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JAIME DESPREE






TANIA,VIDA MÍA
UNA HISTORIA DE LA INMIGACIÓN





NOVELA









© Jaime Despree
www.jaimedespree.com
Todos los derechos reservados








A Ludmila Morozova y a su hija Tanya






Una esperanza un huerto un páramo
una migaja entre dos hambres
el amor es campo minado
un jubileo de la sangre

Mario Benedetti
















Toni Martínez Aznar (Madrid, España)

Toni, Antonio Martínez Aznar, que es su nombre completo, nunca sabía qué hacer desde las diez, en que acudía regularmente al trabajo, hasta las dos del medio día en que, al menos, sabía el menú del día en el restaurante donde solía almorzar. Deambulaba por la lujosa exposición de automóviles de lujo contemplándose a ratos en los amplios espejos de la pared. Momento que aprovechaba para ponerse bien el nudo de la corbata, dirigir con estudiado disimulo el pelo por detrás de las orejas, contemplar su perfil «bueno», tratando de recordar qué día tenía hora con el dentista para terminar de hacer los empastes, estudiar si la americana le sentaba mejor abotonada o abierta y recordarle a su mujer que no volvería a ponerse aquella camisa rosa, pese a que ella se empeñase en que le sentaba bien. «Diga Olga lo que diga, las camisas rosas son para afeminados», pensaba de forma rutinaria y reiterativa sin darle mayor importancia. Él las prefería de color azul o blancas, como han sido toda la vida. Tal vez Olga le considerase, en efecto, algo afeminado y por eso le elegía aquellas camisas de color rosa.
—¿Qué hora es? —preguntó a su secretaria, sin decidir cómo le sentaba mejor la chaqueta.
—Faltan cinco minutos para las dos.
—Cierra y vámonos a comer. No tardéis, que no me gusta almorzar solo...
—Descuida, llegamos en cinco minutos
Toni traspasó la puerta automática del concesionario y sintió una bocanada de aire fresco cargado, pero cargado de los olores nauseabundos del gasoil quemado de los vehículos atascados frente a un semáforo, que apenas duraba lo suficiente para descongestionar un tercio de la cola. Un taxista hacía sonar la bocina e increpaba a una mujer que conducía un pequeño utilitario: «¡Oye, guapa, que esto no es la procesión de Semana Santa! A ver si nos despabilamos o no salimos de aquí en toda la mañana!». Toni contemplaba la escena pero no sentía ninguna lástima por la chica ya sudorosa al volante del utilitario porque no era nadie, con aquella coleta insignificante sujeta con un elástico de algún innombrable color fósforo y una rebeca gris de la que intentaba librarse inútilmente entre un caos de brazos, cinturón de seguridad y palanca de cambio. Estaba de acuerdo que aquel taxista era un cretino. Tenía un aire provinciano: camisa de rallas, desabrochada, bigote insignificante y mal cuidado, unas gafas de vista cansada atadas con un cordón negro sobre una prominente barriga casi despreciable por descuidada. Parecía que se hubiera desarrollado pegado al asiento hasta que la barriga se ajustaba milimétricamente al volante gastado, cuyos únicos movimientos, como si se tratara de un parapléjico sobre su silla de ruedas, consistían en manejar el cambio de marchas, pulsar el botón del taxímetro y, no sin dificultad, girarse para entregar el cambio al cliente exasperado por los extras imprevistos que aparecían súbitamente en grandes números fósforo naranja del taxímetro. A pesar de todo, era probable que el cliente le diera los últimos céntimos de propina, como si temiera que el taxista fuera a contar a todo el mundo que no debía andar muy bien económicamente cuando ni siquiera daba propina a los taxistas.
Toni se sentía reconfortado por no tener otra cosa que hacer que cruzar la calle, sentarse en el restaurante y esperar a que el camarero le mostrase la carta. Le tenía sin cuidado lo que pudiera suceder a su alrededor, era la primera vez en toda la mañana que sabía lo que tenía que hacer y que podría hacerlo con cierta autoridad y sin temor a equivocarse.


