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Berlín sin muro
JAIME DESPREE




BERLÍN SIN MURO
IMPRESIONES DE BERLÍN













© Jaime Despree
Todos los derechos reservados
jaimedespree.com





























Por qué vivo en Berlín









Bueno, uno nace accidentalmente en tal o cual país del mundo, y se pasa el resto de su vida tratando de dar con el país en el que le hubiera gustado nacer. Hay quien tiene oportunidad de viajar por el mundo y comparar unos países con otros y sacar sus conclusiones. Yo soy de esos afortunados y he recorrido medio mundo. Por ejemplo, durante mi estancia en los Estados Unidos tuve al principio una agradable impresión. Primero fue San Francisco, con su fascinación cosmopolita, su ambiente hippy, sus interesantes cafés, el encanto de sus barrios victorianos, sus tranvías, las brumosas playas del Pacífico y la soleada Área de la Bahía interior, su inquietante barrio chino y el latino, con sus graffitis políticos e imágenes de Frida Kahlo y Paco Rivera, o del Día de los muertos mejicanos. 
Luego residí algún tiempo en Los Ángeles, tan cinematográfica y tan sugerente. Con su letrero de Hollywood en la ladera, sus barrio súper lujoso de Beverly Hill, y Sunset Boulevard, con sus altas y cimbreantes palmeras; los ríos de tráfico de sus inmensas autopistas con dirección a las playas de Santa Mónica o Long Beach, llenas de surfistas y bellísimas patinadoras, sus animados cafés playeros, sus lujosas mansiones en los arenosos acantilados que bordean la costa. 
De Los Ángeles me fui a Nueva York, con su poderoso atractivo cosmopolita, su Manhattan desconcertante y a la vez impresionante, su lujosa Quinta avenida, su inmenso y medio salvaje Central Park, los ferris canarios de Staten Island, la animación callejera del Harlem latino y afro-americano y, en fin, tantos excitantes lugares rebosantes de energía creadora. Pero la primera buena impresión pasó y quedó la cruda y simple realidad de sus cientos de mendigos indigentes, ocultos en sus parques durantes las frías noches de invierno en enormes cajas de cartón de embalajes de neveras, sus barrios sucios y degradados y desangelados, su estresante ritmo de vida, su frialdad urbana, su loca persecución del éxito económico y la tragicómica vanidad de las candilejas de Broadway. ¡No, ése no era mi país soñado! Aunque confieso que estuve a punto de dejarme seducir por sus cantos de sirena y su «sueño americano», que ahora sé que no es más que un mal sueño, o mejor, una angustiosa pesadilla americana. Por eso me fui de allí tan pronto como el primer neoyorquino al que le comenté mis últimas impresiones me contestó: «¡Pues si no le gusta, váyase a su país!»  Pero seguí vagando por ahí, de un país a otro, buscando algo que no tenía ni idea de qué era, pero que lo sabría tan pronto como lo viera. ¡Y sucedió en Berlín! Por eso estoy aquí. 
No es que Berlín sea el paraíso. A decir verdad es una ciudad algo desdichada, pero no triste. Es desdichada por su pasado, pero sobre todo porque por culpa de ese pasado se ha rehecho como una ciudad modelo, tanto que yo creo que sus habitantes viven agobiados por un exceso de orden, respeto, tolerancia y buena educación, que está lejos de estimular su imaginación, como sucede en Londres, en Roma o en París. Ese comportamiento cívico tan ejemplar resulta en ciertas ocasiones algo agobiante. Sólo rara vez los berlineses dejan volar su imaginación y hacen lo que les viene en gana. Prácticamente carecen de fiestas locas. La vida nocturna es tan discreta que parece que no exista, salvo las noches de cabaret para turistas y jubilados del Friedrichstadt Palace. Mientras tanto las calles se llenan de sórdidas salas de juego, póquer sobre todo, un desdichado pasatiempo que da una idea de su languidez y falta de espontaneidad e imaginación artística ciudadana. Tal vez por esta razón los espectáculos callejeros espontáneos son por lo general pobres, poco inspirados, y en su mayoría vulgares, como esos grupos de rock descamisados, sudorosos y desafinados que suelen tocar, quiero decir armar escándalo, en la Pariser Platz. Y ahí están sus estatuas vivientes con los típicos iconos de la ex RDA, URSS y USA juntos, para satisfacer el morbo de turistas con escasa sensibilidad artística, como son casi todos los turistas del mundo,  ávidos de tópicos y estereotipos, según los traen en la cabeza, inculcados por las agencias de viajes, las malas guías de turismo o algunos nefastos blogs de Internet. 
