×
LOS + LEIDOS
Ecología y sociedad civil
94 LECTURAS
La pasión de Alicia
61 LECTURAS
La extraña. Una historia de la inmigración
58 LECTURAS
Filosofando sobre la Realidad, el Ser, Dios y el Cosmos
46 LECTURAS
Marcus. Historia de un barrio
43 LECTURAS
Filosofía de los sistemas sociales
37 LECTURAS
eDemocracia para indignados
28 LECTURAS
La guerra de Inés
26 LECTURAS
Berlín sin muro
22 LECTURAS
Mi querida libertad
21 LECTURAS
La batalla de Sigüenza. Diario de guerra
16 LECTURAS
Relatos celestiales y otros cuentos
16 LECTURAS
Cuentos berlineses
15 LECTURAS
Filosofía para todos los públicos
8 LECTURAS
Naturaleza y ser humano
7 LECTURAS
No soñarás en vano
1 LECTURAS
Mi querida libertad
JAIME DESPREE




QUERIDA LIBERTAD
UNA HISTORIA DE LA TRANSICIÓN





NOVELA



© Jaime Despree
www.jaimedespree.com
Todos los derechos reservados






«El pueblo español vive de la renta
de un capital de heroísmo forjado
durante los tres años de guerra civil.»

«En un momento en que el mundo
empieza a volver los ojos hacia nosotros,
probemos con nuestro rigor que podemos ser
de nuevo el gran pueblo que antaño fuimos.»

Juan Goytisolo


«Y vosotros, jóvenes, escuchad
lo que los viejos os vamos a contar.»

De una cancion popular rusa














CAPITULO I

Teo fue un niño casi normal, pero tanto la madre como la abuela siempre le reprocharon un defecto: que no sabía jugar. Dicho así puede parecer una exageración, pero desde los 4 a los 12 años apenas si estuvo interesado por uno de sus primeros juguetes: un monito afelpado que tocaba los platillos cuando le daban cuerda. Empezaba a tocarlos con precipitación y atolondramiento. Golpeaba los platillitos con rabia mecánica, y saltaba de un lado para otro, sin una dirección precisa, golpeándose con las patas de las sillas, molestando al gato, quien había aprendido a distinguirlo de una posible presa, escurriéndose por debajo de la cama o cayéndose por las escaleras que había en el rellano de entrada al gran salón. Por eso no sabía jugar, porque quien en realidad jugaba era el monito y Teo se dejaba jugar por él. Cuando conteniendo la respiración dejaba sobre el suelo aquel juguete, algo inexplicable le fascinaba de tal manera que se limitaba a seguirlo con la mirada hasta que se le agotaba la cuerda. Es de suponer que la causa podía ser que nunca llegó a comprender la complicada maquinaria que lo impulsaba, y debía creer que aquel monito y la vida debían de tener algo en común.
La responsable de esta anomalía infantil de Teo fue sin duda su tía Virtudes, que le regaló el juguete unas Navidades, cuando apenas había cumplido los cuatro añitos. En realidad se trata de una curiosa paradoja, pues la tía Virtudes había comprado el monito para otra de sus sobrinas, pero eso mismo día se discutió con la hermana, y se vio otra vez en el taxi con el paquetito del juguete si abrir, que personalmente aborrecía, pues sus escrúpulos religiosos le impedían tener un criterio abierto y desprejuiciado contra los monos, fueran o no de juguete.
Lo de prejuicios religiosos es desde luego un eufemismo, tal vez debiéramos llamarlo racismo místico, porque Virtudes no hacía desde luego honor a su nombre.
Rondaba los treinta y su situación financiera era desesperada, sin embargo era lo que se puede entender por rica. Disfrutaba de las rentas de un buen paquete de acciones de «Campsa» y de «Altos Hornos del Vizcaya», a eso había que sumar las rentas de su finca de Extremadura, que aunque mal explotada, hubiera sobrado para alimentar a una docena de familias normales, pero tenia un problema: el juego.
Todo empezó cuando la invitaron a un famoso tablao flamenco de las afueras de Madrid, en dirección a las Rozas, donde parece que llego a actuar hasta Pastora Imperio.
Entre fino y fino y taquito de jamón le propusieron jugarse las consumiciones a cara y cruz. Ganó siete veces seguidas, lo que la animó a considerarse una persona con suerte.