Un trabajo sin alicientes

—¿Quiere sentarse aquí, don Antonio?
El viejo camarero insistía en llamarle «don Antonio» a pesar de que en varias ocasiones le había tratado de argumentar, lleno de beatífica paciencia, que prefería que le llamara Toni, como hacía casi todo el mundo, porque no se creía ni con la edad ni con la posición como para que fuera tratado de don, y mucho menos por su propio nombre que secretamente detestaba, de ahí su complacencia por el diminutivo Toni, que seguramente conservaría incluso cuando fuera un anciano, como Toni Curtis, o Toni Graciosa, o tantos otros que seguramente detestaban el nombre de Antonio.
—Sí, don Antonio... Comprendo don Antonio —pero el viejo camarero había sido educado para tratar de usted a cualquiera a quien estuviera sirviendo, y siguió llamándolo así pese a sus gestos de desagrado y reducir considerablemente la cuantía de sus propinas.
—Don Antonio: ¿lenguado? Está muy fresco y ya sabe cómo lo prepara Jacinto. ¿Una ensaladita o gazpacho? Hoy es un día de verano, eh, y estamos en mayo. ¿Está bien aquí o prefiere junto a la ventana? Este verano será calentito. No si lo del calentamiento ese será verdad... Entonces: ¿lenguado?
—Espera a que lleguen Juan y Concha. No sé lo que querrán.
—Bueno, aquí le dejo un aperitivo para que vaya picando ¿Vino blanco? ¿Le gustan las agujas? Sí, claro... ¿O prefiere unas gambas?
—Lo que sea, pon lo que sea —dejó su americana cuidadosamente colocada sobre las hombreras en el respaldo de la silla. Con disimulo husmeó sus axilas. No, todavía no hacía mucho calor y no había peligro de que transpirase, pero tendría que pensar en quitarse ya la camiseta. De pronto, volvió a percatarse del afeminado color de su camisa rosa, impecablemente limpia y planchada, que aún conserva el áspero y desagradable olor del detergente, ahora sin la protección de la americana, y se sintió incómodo, violento, como si se hubiera desnudado y no se encontrara ningún vestigio de algún órgano que pudiera identificarle como género; como si fuera uno de esos eunucos chinos, atrofiados sexualmente para disfrutar de una buena posición social a cambio de un comportamiento neutro con respecto al sexo. No es que se sintiera afeminado con aquella brillante camisa rosa sino que se sentía neutro, asexuado, confundido, tal vez lo que era y sólo su mujer sabía interpretarlo y proponer la vestimenta adecuada. Juan le sacó de sus angustiosa sensación de castrado:
—¿Has pedido ya?
—No, os estaba esperando. ¿Dónde está Concha?
—Tenía una llamada de última hora, pero está al llegar.
El empleado se sentó y repitió la misma meticulosa operación de colocar la chaqueta sobre el respaldo de la silla y olerse con disimulo las axilas. Tampoco transpiraba.
Al cabo de unos instantes entró Concha con una misteriosa expresión de Gioconda.
—Ha llamado Olga...
—¿Olga? —Toni no quería que su mujer le llamara al trabajo. El concesionario era su pequeño refugio, su recinto amurallado donde ejercía una especie de virreinato. Se sentía como el cacique del señor Serrano. Puede que no estuviera muy bien considerado, no sin razón, pero exigía que respetasen su estatus y le permitieran ejercerlo con cierta autoridad. Juan y Concha eran sus subordinados, los únicos que justifican su presencia, los necesitaba pero ignorantes. No debían sospechar sus tensas relaciones con la familia Serrano, incluida su propia esposa, Olga Serrano. Él no estaba allí sólo para vender coches de lujo sino para reinar y ellos eran sus únicos súbditos. ¿Cómo permitirles que dudaran de la autoridad que le inducía el parentesco? Les gustara o no a los Serrano, él era parte de la familia y aquellos empleados debían oír a través de sus oídos y ver a través de sus ojos. No debían tener ideas propias sobre su relación familiar con los Serrano; tenían que verlas como él quería que las vieran. Por tanto, cualquier imprudencia, una frase equívoca, una expresión que se prestara a varias interpretaciones podía cambiar esta relación y, sin saberlo, hasta podrían estar mofándose de él a sus espaldas. Sus empleados debían estar al margen de su vida personal y creer todo aquello que él mismo les quisiera contar sobre sus asuntos familiares.
—Le he dicho que estabas aquí y que te llame al móvil.
Les permitía que le tutearan por la misma razón que les obligó a llamarle Toni. ¿Qué sentido tendría llamarle señor Toni? Si le llamaban con el diminutivo familiar de Toni, como él mismo les había pedido, no cabía otra posibilidad que tutearle. Pero era una exigencia de cortesía que nada tenía que ver con el respeto que le debían. Podría ser Toni y no ser adecuado anteponer el señor, pero ¡él era un señor!
Antes de que pudiera interesarse por el motivo de su llamada, sintió la vibración del móvil golpeando el respaldo de la silla. Resignado, controlando un gesto de contrariedad porque por nada del mundo quisiera dar a entender ante sus empleados que su mujer, Olga Serrano, única hija de don Francisco Serrano, era una molestia, pulsó el botón de respuesta después de comprobar que era el número de su mujer.
—Dime, Olga... ¿Los niños, yo?... ¿Por qué no puedes recogerlos tú?.. ¿Otra vez? Bueno, está bien, los recogeré yo... Sí, a las cinco... Estaré allí, puedes estar tranquila... Adiós... Un beso... Sí, tranquila... Adiós.
Colgó el teléfono como si no se hubiera producido aquella llamada, porque como había dicho mil veces, el trabajo no era un lugar para tratar asuntos personales. Pero Olga, como siempre, tenía sus propias ideas. ¡Era como su padre!
Pilar se preguntaba por qué no decir simplemente: «tengo que recoger mis hijos en el colegio» en lugar de «tengo un compromiso ineludible». De esta manera perdía a sus ojos la poca humanidad que aún pudiera quedarle al protegerse estúpidamente y considerar a aquellas pobres criaturas como un «compromiso». Si algún día ella tuviera hijos ¡jamás diría una cosa así ni aunque tuviera una cita con el mismo rey de España!
Toni intentaba relajarse y paladear la mousse de chocolate sin que se le agriara rápidamente en el estómago, porque eso podría significar que estaba ya en proceso de ulceración y pronto descubriría con horror que sus temores habían sido justificados: ¡el viejo habría acabado por arruinar su salud!
Tiró la servilleta contra el pulcro mantel rosa como si estuviera a punto de renunciar a algo importante, aun cuando sólo era una forma de dar a entender que la comida había finalizado. Solía hacerlo con bastante frecuencia porque era raro el almuerzo que no terminaba con alguna forma de crítica contra su suegro y, por tanto, con aquel airado gesto. Pidió la cuenta, pero evitó al viejo camarero porque estaba harto de tratar inútilmente que no le hiciera sentirse viejo y se levantó pesadamente convencido de que no tardaría ni cinco minutos en tener acidez de estómago.