Entonces, se dirán, ¿cuál es el encanto de Berlín que me ha seducido desde que puse los pies en ella? Es difícil de explicar y me ahorraría mucho trabajo si supiera que han leído «El lobo estepario» del Hermann Hesse, como creo yo que lo hemos leído casi todos los de mi generación. Esta ciudad es una estepa perfectamente urbanizada, por supuesto llena de lobos esteparios, potenciales suicidas que nunca atentarán contra sus vidas, de una languidez bellísima, que se demuestra en la melancólica mirada de sus mujeres, tan inteligentes que ha renunciado a entender el mundo que les rodea para limitarse a bebérselo con abundante cerveza o café hasta intoxicarse. Es, por tanto, una ciudad centro europea; es decir, limpia, ordenada y pequeño burguesa, pero habitada por lobos esteparios con un alma derrotada por las terribles contradicciones que tienen que soportar día a día, desde la mañana a la noche. 
Y ese vivir intensamente las contradicciones de este mundo es lo que la hace encantadoramente desdichada. Desdicha que, puestos a ser contradictorios, encierra cierta alegría, la de sentirse salvados de inocencias perjudiciales, fantasías sin fundamento o ilusiones sin esperanza de ninguna clase. Por eso Berlín es la gran atalaya del mundo, desde donde se contempla todo lo que es tal y como es y no como desearían que fuera. Es la conciencia de la «vieja Europa», con nuevos brotes también viejos, niños que son como adultos y adultos que no pueden ser como niños. Una mezcla de optimismo racionalista y pesimismo idealista, si se puede decir, al que le falta un poco de luz mediterránea, la suficiente como para imaginar cosas que no son. Si Berlín fuera música sería el torturado Concierto para violín de Mendelsshon, hijo de la ciudad hermana de Hamburgo, pese a que esta ciudad de «tierra adentro» goza del viento húmedo y mágico de ese Mediterráneo de los países del norte de Europa, como es el mar Báltico, aspecto que se puede sentir en este gran músico. Pero también serían los Conciertos de Brandemburgo, de Bach, antes de que fuera desdichada, o la Novena sinfonía de Beethoven, cuando fue imperial y clásica.
Por todo esto siempre he sabido que Berlín era el lugar que estaba buscando y, por tanto, el que considero mi verdadero hogar. Porque yo no soy un artista imaginativo, en cuyo caso me hubiera ido en busca de la luz, el sabor y el color de la Provenza francesa o de la Toscana italiana; tampoco soy un intelectual o sociólogo, en cuyo caso me hubiera quedado en Nueva York, ni un divo, para lo que hubiera servido Los Ángeles. Tampoco soy una persona que necesite mucha animación, para lo que hubiera elegido Londres o París; no, yo soy una persona simplemente resignada, otro lobo estepario; seguramente que un potencial suicida aferrado a la vida; alguien que detesta el orden y el carácter pequeño burgués, pero que no puede vivir sin sus grandes ventajas de todo tipo; soy una persona tan complicada, desencantada y frustrada que todo el mundo me encuentra encantador, como si ellos fueran la boa del cesto y yo su flautista embaucador. 
