interior para evitar cualquier confusión y que no llegaran a encontrarse.
El café Zurich, junto al de la Ópera, en el mismo centro de las Ramblas, o el Paraguas y el Pierrot dentro ya del Barrio Gótico, constituían el cinturón alternativo donde se reunía todo lo que de progresista, interesante o incluso depravado, corría por aquella ciudad. Los intelectuales de Barcelona se distinguían del resto de España por su doble condición de mediterráneos y centro-europeos. Respiraban los balsámicos efectos de la cultura mediterránea: flexible, inteligente, sutil y detallista; sabiamente mezclados con la cultura del centro de Europa de aquel tiempo: rigurosa, conceptual, exigente y con un irresistible sentido de la práctica política revolucionaria. Era como juntar en una mesa a Diógenes con Kant o a Maquiavelo con Carlos Marx. Escribir en la Barcelona de aquella época implicaba estar siquiera tan exaltado como Gaudí y ser tan riguroso como Hegel. Era una explosiva mezcla de fuerzas titánicas, enraizadas en siglos de cultura, que se desbordaban mezcladas como la lava de un volcán produciendo un metal nuevo e inexplicable que solo era posible encontrar en aquella ciudad. Cuando se dejaba Barcelona, se perdía inevitablemente su brillo y esplendor. No había ningún lugar en la España de aquella época donde fuera más fácil escribir o, simplemente, pensar.
A las siete en punto Mireia apareció en el café con la misma avidez con que llega un pájaro al estanque en una calurosa tarde de verano. Llevaba su revista y la expresión típica de quien busca algo que no sabe cómo es. Marc la vio aparecer y se agitó inexplicablemente. Tenía la sensación de haberla visto antes o, por lo menos, era exactamente la persona que inconscientemente había imaginado que debía ser. Desde el primer instante sintió aquel agradable estremecimiento de quien acaba de declararse y ha sido correspondido. Aún sin conocerla, le resultaba curiosamente familiar.
La primera impresión de Mireia era la de una mujer imposible de clasificar. Que era mediterránea era evidente, pero tanto podría haber descendido directamente de alguna familia noble del renacimiento italiano, como de las vestales romanas. Lo cierto era que no respondía a ninguna de las características comunes de aquella década, ni de la anterior. Bastaban cinco minutos con ella para comprender que era una mujer que se estaba inventando a sí misma, como la crisálida que forcejea dentro del capullo para mostrarse tal y como quiere ser. Su rostro era redondo, clásico y sensual. De su mirada brotaba un mágico caudal de entusiasmo generado en algún ignoto rincón del origen de la vida. Tanto podía ser de raza blanca como de raza negra; indígena o mestiza. Cuando años después cumplió su promesa de traducirle al español las letras de las canciones de Tracy Chapman, le había dicho que ella era una negra con piel blanca, porque las dos tenían un enorme parecido. Pero también podría ser el modelo que sirvió a Leonardo para pintar a la Gioconda, o uno de los ángeles de cara redonda y distraída de Rafael. Cualquier persona inteligente hubiera dicho de ella que era un tipo de mujer nuevo, que no tendría lugar hasta muchos años después. Una persona transportada por algún gnomo juguetón a un tiempo que no le correspondía.
Pero lo más desconcertante era su especial belleza, que al igual que toda su persona, era imposible de catalogar. Era menuda y pequeña. Lo mismo hubiera podido ser una chica graciosa que chico guapo. Pero sin duda era femenina mucho más que mujer, si es que era posible comprender que esto pudiera suceder. Era femenina prácticamente sin proponérselo y carecía del instinto propio de la mujer con lo que tiene de innecesaria rivalidad sexual. Se movía con la soltura de una hermafrodita. No era hermosa ni fea; ni hombre ni mujer. Podría decirse que la comprensión de su belleza estaba reservada para alguien que estuviera en su misma situación: que tuviera esa misma dualidad. Alguien transportado caprichosamente a un tiempo que no le correspondía y, sin duda, sintió que ése era él. Por eso se enamoró de ella desde el mismo instante en que la vio.
Pero todavía había algo más que no tardó en comprender. Al conocer a Mireia, no solo se enamoró de ella, sino también de sí mismo, con tanta o más intensidad. Ésa era otra de las consecuencias difíciles de explicar que transformaron profundamente su personalidad el mismo día en que la vio. Ella liberaba todas sus fuerzas ocultas como las sencillas gotas de agua que filtran el amplio espectro de colores del arco iris, o esa estrella única que todos tenemos en medio de millones de ellas, y que, pese a tener tanta semejanza entre sí, apenas la rozamos, su química detecta inmediatamente la nuestra y nos penetra por todo el cuerpo con la misma violencia que si nos alcanzara un rayo.
Era como si un pintor encontrara el lienzo, o un músico su instrumento; como si un cantante recuperara la voz o un equilibrista la cuerda floja; como si el rayo encontrara el árbol o la lluvia el océano.



