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Dedicatoria







En este pequeño libro yo no he puesto más que un poco de imaginación y algunas horas de agradable trabajo, lo importante lo han aportado aquellas personas que con su estímulo y ayuda lo han hecho posible. Estas personas son, sin seguir un orden de importancia, las siguientes:
«Pelirroja», de quien sólo sé su alias, pues me contactó desde España a través de mi blog en Internet. Desde un primer momento me sugirió, y hasta rogó, que le contara cosas de Berlín. Así surgió el primer cuento de este libro, «Cosas de duendes de Berlín», y después surgirían todos los demás. Pero, además de este libro le debo algo que para mí es de suma importancia. Al escribir este cuento me di cuenta de que suponía un decisivo paso en mi carrera literaria, ya que después de tres agradables años de estancia en Berlín, era la primera vez que escribía «en Berlín y sobre Berlín», es decir, de la noche a la mañana, y gracias a su insistencia y estímulo, me convertí en lo que creía difícil y laborioso que llegara a suceder: en un escritor berlinés que escribe en español.
Lucia Naiscemento, una amiga y vecina portuguesa que prueba dos cosas importantes: la primera que la inteligencia no entiende de sexo ni nacionalidad, la segunda que la amistad es un estímulo más provechoso y duradero que el amor. Sin su ayuda, su confianza y su lealtad este libro no hubiera sido posible. Berlín está de suerte por contar con una persona tan encantadora y brillante como Lucia, que además desarrolla una importante labor de investigación de una de sus prestigiosas universidades.
Todos mis entrañables y súper amables vecinos, incluida mi paciente «Hausmeisterin», Frau Buhla, y la sensata y extraordinaria mujer propietaria de mi apartamento, Christa Klein, a quien debo un emotivo regalo que recibí esta pasada Navidad. En su amable carta me decía que «Dios nos envía toda clase de problemas, pero también el talento necesario para resolverlos». No puedo estar más de acuerdo.
Aunque pueda parecer que intento congraciarme con las «autoridades», me veo en la obligación moral de dedicar también este breve libro de cuentos berlineses a los responsables del departamento de «Asuntos sociales» de mi embajada en Berlín, quienes en un delicado momento, especialmente crítico y coincidiendo con las fechas navideñas, me «echaron una manita», lo que me permitió gozar de la tranquilidad y el sosiego necesario para escribir estos cuentos prácticamente de un tirón.
Por último, quiero dedicar también este libro a quienes he tenido en la mente, y también en el corazón, durante su redacción, y sin cuyas vivencias anteriores, afectos, respeto y cortesía, simplemente hubiera sido impensable; es decir, ¡a los berlineses!
¡Gracias a todos!

Berlín, 24 de diciembre de 2007


Cosas de los duendes de Berlín

Dedicado a «Pelirroja»




Como las cosas que se piden con educación y por favor no se pueden negar, te voy a contar una breve historia que se me ha ocurrido así, de pronto.
¿Quiénes saben del color de las hojas en el otoño berlinés mejor que los duendes del Tiergarten? No hace mucho tuve la suerte de encontrarme con uno, y eso que lo habitual es que aparezcan durante el equinoccio de invierno.
—¡Preciso otoño! —le comenté, extrañado de que siguiera fumando su pipa como si tal cosa, apoyado en un viejo nogal cerca del puentecillo que lleva al jardín zoológico.
—¡Hermoso! —contestó (los duendes son gente de pocas palabras y normalmente detestan a los turistas)
Uno nunca sabe cuál puede ser la conversación adecuada para ganarse la confianza de los duendes, así es que me entretuve dando pataditas a las bellotas y haciéndome el interesado por su bosquecillo.
—¿Tabaco cubano? —le dije para despistar.
—¡Turco!
—Si no es mucho molestar, ¿vive usted por estos alrededores?
—En esta misma haya, desde hace más de trescientos años!
—¡Guau! —le contesté en inglés. Mal hecho, porque sospechó que era turista.
—¿Es usted turista? —(¡lo que me temía!)
—A medias; sólo escritor.
Murmuró algo, como dándome a entender que me perdonaba.
—Yo conocí a los Grimm
—¿A los hermanos Grimm? ¿Los de Blancanieves? —asintió, no sin cierta arrogancia.
—¿Escribe usted también cuentos? —me preguntó a su vez, pero sin poner demasiado interés por la respuesta.
—No siempre, pero tengo un encarguillo de una pelirroja española. Ya sabe como son las chicas cuando se empeñan en algo. ¡Saben cómo pedirlo!
—¿Y que piensa contarle?
—¡Pchsss, lo primero que se me ocurra!
—Yo me sé un cuento muy gracioso, a lo mejor le sirve.
—¡Cuente! —le rogué con la excitante sensación de poder salvar mi compromiso.
—Había una vez una niña que vestía siempre una caperuza roja...
—Perdone —le interrumpí—, pero ahora recuerdo que me he dejado el gato encerrado en el microondas. ¡Si no le importa seguimos mañana!
No le gustó la idea y sospechó que en realidad yo era un turista camuflado de escritor.
—¡Usted se lo pierde! —me dijo sin dejar de mirarme por encima del hombro, lo que no era fácil dado su pequeña estatura.
Me vine a casa, saqué el gato del microondas, y me puse a escribir este cuento.
En cuanto al rojo de las hojas, puedo decirte que no hay palabras para definirlo. Si puedo te enviaré una un día de estos.


