—¡Anda chaval —dijo ya medio borracha después de las siete consumiciones—, busca al lotero que hoy tengo el día!
El chaval era al mismo tiempo el lotero. Sacó un puñado de décimos de la Nacional del bolsillo trasero, algo manoseados por las altas horas de la madrugada. Ella hizo como que veía el número, señaló con el dedo la corbata del lotero y le dijo:
—¡Éste!
El lotero, acostumbrado a que le pidieran la corbata a esas horas de la madrugada, comprendió el sentido y le puso el número en el bolso, convencido de que ella no sería capaz de hacerlo por sí misma.
—¡Está usted en racha, señorita, me acaba de comprar el gordo! —le dijo el chico con su agudo sentido de la mercadotecnia. —¿Por qué no echa usted una partidita de póquer con unos cuantos colegas amigos míos?
—¿Póquer? ¡Ni hablar! Yo de cartas sólo entiendo el tute y la brisca
—¡No me lo creo!
—¡Pues créetelo!
—¡Todo es ponerse, señorita! ¡Además, si es de broma, a peseta la apuesta!
—¡Eso es verdad! ¿Y dónde dices que hay esa partida?
El resto de la historia ya se la pueden imaginar, pero conviene encontrar la relación entre el monito detestable y la visita a la hermana.
Aquella noche perdió treinta duros, todo lo que llevaba encima, descontadas las últimas consumiciones que ya no quiso jugarse, pero aprendió mucha psicología y estrategia, bases del juego. La siguiente noche perdió mil pesetas, la otra cinco mil y cuando pidió la revancha se dio cuenta de que su cuenta en el banco estaba en números rojos. Acudió al banco, convencida de que con solo pronunciar su apellido compuesto tendría crédito al instante.
—No si todos pasamos por malas rachas —respondió el director al tiempo que se limpiaba con un pañuelo de seda los gruesos lentes de aumento—. Y ¿cuánto dice que necesita?
—¡Cincuenta mil!
El director no se inmutó, pero con toda probabilidad que sintió una punzada en el estómago, de ahí que la mayoría de los banqueros padezcan úlceras.
—Así que cincuenta mil...
—Sí; como le digo, esa finca mía necesita tractores y todo eso...
—Yo tengo un amigo que vende maquinaria agrícola... A lo mejor si le comento el caso...
Virtudes sacó su mal talante y perdió la paciencia.
—¡Bueno!, ¿pero me los da o no me los da?
El paciente banquero debió de sufrir una nueva punzada.
—¡Claro, por Dios! Yo sólo pretendía...
—Entonces, ¿paso ya por caja?
—¡Cuando guste, cuando guste! Y su papá, ¿no podría echarnos una firmita? ¡Es una simple formalidad... Ya sabe como somos todos los bancos...!
Consiguió las cincuenta mil y le duraron dos semanas. Cualquier persona sensata hubiera abandonado en ese preciso momento, pero Virtudes no era desde luego sensata.
Con las últimas cinco mil se marcó un farol, pero el contrincante debía de haber sido hijo de algún farolero, porque adivinó el engaño.
—De manera que está usted sin blanca.
—¡Hombre, sin blanca no, tengo la finca y las acciones! —se defendió a la desesperada
—¿A su nombre?
—Casi...
El jugador tenía el rostro algo picado de viruela, moreno, pelo graso y peinado obsesivamente hacia atrás. Vestía un traje oscuro de solapas cruzadas y sólo bebía coñac. Le puso cariñosamente la mano sobre el hombro y le susurró:
—Por mi, la perdono, pero uno tiene su reputación...
Virtudes sintió que la mano presionaba su hombro y lejos de asustarse comprendió rápidamente la idea. Y no le desagradó. Montaron en su FIAT descapotable a eso de las cinco de la madrugada, ya con el despuntar del día, y desde entonces paga sus deudas de juego de esa peculiar manera. Hay que decir que los jugadores llegaron a gustarle casi por regla general, y ella, al mismo tiempo, era un hembra dócil y suculenta. Para describirla habría que empezar por remarcar el impresionante contraste entre su cintura y sus caderas. Si tenía o no esqueleto era un misterio. Vestía a la moda de los cuarenta y se arregló el pelo al estilo Rita Hayworth en «Gilda». Ya era conocida en los ambientes flamencos nocturnos como la Rita del barrio de Salamanca.