2. El encuentro

Marc no encontraba la forma de decir a Mireia que estaba contratada aún antes de ver su currículo, pero no estaba seguro de que ella hubiera tenido la misma impresión.
—Encantado, soy Marc. Supongo que ya me conoces por la revista —se presentó tratando de abreviar lo más posible aquel necesario protocolo.
—Sí, claro. ¡Vaya día de calor!
—Sí, y lo peor es esta humedad.
—Ah, sí, es un poco pegajosa.
—Entonces, tú eres periodista...
—Todavía no —interrumpió Mireia—, me falta un año.
—Ah, bien; eso no importa. Entonces, te interesan los temas de la revista.
—Desde hace años. En mi barrio colaboro con una revista local.... Mira, aquí tengo algunos artículos que he publicado en su boletín —Mireia los mostró sin sacarlos de la funda de plástico. No estaba muy segura de que fueran buenos—. Claro que no es lo mismo que escribir en una revista como «Alternativas», supongo que hay más responsabilidad…
Mireia no parecía entender las verdaderas causas de su interés por ella. Hubiera preferido un proceso más convencional, en el que tuviera en consideración su currículo profesional, experiencia, y todas esas cosas normales en una situación así. Por otro lado, pronto comprendió que su idea sobre la revista no tenía nada que ver con la realidad. La redacción de «Alternativas», montada de forma muy precaria y provisional en un viejo piso cercano a Badalona, no parecía mucho más grande que la revista de su barrio. Básicamente tendrían que redactarla entre los dos y unos cuantos colaboradores eventuales, pero tratándose de una publicación mensual no parecía muy difícil, así es que aceptó el reto y hasta se ilusionó porque aquel era su primer trabajo.
Una luminosa mañana de domingo del mes de septiembre Marc citó a Mireia en el café que hay en la plaza del Pino. No era fácil encontrar una mesa libre en la terraza, así es que tuvieron que esperar algún tiempo pendientes de las que pudieran quedar libres. Un grupo de jazz, probablemente inglés, a juzgar por la escarapela con la bandera inglesa que llevaba el cantante en el sombrero, amenizaba la plaza. El animado swing de la música quedaba prisionero de aquella acústica especial, compuesta por una mezcla de los rumores domingueros de los vendedores de pinturas, el murmullo de las palomas y el sonido lejano de las campanas de la catedral.
Conseguir una mesa soleada en la terraza de la plaza del Pino era como haber sido nombrado hijo predilecto de la ciudad. Posiblemente no había nada más intensamente barcelonés como beber un café con leche y un cruasán en una de aquella mesas, bajo la agradable sombra de su frondoso pino y, sobre todo, si estaba amenizado por algún grupo de música callejera de aceptable calidad, como los que suelen actuar en aquel lugar. En ocasiones, incluso, uno podía deleitarse con alguna aria verdiana cantada a capela por un tenor sin trabajo que solía actuar los domingos por allí.
—¡Preciosa mañana! —dijo Marc saludándola con un cortés beso en la mejilla—. ¿Cómo estás?
—Perfectamente. A tono con el día —Mireia cargaba con la edición dominical del «El País» con su habitual desaliño para llevar cosas debajo del brazo.
—Déjame que te ayude... ¿Hay algo interesante?
—No lo sé, no lo he leído todavía.
Marc recelaba de este periódico. Seguía siendo el referente más objetivo y serio de cuantos se editaban en el país, pero empezaba a crecer tanto que necesariamente tenía que publicar mucho material sin demasiado interés. Aquellos primeros encuentros tenían siempre un motivo casi estrictamente profesional.
—Tengo una importante noticia para ti, bueno, para los dos. Espero que te guste.
—¿Gustarme? —Mireia no pudo proseguir porque acaba de divisar una mesa libre y se abalanzó sobre ella como si se estuviera ahogando y le arrojaran un salvavidas—. ¡Vamos, que no nos la quiten!
Se acomodaron con la satisfacción de quienes han superado una prueba de acceso para un cargo oficial.
—Bueno, ¿qué tienes para mí? ¿Me vas a subir el sueldo? Por cierto, ¿cuánto me piensas pagar?
—Tengo algo mejor que dinero.
—¿Qué puede haber mejor que el dinero y que no perjudique la salud?
—He alquilado un despacho más céntrico y definitivo para la revista. Espero que te guste.
—Estupendo, porque se pierde mucho tiempo en el viaje a Badalona. ¿Está muy lejos?
—No, está justo aquí.
—¿Aquí?
—Sí, aquí; en esta misma plaza.
—¿Dónde?
Le pidió que se girase y señaló dos grandes ventanas en uno de los edificios situadas frente al lado este de la Iglesia. No era una gran cosa, pero él se la ofrecía con la misma pasión con la que un príncipe hindú le ofreciera el Taj Majal a su princesa amada. Mireia no parecía muy conforme con la elección. No le parecía un lugar muy adecuado para una redacción. Se la había imaginado en algún otro lugar. Por ejemplo en el Ensanche, o en el barrio de Gracia, o incluso en la zona alta de Sarria.
—No es muy grande, y por el momento, yo también viviré aquí.
Mireia reflexionó un instante y pareció aceptar la situación. Ella no era la responsable y cualquier sitio le parecía bien para reunirse y organizar los temas de cada edición.
—¿Puedo verlo?
—No, todavía no tengo las llaves. Tal vez mañana. Pero tengo una idea, podíamos celebrarlo yendo a comer por ahí, fuera de Barcelona. ¿Por qué no a la playa? Hace un día estupendo, ¿no?
—Sí, es magnífico, pero no estoy preparada. Tendría que volver a casa y coger una toalla y el bañador. No puedo ir así.
—No hace falta, solo daremos una vuelta por ahí y comeremos en cualquier sitio tranquilo. ¿Por qué no vamos a Blanes o a Tossa de Mar?
Mireia nunca decía que no. Parecía que todavía no había aprendido el significado de aquel imprescindible vocablo. Siempre encontraba una justificación para hacer las cosas, por muy absurdas que estas fueran. En el fondo tenía una extraordinaria avidez por vivir. Cualquier cosa le parecía una interesante experiencia que no se podía desaprovechar. Prefería sufrir las consecuencias de un fracaso a privarse de probar. Solo necesitaba que se lo pidieran con amabilidad, como si este solo hecho le trajera ya implícito una positiva valoración. Además, carecía de una concepción demasiado precisa del bien o del mal. No le resultaba fácil juzgar si algo estaba bien o estaba mal, porque siempre habría un posible punto de vista a considerar desde el que lo aparentemente malo podría verse como bueno. Quedarse en Barcelona y leer relajadamente la revista, saboreando aquella mañana otoñal, estaba bien; pasear por la playa tampoco estaba mal, ¿cómo negarse? Pero Marc sabía que si ella accedía sería la mejor oportunidad para traspasar de una vez aquella amable y hasta afectuosa relación profesional en algo mucho más personal. No podía seguir ocultándole sus sentimientos ni un solo día más.