Por eso ¿dónde podría vivir mejor que en Berlín? ¿Dónde puede una persona derrotada y desencantada, un simple observador compulsivo de este curioso mundo, gozar de la estima de sus conciudadanos? Allí donde seamos comprendidos y tolerados; allí donde el desencanto sea un valor social apreciable, siempre que no sea destructivo sino moderadamente creativo. Pero no esperen que en Berlín vivan muchos Picassos, Matisses o Van Goghs; no, aquí viven artistas frustrados, desencantados, desilusionados y solitarios como lobos esteparios, y por eso producen un arte desdichado, pero no triste, pues el arte nunca es triste. Y si no lo creen, ahí estaban los expresionistas de «Die Brücke», y sus desdichadas obras de arte. Por esa razón sospecho que mis notas serán también algo desdichadas, pero en ningún caso tristes. Nunca he sido más infeliz, pero he estado más contento y satisfecho. Nunca he disfrutado tanto de una ciudad tan amable y educada, donde uno puede observar sus gentes a sus anchas, porque se dejan observar, cuando en otras ciudades y culturas la observación de la gente está, sencillamente, condenada, desacreditada y por tanto mal vista y poco tolerada; aquí las cosas para los buenos observadores son distintas, y uno goza de la paz y la tranquilidad necesaria para pensar tranquilamente en aquello que observa. Esta es, sin más preámbulos, la idea de estas notas. Espero que al menos, si no les gustan les entretengan, pues hoy la mayoría de los escritores no aspiran ya a otra cosa que a entretener.










Un observador compulsivo











Tengo la obsesión de observar a todo el mundo y pensar minuciosa y detalladamente sobre lo que observo. A veces son verdaderos disparates, otras me encanta lo que pienso. Esta obsesión tiene su lado bueno, pero también el malo. A veces es divertido porque la gente no se suele observar a sí misma y no tiene ni idea de lo gracioso, disparatado, absurdo, grotesco o ridículo que resultan. Muchos creen que no tienen nada en especial que merezca ser observado, porque carece de este tipo de ambición; quiero decir que se creen personas comunes y corrientes, con sus pequeñas manías y alguna que otra originalidad muy pasajera. Viven convencidos de que nadie les observa y por ello no ponen ni el mínimo interés en lo que hacen. Pero yo sé muy bien, porque tengo la obsesión de observar desde muy pequeño, que no hay nadie en este mundo que no tenga algo de especial; algo que llama la atención y que los distingue de los demás, a pesar de que vistan con una camiseta de un club de fútbol y un pantalón tejano descolorido, que es la ropa más adecuada para pasar desapercibido. Lo malo es que la mayoría, pese a tener algo especial, no son ni mucho menos interesantes, sino todo lo contrario, aburridos, por lo que uno se cansa pronto de observarlos. 
Creo ser una persona afortunada y tengo tendencia a observar personas con algún interés especial, razón por la cual he mantenido esta obsesión durante más de veinte años. Lo frustrante es que a veces descubro verdaderas joyas; personas interesantísimas que merecían que alguien las descubriera y hablara de ellas en público, y no que se queden en un pensamiento pasajero y personal, más o menos original e interesante. 
No hace mucho comenté mi caso con una buena amiga mía y me sugirió que sería una buena idea escribir sobre mis obsesivas observaciones. 
—¿Que escriba yo sobre lo que observo? —le comenté.
—Por ejemplo…
—Bueno, después de todo es una idea; tal vez me anime.
¡Y me animé! Pero no he completado todo sobre mí. 
Mi amiga me sugirió que si me decidía a escribir sobre mis obsesivas observaciones que no firmase con mi nombre, porque es poco literario.
—Wolfgang Weber. ¡Exacto! —me volvió a comentar mi amiga. 
—¡Pero yo no soy alemán! ¿Cómo voy a tener un apellido alemán?
—¡Y a quién le importa! ¿Vives en Alemania, no? ¿Te imaginas este libro?: «Memorias de un observador compulsivo de Berlín», por Wolfgang Weber. ¡Arrasaría en España! 