Cuento de hadas del Grunewald






Durante el equinoccio de primavera y en especial las noches de luna nueva, despejadas y estrelladas, los niños y los artistas pueden gozar de la grata presencia de las hadas del Grunewald. No son muchas, tal vez no lleguen a la media docena, y debido a su carácter nervioso e inconstante, suele ser raro el poder cambiar más de unas cuantas frases de cortesía con ellas.
Suelen aparecer en los lugares más insospechados, como por ejemplo, tenerlas prácticamente pegadas a tu espalda sin que te des ni cuenta, y permanecer así un buen rato. Sólo sus risitas las denuncian, pero es necesario que haya un completo silencio, porque por su reducido tamaño no tienen una voz muy potente. La más grande que he podido ver no era mayor que la palma de mi mano. Son relucientes, visten por lo general una ligera túnica blanca hasta las rodillas, sujeta con un lazo, casi siempre de color rosa, pero las más veteranas (no hay hadas viejas) prefieren el azul. Van dejando un cierto destello tras de sí, por lo que se las puede ver ya desde lejos, pero no confundirlas con las luciérnagas, con las que no acaban de entenderse, y normalmente todas llevan una pequeña varita que algunas manejan con bastante destreza, y con la que suele hacer ciertos prodigios si tienen un día bueno.
Digo todo esto porque como ando metido en la redacción de un nuevo libro de cuentos berlineses y por desgracia no soy berlinés más que de corazón, no estoy muy inspirado. Un buen amigo experto en hadas y duendes berlineses, que trabaja para una conocida editorial infantil, me comentó que las hadas del Grunewald saben centenares de cuentos, pero se los cuentan sólo entre ellas o a ciertos niños de imaginación fuera de lo común. La mayoría son divertidos, pero también saben cuentos con moraleja, que suelen contar a las hadas más jóvenes, para que sienten la cabeza y dejen de hacer prodigios sin sentido común.
Hoy es una de esas noches que citaba al principio. He cogido mi bicicleta, un discreto bloc de notas, y me he aventurado en la espesura de este bosquecillo, a ver si tengo suerte y doy con alguna que me eche una mano. Varias veces me he vuelto por si me seguían pegadas a mi espalda, pero todo lo más que he visto a sido alguna de sus odiadas luciérnagas, por lo que he tenido que cambiar de lugar varias veces.
Suerte que me he preparado un bocadillo y he echado en el macuto un par de plátanos, porque ya son más de las dos de la madrugada y aquí no aparece hada ninguna. Si dentro de una hora no hay novedades, me vuelvo a Berlín, pero no dejaré de hacer una visita a mi informador, que sin duda se ha aprovechado de mi necesidad para tomarme bien el pelo.
Lo que yo no sabía era que las hadas suelen reunirse en lugares frescos, junto a riachuelos o pequeños estanques. También les gustan los matorrales floridos y frondosos, porque al ser tan pequeñas pueden meterse por donde les de la gana sin problemas.
—¡Hola!
Por el tono de voz débil y cantarina, deduje que me había jugado la broma de costumbre y tenía a un hada pegada a la espalda un buen rato y yo sin darme cuenta.
—¡Ah, hola! Vaya, por fin apareces, ¡que llevo más de tres horas dando vueltas como un tonto!
—Lo sé, te he visto entrar en el bosque, pero no estaba seguro de si eras un artista, por eso te he seguido.
—¿Y cómo sabes ahora que soy un artista?
—Por que tienes paciencia y fe en ti mismo.
—¡Muchas gracias, muy amable, pero he estado a punto de perderla! Pero, ¿no puedes quedarte quieta ni un momento? ¡No sé ni dónde tengo que mirar para saber que estoy hablando contigo!
—No; no puedo. Las hadas somos algo nerviosas
—Me recuerdas a un colibrí.
—¿Qué es un colibrí?
—Un pájaro pequeño como tú y que también es muy nervioso. Habitualmente se alimentan del néctar de las flores.
—¡Hummm, que rico! Aquí no hay pájaros de esos.
—En mi país sí
—¿Y también hay hadas?
—Supongo que sí, pero la verdad yo no las he visto. En aquella época no escribía cuentos.
—¿Y ahora si?
—Estoy empezando, pero ando algo torpe todavía. Precisamente por eso... había pesando... Pero ¿dónde te has metido? ¡Ah, estas aquí!... Bueno, como te decía, tal vez tú...
—¡Yo sé muchos, pero sólo se los cuento a los niños! Tú eres ya un poco mayor para cuentos...
—Te equivocas, hay muchos mayores a los que nos encantan los cuentos.
—También me sé algún cuento para mayores
—No quiero parecer exigente... pero... ¡tiene que ser un cuento berlinés! Es que si no la editorial no lo quiere...
—¡Que exigentes! ¡Sí, me sé uno muy gracioso!
—No es necesario que sea gracioso, también puede ser serio, les da igual.
Conseguí lo increíble para un hada de su carácter, pues se sentó sobre la rama de un pino joven, se colocó la túnica sobre las rodillas, dejó por un rato tranquila la varita sobre la rama y tosiendo un par de veces para aclarar la voz me contó este cuento:
«—Había una vez en el bonito barrio berlinés de San Nikolas un pintor de gran talento, Wofgang Cornelius se llamaba. Le encantaban los cuadros de hadas, en paisajes bucólicos y llenos de colorido, magia y encanto. Pero a la gente mayor sus cuadros no les gustaban y no lo pasaba muy bien. Su situación económica empeoró de tal manera que llegó al punto de no poder comprar nuevas pinturas y ya ni siquiera podía pintar. Pero como estaba desesperado y hacía dos o tres días que no comía, se le ocurrió la tontería de visitar al dueño de la tienda de cuadros que hay justo frente a la iglesia, llevándole una tela en blanco.
—Buenos días —le dijo Wolfgang—, le traigo una estupenda obra de arte, que espero la venda en un instante.
—Veamos esa maravilla— contestó el merchante con cierta sorna.
Wolfgang desenvolvió la tela y se las mostró desde cierta distancia, para que se hiciera mejor a la idea de la composición.
—¡Pero si está en blanco!
—¿En blanco? ¿Cuánto hace que no se hace revisar la vista?
—Tengo una vista excelente y no veo otra cosa que un tela en blanco—, insistió el merchante, sin perder la flema, pues en el fondo sentía gran respeto por los artistas y sus opiniones.
Wolfgang dejó la tela sobre el escaparate y se armó de imaginación para sugestionar al buen señor, que seguía receloso. Pero en esto que se detuvo un lujoso carruaje frente a la tienda de cuadros, y de él descendieron dos personas ricamente trajeadas. Una de ellas era de aspecto imponente, con capa de fieltro sobre sus nobles hombros, chaleco bordado en oro, sombrero de copa, manejaba con soltura su bastón y llevaba unos impresionantes anteojos oscuros que le daban aire misterioso e interesantes. Tras señalar varias veces el cuadro expuesto por Wolfgang, sonó la campanilla y ambos caballeros entraron en la tienda.
—Buenos días señores —le dijeron al marchante, tras una respetuosas reverencia— desearía comprar un bonito cuadro para mi estudio. Mi ayudante me ha comentado que el del escaparate parece interesante.
El merchante no salía de su asombro. Cambió alguna cómplice mirada con el atónito Wofgang, se encogió de hombros, y como su trabajo consistía en complacer al cliente, le siguió la corriente.
—Sin duda, noble y entendido señor, es de uno de los pintores más afamados de Berlín, ¡Wolfgang Cornelius! Mire por donde casualmente está él mismo aquí en persona, ¡y no tenga en consideración su aspecto algo desmejorado, pero así son los buenos artistas!
—Es un honor, y ya que está aquí ¿podía él mismo describir su obra?
Wolfgang se puso algo nervioso, pues temió que su juego había llegado demasiado lejos, pero ante la insistencia del caballero y su creciente necesidad, se la jugó y le describió el imaginario cuadro.
—Como puede ver es la imagen de una bella hada, con toda probabilidad del Grunewald, subida sobre un cisne que sobrevuela el río Havel. Al fondo aparece un cielo pálidamente iluminado por las últimas luces del crepúsculo, y el disco rojo de un sol de poniente. Otros cisnes acompañan su vuelo en ordenada formación. Abajo brilla el agua del Havel, bordeado de bosquecillos ya en el inicio del otoño, de color amarillo, ocre y rojo aterciopelado. Sobre el agua navegan varios veleros de porte esbelta, dejando una brillante estela de espuma blanca. En las orillas, los pescadores lazan sus sedales en busca de las suculentas carpas y decenas de casas solariegas bordean el río, con sus bien cuidados jardines, donde no falta la réplica de un duedecillo barbudo y rechoncho...
—¡Se lo compro! —exclamó de pronto el caballero.
—¡Pero, noble señor, es que en realidad... —intentó protestar Wolfgang.
—¡No hablemos más, le doy 5.000 marcos!
—¡Muy agradecido, pero yo creo que antes!...
—¡Está bien, 10.000 marcos, pero ni uno más!
Tan firme era su decisión y tan de sorpresa cogió al pobre pintor y al asombrado marchante, que accedieron a la venta. Envolvieron cuidadosamente el cuadro y se lo entregaron al que parecía su criado.
—Sólo una impertinente pregunta —se atrevió a decir Wolfgang—, ¿puedo saber quién es usted?
—Por supuesto, soy Marcus Schlosstein, conde de Schlosstein. Soy ciego de nacimiento, y este es el cuadro más bonito que he visto en mi vida!»
—¿Qué, ¿te ha gustado el cuento? —me preguntó el hada.
—Pchsss, no se si les gustará —en realidad todavía no había salido de mi asombro.
—Dicen que cada vez que pasaba sus dedos por la tela en blanco veía el hada volando sobre el cisne blanco y el resto del paisaje.... ¡Bueno, si no te ha gustado no lo escribas y en paz! Y ahora me voy, que mis compañeras ya me andarán buscando. Nunca suelo perder tanto tiempo con un mortal, ¡y menos tan crecidito!
Y visto y no visto desapareció. Como no tenía otra cosa mejor que hacer ni se me ocurría un cuento mejor, lo pasé a limpio y aquí está. Espero que les haya gustado, aunque sólo sea por no hacer el feo al hada que me lo contó.