3. En la cala

A finales de aquel año, Mireia dejó de ser parte de aquella extraña burbuja que había empezado a crecer una tarde de agosto del año anterior. Mientras flotó ingrávida en aquel espació único barcelonés, fue dejando una estela de imborrables recuerdos. Recuerdos que son como la última cena de un condenado, o el paraíso de los desengañados; recuerdos hechos de brisas marinas, de sonidos lejanos, de arenas doradas o ramas de pinos equilibristas jugando con la gravedad en los luminosos acantilados de la Costa Brava. Son esos recuerdos sin palabras, porque no es posible recordar las palabras, pero que afortunadamente tienen claras imágenes, penetrantes olores o alguna profunda sensación en la piel desnuda sobre la roca recalentada por un sol otoñal. Recuerdos con los que hay que aprender a convivir el resto de la vida.
En septiembre la Costa Brava tiene una intensa sensación de transparencia y frescor en el paisaje. La brisa marina es como un fino polvo de cristal que pone brillo a los pinos, crea los chispeantes reflejos de las menudas olas en los acantilados o peina cuidadosamente la arena de las calas, haciendo que reluzcan sus piedrecillas como cuentas de un collar de diminutas perlas.
Entraron en uno de los laberintos de senderos serpenteantes que dan acceso a las minúsculas y codiciadas calas, con la sensación de que, una vez que llegasen al mar, quedarían inevitablemente atrapados por algún dios marino surgido de alguna ánfora griega perdida en ese lado del Mediterráneo. Caminaban casi con ritmo frenético, sendero abajo, entre jóvenes pinos de un verde intenso y encinas celosas de su espacio donde ningún ser humano se podía adentrar. Habían elegido un camino al azar con la misma incertidumbre que un héroe griego se adentraba en una gruta o ascendía por un misterioso sendero en busca del vellocino de oro. Caminaban ayudándose uno al otro, pero todavía sin cogerse de la mano, como haría cualquier pareja de enamorados. Puede que ya estuvieran enamorados, pero necesitaban pasar por un cierto rito de iniciación. Parecía que estaban buscando algo así como un altar en el fondo de aquella misteriosa cala marina donde encontrasen una sacerdotisa vestida, por ejemplo, de espuma de mar y una larga túnica azul turquesa tomada momentáneamente del color de aquella tarde otoñal.
El sendero se hacía cada vez más pronunciado y llegar al final suponía un gran esfuerzo y una innegable fe en la dicha que les esperaba. Tuvieron que deslizarse por pronunciadas y peligrosas pendientes entre las raíces descarnadas de los pinos, retamas marchitas por el sol y jóvenes y frondosas encinas. Cuando se detenían para asegurar sus pies en alguna peligrosa cornisa sobre aquel imprevisto acantilado, contemplaban el azul intenso de los pequeños trozos de mar visibles entre la arboleda, como si caminasen en medio de una ventisca y hubieran descubierto la columna de humo de una cabaña lejana. Por fin, el follaje dejó paso a una pequeña y fina lengua de arena dorada, alternada con brillantes cantos rodados. Apenas entraron en la cala, como dos condenados a muerte a quienes les conceden el indulto en el último instante, se sintieron revivificar, y quedaron atrapados por la impetuosa personalidad del mar, que mostraba su poder con el seco estruendo de las olas al chocar contra las rocas casi verticales de ambos lados de la playa. Parecían atrapados por un encantamiento. Mireia se sentó exhausta por el esfuerzo de aquel peligroso descenso. No era probable que hubiera alguien más que se arriesgarse tanto para llegar hasta allí sin una buena razón, o que tuviera la misma urgencia que ellos dos por descubrirse.
Marc necesitaba serenar su excitación, tanto por las inmensas posibilidades de aquella situación, como por el sobrecoger encanto del paisaje. El sol empezaba a ponerse al otro lado de la colina, y las sombras iban bajando velozmente, oscureciendo el follaje. La playa seguía soleada. Algunas gaviotas asustadas planeaban por encima de los acantilados, como observando a aquellos dos intrusos atónitos y excitados. Mireia sentía deseos de decir algo; expresar el encanto y la belleza de aquel lugar prácticamente insospechado desde la carretera, pero temía no ser capaz de describirlo con todo su esplendor y permaneció callada. Él, por su parte, se preguntaba qué era lo siguiente que debería hacer. La enorme responsabilidad de hacer lo correcto en un momento así le hacía permanecer inmóvil y en silencio. Se sentó junto a Mireia y, atrapados por la misma sensación, se miraron como preguntándose qué debían hacer. De pronto, como si en realidad hubieran estado allí ya en otra ocasión y recordasen lo que hicieron la última vez, Mireia empezó a desnudarse.
Se quitó la blusa con naturalidad sin dejar de observar el paisaje. Sus senos menudos y morenos, igual que el resto de la piel, temblaron ligeramente. Marc empezó a desnudarse también. En unos instantes los dos estaban completamente desnudos, y se contemplaban mutuamente como si fueran dos seres criados en la jungla a los que hubieran obligado a vestirse. Marc estaba ligeramente excitado pero no se avergonzó. Al contrario, le pareció lo más natural. No era solo la atractiva presencia de Mireia lo que causaba aquella embarazosa excitación, sino el gozo de sentirse libre y sentir en su cuerpo la caricia de la brisa y de los últimos rayos de sol. Empezó a pensar que se podía sentir deseo no solo por una mujer, sino por la profunda sensualidad que flota en la naturaleza cuando se puede gozar con aquella intensidad.
—¡Vamos al agua!
Cogió a Mireia por la mano y, como si fueran dos niños entrando en una bañera, se arrojaron chapoteando en aquel mar infinitamente acogedor y bondadoso. Era como si al contacto con el agua se pudieran disolver.
—¡Está caliente! —observó Mireia mientras se deslizaba por encima de la espuma de las pequeñas olas que se arrastraban hasta la orilla.
No era una gran nadadora, solo le gustaba tumbarse sobre la arena para sentir aquel agradable cosquilleo en su piel producido por el contacto de las minúsculas partículas de arena deslizándose empujadas por la corriente desde sus senos hasta las rodillas.
Desde el agua la cala parecía el escenario de un inmenso teatro griego donde ellos representaban alguna comedia escrita por un ser sobrenatural. Las gaviotas volaban muy bajo, prácticamente rozando sus cabezas, porque al seguir las corrientes de aire cálido, aparecían de improviso por uno de los acantilados y no tenían tiempo de rectificar. Mireia, sentada en la orilla, se dejaba mecer suavemente por el escaso oleaje, contemplando extasiada aquellos elegantes pájaros, que dejaban una sutil estela de ritmo y armonía sobre un azul intenso inequívocamente mediterráneo. Marc permanecía junto a ella contemplándola sin más, imaginando que aquel inmenso mar, de pronto, y por algún mágico encantamiento, había tomado la forma del cuerpo de una mujer.
La tarde parecía no tener fin. Las sombras descendían por la pronunciada ladera, pero respetaban la pequeña cala. Las gaviotas persistían en sus vuelos rasos por encima de la espuma de las pequeñas olas que rompían en la playa. El horizonte se alargaba más allá de lo imaginable, y el cielo, complacido por las circunstancias, iba adquiriendo un tono cada vez más pastel, dispuesto a reinventar el mismo color azul.
Los dos permanecían tendidos sobre la arena con sus mentes saturadas por tantas agradables sensaciones. La brisa marina se iba enfriando paulatinamente, y casi de forma instintiva, como el gato que busca el lugar más cálido para acurrucarse, fueron estrechándose el uno contra el otro para darse calor.
—Vamos sobre aquella roca —sugirió Marc cuando las sombras de la tarde iban cubriendo inexorablemente aquella escasa lengua de playa. Caminaron torpemente sobre los grandes cantos rodados, ayudándose como dos ancianos que cruzasen una calle nevada. Sus cuerpos tostados contrastaban brutalmente con las angulosas aristas de las rocas de aquel pequeño acantilado. Pensaba que el ser humano había evolucionado maravillosamente hasta hacerse tan frágil que podía resultar fácilmente herido con el roce de un guijarro. Tal vez en su delicadeza radicaba su extraordinaria belleza.
Se encaramaron con dificultad sobre una pequeña plataforma de roca alisada por milenios de erosión marina, agradablemente limpia y recalentada por el sol de la tarde, y se sentaron sobre ella como dispuestos a convertirse en esculturas para decorar la orilla de aquel inmenso mar. Marc estaba tratando de hallar la mejor forma de expresar ese momento y la belleza de cuanto les rodeaba, pero era consciente de la dificultad.
—Es posible que nunca más volvamos a vivir una tarde como esta —exclamó resignándose a dar por sentado que habían sido muy afortunados por semejante regalo de la naturaleza y que no se podría volver a repetir.
Mireia trató de imaginar si habría alguna posibilidad de repetirlo, pero comprendió que ni ellos, ni el mar, ni el mismo sol o el frescor de aquella suave brisa, podrían volver a ser los mismos. En realidad, ellos no volverían a ser iguales. Ni siquiera eran los que pretendía ser antes de llegar a aquel lugar, sino que se estaban recreando ayudados por esas nuevas sensaciones tan vibrantes que producía aquella fresca brisa; o la suave cadencia de las olas; o el elegante vuelo de las gaviotas; o el susurrar de las olas al estrellarse contra el acantilado. Marc la contemplaba intentando penetrar en aquel caudal de melancólicos pensamientos. Se volvió hacia ella, y como si tratara de poner fin a toda esa melancolía, la besó suavemente en los labios. Mireia esperaba ese beso con la naturalidad que la orilla espera a las olas, o las ramas de los pinos a la brisa marina. Inmediatamente después, él se limitó a posar su brazo sobre sus hombros desnudos, como tratando de impedir que se desvaneciera el placer de aquel primer beso, y ella se estrechó contra él como si estuviera decidida a quedarse en aquella posición tanto tiempo como durase el mundo.
Una hilera de barcos pesqueros se deslizaba lentamente por el horizonte camino de sus respectivos puertos. Pronto las sombras cubrirían aquella lisa roca lamida por millones de años de pasión y constancia. Ya no se sentían como seres humanos, sino como criaturas divinas surgidas de las mismas entrañas de aquella roca perdida en un remoto lugar del Mediterráneo.