Tania Ivanova (Gomel, Bielorrusia)

Tatiana Petrovna Ivanova, profesora de la escuela Municipal de Música de Gomel (Bielorrusia), no era capaz de poner orden en la pequeña revolución infantil causada por la inoportuna rotura de la quinta cuerda del violín de la pequeña Elena Tcharina.
—¡No os riáis! No debemos reírnos de las desgracias de los demás. ¿No veis que a la pobre Elena todavía le duele la nariz?
Llamó a la pequeña Elena que todavía gimoteaba frotándose la nariz, la sentó sobre sus rodillas y trató de consolarla:
—Hasta al gran Nicolo Paganini debió de sucederle alguna vez que una cuerda de su violín le golpeara la nariz. Bueno, vamos a ver, ¿tienes una cuerda de repuesto?
—Lo siento señorita Ivanova, pero no tengo. Ya se lo dije a mi papá, que me comprara un juego de cuerdas de recambio, pero me dijo: «Elena, ándate con cuidado y no rompas ninguna cuerda del violín que no estamos para muchos gastos». Por eso lloraba, señorita Ivanova, no porque me doliera la nariz. Lloraba porque mi papá se enfadará conmigo, después de haberme avisado. Pero yo he tenido cuidado, no sé cómo ha podido suceder...
—Bueno, supongo que encontraremos alguna por aquí. Déjame buscar... Pero no te preocupes, tu papá no sabrá nunca que se ha roto la cuerda de tu violín, ¿de acuerdo? Así es que ya no tienes por qué llorar.
Tania Ivanova permaneció unos instantes con la pequeña Elena sobre sus rodillas sumida en un incontrolable arrebato de ira contenida contra los políticos que gobernaban el país o quien fuera responsable de aquella penosa situación: ¿Cómo era posible que en sólo unos años los padres ya no podían comprar ni cuerdas para los violines de sus hijos? ¿Qué estaba ocurriendo en Bielorrusia? ¿Eso era lo que nos traería el famoso capitalismo que tanto aclaman en América o en Europa? ¿Cómo se había llegado a esta situación cuando tan sólo diez años antes hasta los instrumentos los facilitaba el Estado, incluidas docenas de cuerdas para que nunca una niña tuviera que llorar por haber roto la cuerda de su violín? Pero no sabía la razón. Ella era profesora de música, no economista y no estaba en su mano solucionarlo, así es que volvió a recuperar su habitual buen humor y la fortaleza propia de una maestra, y, tras cambiar la cuerda del violín de la pequeña Elena, pudo por fin terminar con cierta satisfacción un difícil pasaje de las «Danzas Húngaras», por lo que podría estar a punto para el festival infantil de fin de curso.
Reconfortada por el relativo éxito de los ensayos, Tania despedía a sus pequeños alumnos, nombrándolos cada uno por su nombre de pila y apellido, mientras recogía las partituras dispersas en los atriles introduciéndolas en una carpeta con la rotulación: «Danzas Húngaras, J. Brahms»
—Adiós, Mila Morozova. No te olvides que mañana empezamos una hora antes.
—Sí, señorita Ivanova. Hasta mañana.
—Ah, Piotr Schvabrin, recuerda a tu madre que mi hija Anechka asistirá a tu fiesta de cumpleaños.
—Si, señorita Ivanova, se lo diré. Me alegra que venga. Anna es mi mejor amiga.
—Me alegro, ya sé que os entendéis muy bien. Ah, pero no esperes un gran regalo. Bueno, ya sabes cómo están las cosas, pero algo te llevará.
—No se preocupe, señorita Ivanova, mi papá me ha prometido un bonito regalo que compró cuando estuvo en Minsk. Pero lo tiene bien escondido y ¡me muero de ganas por saber qué es!
—Seguro que te gustará. Por cierto, ya eres casi un hombre: ¿once añitos, no?
Piotr se avergonzó por tener que reconocer su edad porque tenía la sensación de que su estatura no se correspondía con los niños de su edad. Era por lo menos una cuarta más bajo de lo común. Tenía la estatura de una niña y, mirándolo con atención, incluso sus rasgos físicos eran tan suaves y delicados como los de una niña.