¿Por qué visitó a la hermana para pedirle su aval? Este es el final de la historia, lamentable desde luego, pero fundamental para desarrollo de la personalidad de Teo.
Un día entró en la timba un caballerete bien presentado, más moreno de lo que suele poner el sol. Fumaba con boquilla y vestía un traje claro de lino, con un clavel en el ojal.
Virtudes se lo miró varias veces y lo estudió de arriba abajo. «¡No está mal!», se dijo, haciendo planes para la madrugada siguiente.
Perdió como de costumbre; se hizo la ingenua y parpadeó varias veces. Pero el caballerete ni se inmutó. Quería su dinero.
Entonces, confusa y casi la borde la histeria, cometió el error de hacer como que se le caía el bolso y por debajo de la mesa intentó provocarle.
—¡No me venga con esas, señorita, pague y déjese de jueguecitos sucios! —respondió el jugador del clavel en el ojal.
Virtudes estaba aterrada. Alguien le susurró algo al oído para que se hiciera una ida cuanto antes de su delicada situación. El caballerete era el amante de un bailaor de la trupe flamenca, pero se peleaban constantemente. Tal vez ya ni se hablasen.
Lo que le indignaba era que no podía comprender cómo era posible que un hombre, por muy mariquita que fuera, no se sentirá atraído por una mujer de sus encantos.
La hermana le negó el aval, y el monito paso a propiedad de Teo, cuya madre fue más compresiva. La tía Virtudes no tuvo reparos en sincerarse con ella, porque la madre de Teo tampoco era lo que se dice un ejemplo de honestidad.
Volviendo a Teo, no es una exageración decir que su infancia finalizó a los nueve años, el mismo día en que se estropeó el mecanismo del monito afelpado.
Hizo lo habitual: le dio cuerda cuidadosamente, siete vueltas exactas, tal y como lo venía haciendo en los últimos cinco años. Sujetó los platillos con sus dedos y lo puso con su habitual cuidado y expectación sobre un lugar en que no corriera el riesgo de precipitarse por las escaleras, golpearse contra la pared o correr cualquier otro riesgo que pudiera dañarlo. Conviene aclarar que a partir de los siete años ya no era muy frecuente verle jugar con su monito. Tan solo lo hacía funcionar al regreso del colegio y antes de irse a dormir. «Por si se rompe», pensaba obsesivamente cada vez que le daba cuerda. Ese día, el mismo en que su madre había tenido un aborto (que el General culpó a las pastillas para adelgazar que venía tomando asiduamente desde que cumplió los treinta) y no estaba en la casa para consolarle ante alguna inesperada desgracia, debió cometer algún error en las vueltas de cuerda o el mecanismo estaba ya al borde del colapso, porque, una vez liberado, los platillos ni se movieron, a pesar que tuvo la sensación de que tenían intención de hacerlo.
Teo no reaccionó en el primer instante. Tardó algunos instantes en comprender el alcance de la desgracia: Durante los últimos cinco años su vida había transcurrido dentro de la más absoluta y beatífica regularidad. Siempre encontraba el pijama debajo la almohada; le servían la misma marca de galletas para el desayuno; el gato continuaba vivo y juguetón, sin dar el menor signo de vejez o torpeza, incluso la bombilla del pasillo parpadeaba de la misma manera que lo había estado haciendo en todo ese tiempo sin que nadie, afortunadamente, se atreviera a cambiarla. Por eso cuando transcurridos unos angustiosos instantes comprendió que algo irreparable le había sucedido al monito, sintió como si un escalofrío le recorriera el cuerpo, es decir, ¡sintió miedo; miedo de la muerte, y eso que apenas si había cumplido los diez añitos!
Cuando se recuperó de la primera impresión no sabía qué hacer. La primera reacción fue llamar a su madre, pero no estaba; la segunda a la criada, pero no le pareció que Conchita estuviera en condiciones de comprender el alcance de la tragedia como podría hacerlo una madre; luego a la cocinera, pero decididamente no vio en el servicio a nadie que pudiera compartir tan angustiosa situación (le habían enseñado a menospreciarlos, la manera más sencilla de poner las cosas en su sitio y respetarse mutuamente de acuerdo a su categoría y posición social). Así es que se vio solo ante aquella inmensa tragedia para la que nadie le había enseñado a reaccionar. Llorar hubiera sido un disparate sin nadie que pudiera ser testigo. Enfurruñarse sería tanto como culpar al propio monito de su desgracia, pero él lo amaba, incluso roto. Despreocuparse hubiera sido una traición a su tambaleante infancia. Mientras su conciencia de niño se resquebrajaba estrepitosamente, sólo se le ocurrió empujarlo suavemente con la mano. «¡Debe ser pasajero!», intentó consolarse. Luego, en vista de que no reaccionaba, lo golpeó levemente. «Debe tener la cuerda atascada», se dijo cuando a penas si quedaba ya nada de su antigua ingenuidad infantil. Tuvo un primer ataque de furia adulta y por un momento estuvo a punto de dar por concluida su infancia estampando el monito contra la pared, pero, pese a ser consciente de su metamorfosis, decidió dejar parte de su huidiza infancia en algún lugar seguro de su nueva conciencia, ¡por si la volvía a necesitar algún día!