Cuento de Navidad







Tadeus Shultz decidió suicidarse por Navidad, a la hora del ángelus, porque tenía pensado tirarse desde el Ángel de la Victoria.
—Es el mejor día —se dijo fumando tranquilamente una de las últimas colillas que se había encontrado en la boca del metro de la estación del tren de Zoologischer Garten de Berlín—. Si me espero a primeros de año casi seguro que se me pasan las ganas.
Bebía vino barato, comía de los restos que encontraba en las papeleras, eso cuando los cuervos dejaban algo, paseaba todo el día por los alrededores de la estación, excepto lo domingos que los pasaba dormitando en los bancos de las orillas del río Spree, y pernoctaba, si la policía no le molestaban, bajo el puente de la vía que hay en el Tiergarten, junto a la esclusa. Allí tenía su casa: un colchón grasiento, una silla de oficina sin ruedas, un parasol roto, una mesa vieja con dos patas y un árbol de navidad por el que había pagado 10 euros, adornado con papeles de colores y que los turistas le hacían muchas fotografías, las luces se las imaginaba.
—De este año no pasará —insistía machaconamente—. El año pasado me eché atrás en el último minuto, pero este año tengo más experiencia y sabré como suicidarme sin la menor duda.
Llegó el día señalado por su destino. Se camufló hábilmente de turista e invirtió su último euro en la entrada para subir por el ascensor. «No quiero matarme cansado», pensó juiciosamente.
Afortunadamente era un día frío, había nevado el día anterior y los turistas ni se molestaron en subir al ángel aquel día. Al encargado de los tickets le extraño aquel turista barbudo y sucio, pero lo más sospechoso era que no llevaba cámara fotográfica, ni digital ni analógica, por eso no le perdió de vista.
—¡Buenos días! —le dijo Tadeus golpeando el cristal con la moneda de euro para que viera que no era un indigente.
—Buenos pero fríos —le contestó el vigilante—. ¿Uno de ascensor?
—Hasta arriba, y luego ¡abajo!
—La bajada está incluida en el precio —observó el portero con toda profesionalidad y que no estaba acostumbrado al lenguaje de los suicidas.
—¿No estuvo usted el año pasado por esta mismas fechas?
—¡Yo mismo!
—¡Cómo pasa el tiempo!
No quiso seguir la conversación y entró en el ascensor, pero se hizo una lógica observación a sí mismo: «¡Es el último año que me ves por aquí, burócrata mal nacido!».
Le pareció algo caro tener que pagar un euro por suicidarse cuando en la vía del tren era gratis, pero Tadeus todavía tenía clase, no en vano fue un conocido escritor en su tierra natal, que ni él mismo ya recordaba cuál era, porque tampoco se acordaban en su tierra de él.
Le hizo gracia que hubiera que subir tan alto para luego bajar de un golpe y para siempre, pero así eran las cosas de los suicidas. Cuando salió a la terracita al pie del ángel, el viento era gélido, como suele ser en estos casos, pues no es corriente contar cuentos de suicidas en Navidad en un día soleado y sin una mala brisa que refresque el ambiente.
—Bueno, Tadeus, llegó el momento...
—¡Vaya ganas de suicidarse en un día como éste! —dijo una voz algo afónica y metalizada por la falta de costumbre de hablar en público.
Tadeus se sobresaltó, pero eso no quiere decir que se asustara porque estaba acostumbrado a las visiones, las alucinaciones y las pesadillas, pero este año había tomado una firme decisión y no estaba para escuchar a fantasmas. Pero la voz insistió.
—Si pudiera, yo me suicidaría pasada la primavera —insistió el ángel.
Tadeus comprendió la ironía y se hizo pronto a la idea de tener que cambiar impresiones con un trozo de metal alado.
—¿Por qué esperar a la primavera?
—No lo sé, yo no siento nada, ni en primavera ni en verano, pero la gente que viene por aquí dice que la primavera tiene un aroma especial... si pudiera sentirlo... ¡No sabes cómo te envidio!
Tadeus volvió a coger el ascensor de bajada, saludó al portero para que le recordara por si volvía al año siguiente, se fue a su puente y meditó largo rato las palabras del ángel. Finalmente ¡decidió suicidarse después de la primavera! ¿Qué había ocurrido? Lo de siempre, que había pasado un ángel justo cuando estaba a punto de tirarse de cabeza contra el asfalto.
Moraleja: Todos tienen un ángel de la guarda por Navidad, menos los más pobres. ¡Felices navidades a todos mis pacientes lectores!