Tania acarició su rubia y abundante cabellera al tiempo que le regalaba una maternal sonrisa: «Es un pequeño genio este Piotr Schvabrin. ¡Ojalá no se malogre!», pensó con un gesto de melancolía.
Los niños fueron abandonando ordenadamente la clase de música hasta que Tania se quedó sola, terminando la rutinaria tarea de ordenar las sillas, los atriles y cerrando las vitrinas donde guardaba las partituras.
Cuando terminó, se sentó sobre el taburete del piano como si tratara de recuperarse de una súbita fatiga. Le pesaban las piernas y le dolían los pies, pero sobre todo sentía una incomprensible presión en las sienes, como si estuvieran a punto de estallar.
Apenas se desentendió de las preocupaciones propias de la clase se vio asaltada por un sinfín de cosas que requerían su urgente atención, además de pasar por el mercado y comprar algo para cenar. Absorta por estos pensamientos apenas vio a la severa figura de la directora María Ustinova que la hacia señas con su habitual autoridad desde el umbral de la puerta de su despacho:
—Tatiana Ivanova, por favor, venga un instante a mi despacho.
Tania se sobresaltó y otra vez sintió que le pesaban las piernas y las sienes parecían estallar.
—¿Ocurre algo, señora Ustinova?
—Entra Tania, es un minuto. No podemos hablar en el pasillo.
Tania siguió a la directora presintiendo que no iba a recibir buenas noticias. Sabía la forma en que la Ustinova preparaba a sus víctimas por su sospechosa amabilidad para invitarlas a entrar en su despacho, un cuartucho tan ennegrecido y abandonado como el resto de las dependencias de la escuela.
María Ustinova era, no obstante, una mujer de aspecto franco y profesional. Nadie podía decir de ella que ocultase malas intenciones contra ninguno de los profesores, a pesar que desde hacía años el ambiente no era precisamente cordial entre ellos, sobre todo por las crecientes necesidades y los cada vez más frecuentes recortes de sueldos y otros ingresos por primas o méritos académicos que eran tan frecuentes en el régimen anterior. Las pequeñas corruptelas eran ahora mucho más frecuentes y los padres, además de pagar por las clases de música, se veían obligados a dar propinas a los profesores para conseguir tratos de favor, sobre todo si sus hijos requerían alguna atención especial. Sin propinas nadie estaba dispuesto a salirse del programa oficial. No era por perversión, simplemente era la única forma de sobrevivir y se había llegado, con una silenciosa complicidad, a este estado de cosas tan indigno para sus propias reputaciones profesionales.
—Tania, siento tener que decirle que este año Anechka no podrá acogerse al programa de Chernovil, y no será invitada a viajar a Italia... Se ha hecho mayor, ya tiene once años y usted sabe que el programa termina a la edad de diez.
Tania sintió que un inesperado sofoco. Las piernas simplemente no las sentía y se ahogaba. Tomó aire, trató de respirar con profundidad hasta llenar de aire los pulmones y lo expulsó lentamente y con resignación.
—¡Pero señora Ustinovna, si mi hija no puede ir este año a Italia yo tampoco podré salir de gira con la orquesta!
—Tania, querida, Anya ya no es una niña y hay otros niños que también lo necesitan. Anechka ha estado viajando cada año desde que tenía cinco añitos. La Comisión ha creído que ya es suficiente...
—Pero usted sabe que no tengo con quién dejarla... —insistió Tania, más como desahogo que tratando de ablandar a la Comisión, porque sabía que una vez tomada una decisión, en ese país todo el mundo la respetaban—. Ya sabe que la abuela se rompió la cadera y no levanta cabeza. Cada día tengo que atenderla yo misma porque casi no puede hacer las cosas de la casa y mucho menos ir al mercado.