«Se ha roto, ¡y ya esta!», concluyó, poniendo punto y final a su angustia.
De esta manera tan simple concluyó su breve infancia, porque por primera vez tuvo que afrontar el solo y sin consuelo alguno una desgracia irreparable.
Cuando la madre regresó de la clínica de maternidad sin bebé y algo magullada, Teo comprendió (ya era adulto) que no era conveniente molestarla con nimiedades como esas.
—¡Te has quedado sin hermanito! —le dijo ignorante de la doble pérdida de Teo.
—¿Qué hermanito? —preguntó Teo.
—¡Nada, hijo, nada! ¿Cómo vas a entender tú de estas cosas?
En efecto, Teo no entendía de qué le estaba hablando su madre, pese a que doña Pura, compadeciéndose de él, había intentado a su manera explicarle qué es un aborto:
—A veces Dios no quiere que vengan más niños al mundo y se los queda Él en el cielo. ¿Comprendes, mi niño?
Pero Teo no estaba interesado en el asunto de los abortos, porque por entonces él había sufrido su propia pérdida, y, sin demasiada convicción, replicó a la cocinera con una nueva y desconcertante pregunta:
—¿Los juguetes rotos van al cielo?
Doña pura era un ejemplo de piedad casi exagerado, no en vano era ella la que más rosarios rezaba a su capillita la quincena que le tocaba, pero aquella pregunta excedía su escaso conocimiento teológico.
—¡Ay, niño, no digas memeces!
Tal y como había pensado en el momento mismo de la desgracia, el servicio no estaba a la altura de las circunstancias y su papá llevaba razón: «No les des palique al servicio, hijo, que si les das la mano se toman el brazo». Y se fue a su habitación, convencido de haber recibido la respuesta que merecía por no seguir los sabios consejos paternos.
Todavía transcurrieron hasta tres años antes de que la tragedia del monito se borrara completamente de su conciencia. Fue el día en que Conchita, limpiando el polvo de su habitación, golpeó de tal manera el juguete con el plumero que salió por la ventana y, después de superar los seis pisos del edificio, se estrelló contra el techo de la garita del cerillero. Conchita, alarmada, corrió a la calle en busca del monito, pues sabía que su señorito le tenía gran estima. No fue fácil convencer al cerillero para que le devolviera el juguete.
—¿Qué monito ni qué ocho cuartos?
—No me diga que no sabe de qué le hablo, que yo misma he visto como lo cogía usted del techo de la garita.
—Bueno, ¿y qué? ¡Lo que cae del cielo no es de nadie!
—Ande, devuélvamelo que si no al señorito le dará un soponcio.
El cerillero tenía un sobrino de la edad de Teo, pero al ver que la cuerda estaba atascada, comprendió de inmediato que no hubiera sido un buen regalo, sobre todo ahora que estaban metidos los dos hermanos en la hipoteca de un piso en el nuevo barrio obrero de Moratalaz. Por tanto se lo devolvió.
—¡Tenga, y a ver si tiene más cuidado de dónde tira usted sus monitos!
Por fortuna el juguete estaba intacto, pero cuando Conchita fue a ponerlo de nuevo en su sitio, allí donde había permanecido los últimos tres años, Teo estaba ya en la habitación.
—¡Ay, señorito Teo, su monito —dijo azorada, mostrando el magullado juguete—, que se ha caído por la ventana!
—¡Va, no te preocupes Conchita, si está roto!
Así dio definitivamente por concluida su infancia. Desde aquel mismo día Teo empezó a vivir su adolescencia.