El perro de frau Goldschmidt

A mi amable portera, Frau Buhla






En el barrio berlinés de Charlotemburgo, no lejos de río Spree y a un paso de los jardines del palacio, vivía Frau Emma Goldschmidt, una anciana de buen carácter, ya algo torpe porque rondaba los ochenta, pero que pese a sus lógicos achaques, no paraba en casa ni un instante, pues no soportaba la soledad y le aburría la televisión.
Lo normal era verla dando de comer a las hambrientas gaviotas que revoloteaban histéricas entre lastimosos graznidos, o las feroces fochas, siempre peleándose entre ellas, o los atolondrados patos, pero sus favoritos, naturalmente, eran la pareja de orgullosos y ceremoniosos cisnes, que acompañados de sus últimas crías, se hacían los dueños de río.
Como se aproximaba Navidad, Frau Goldschmidt, garrota en mano y los ánimos listos, se dispuso a visitar el mercadillo de Navidad instalado en el patio del Palacio de Charlotemburgo. Desde hacía años tenía la costumbre de comprar un cuarto de kilo de jamón ahumado del Tirol a su amigo el Salzburgués, como se llamaba el tenderete, donde cada año ofrecía toda clase de ricas especialidad del Tirol.
— ¡Un cuarto de lo mismo, Hans! —le dijo al mozo del puesto.
— ¡Ni un gramo más, Frau Goldsmidt, y que se lo coma con salud y paz de Dios, que eso no debe faltarle!
— Uno de estos años ya no me verás por aquí, y donde pienso ir ¡ya no me aprovecharán tus pancetas!
— ¡No tenga usted prisa, que aquí no se está tan mal!
— ¡La soledad, amigo Hans; la soledad es lo peor! ¡Hace quince años que murió mi pobre Albert y todavía no me he acostumbrado!
— ¡Cómprese usted un perrillo, hacen mucha compañía!
— ¡Quita, quita, que engorro! Hay que sacarlos cada día a paseo, se hacen caca por todas partes y no te dejan dormir. Un gato, todavía, pero ¡pobre animal, no tengo edad para ocuparme de ellos!
Compró su jamón de cada año, lo metió en el bolso, se armó de valor, y después de despedirse hasta el año próximo (si Dios así lo quería) emprendió el regreso a su casa.
No hubo salido del concurrido mercadillo, cuando tal vez atraído por el olor del jamón o por simpatía hacía la anciana, Frau Goldschmidt observó que la seguía un perro de pequeño tamaño, peludo como un bola de algodón, morro fino, orejas tiesas y mirada vivaracha.
«¡Qué salado es este chucho!», pesó recordando el consejo del tendero tirolés, «¿Qué andará haciendo por aquí sin su dueño?». Pero no le dio mayor importancia y se concentró en su marcha, sobre todo al llegar al semáforo de la Otto-Suhr-Alle y la Kaiser-Frederich-Straße, que cruzaba en dos veces. Alcanzó el otro lado de la calle no sin cierto azoramiento en el último momento, pues este semáforo no está calculado para el paso lento de una anciana, y ya más tranquila, se detuvo un instante para comprobar que todo estaba en orden, ¡y allí estaba todavía el perro!
—¡Anda, vete con tu amo! ¿O es que te has perdido? ¡Válgame Dios, debe de estar hambriento el pobre chucho! —Frau Goldschmidt comprendió que debía ser el aroma del jamón tirolés lo que atraía al perrillo y, no sin cierto reparo, le echó una fina loncha—. ¡Toma y adiós! ¡Anda, vete, vete; no me vengas siguiendo que se ha cerrado el restaurante!
Pero el perro hizo el menor caso de sus órdenes y persistió en seguirla hasta que, una vez frente a la puerta de su casa, se vio ante el dilema de adoptarlo.
—¡Bueno, sube y ya veré que hago contigo mañana! No vas a quedarte en la calle en una noche como ésta, ¡pero sin armar alboroto!, ¿entendido?
El animal pareció entender la idea porque movió la cola con excitación y se plantó en medio de la puerta dispuesto a cruzarla el primero, como si se tratara de su propia casa.
Al día siguiente, y a la misma hora del anterior, Frau Goldschmidt ató el perro con un improvisado collar hecho con un cordón de cortina y con la habitual parsimonia de siempre regresó al mercadillo de Navidad, por si los dueños del perro aparecían. Paseó arriba y abajo con el animal, recorrió el mercadillo varias veces, lo que le llevó algo más de una hora, y en vista de que nadie reclamaba el animal no tuvo otra opción de adoptarlo ella misma. De regreso a casa, reconoció que se alegraba por lo sucedido.