4. El Principito

Marc regaló a Mireia una edición en catalán de «El Principito» el día de su cumpleaños. Lo había leído en francés, en inglés y en español, pero no en catalán. En la terraza del café Zurich se empezaba a sentir las primeras caricias de la primavera. Un sol débil, bajo un cielo encapotado, amenazaba lluvia pasajera. Pero una brisa húmeda del Mediterráneo barría las nubes, dejando pequeños claros de un azul intenso. Mireia seguía teniendo el pelo teñido de rojo y vestía un jersey de color naranja y unos graciosos pantalones de pirata hasta debajo de las rodillas.
—¡Adivina qué es! —le preguntó Marc alargándole el paquete cuidadosamente envuelto en papel de regalo.
—Es fácil, ¡un libro!
Mireia acaparaba todo el resplandor del sol con su inocente y franca sonrisa.
—Sí, por supuesto, ¿pero cuál?
—¡«El Principito»! —contestó casi sin reflexionar.
—¡No es posible, has hecho trampa! —protestó divertido Marc—: ¡Es «El Principito»!
—Claro que he hecho trampa. Todo el mundo sabe que los intelectuales maduros casi siempre regalan este libro a sus jóvenes amantes por el primer cumpleaños o aniversario. ¡No eres muy original!
Mireia empezó a hojear distraída el regalo. Prácticamente lo sabía de memoria, pero hizo ver que le sorprendía.
—Me gustaría poder escribir algún día un cuento como este —exclamó suspirando resignada.
—No puedes, tú eres el Principito. Tal vez lo haga yo y tú serás mi Principito.
—¡Entonces, dibújame un cordero!
Ambos sonrieron tratando de recordar la persistente insistencia del pequeño príncipe cuando pedía un cordero para su minúsculo asteroide. Un imprevisto rayo de luz cruzó la terraza. Mireia estrechó su mano y le susurró casi al oído cariñosamente:
—¡Gracias, no solo por el regalo, sino por ser tu Principito!
Las Ramblas empezaban a tener su habitual bullicio dominguero. Las palomas de la plaza de Cataluña gorgojeaban rutinariamente. Los machos correteaban incansables tras las hembras. Las vendedoras de alpiste regateaban con los padres por el precio de las bolsitas, y los niños se impacientaban tirando de las mangas del abrigo de sus padres. Todo era perfectamente normal. Los dos sentían que la mañana les estaba dejando una profunda huella en el espacio del alma reservado para los recuerdos. Mireia hojeaba una y otra vez las páginas del pequeño libro mientras pensaba lo inútil que resultaba a veces hablar cuando el mundo entero se había puesto de acuerdo para que fueran felices.
Marc permanecía también en silencio, gozando con la sola contemplación de aquella menuda cara de rasgos infantiles y amables, que por su propia voluntad accedía en ser su «pequeño príncipe». Era más de lo que a su edad podía esperar y no podía encontrar nada más gozoso que su simple contemplación. Era como si temiera que una palabra inadecuada rompiera aquel encantador sortilegio y aquella adorada imagen se desvaneciera dejando un rastro de polvo de estrellas como si tratara de decirle: «Si quieres amarme, sígueme al mundo de los sueños. Es allí donde vivo. No te engañes, no soy más que tu sueño».
—Yo también tengo un regalo para ti —dijo Mireia saliendo momentáneamente de su ensimismamiento casi angelical—. También es un cuento, pero es mío. Espero que lo entiendas, está en catalán. Si no te gusta quiero que tengas el suficiente valor como para decírmelo, ¿de acuerdo?
Mireia puso sobre la mesa una capeta de cartulina amarilla con un título en catalán escrito en color verde: «Somnis d’una vella ploma». Marc lo hojeó sin mostrar demasiado entusiasmo, como dando a entender que sería un crítico muy severo. Ella le lanzó una interrogante mirada con una graciosa mueca de incertidumbre. Marc cerró ceremoniosamente la carpeta y la guardó en su bolsa.
—Lo leeré en casa.
Mireia asintió complacida. Sabía que él sería su mejor crítico. Se admiraban mutuamente. Ya era un conocido periodista en el ambiente progresista de Barcelona, y ella era una joven e incipiente escritora y también periodista, con un indudable talento. Con el tiempo podría muy bien ocupar un destacado lugar entre las escritoras catalanas del próximo siglo, y continuar así la tradición de otras como Montserrat Roig o Carmen Laforet.


5. El premio

Un día Mireia entró en el apartamento completamente excitada.
—¡He ganado! —exclamó sin dar más explicaciones cogiéndole fuertemente de la mano como si tratara de trasmitirle físicamente aquel inesperado premio.
—¿Pero qué has ganado? —le preguntó tratando de calmarla.
—¡El primer premio! ¡He ganado el primer premio! No me lo creo... Sencillamente no me lo creo...
—Esta bien, siéntate y explícate mejor —Marc la acomodó como a un enfermo sobre su silla de ruedas.
—He ganado el primer premio de cuentos de la Generalitat... ¡Es increíble!
Mireia no podía estar sentada. La emoción la obligaba a quedarse de pie.
—¡Enhorabuena! Pero no me habías dicho nada...
—¡Y son cincuenta mil pesetas! —exclamó Mireia como si en aquel preciso instante hubiera comprendido la importancia real de aquel premio.
Al principio Mireia se sintió muy halagada por haber sido la ganadora, pero poco a poco fue perdiendo interés por el premio. No estaba segura de si era por temor a las consecuencias que podía tener para ella aquel inesperado primer éxito o porque realmente detestaba toda aquella comedia de los premios literarios, y no se veía a sí misma haciendo pequeños discursos de agradecimiento.
Unos días después se prepararon para recoger aquel galardón, pero Mireia seguía nerviosa e inquieta y ya habían perdido completamente el interés por aquel inoportuno premio. Así es que estuvieron recorriendo varias tascas de vinos del Barrio Gótico antes de entrar en el palacio de la Generalitat. Cuando quisieron darse cuenta, la fiesta de entrega de los premios prácticamente había terminado. Estaban algo ebrios, así es que, tratando de aparentar la mayor normalidad posible, pidieron al ujier de la entrada que les llevaran al salón donde se estaba celebrando la entrega de los premios para jóvenes talentos literarios.
—Lo siento, pero ya se han entregado los premios —dijo amablemente el ujier.
—No es posible —protesto Mireia—, ¡yo soy la ganadora del primer premio!
—Bueno, a ver —dudó el confundido ujier—, pasen por aquí.
Intentaron seguirle lo mejor que pudieron a lo largo de patio central del palacio con los naranjos repletos de frutos, para entrar por fin en una sala donde varias personas con trajes de cóctel charlaban animosamente sujetando copas de cava medio vacías. Era evidente que la reunión estaba a punto de terminar. El ujier se acercó al que parecía responsable de aquel frustrado evento y le susurró la paradójica situación al oído. Mireia seguía atentamente los gestos del funcionario que iban cambiando de forma gradual a medida que el ujier le ponía al corriente de aquella extraña situación. Finalmente el funcionario pidió disculpas a la bella mujer con la que compartía su copa de cava y se acercó a Mireia.
—¿Así es que usted es Mireia E.?
—Sí —dijo ella con decisión—, veníamos a recoger el cheque...
—Ah, sí; claro, el cheque.
Por un momento el funcionario tuvo la sensación de que estaba tramitando una autorización oficial. Miró confundido a Marc que se encogió de hombros, como si el asunto no fuera con él.
—Entonces... Bueno; sí, claro... ¿Pero, usted es...? Mireia sacó su carné de identidad y se lo mostró al incrédulo funcionario.
—Sí, soy Mireia E., mírelo aquí.
—Ah, sí, sí; por supuesto que no lo dudo, pero hágase cargo, la esperábamos antes...
—Perdone, es que hemos estado celebrándolo y se nos ha pasado el tiempo sin darnos cuenta...
—Ah, sí; claro, lo entiendo...
El funcionario, que parecía más interesado en retomar la conversación con la guapa mujer que había dejado con la copa de cava en la mano, se dirigió a una mesita situada sobre un podio donde probablemente Mireia tendría que haber improvisado un pequeño discurso de agradecimiento. Cogió una carpeta dorada y volvió junto a ella.
—¡Aquí está su cheque!
—Ah, que bien, y disculpen las molestias por haberles interrumpido.
—¡Mujer, por Dios, no es ninguna molestia, todo lo contrario...!
Pero se quedó prácticamente con aquellas excusas en la boca porque los dos ya estaban fuera del salón. La rubia que le acompañaba se acercó para preguntarle:
—¿Quiénes eran?
—La chica del primer premio y su amigo.
—¡Ah, que gracia! —y siguió bebiendo de su copa de cava medio vacía como si no se hubiera enterado de que aquella era una reunión para la entrega de premios literarios.
Una vez fuera del palacio de la Generalitat, no pudieron contenerse y rompieron reír mientras seguían cogidos de la mano. Era como si acabaran de escribir el último capítulo de aquel gracioso cuento premiado. No se sentían como los demás, por tanto no podían actuar como los demás. Estaban eufóricos por haber superado los convencionalismos. Para terminar de probarse a sí mismo de que no querían actuar con vulgaridad, Marc se acercó a la puerta de un palacio contiguo al de la Generalitat, y le dijo a Mireia:
—En verano, cuando éramos unos críos, poníamos unas trampas de agua en las puertas de las casas, llamábamos a los timbres y nos escondíamos. Al salir empapábamos a los pobres vecinos. No tengo ningún bote con agua, pero hoy siento deseos de llamar a una puerta y esconderme. Por ejemplo, a esta que parece tan importante.
Se acercó a la puerta del palacio y pulsó el timbre con malicia infantil. Al tratar de huir se tropezó inesperadamente con un ujier quien le recriminó:
—¿No es usted un poco mayor para hacer estas cosas?
Mireia no pudo evitar una sonora carcajada. Había sido un día ideal. Pese a la diferencia de edad, los dos se sentían tan jóvenes que nada les podía ir mal.