CAPITULO II

Teo se crió en el típico ambiente de una familia de clase alta del barrio del madrileño de Salamanca; con cocinera, doncella y profesor particular, además de portera, claro está. La casa, era un noble edificio de finales del siglo XIX, tenía escalera y ascensor de servicio, con vistas a una gran avenida por donde circulaban tranvías. Tenía más habitaciones de las necesarias, algunas podía decirse que desconocidas, pero la más animada era siempre la amplia cocina, donde reinaba doña Pura, la cocinera. Era el único lugar donde estaba permitido el acceso a los extraños, que accedían directamente desde la escalera de servicio. Por allí pasaba el chico de la tienda de comestibles, pero también el profesor particular de Teo, don Ernesto. Sobre la enorme nevera, recién adquirida, colocaba doña Pura la capillita de la Inmaculada, la quincena que le tocaba, y a ratos libres aprovechaba para mal rezar algún que otro rosario mezclado con exclamaciones y lamentaciones como «¡Ay, Señor!», «¡Bendito sea el Santísimo!», o en alguna ocasión, pero más raramente, «¡Que sea lo que Dios quiera!», expresiones que no tenían nada que ver con la rutina diaria, ni con la capilla ni la Inmaculada. Sea por lo que fuere, doña Pura tenía esa vieja y piadosa costumbre y persistía en ella porque, a pesar de llevar más de veinte años en la ciudad, todavía añoraba un pueblo que, dicho sea como anécdota, se lo engulló hasta la torre del campanario un pantano inaugurado en 1952, tal vez uno de los primeros construidos por el dictador para refrescar su tiranía. Dicen que cada año por las fechas en que fue inaugurado, y a la hora puntual, suena la campana de la torre (pese a que ya no existe), eso si no hay riada, claro.
A media tarde aparecía siempre don Ernesto, se sentaba en uno de los extremos de la inmensa mesa y permanecía abstraído y repasando los temas que debía ensañar aquel día a su privilegiado alumno. Como eran ya las seis pasadas, doña Pura le había preparado algo de comer.
—Tantos latines y no tiene usted quién le remiende los calcetines. ¡Señor que lástima de inteligencia!
También solía venir el chico de la tienda con el pedido para el día siguiente, que colocaba ceremoniosamente en otro extremo de la amplia mesa, contemplando cada cosa como preguntándose por su razón de ser. Doña Pura intentaba repasar la cuenta, «Me llevo tres; me llevo tres. ¡Ahí, que tonta, ya no recuerdo de cuánto me llevo! ¿Todavía está aquí? A ver, siete más nananana… treinta y siete, y me llevo tres!» Pero el chico de la tienda le distraía con comentarios disparatados y fuera de lugar: «¿De qué le sirve al jilguero cantar si vive preso en su jaula? ¿No sería mejor que rebuznara y renegara de su esclavitud?». Doña Pura no le prestaba atención. Había exclamado dos o tres veces «¡Ay, Señor!» y se le olvidó completamente que debía repasar la cuenta. Ahora se sentía más interesada en el profesor, sobre todo porque estaba empeñada en casarlo, pues no había nada que la mortificara más que su propia soltería. El chico quiso llamar también la atención del profesor y se le ocurrió otra de sus frases lapidarias:
—¿Por qué somos así? Porque Caín mató a Abel, y desde entonces los hombres se asesinan unos a otros sólo por la costumbre heredada de Caín.
Doña Pura estaba pendiente del profesor y no prestaba atención al chico de la tienda. Pero la distraía intentando pensar en algo tan desproporcionado y descomunal como considerar a todos los hombres unos simples y míticos asesinos sólo por las fuerza de la costumbre. Pero no replicaba, porque no hacía ni veinte años que las disparatadas opiniones del muchacho estuvieron más que justificadas. Según datos fiables fue un millón o más de muertos y la mayoría por las mismas causas por las que Caín mató a su hermano Abel. Dicen que el general que provocó aquella matanza no tenía ningún sentido de la fraternidad, y apenas familiar. Parece que respetaba a su mujer por su condición de miembro destacado de la Iglesia católica, y en cuanto a su hija, los que le conocieron bien dicen que no le prestaba la mínima atención. En la aldea anegada por las aguas en 1952 se decía que el general deseaba un hijo, un hijo general naturalmente, alguien a quien poder confiar una misión delicada, como tomar Madrid, porque no confiaba en sus generales; prácticamente los detestaba. Temía que le arruinasen su gloria, la misma que adquirió Caín matando a Abel. Los moros de su ejército de mercenarios le tenían sin cuidado, pues prácticamente no los consideraba seres humanos. No sólo porque algunos se comportaron de manera brutal, lo que justificaba plenamente sus suposiciones, sino porque no se podía ser humano sin religión, la católica, claro está. Parece que a la única mujer a la que admiraba, pero sin caer en extremos, era a Isabel la Católica, a la que dedicó su matanza.