No acepté su sugerencia porque, aunque yo no entiendo mucho de marketing literario, ya que lo mío, como he dicho, es simplemente observar a la gente y pensar para mis adentros cosas sobre lo que observo, tampoco es ésta una obra literaria. Así es que firmo con mi nombre. 
¿Que por qué lo hago? Quiero decir, ¿por qué mi obsesión por observar a la gente? No tengo ni idea, pero sospecho que tiene algo que ver con mi traumática infancia. No recuerdo mucho, excepto cuando sueño con algo relacionado con ella, y siempre sucede lo mismo: allí estoy yo con pantalones cortos observando a los demás niños como juegan a guerras a pedradas, piratas con espadas de palo, al látigo, al burro de la ventana, o a churro, mediamanga, mangaentera, o a otros juegos para los que se requería fuerza y hasta cierta dosis de violencia, porque dado mi raquítico aspecto y mi carácter retraído y tímido en mis sueños yo nunca soy aceptado en sus juegos. Pero sólo me sucede con los chicos, porque las chicas me dejan saltar a la comba con ellas, o participar en sus corros de la patata, en las prendas, o en otros juegos sencillos y divertidos para ellas, como el escondite, a pies quietos, al ratón que te pilla el gato, las comiditas, o incluso a mamás y papás, en el que yo hago el papel de papá o de hijo, y a médicos y enfermos, ¡el más interesante! Por esa razón decía que uno nunca sabe sobre su potencial homosexualidad. Pero como digo, creo que ese tema está resuelto, y para probarlo puedo contarles lo que he podido observar esta misma tarde a mi regreso de Mitte, cuando estaba a punto de cruzar uno de los semáforos de la rotonda del popular Siegesäule, el Ángel de la Victoria, para entendernos. 

























Un ángel en un semáforo








Hoy es una hermosa tarde estival y resultaba agradable recorrer la gran avenida 17 de Junio bajo sus frondosos árboles, desde la puerta de Brandemburgo, aunque yo venía del Instituto Cervantes, en el estresante barrio de Mitte, abarrotado de turistas boquiabiertos y fotomaniáticos, donde había ido a buscar un libro de Ángela Vallvey, que resulto que no lo tenían. El semáforo está situado en la avenida Spreeweg, a pocos metros del palacio presidencial de Bellvue, y es uno de esos semáforos que tardan mucho en cambiar, y donde suelen concentrarse limpiadores de parabrisas, titiriteros callejeros o escupefuegos espontáneos. Afortunadamente en este caso la persona que entretenía a los acalorados conductores no era el clásico escupefuego, sudoroso, súper tatuado y con las manos sucias de la gasolina, al que siempre le suele acompañar un perro inclusero, desgarbado y de pelaje raído por las largas siestas sobre las aceras de Berlín, sino que era un «ángel». Sí, tal y como lo digo, un hermoso ángel de un endemoniado atractivo físico. Y si aquel precioso ángel excitó mi imaginación sin duda fue porque no tengo ni el menor indicio de homosexualidad, todo lo contrario, pero es un poco embarazoso entrar en más detalles.
El ángel que observé en realidad era una mujer de unos veinte años, o tal vez más joven. Digo que era un ángel porque tenía dos pequeñas alas blancas sujetadas a la espalda completamente desnuda. Vestía una especie de túnica azul ceñida escasa por todas partes por donde se mirase, supongo que poco angelical, que apenas le cubría una ridícula parte de su hermoso cuerpo. ¿Qué hacía en el semáforo con sus pequeñas alas blancas? Nada del otro mundo, sobre todo para ser un ángel. Se ganaba la vida alegrando la vista a los conductores y lanzando dos bolos al aire, que recogía con bastante precisión después de que hicieran varias piruetas en el aire. Pero lo fascinante de su breve y sencillo espectáculo no era sin duda ni su habilidad para lanzar los bolos, ni sus pequeñas alas blancas, sino ella misma. El espectáculo era su cuerpo, capaz de dilatar las pupilas de cualquier hombre sin rastros de homosexualidad, o de una lesbiana, claro está, y de desbocar la imaginación con fantasías eróticas inevitables e inconfesables, sobre todo si los conductores estaban acompañados de sus respectivas esposas, pero no en mi caso, solo y conduciendo una bicicleta. Así es que dejé que mi imaginación se desbocara, porque no soportaría reconocer que he dejado de tener imaginación. 