—Podrías enviarla a Minsk, con tu hermana. ¿Y tu hermano Nikolai? ¿No podría quedarse con él?
—No sé, tal vez... Entonces... —preguntó Tania para concluir y evitarle mayores explicaciones a la directora—, ¿no hay ninguna posibilidad de que pueda ir?
—Ninguna...
—Bueno, será mejor que empiece a pensar qué hacer con ella este verano... —se levantó apoyándose pesadamente en los brazos metálicos del sillón de oficina de la época comunista, y se despidió haciendo un breve gesto de resignación—. Sí, se está haciendo mayor. Tengo que ir haciéndome a la idea que ya no es una niña.
—Hasta mañana, Tania. Espero que lo resuelvas. Dale un beso a la pequeña Anya de mi parte.
Eran tantas las necesidades de la mayoría de las familias de los profesores que la directora había adquirido cierta profesionalidad para comunicar ese tipo de noticias y saber ponerles el adecuado final, intentando no dramatizar más de lo necesario.
—Hasta mañana. Sí, se lo daré de su parte.
Ni la directora ni ella mencionaron al padre de Tania, porque era evidente que nada podría hacer después de su segundo matrimonio del que ya habían nacido tres hijos y el último apenas tenía unos meses. Dadas las circunstancias era probable que lo estuvieran pasando mucho peor que ella misma.
—Por cierto, Tania, me han dicho que has tomado de la escuela una cuerda de violín para la pequeña Elena Tcharina. No te olvides de ponérselo en su nota de extras de este mes. Ya sabes cómo están las cosas en la escuela.
—Ah, la cuerda. No, lo pagaré yo. Ha sido por mi culpa…
—Está bien, lo pondremos en tus gastos… Adiós, Tania, hasta mañana.
—Sí, hasta mañana...
Tania abandonó el despacho aturdida y, antes de salir a la calle se dirigió al aseo para refrescarse la cara y beber agua porque le ardía la frente y tenía los labios resecos.
Al menos el día era luminoso y parecía que por fin se abría paso tímidamente una primavera que a veces llegaba demasiado tarde, pasando bruscamente a un clima extremadamente caluroso y húmedo.
Los abedules del parquecillo situado frente a la escuela, donde se erigía un olvidado monumento a la mujer trabajadora de los tiempos de Lenin, habían brotado por primera vez, anticipando el florecimiento de la inminente primavera. Ya no había oscuras y densas nubes grises, apelmazadas sobre un cielo gélido sino jirones de nimbos blancos y en permanente cambio de forma y densidad, hasta desaparecer fundidos por el sol que empezaba a calentar anticipando el verano. Tania se sentía incómoda en su grueso abrigo de piel y no sabía dónde poner el innecesario gorro, que acabó mal colocado en la bolsa de plástico que estaba destinada a las compras en el mercado. Sus alumnos abandonaban la escuela rebelándose contra sus gruesas prendas de invierno, y salían gritando agitando en el aire abrigos enguatados de vistosos colores, gorros de lana y gruesas manoplas que se ataban torpemente a la cintura.
Tania se detuvo unos instantes para charlar con alguna de las madres de sus alumnos que se esforzaban inútilmente en que sus hijos volvieran a cubrirse con sus abrigos. Por el contrario, acababan haciéndose cargo de ellos mientras los críos correteaban libres y mucho más ligeros por los jardincillos. Tania intercambiaba rutinarias apreciaciones sobre las mil cosas que preocupaban a las madres.
—Mire señorita Ivanova, verdaderamente es una pena, pero el año que viene nuestro Vania no podrá seguir dando clases de música...
—¡Pero si es uno de mis mejores alumnos!
—No es eso, y usted tiene que entenderlo. Van a cerrar el hotel y me quedaré sin empleo y con lo que gana mi marido, ¿cómo podremos permitirnos este lujo?