6. La redacción

Los primeros días en la nueva redacción de la plaza del Pino fueron agotadores. Primero tuvieron que amueblarlo de forma provisional, pero suficiente para que pudieran trabajar. Después redactar decenas de notas y artículos con la necesaria urgencia ante el escaso tiempo que tenían para cerrar aquella edición. Marc trabajaba en un informe político sobre la situación de los partidos verdes en Cataluña, mientras Mireia preparaba un detallado informe sobre las zonas húmedas de los alrededores de Barcelona, además de redactar secciones tan poco atractivas como comunicados, seminarios, encuentros o fiestas alternativas. Recibían decenas de cartas de protesta con críticas diversas de lo más irreales y absurdas. La mayoría contenían fotografías de animales degollados por trenes de cercanías en los alrededores de Barcelona, o de erizos atropellados en las carreteras de montaña. Normalmente no iban acompañadas de nota alguna, por lo que se preguntaban si con aquellas desagradables imágenes les estaban pidiendo que condenaran la existencia de los trenes o propusieran la prohibición de circular por las carreteras donde pudieran cruzar animales salvajes; la total abolición de los coches o el traslado de todos los animales salvajes a una reserva protegida contra esos posibles atropellos.
Era descorazonador comprobar que, a pesar de su esfuerzo por hacer una revista progresista, comprometido con las causas sociales de la época, al parecer ningún lector les daba más importancia que la de un boletín más para contarles historias sobre utópicos proyectos «alternativos» en algún lugar del mundo, casi siempre en California. Pero lo peor era que a través de las cartas les exigían que no se apartaran de estos mismos contenidos.
Después de varias ediciones, comprendieron que todo aquello no merecía el esfuerzo agotador ni el riesgo económico que asumían, y que no valía la pena continuar.
Unos días antes de cerrar la revista, se propusieron tomarse la situación sin demasiado dramatismo, y se reunieron con sus colaboradores habituales en la taberna de «El Portalón», para comunicarles la noticia de su irrevocable decisión. Aquella era una de esas tabernas que lo mismo podía servir para celebrar éxitos que llorar fracasos. Su peculiar decoración, con un aire inequívoco de taberna de puerto, mal iluminada, incluso sucia, con toda clase de objetos inclasificables colgando de sus ennegrecidas paredes, era ideal para encontrarse en un lugar neutral donde triunfadores y perdedores podían convivir sin molestarse, bebiendo los dos el mismo vino, amargo o dulce, dependiendo obviamente del estado de ánimo de cada cuál.
El grupo ocupó una de las largas mesas del fondo y, a juzgar por el aspecto entre jovial y patético de Marc, no sabían como interpretar el sentido de aquella inesperada reunión.
—¿Vino para todos? —preguntó Marc, como si se tratara de celebrar una auténtica bacanal. Todos asintieron porque aquella invitación tenía el aire de quien intenta olvidar.
—Mireia y yo tenemos una buena y una mala noticia para comunicaros.
Todos esperaban una mala noticia. La buena no estaban en condiciones ni siquiera de imaginar.
—La buena es que vamos a dejar de ser perseguidos por el dueño de la imprenta, y la mala creo que ya os la esperáis, es que vamos a cerrar la revista.
Era evidente que se lo esperaban, así es que solo hubo un velado y estudiado murmullo. Ninguno dependía de aquel modesta revista. Hacían sus prácticas de periodismo, eso era todo. Eran demasiado jóvenes para preocuparse todavía por sus carreras y demasiado mayores para entusiasmarse por idealismos de ese tipo. Así es que nadie se molestó en preguntar ni siquiera cuál era la causa del cierre, por otro lado, largamente anunciado. Esperaban simplemente a que Marc bebiera primero, para beber ellos después. No les parecía correcto adelantarse por si se interpretaba como un brindis por aquel anunciado final. Pero él sí brindó:
—Propongo un brindis por el fin de «Alternativas», que es como decir el final de las utopías, de «la imaginación al poder», y de todo eso que llamábamos el «movimiento alternativo» —levantó la jarra de barro y bebió el contenido de un tirón. Todos brindaron sin pensar seriamente en la supuesta trascendencia de aquella lapidaria frase.
La ocasión no era tan importante como para prolongar mucho la velada, así es que apenas iban terminando sus jarras de vino fueron despidiéndose cortésmente con alguna frase de consuelo estudiada con anterioridad, hasta dejarlos solos en el extremo de la larga mesa.
—Mireia, ahora te toca a ti —ella protestó, pero él insistió—. Cuando te conocí tuve la sensación de que estaríamos juntos solo el tiempo que pudiéramos mantener viva alguna causa en común. Tú con tus veinte años podías entender y dejarte entusiasmar por ideas como «cambiar el mundo», «transformar la sociedad» o «hacer algo útil por los demás». Con causas así nuestra relación hubiera durado eternamente. Ahora todo se ha terminado y ni siquiera tenemos un escenario para representar este drama. El público empieza a abandonar el teatro. Los actores están callados porque ya no les pasamos el papel. Poco a poco se apagarán los focos y cesará la música. Con la sala y el escenario vacío y en penumbra, tú te preguntarás quién soy yo y qué estás haciendo ya en este lugar. Llegaste allí para actuar y no puedes seguir si ya no tienes un papel... Es inevitable que acabes marchándote como todos los demás. No es que seas igual o peor que ellos, es que, como todos nosotros, tú también eres una actriz y tienes que actuar...
—¿No estás dramatizando un poco? Mejor será que dejes de beber... o, mejor, vamos a pedir otra jarra.
Mireia apuró el resto de su jarra de vino, y, con un gracioso gestó, pidió al camarero una nueva ronda. Marc la imitó, se encogió de hombros, y se mentalizó para actuar como un parroquiano más de la taberna.