—El jamón que le pongo hoy es del bueno, que si se entera don Francisco me armaría un buen lío. Este es de Extremadura, de cerdos criados con bellotas en las fincas de sus amigotes militares. Hoy debe andar pegando tiros a las pobres perdices —cortó una, dos, tres lonchas; miró al profesor y cortó una cuarta— ¡Ea, no crea que soy roñosa! —se limpió las manos en el amplio delantal, dejó el fino cuchillo sobre la gruesa y grasienta madera de trinchar y colocó las rodajas en un fino plato de porcelana. Volvió a mirar al profesor y le recriminó en silencio un reproche imaginario difícil de suponer, porque chasqueo los labios, movió la cabeza y como si hubiera sido convencida de la inocencia de Judas, le puso el plato en el lado preciso de la amplia mesa donde solía almorzar. —¡Ande, coma, coma, don Ernesto, que un hombre de su talento bien merece una buenas lonchas de jamón de bellotas!
—Usted, que es culto y ha estudiado —dijo de pronto el chico de los recados dirigiéndose al profesor—, sabe cómo piensa un anarquista —bajó la voz, pero no antes de las dos últimas sílabas; cualquiera de la secreta le hubiera detenido con sólo escucharle decir «quista». Prosiguió con aire de conspirador en un ambiente familiar—. Un anarquista es alguien que crea, porque la libertad, así sin más, consiste en crear, con eso ya basta. Por ejemplo, si yo tuviera gallinas pondría el huevo encima de la gallina y que fuera lo que Dios quisiera. ¿Por qué?: ¡porque soy creativo! ¿Qué gana la gallina incubando el huevo?: ¡otra gallina! ¿Y qué gana la otra gallina incubando otro huevo?: ¡otra gallina! ¿Y la otra y la otra y la otra?: ¡más gallinas! Y lo que yo digo es: ¿cómo podemos los seres humanos aspirar a lo mismo que aspiran las gallinas?
El profesor tomó el cuchillo que le acercaba doña Pura. Intercambiaron una socarrona mirada acompañada de una sonrisa benévola. El muchacho esperaba una respuesta. Su expresión era evidentemente la de alguien con futuro.
De improviso entró la doncella. Al ver al profesor sentado a la mesa intentado comer el jamón de la manera menos natural y adecuada es evidente que se sintió turbada. Hizo como que tenía algo importante que hacer, abrió y cerró varios cajones y por fin comprendió que no podía seguir haciendo esas cosas sin sentido. Desmotivada y derrotada se dejó caer en la primera silla con la que se tropezó, pues su frenético disimulo le impidió verla.
Conchita era una chica de pueblo sin aspiraciones. Alguien la puso en un tren con una maleta de cartón llena de ropa interior, recuerdos y un escapulario de una virgen local. Recordaba el día en que tomó aquel tren correo de color marrón. «Conchita, hija, haz lo que te mande la señora. No dejes mal a tu familia». Le había gritado desde el andén. Lo único que recordaba era la cara extraña y nueva del tonto del pueblo, porque era la primera vez que parecía tener expresión y tristeza. ¿Estaría enamorado de ella? Pero, cómo saberlo. El tonto sólo sabía decir: «Mummmm, mummmmm, mummmm». A todo decía «Mummmm», pero con un tono notablemente diferente. Hablaba mucho y todo el día, y la gente le entendía. Hasta hacía complicados recados para los del pueblo. Pero aquel día no dijo nada. Aquél día, en la estación, su entrecejo estaba contraído, tenía los ojos bien abiertos, la boca babeaba con más intensidad y algo parecido a una lágrima espesa y sucia ensombreció su mirada franca y despejada. Conchita sintió algo de repugnancia, pero se compadeció de él. Y ahora se había enamorado del profesor particular de Teo; y cuando se encontraba con él le recordaba la expresión del tonto en la estación, que debía sentir lo mismo por ella, pero desde luego en el más absoluto de los secretos, pues el tonto jamás pudo sospechar que un día la viera vestida de domingo cargando una maleta de cartón asomando su moreno, saludable y pueblerino rostro por la ventanilla de aquel vagón marrón, ennegrecido por la carbonilla, instantes antes de que emprendiera su cansina marcha hacia Madrid. Conchita le miro y le sonrió sólo por compasión, pues era evidente que nunca hubiera podido sentir nada especial por él.