—Pero no es un lujo! El pequeño Vania puede llegar a ser un gran músico.
—Verá, señorita Ivanova, yo sé que usted lo dice con buena intención, pero estos son otros tiempos: ¿cree usted que hoy un músico puede ganarse la vida en este país? ¡No, claro que no! Queremos que Vania estudie algo más práctico, algo que esté bien pagado y solicitado, como abogado o periodista... Porque, la verdad, y entre nosotras, ¿qué carrera puede hacer un músico en estos tiempos, eh? No se lo tome a mal, ya sabe que la apreciamos, pero mírese usted misma, es una excelente profesora y ¿cuanto gana?: ¡doscientos mil rublos! Tal vez trescientos mil. ¿Y qué se puede hacer en estos tiempos con trescientos mil rublos en Bielorrusia? No llega ni para poner carne en la mesa una vez a la semana. No, mi marido y yo estamos de acuerdo en enviar a Vania a Minsk para que estudie algo que le sirva para el futuro...
Tania estaba intentando interrumpir a la mujer en varias ocasiones, pero en el fondo se sentía incapaz de rebatir sus argumentos, sobre todo porque apenas terminara aquella rutinaria conversación ella misma tendría que pasar por el mercado y sufrir las consecuencias.
—Será una pena, Vania tiene capacidad y carácter, y sobre todo, una gran sensibilidad para la música. Pero ustedes verán yo sólo digo que ¿dónde iremos a parar si las escuelas de música de este país se quedan sin alumnos? No quiero ni pensarlo. ¡Ese sería el día más triste para Bielorrusia!
—Sí, lleva usted toda la razón, señorita Ivanova. A nosotros nos hubiera gustado que nuestro Vania hubiera sido un buen violinista, como lo fue su abuelo y su tatarabuelo, que llegó a tocar en la orquesta sinfónica de Moscú para el mismo Zar Alejandro. Pero estos son otros tiempos... —puso su mano sobre el brazo de Tania, cambiando con ella una triste mirada de resignación, tratando de dar a entender que debían terminar aquella conversación. Llamó casi a gritos al pequeño Vania y obligándole a ponerse de nuevo el grueso abrigo enguatado, se despidieron de ella con la habitual cortesía de costumbre:
—Bueno, tengo que irme... Cuídese mucho, y déle un beso a la pequeña Anyuta. Adiós.
Tania les despidió con una generosa sonrisa, y vio cómo se alejaban por el otro lado de los jardincillos hacia su sencillas viviendas del Grupo Manirouski, en una de las orillas del río Soz.
Todavía absorta en las poco esperanzadoras previsiones de la madre de Vania sobre el futuro de la enseñanza musical en su país, le vino a la mente el encargo de saludar a su hija de su parte y recordó de pronto las palabras de la directora: «Tania, querida, Anna ya no es una niña». Entonces, ¿ya no era su pequeña Anya? ¡Ya tenía once años! Hablaba con juicio, razonaba sobre mil cosas que ni ella misma podía entender y hacía las tareas de la casa casi con más efectividad que ella misma. De pronto se hizo una inesperada pregunta porque esa era la primera vez que se la hacía: ¿Y ella? ¿Habría dejado de ser la joven Tania? ¿Se habría hecho también mayor sin apenas darse cuenta? ¡Ni siquiera había cumplido los cuarenta años y ya tenía una hija adolescente, a la que ya no podían incluir en programas de vacaciones para niños! Súbitamente se dio cuenta de que se había descuidado de algo sumamente importante: de ella misma, y se llevó la mano a la mejilla como si por primera vez descubriera su propia imagen y se preguntara si aquella no sería la misma Tania que por costumbre y despreocupación creía ser; si era joven o vieja; guapa o fea. Ya no estaba segura ni del tono de sus cabellos por lo que sintió una imperiosa necesidad de contemplarse inmediatamente ante un espejo.