7. El cierre
.

Unos meses antes de aquella patética despedida en la taberna El Portalón, sucedió otro acontecimiento que quedaría profundamente grabado entre los recuerdos que le dejaron sus escasos doce meses con Mireia. En febrero de 1991, Marc cumplía cuarenta y cuatro años, un mes después ella cumpliría veintidós. Parecía una mágica coincidencia que le doblara matemáticamente la edad. Pero aquella notable diferencia no había supuesto ningún problema en sus relaciones. Vivían tan entregados a lo que hacían que no les preocupaba demasiado lo que eran. Había llegado a la conclusión de que las verdaderas relaciones, las que duran, las que soportan toda clase de inconveniencias sin apenas tambalearse, eran las de compañerismo. Sin tener una inquietud en común, en estos tiempos en que las parejas gozaban de plena libertad, no era posible una relación estable ni duradera. Al menos, le parecía que no podía ser verdaderamente apasionada.
Por ejemplo, pensaba que dos músicos se querían primero y fundamentalmente a través de su amor por la música y, después, hacia ellos mismos. La felicidad le parecía incompleta si no estaba acompañada de un sentimiento artístico en común; se amaba más a los sueños y fantasías que a las cosas reales, siempre cambiantes y desconcertantes. Si ambas se parecían, el amor era mucho más auténtico y, sobre todo, duradero. El desamor no era solo debido a la pérdida de la ilusión, la pasión y la confianza en el ser amado, también podía sentirse si la pareja dejaba de amar las mismas cosas. No se podía gozar de toda la riqueza del sentimiento del amor si se tenía que partir en dos, como si le dieran a elegir entre el tallo o la flor. Por eso, lo mejor de su amor por Mireia era su incondicionalidad, porque no había condiciones previas, ni chantajes emocionales, ni abandono de nada que no quisieran abandonar.
El amor por ellos mismos no era más que una forma de expresar la ilusión de compartir las mismas ideas que estaban muy por encima de sus egoísmos personales. Gracias al trabajo en común, se sentían generosos, entregados a ideales que trascendían de sus necesidades personales. Se amaban con frecuencia, pero era como un necesario gesto para trasmitirse fuerza y pasión del uno hacia el otro por si alguno de los dos se encontraba decaído o desmoralizado. Hacer el amor, y, sobre todo, en cualquier momento y en cualquier lugar de aquella modesta redacción, era la forma más apasionada de expresar sus deseos comunes; su pasión compartida por aquel trabajo que les excitaba. En cierta manera, era aquella forma de ser y de hacer las cosas; de emocionarse o apenarse en común; de hacer el amor esporádicamente al final de la redacción de un aburrido artículo sobre proyectos alternativos, lo que en realidad deseaban escribir y trasmitir en aquel revista. Tenían la sensación de que las cosas iban al revés: lo interesante quedaba exclusivamente para ellos dos y los lectores tenían que conformarse con una mera excusa para que ellos gozaran de toda aquella felicidad.
En aquellos días, mientras ellos gozaban de una perfecta paz emocional, el mundo entero parecía haberse vuelto loco. Sobre Irak se ceñía la posibilidad de una guerra que, dadas las circunstancias del conflicto y los países involucrados, tenía cierto aire apocalíptico y bíblico. Para los supersticiosos aquella amenaza era algo así como romper el séptimo sello y poner a galopar los caballos del Apocalipsis.
Los insistentes tambores de la guerra llevaban tiempo ya sonando, y los sentían como el resonar de cascos sobre los paisajes brumosos del infierno. Como si ya se escuchara el quejido de las madres llorando a sus hijos horrorosamente mutilados según los habíamos visto tras la explosión atómica de Hiroshima, porque aquella posible guerra venía con el sello depravado de una nueva era tecnológica, mucho más infame que ninguna otra anterior. Los preparativos para la inevitable contienda traían, además, imágenes de niños probándose máscaras de gas en los parvularios de Israel; palabras tan poco familiares como misiles «Scud», de los que prácticamente no se había oído hablar y que resonaban en la mente como mensajeros del holocausto atómico o químico final.
Por muy bien informados que estuvieran, aquella guerra tenía algo de imprevisto y terrorífico. El mensaje que nadie quería escuchar: el de las nuevas armas de destrucción masiva. Un nuevo concepto surgido de la supuestamente finalizada guerra fría; armas capaces de generar catástrofes no suficientemente bien calculadas.
Ellos, desde su modesta revista, habían intentando prevenir a sus lectores de posibles consecuencias, como el castor que cruza un palo en la represa antes de que llegue la gran riada. No servía de mucho, y tampoco disponían de mucha información, pero ellos sentían que tenían esa obligación.
Y era esa repetida palabra de «imprevisible» lo que más les alarmaba. Podían hacerse una idea de cómo sería morir bajo toneladas de escombros; traspasados por un trozo de metralla o, incluso, asfixiados por un gas venenoso. Pero, ¿cómo sería esa muerte «imprevisible» de que tanto se hablaba? ¿Tendrían que soportar largos inviernos con temperaturas extremas de treinta o cuarenta grados bajo cero? ¿Tendrían que alimentarse tan solo de algún producto que se pudiera sintetizar de algún material orgánico no contaminado? ¿Tendrían que vivir durante meses sin ver la luz del sol, bajo una sucia capa de humo persistente y sin que hubiera una tecnología adecuada que lo disipara? ¿Cómo era posible que a esas alturas del desarrollo de la ciencia, con modelos climáticos por ordenador, simuladores de vuelo y hasta de catástrofes, quedaran todavía por aclarar posibles «consecuencias imprevisibles»? ¿Sería una situación tan contraria a la propia vida según la entendemos, que se producirían suicidios masivos en todo el mundo, porque hasta la misma muerte se vería como el único alivio?
El ultimátum de las Naciones Unidas para que Irak se retirara de Kuwait finalizaba el día siguiente. La coalición aliada, incluida España, la primera vez que se veía envuelta en un guerra por su alianza con la OTAN, estaba decidida a intervenir. Marc propuso a Mireia que aquella noche se quedara a dormir con él. No estaba asustado, pero sentía que estaba a punto de vivir una penosa experiencia que sin duda sería difícil de olvidar y deseaba compartirla con ella. Mireia accedió.