—¡Venga para casa!, y a partir de ahora te llamarás Dodo, como el perrillo que teníamos en casa cuando yo era una niña. ¡Si no te gusta, te aguantas, que para algo te daré de comer!
La anciana se hizo con una ramita de abeto, compró un juguete de perro, lo envolvió cuidadosamente y lo prendió de la rama, junto con otras chucherías para ella misma.
—¡No vallas a abrir tu regalo antes de Navidad! —advirtió al perro.
Anciana y perro pronto se hicieron el uno al otro. Para no cansarse, el animal llevaba el mismo su juguete hasta los jardines próximos, allí lo dejaba en el suelo y ella le daba un golpe con el bastón, lanzándolo unos cuantos metros. Lo recogía retozón, caracoleaba como si le hubiera costado alcanzarlo y vuelta a empezar. Al final, cuando comprendía que la anciana estaba cansada del juego, él mismo recogía su juguete y en la boca lo llevaba de nuevo a la casa. Allí hablaban de mil cosas, la mayoría eran sobre recuerdos entrañables de su otro Dodo infantil.
Pasaron los meses. Se marchitaron los rosales, cayó la primera nevada y de nuevo eran días de Navidad. Como cada año, Frau Goldschmidt, ya con su perro, y provisto de un flamante collar con luz intermitente, se presentó ante el puesto del tirolés para comprar su cuarto de kilo de jamón ahumado habitual.
—¡Vaya, veo que me hizo caso y se compró un perrito!
—No te lo creas, Hans: ¡me ha comprado él a mí!
Pero de pronto el animal tiró con tanta fuerza del collar que estuvo a punto de derribarla.
—¡Tarzán; mi Tarzán! Papi, ¡es nuestro Tarzán!
En efecto, el animal se abalanzó sobre un niño a quien sin duda reconocía y debía sentir gran afecto por él, porque la cola se le movía a una velocidad de vértigo. Frau Goldschmidt palideció al instante, porque enseguida comprendió la situación: ¡eran los dueños del perro!
La familia residía en la vecina localidad de Oranienburg y cada año visitaban el mercado de Navidad de Charlotemburgo, y en un descuido el año anterior extraviaron el perro. Ahora lo habían recuperado.
Pero Herr Haussmann, como se llamaba el cabeza de familia dueña del perro, era una persona de elevados principios y alto sentido de la justicia, por lo que se preguntó si después de tanto tiempo tenía o no derecho a reclamar el animal.
—Si es suyo es junto que lo recuperen. Ha sido una buena compañía y lo voy a echar de menos, pero el niño también. ¡Qué le vamos a hacer! —comentó la dolida anciana.
Herr Haussmann no creía justo tomar sin más esa decisión y optó por una solución salomónica para resolver el dilema, que el niño tardó en aceptar, pero finalmente lo encontró razonable: ¡que el perro decidiera!
Fueron al parque cercano, se situaron uno frente al otro a cierta distancia y en medio dejarían el perro, sería para aquel que el animal decidiera como dueño. Herr Haussmann dejó el perro en el lugar acordado y el niño, tal vez por el nerviosismo, no pudo reprimirse y llamó al animal por su viejo nombre: ¡Tarzán, ven Tarzán! El animal no lo dudó, dio un salto y echó a correr hacia el niño. La pobre anciana parecía resignada, pues lo consideraba lo más natural. Pero, de pronto, cuando apenas había recorrido unos metros, el animal, como si comprendiera la traición que estaba a punto de cometer, se detuvo en seco, miró a la compungida anciana, y de otro salto, salió corriendo hacia ella, lo que animó a la pobre señora. Pero, otra vez frenó el animal en seco cuando apenas le faltaban unos metros para llegar donde estaba Frau Goldschmidt. Esta vez el perro se quedó indeciso, ¡el pobre animal no sabía hacia dónde ir!
Entonces Herr Haussmann, hombre justo y de elevados principios, decidió poner fin al dilema de perro y tomó la única decisión posible, dadas las circunstancias:
—Frau Goldschmidt, el pobre animal no sabe por quién decidirse, no hay más que una solución, ¡que se venga usted a vivir con nosotros!
De esta manera el niño recuperó al mismo tiempo su perro y a una abuela, pues la suya había muerto dos años antes, ¡y ya se sabe que los niños no se sienten en familia si les faltan los abuelos!

