Cuando estaba junto al profesor, Conchita agradecía a su madre que la hubiera metido en aquel destartalado tren aquel sofocante atardecer, porque no le parecía extraño ni chocante que aquel hombre dulce, culto y comprensible se fijara en ella, sobre todo ahora que tenía tan buen aspecto, con los cabellos bien arreglados, el cutis más limpio y cuidado, los modales más finos y hasta según le parecía más femeninos. Lo cierto era que le gustaba el profesor, no porque fuera guapo, sino grande, inmenso, culto y protector. No como un padre, sino como un dios. Se sirvió un baso de agua de la fresquera y se sentó en la misma silla que había puesto fin a sus infundadas angustias. Ahora miraba al chico de la tienda e intentaba prestar atención a la conversación, porque el profesor también parecía interesado. Ella, a veces, vivía a través de él. Aquella era una de esas veces. «No hables si no te preguntan —le dijo su madre antes de subir al tren marrón—. No seas curiosa y baja la vista cuando se dirijan a ti, tanto el señor como la señora. No pienses, sólo obedece.»
Conchita ya sabía que el tonto del pueblo se ahogó en una poza del río, justo debajo del puente. Todos los del pueblo sabían que en aquel remolino había una poza y el tonto debía de saberlo también. La carta, mal caligrafiada y con algunas manchas de grasas (seguramente que su padre la guardó en el morral donde solía llevar el tocino para el almuerzo al pastorear las ovejas antes de llevarla al buzón de Correos que hay en la estación) decía: «Miguelito, el pobre, se ha tirado al río desde el puente, justo donde está la poza. Se nos hace raro que se ahogara sabiendo nadar mejor que los peces». ¿Por qué le venía ahora a la mente la imagen de Miguelito, boquiabierto, detrás del carromato del mozo de la estación?
—Si yo fuera el hijo de un general, como Teo, por poner un ejemplo…
—¡Ya salió otra vez el tema militar!
—Déjeme que siga, doña Pura, que no va por ahí la cosa. Digo que si fuera el hijo de un general no soñaría, y con el tiempo y todas las monsergas de la educación sería, casi con toda probabilidad, otro general (del huevo sólo puede salir otra gallina, etcétera), en cambio al ser un anarquista puedo soñar que ya no soy un chico de los recados y que puedo llegar a ser lo que desee ser. ¿Comprende la idea, profesor?
Si Conchita pensaba con frecuencia en aquel desgraciado era porque aquella tarde en la estación manoseaba inquieto la vieja columna de hierro de la marquesina de la estación. Lo vio moverse de un lado a otro sin atreverse a separarse de ella, como si estuviera atado y no se pudiese librar de una soga imaginaria. Pero, al mismo tiempo, el pobre en su ingenuidad de retrasado mental tal vez creía que podía ocultarse detrás de aquel pedazo de hierro repintando y herrumbroso. No es que Conchita le prestara atención, porque su madre no paraba de aconsejarla sobre mil cosas, como «Ponte la mano en boca cuando estornudes, que salen microbios y la señora se puede contagiar» o «¿No te habrás olvidado del velo y el devocionario que te regalamos por tu comunión?». Pero de vez en cuando no podía evitar entrecruzar alguna que otra mirada con él.
Doña Pura sirvió un baso de vino, lo puso sobre la mesa con un calculado golpe para no derramarlo, lo que mostraba claramente su intención de terminar con aquella absurda conversación, le dio una palmada en la espalda al profesor, y dirigiéndose al chico de los recados, casi le gritó:
—¡Anda, anda, déjate ya de majaderías y deja tranquilo al profesor, que el niño estará a punto de llegar y todavía no ha probado bocado!
El profesor sacudió ligeramente la cabeza, pensó unos instantes, comió el trozo de jamón que esperaba trinchado en el tenedor, y cuando pudo articular palabra, dijo apesadumbrado por una confusa idea que no era capaz de concebir:
Estimado lector / Estimada lectora, si te ha gustado lo que has leío puedes comprar el resto haciendo clic aquí:
He puesto los precios mínimos posibles. Gracias por tu ayuda.   SUBIR ->