Si llevaba aquellas pequeñas alas sin duda que era para contrarrestar el endemoniado atractivo de su joven cuerpo, porque ella se diría a sí misma: «¡Eh, eh; a pesar de las apariencias soy un ángel!». Sin duda que este sencillo espectáculo callejero sería causa suficiente para una condena por lapidación en alguna cultura religiosa integrista. Pero afortunadamente en Berlín no pasan esas cosas. La verdad es que la chica era verdaderamente un ángel, porque los ángeles pueden presentarse transfigurados de diversas formas, y una de ellas es con el hermoso cuerpo de una joven lanzadora de bolos, entreteniendo a los agobiados conductores en un semáforo del Tiergarten. ¿Por qué no? Por mi experiencia de observador convulsivo me he dado cuenta de que en general la mayoría de las mujeres jóvenes de esta ciudad podía ir por ahí con dos alas de ángel en las espaldas, porque casi todas las que he conocido, de las más diversas razas de este agobiado planeta, me han parecido realmente angelicales. El mundo sería un funeral sin su alegría, su fresca imaginación y su espontánea naturalidad, como lo demuestra el hecho de que esta encantadora criatura llevaba dos alas de ángel con la misma naturalidad que si fueran propias. Por eso decía que me apasiona observar a la gente cuando se ven cosas como éstas, y de paso prueba, creo yo, mi teoría sobre mi masculinidad, sea para bien o para mal. 
Con esto ya he dicho casi todo sobre mí. Claro que siempre hay cosas personales que son inconfesables. No creo que haya un solo ser humano que no oculte algo vergonzoso de su pasado, como haber torturado a un pobre animal indefenso, así como asuntos familiares indecentes o violentos que son inconfesables, incluso para uno mismo. Pienso que en nuestro ordenado y civilizado mundo occidental, rara es la mujer que no ha sido de alguna manera abusada, y raro es el hombre que ya adolescente no haya abusado alguna vez de alguna niña, o de otra adolescente, pero también, siendo ya adulto, de una mujer, sobre todo dentro del matrimonio. Pero estos son temas muy delicados, que como digo, son inconfesables públicamente. Uno no suele decir en sus autobiografías cosas como que de niños una vez jugando a médicos engañamos a una inocente criatura para que nos mostrara su sexo; o que las manoseábamos más de lo debido en el juego de la gallinita ciega, etc. Pero son cosas que no se olvidan, no porque estuvieran mal, sino porque nos habían hecho creer que estaban mal, que es muy distinto. Eran cosas naturales e inocentes, pero los dichosos curas que nos daban la catequesis nos hicieron creer que lo peor y más pecaminoso de la naturaleza humana estaba en la natural atracción sexual, es decir, en el erotismo. Claro que muchos de ellos tenían sus amantes, y algunos no respetaban ni edad ni sexo. Pero nadie decía nada, sólo sucedía que de vez en cuando tal o cual párroco habían sido trasladados a otra parroquia, y eso era todo. 
Por esta razón, ya bastante crecido, he tenido de recomponer mi moralidad, sobre todo la relacionada con la sexualidad, y he conseguido librarme de la sensación de culpa por tener pene, hasta el extremo de que los veranos que pasaba en España solía frecuentar playas donde era tolerado el nudismo. Desde entonces controlo mi imaginación y sólo permito que se altere cuando las condiciones son favorables, como por ejemplo en el caso del ángel, pero nunca cuando estoy ante la presencia de un cuerpo desnudo al   natural, sin que haya motivo para creer que se trata de una provocación. Por esa razón, disfruto de su belleza, así sin más, por el puro placer estético y me encantan los desnudos femeninos. 
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