El doble milagro de Kreuzberg






Alí Hassan era un comerciante árabe, de origen sirio, que tenía una modesta tienda de alfombras en la populosa Oranienstraße, en el corazón de del barrio de Kreuzberg. Era un buen devoto musulmán, rezaba sus oraciones diarias, respetaba las prohibiciones y cumplía escrupulosamente con la vigilia del Ramadán.
Por aquellas ironías del destino, su vecino comercial era un ruso moscovita, Vladimir Ivanoff, especializado en arte ruso e iconos, fiel cristiano de la iglesia ortodoxa, adorador del Espíritu Santo, devoto de la Virgen María, respetuoso con su patriarca, conocedor de una veintena de himnos religiosos que cantaba con su voz grave y profunda en su iglesia ortodoxa de Berlín.
Pese a las diferencias religiosas y sus dispares costumbres, tenían algo en común, el gusto por una buena taza de té con hojaldres turcos que les servía de la repostería una manzana más arriba. En ocasiones, si no estaban muy atareados, compartían una humeante taza de buen té amenizada por una reñida partida de ajedrez.
—Querido Alí, el ajedrez es un juego pensado para los rusos. No porque seamos más inteligentes que los árabes, pero somos más calculadores y astutos.
—No hay pueblo más hábil para el cálculo que el árabe, no en vano fuimos nosotros los que inventamos los números.
Rivalizar entre sus respectivas culturas y religiones era algo más que una cuestión personal, pues cada uno de ellos se sentía el representante en este mundo de Alá y el Dios de los cristianos.
Alí Hassan tuvo una mala racha en su negocio de alfombras, que cada vez eran más caras y más escasos los clientes amantes de las alfombras persas anudadas primorosamente a mano, y las deudas y apremios le amargaron algo el carácter. Finalmente el banco y sus acreedores amenazaron con llevarle ante el juzgado y su negocio estaba en el aire.
Vladimir no estaba al corriente de su situación económica, pero Alí perdía las partidas con demasiada facilidad y apenas se concentraba. Finalmente quiso saber la razón de su distracción y hasta arranques de mal humor y consiguió de Alí una sincera confesión:
—¡Los negocios van mal, Vladimir! Vendo alfombras demasiado buenas y caras para los tiempos que corren. Si no sucede un milagro tendré que cerrar. Pero Alá es justo y yo soy un buen musulmán, estoy seguro de que no me abandonará.
Tampoco el negocio de Vladimir era nada especial, pero a diferencia del de Alí, supo adaptarse a los tiempos y hacerse con piezas de escasa calidad, pensadas sobre todo para los turistas, que sumado a una vida casi de anacoreta, le había permitido una respetable posición. Lo consultó con la almohada y tomó la decisión de ayudar a su amigo pero en secreto. De manera que a través de un amigo hizo que le comprara la mejor alfombra que tuviera, sin escatimar en el precio. Hecha la operación, Alí se presentó en su tienda sonriente y feliz.
—¡Ya te lo dije, Vladimir, que Alá no podía abandonar a un buen creyente! Acabo de vender la mejor alfombra que tenía en la tienda por 2.500 euros, y sin regatear. ¡Ha sido un milagro! ¡Alá sea loado por acordarse de este modesto creyente!
Pero Vladimir tenía su propia opinión que obviamente se calló: «Bendito sea el Dios de los cristianos que es misericordioso y bueno, y ha inspirado mi caritativa acción». Y así quedaron las cosas.
Alí pagó algunas deudas y el negocio se recuperó con la llegada del invierno.
Una fría mañana de enero Alí se extrañó de ver la tienda de Vladimir cerrada en un sábado por la mañana, el mejor día para los turistas extranjeros que visitaban su tienda. Alí sabía que su amigo padecía del riñón, pues no podían terminar una sola partida del ajedrez sin vaciar la vejiga varias veces, pero no parecía que fuera tan grave como para impedirle atender sus negocios. Preocupado, llamó a su domicilio y le comunicaron la notica: había sido ingresado en urgencias porque era necesaria un operación de riñón, de la que no quiso escuchar los detalles, pues sin pensárselo dos veces, cerró su propia tienda y acudió al hospital.
—¡Querido Alí, hoy no podremos hacer la partidita! Pero ¿por qué te has molestado? ¡Te lo agradezco igual! Anda vuelve a tu tienda, que no están los tiempos como para perder ventas.
—¿Qué dicen los médicos?
—Lamentablemente no pueden operar; no tienen sangre como la mía. ¡Soy un ruso raro, Alí, no hay dos como yo!
Alí Hassan se despidió de su amigo preocupado por la situación, porque él no entendía de esas cosas. En el pasillo del hospital se cruzó con el facultativo que lo atendía y quiso saber con certeza la situación de su amigo.
—¡No hay sangre de su grupo, no podemos operar!
—¿Cómo se sabe eso de la sangre? ¿No podría servir la mía?
—Podemos hacerle un análisis, quién sabe... no se pierde nada por intentarlo.
Dio la casualidad de que compartían el mismo tipo sanguíneo y Alí proporcionó la sangre necesaria para que la operación se pudiera realizar.
Una semana después, débil y demacrado, Vladimir volvió a su tienda y lo primero que hizo fue visitar a su amigo para darle la buena nueva.
—¡Ya estoy como un toro, amigo Alí! ¡Pero no es gracias a los matarifes, sino a la misericordia de mi Dios, que hizo el milagro de encontrar un donante en el último instante! ¡Es un verdadero milagro que siga vivo!
Pero Alí Hassan tenía otra opinión, que obviamente también se reservó: «Loado sea Alá y su infinita sabiduría que me ha dado el valor para atender a un buen amigo».
Meses después ambos amigos seguían polemizando sobre el valor superior de sus respectivas religiones, pero por la buena amistad que les unía, nunca revelaron sus respectivos secretos.

