Durante el jueves 17 de enero trabajaron con la inquietud propia de las circunstancias. Por las noticias e imágenes que llegaban de los preparativos para los posibles bombardeos sobre Bagdad, parecía que el conflicto era inevitable. Pero quizás lo más significativo de aquel inquieto día fuera la gran fiesta mediática que se organizó en torno a la televisión. Era un conflicto tan anunciado que las principales cadenas de televisión pudieron hacerse con un palco de excepción en Bagdad. Tenía la sensación de que había sido cuidadosamente pactada por ellas, como si se tratara de conseguir la primicia para la transmisión de la final de un campeonato de fútbol. Le parecía que si no hubiera cámaras tampoco habría guerra. En adelante, éstas se venderían como las exclusivas de la boda de un cantante o el nacimiento del hijo de una actriz. Ya no era una simple contienda entre enemigos declarados, era, sobre todo un espectáculo más para una audiencia acostumbrada ya a los llamados «Reality Shows».
A medida que transcurría el día, la inquietud fue haciéndose notar en sus ánimos. Si la guerra parecía inevitable no era por las causas en sí que la había generado, probablemente comprensibles aunque siempre de dudosa moralidad, sino porque se habían hecho ya demasiados preparativos para que sucediera. Los aliados no podían volverse así, sin más, sin disparar un solo misil o bombardear alguna ciudad de aquel provocador país, después de desplazar tantos cientos de toneladas de material bélico a la zona. La guerra tenía que estallar. Solo cabía saber cuándo iba a empezar y cuánto podría terminar.
Cenaron en la taberna El Portalón como si se tratara de la última cena de unos condenados. Por otro lado la decoración de aquel lugar se adaptaba perfectamente a las circunstancias. Lo excitante de aquella guerra anunciada era que más o menos se podía saber la hora en que iba a comenzar. Como los niños que esperan en vela la llegada de los Reyes Magos, ellos no querían perderse ningún detalle de aquel macabro espectáculo, y volvieron al apartamento con la decisión de permanecer en vela hasta que hubiera caído el primer misil.
La noche era húmeda como era habitual en enero. Las calles estaban prácticamente desiertas y, tal vez por las circunstancias, les parecían mucho más oscuras y lóbregas que cualquier otro día normal. Caminaban de la mano en silencio, como si estuvieran pendientes de escuchar las primeras explosiones. Después de todo no iban a utilizar bombas convencionales, sino que se matarían unos a otros lo antes posible con los mejores medios disponibles. Subieron la escalera del despacho casi a tientas y, una vez adentro, se dejaron caer sobre una cama improvisada en una pequeña habitación, la única disponible, aparte de las dos dedicada a la redacción, como si fueran ellos los que regresaran de la primera batalla.
Encendieron la televisión, pero ninguno de los canales transmitía nada que tuviera que ver con la inminente guerra en el Golfo. Tal vez era demasiado pronto. Posiblemente tendrían que haber leído mejor el programa. Aquel espectáculo debería de tener su horario. Se acostaron decididos a permanecer en vela hasta que el mundo les diera una señal, la que estaban esperando para sentir todos los horrores del momento.
—¿Tienes sueño? —le preguntó Marc, como si después de todo creyera que no valía la pena sacrificar un poco de descanso por algo que, sucediera o no, les había producido ya un amargo resentimiento contra el ser humano por su insensatez para resolver sus problemas.
—¡No! ¿Cómo podría tener sueño en una noche así?
Se recostaron uno junto al otro como dos cachorros abandonados por la madre. De pronto, la televisión cambió súbitamente de plano. Un presentador anunciaba que los aliados habían lanzado la operación «Tormenta del desierto», y que habían comenzado a bombardear masivamente Bagdad. Las primeras imágenes eran de misiles lanzados desde barcos de guerra que dejaban una luminosa estela en su mortífero viaje hacia Bagdad. Sintieron una profunda sensación de impotencia y desasosiego como si hubieran perdido parte de su espíritu. Era el momento tristemente esperado y que hasta el último instante creían que nunca iba a suceder. Después, la pantalla se oscureció tomando aquel macabro color verde propio de la visión con infrarrojos, que les helaba la sangre porque estaba inevitablemente asociada al horror de las nuevas guerras tecnológicas. Mireia se abrazó fuertemente a Marc y exclamó:
—¡Ya ha estallado la guerra! —no dijo nada más. Una dolorosa angustia le oprimía el pecho y la garganta. Sentía vértigo y deseos de llorar como si estuvieran a punto de bombardear Barcelona. Aquellas imágenes de una guerra en tiempo real le daban la sensación de que podía suceder en cualquier parte. En la playa, o en Monjuic, o en Hospitalet.
—¡Voy a dejar el periodismo! —insistió Mireia de pronto, sin apartar la mirada de la pantalla, y de aquellas estelas de fuego que terminaban invariablemente en un mortífero resplandor.
—Lo comprendo... —susurró Marc. La estrechó tanto como pudo y los dos permanecieron en silencio. Estaban viviendo juntos la angustia y el horror de una guerra frívolamente trasmitida en directo que podía degenerar en un conflicto que pusiera en llamas todo el Oriente Medio. Una crisis que podía traer una grave escasez de carburante y más miseria de la que ya había en el Tercer Mundo.
Los dos estaban horrorizados, pero, al mismo tiempo, incomprensiblemente felices por estar juntos. Tal vez pensaban que si la muerte parecía inevitable, estando juntos resultaría mucho menos dolorosa. Como si no les doliera la muerte en sí, sino la soledad de aquel que pudiera librarse de ella.
Pero aquellos primeros y angustiosos pensamientos se desvanecieron cuando empezaron a sentir que la guerra proseguía su macabro curso con absoluta regularidad y nada parecía suceder a su alrededor. No era probable que les afectara a ellos, pero tenían la sensación que a esa le sucederían otras similares: guerras de alto riesgo, pero aparentemente bien calculado, sin otro objeto que el de defender la supremacía de una civilización sobre las demás y de sus descomunales necesidades.