Las palomas mensajeras del muro de Berlín







Otto y Frank Mayer eran dos hermanos berlineses que residían en el barrio de Mariendorf y Neuköln respectivamente. Los dos tenían una pasión en común: las palomas mensajeras, que cuidaban en sus pequeños bungalows de colonias en las márgenes del Tellowkanal, en sus respectivos barrios.
Se intercambiaban mensajes entre ellos y competían en los principales concursos locales, quedando siempre ganadores o finalistas.
Cuando en 1961 se empezaron a levantar las primeras barricadas del muro de Berlín se encontraron, de la noche a la mañana, separados sin ninguna posibilidad de volverse a reunir es sus habituales comidas campestres veraniegas en sus respectivos bungalows, o por Navidad en la casa de alguno de ellos, junto con su numerosa familia y prole.
Todo lo más, y mientras las barricadas no eran más que una burda alambrada, podía verse y hablarse, casi siempre para lamentar la situación o comunicarse alguna nueva familiar. Los niños eran los que más padecían la separación, pues entre primos las relaciones eran cordiales y divertidas.
Cuando por fin se levantó el muro y no era posible verse de uno a otro lado, decidieron utilizar sus palomas mensajeras para seguir enviándose mensajes, y así dio comienzo una actividad de estos nobles animales, que sobre todo por Navidad, no paraban ni un instante.
«Querido Frank, mamá ha sufrido un ligero ataque de corazón, sólo una taquicardia pasajera, pero nos ha alarmado a todos. Ahora ya está bien, pero el cardiólogo nos ha prevenido, porque a su edad... bueno ya te lo imaginas... Es una desgracia que no puedas estar a su lado... Te envía recuerdos, y besos para los niños.»
Este era el tipo de mensajes que se enviaban prácticamente un día sí y otro no. Pero tanta actividad de sus pájaros llamó la atención de la Stasi (la policía política de Berlín este) y decidieron seguir el rastro de las aves hasta que dieron con el palomar de Frank. Un domingo por la mañana, cuando el hermano estaba recibiendo su último mensaje, la Stasi irrumpió violentamente en su palomar y prácticamente le arrancó de las manos la paloma que traía el nuevo mensaje. Decía así:
«Querido Frank. Me alegra lo que me dices en tu último mensaje, de que la situación allí no sea tan mala como imaginamos por aquí, y que el Gobierno os provea de lo esencial. Por desgracia en este lado las cosas no son tan halagüeñas. No se han reconstruido las fábricas. Las pocas buenas empresas que había antes de la guerra se han trasladado a Francfort o a Munich. Nuestra casa se está quedando vacía, pues la mayoría de los vecinos están emigrando fuera de Berlín, y si las cosas siguen así, aquí no quedarán más que los viejos. No sé qué va a ser de nosotros. Es probable que tengamos que emigrar también. Hay que pensar en el futuro de los niños.»
La policía secreta estaba encantada con el mensaje y decidieron utilizarlo para su propaganda, invitando a Frank a un programa de la televisión estatal; invitación que obviamente no podía rechazar.
Para dar la sensación de veracidad, trasladaron las cámaras al palomar de Frank, hicieron un montaje como dando a entender que la paloma acababa de llegar con el mensaje. Frank debía abrirlo y leerlo en directo a las cámaras de la televisión en la hora de mayor audiencia.
Frank estaba nervioso porque la paloma podía hacer mal su papel y no llegar con el mensaje, tal y como estaba previsto, pero no tenía más remedio de obedecer.
Soltó el pájaro, dieron la orden de «acción», las cámaras empezaron a grabar en directo y la paloma, como estaba previsto, apareció en el palomar. Frank desató el mensaje y lo leyó en directo:
«Querido Frank, tengo una triste noticia para ti y lamento que tenga que comunicártela con una paloma y no de viva voz, como hubiera sido el deseo de la familia: ¡Mamá murió anoche de una ataque al corazón!»
Al principio hubo cierto desconcierto, pues ese no era el mensaje previsto, sin duda que se trataba de otra paloma. Frank soltó el animal y, totalmente abatido, comentó ante las cámaras de la televisión:
«Y ahora, ¿cómo voy a ir a su entierro?»
El realizador, fuera de sí, dio la orden de quitar la voz y cambiar de plano, enfocando la bandada de palomas que Frank, en una arranque de ira, había decidió liberar. Todas, instintivamente, volaron hacia el oeste de Berlín.













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