8. La Guerra del Golfo


La Guerra del Golfo había entrado en una etapa confusa en que era difícil interpretar, y mucho menos valorar, las ya aburridas imágenes de la televisión. Había pasado de ser una guerra-espectáculo en primicia para estar ya en la trigésima representación, a la que ya no asistía prácticamente público. En otras palabras, dejaba de ser negocio para las televisiones, por lo que ya podía concluir. Al final, no se hablaba ya tanto de la guerra como de los trucos de bambalinas que se habían utilizado para hacer que el héroe apareciera volando por el escenario, o la chica se desangrara sin sufrir ningún daño.
Era el tiempo de las aclaraciones; de cómo funcionaban los nuevos «video-juegos» inventados para hacer la guerra; de las grandes explicaciones tecnológicas presentadas más como impresionantes avances tecnológicos que como lo que en realidad eran: máquinas de matar cada vez más perfectas y con menos riesgos para los verdugos. Era el momento en que se veían soldados capturados desfilar ante un nuevo César norteamericano, con un apellido impronunciable
Marc ya no tenía ninguna ocupación. La revista dejó de publicarse en enero de ese mismo año, y, por un momento, consideró la posibilidad de escribir una novela histórica con todas aquellas intensas experiencias, pero carecía de una profunda motivación. El fracaso de aquella publicación había sido demoledor. Mireia, por su parte, se había entregado casi frenéticamente a escribir relatos y cuentos, en su mayoría como la joven promesa que prepara las primeras pistas de su genialidad. Había decidido ser escritora y, dadas las circunstancias, olvidarse de su profesión de periodista. Además, en aquella época las facultades de periodismo estaban a rebosar de chicas como ella. En la España de la Transición los medios de comunicación había adquirido una destacada relevancia sobre cualquier otra actividad profesional. Ser periodista se consideraba como una de las profesiones de la época. Firmas como la de Rosa Montero, habitual en la revista «El País», con comentarios agudos e inteligentes, que hasta ese momento eran poco frecuentes, dejaban entrever que aquella era la profesión donde las mujeres tenía una privilegiada tribuna para reivindicarse a sí mismas. Tal vez se veía como la carrera más rápida hacia la liberación total de la mujer. La actividad con la que podían realizarse con la aprobación de toda la sociedad española de su tiempo. Era una carrera generada por la misma Transición.
El primer cuento de Mireia, que le había permitido saborear su primer éxito como escritora, era un viaje fantástico más propio de una narración infantil. Una pluma voladora, encontrada al azar en una misteriosa tienda de Barcelona, y que en su fantástico viaje iba describiendo sensaciones y emociones infantiles y juveniles que ella misma había vivido en el barrio barcelonés de Hospitalet. Tal vez por ser el primero era completamente sincero, como la primera confesión de una estudiante de catequesis.
Como todos los principiantes, ella también lo presentó a un concurso, consiguiendo el reconocimiento unánime del jurado. El cuento resultaba algo infantil y propio de una personalidad probablemente todavía inmadura. Pero el encanto de aquella narración no era solo la prosa y la ingenua fuerza y musicalidad del lenguaje, sino sobre todo, conseguir que algo mágico pudiera suceder en aquel barrio dormitorio, mayoritariamente ocupado por inmigrantes del sur de España, como era Hospitalet. Aquel no parecía un barrio donde un artista se pudiera inspirar. Sus calles rotuladas sin orden ni un plan lógico, iban desparramándose de acuerdo a la urgencia de viviendas para gente de pocos recursos, que llegaron en masa unas décadas atrás. Prácticamente no tenía monumento alguno a destacar, ni grandes parques públicos, ni monumentales iglesias, ni centros históricos, ni bustos de hijos predilectos. Era un barrio dormitorio, dejado a la improvisación. No era, desde luego, el barrio donde un artista se pudiera inspirar.
Era precisamente ese juvenil deseo de dignificar todas las cosas, lo más interesante de esta primera breve narración. Era muy probable que el jurado hubiera tenido en cuenta esa especie de alegato en favor de Hospitalet. Era como el académico de una sociedad geográfica al que un explorador le trae pruebas de la existencia de una ciudad remota y hasta entonces desconocida. Desde luego que, al igual que el explorador, la imagen de Hospitalet estaba muy lejos de parecerse a la del relato. Pero bastaba con citar en una obra de arte un nombre que parecía hecho para figurar en las direcciones de correo, o en los rótulos del destino de un autobús interurbano.
Por su parte, Marc estaba considerando seriamente la posibilidad de crear un nuevo partido político alternativo. Tal vez era una fruta de temporada esa avalancha de nuevos minúsculos partidos radicales y marginales, que surgieron durante los años setenta y ochenta en todo el país.
—Creo que voy a crear un nuevo partido político alternativo —comentó con Mireia una tarde, después de ver las últimas acciones de guerra en el telediario—. No puedo cruzarme de brazos, así sin más, después de todos estos años de lucha. Algo tengo que hacer...
—¿Tú un partido político? ¡Tú no sirves para la política! —contestó Mireia como tratando de disuadirlo con el argumento más simple que le vino a la cabeza.
—Entonces, ¿para qué sirvo?
—Por ejemplo: para escribir. Escribe un libro.
—Ya lo he pensado, pero no me parece suficiente. Hay que pasar a la acción concreta. Conseguir algo de poder aunque solo sea para hacerse escuchar con más fuerza.
—¿Y cómo lo vas a llamar?
—Eso es lo de menos. Pero solo hay un nombre posible: «Partido Alternativo Revolucionario». ¿De qué otra forma se podía llamar?
—¿No suena un poco fuerte?
—Quiero que suene fuerte —contestó tratando de imaginarse así mismo como el líder de una nueva propuesta revolucionaria. Pero no se sentía cómodo.
—Tú verás, pero así de pronto, me parece una locura. Sobre todo porque para ser político se necesitan otras cualidades, o quizás defectos, que tal vez tú no tengas.
—Tal vez, pero creo que si uno cree honestamente en lo que defiende, puede contagiar ese entusiasmo a los demás.
—No vivimos en el siglo pasado. La gente puede entender una propuesta, pero no entusiasmarse por ella. Además, podrías incluso ser calificado de oportunista o esquirol, por robar votos a la izquierda. Pueden decir cualquier cosa. Por otro lado, ¿cómo puedes pensar que tienes alguna posibilidad de que te entiendan si ni tú mismo tienes claro lo que quieres hacer?
—Escribiré un programa que deje perfectamente claro cuáles son nuestras propuestas.
—¿Y cuáles son esas propuestas?
Marc sentía como si cuando hablaban de política, Mireia ya no se dirigía a él, sino al candidato a las próximas elecciones de un nuevo partido. Recelaba de él como si no le conociera. Planteaba dudas y preguntas como si no hubiera hablado nunca antes de todo eso con él. Le increpaba como increpa un posible elector en el mitin de un partido. Él mismo sentía como si su decisión de crear un partido le hubiera envilecido, y comprendía que ella se formara aquella nueva opinión negativa de él como político, muy diferente de la que tenía como periodista. Era como si estuviera enviándole el primer mensaje de alarma sobre el deterioro de sus relaciones, que empezó a producirse tan pronto como dejaron el trabajo en común.
—Lo hemos hablado miles de veces, ¿por qué me lo preguntas?
—Tal vez sea porque antes lo discutíamos con la honestidad de un periodista, y ahora estamos hablando con la discutible honestidad de un político. ¡No puedo imaginarte como líder de un partido, por muy alternativo que sea!
—Pero ¿qué puedo hacer, resignarme sin más y olvidarme de todo? ¿Renunciar a lo que ayer mismo creíamos que valía la pena defender hasta el final?...
—Pues, ¡adelante! —contestó Mireia, como si se acabara de apear de un autobús repleto de idealistas que marchan al frente de batalla.





9. El programa


Como si le hubieran impuesto un castigo por su mal comportamiento, Marc escribió a doble espacio el título del artículo que serviría como panfleto político del nuevo partido: «Por una nueva sociedad más justa». Hubiera preferido titularlo de forma más contundente, como «Por una revolución alternativa», pero le parecía que todavía no tenía la certeza necesaria como para encabezar aquel programa con semejante proposición. No estaba muy seguro de saber cómo sería una «sociedad alternativa». Parecía uno más de los tópicos de su época, cargados de ingenuidades utópicas. Nada que tuviera sentido de la realidad. Pero tenía que intentarlo.
Su método de trabajo era autodidacta. Partía de un título, o, más bien, de una intuición materializada en un título, y posteriormente confiaba en que sería capaz de darle sentido con sólidos argumentos. Pero el título constituía en sí mismo una utopía. Sabía que sus posibles lectores no estaban dispuestos a dejarse convencer por simples razonamientos lógicos, sino, sobre todo, tendría que vencer sus fuertes prejuicios emocionales. Todo el movimiento alternativo era, sobre todo, fanático y radical, y había poco margen para una discusión política en profundidad. Pero seguía pensando que era necesaria una nueva teoría revolucionaria sobre un nuevo modelo de sociedad, y encontró coherente empezar por cuestionar todo cuanto le rodeaba.
Mireia y Marc ya no se veían a diario, sino cuando sus nuevas y febriles actividades literarias se lo permitían. Durante aquellos encuentros se intercambiaban cuartillas con sus respectivos trabajos.
—¿Cómo llevas el programa político? —solía preguntar Mireia sin pretender una respuesta demasiado detallada.
—Bien... En realidad, no tan bien. No es una idea fácil de desarrollar... ¿Y tus cuentos? ¿Has escrito alguno nuevo?
—Sí, varios. Éste me gusta mucho —dijo poniendo sobre la mesa varios folios mecanografiados—. Es la historia de una mujer atribulada por las miserias de una familia desunida...
—Déjamelos, los leeré después. Pero, hablando de familias desunidas, desde que cerramos la revista ya apenas nos vemos.
—Sí, es cierto. Pero entiéndelo, ahora tengo que encontrar otro trabajo. Me paso el día escribiendo y enviando currículos; entrevistándome con jefes de personal... En fin, que no paro en todo el día, y, además, necesito tiempo para escribir.
—Lo comprendo...
Marc no deseaba recriminar esta falta de contactos con demasiada severidad. Sabía que solo era cuestión de tiempo para que ella fuera saliendo lenta pero inevitablemente de su vida.
—Además —siguió argumentado Mireia, como si deseara explicar un nuevo sentimiento que estaba surgiendo en ella—, estos últimos meses han sido muy intensos. Necesito estar sola más tiempo. Tú eres muy absorbente. Incluso estoy planteándome hacer algún viaje por ahí. Quiero ir a la India, o a Latinoamérica, a donde sea, ¡pero lejos de aquí! Necesito tener la sensación de que hago lo que quiero hacer y no lo que debo hacer. Contigo tenía la sensación de estar haciendo lo que debía, porque la revista era un proyecto por el que valía la pena renunciar a muchas cosas personales, pero ahora..., sin revista. En fin, la situación es totalmente distinta.
—Creo habértelo dicho en cierta ocasión en El Portalón, así es que no me sorprende, pero me apena.
—Solo es una etapa. Quizás más adelante... En fin, no sé.
—Al menos —comentó con tono conciliador para no dramatizar más la situación
Estimado lector / Estimada lectora, si te ha gustado lo que has leío puedes comprar el resto haciendo clic aquí:
He puesto los precios mínimos posibles. Gracias por tu ayuda.   SUBIR ->