Olga Serrano: La mujer de Toni

Olga Serrano estaba inquieta, pero no más que otras veces cuando aceptaba las enigmáticas citas propiciadas por Tita Suárez en el ABC de Serrano. ¿Por qué aceptaba? ¿Y por qué no? «A estas alturas de la civilización —se decía a sí misma convencida de utilizar argumentos incuestionables, tal y como los había escuchado en las noticias de la televisión—, con guerras por todas partes, amenazas terroristas donde nunca se hubiera podido sospechar, personajes tan monstruosos como ese moro de Ben Laden dispuesto a terminar con todo lo decente y ordenado de la civilización —de la que sin duda ella formaba parte en un destacado lugar—: ¿dónde está la diferencia entre el bien y el mal? ¿Cómo no aprovechar la mínima oportunidad para sacarle a la vida el mayor jugo posible? En tiempos de papá —insistía dejando a un lado los telediarios y echando mano de reflexiones escuchadas en su propia familia—, las cosas estaban más claras, al menos en este país. Había más seguridad y menos desconcierto. Porque sin orden ni seguridad, ¿cómo puede funcionar la sociedad? Si todos se han vuelto locos, ¡por qué voy yo a ser la única cuerda!».
Ensimismada en estos tranquilizadores argumentos, ni siquiera se había dado cuenta de que el aparcacoches estaba empezando a impacientarse porque no se decidía a salir del vehículo y ni siquiera se estaba retocando el maquillaje utilizando el retrovisor. ¿A qué esperaba para salir y darle las llaves? Pero Olga se esforzaba por terminar su sobresaltada reflexión con un veredicto exculpatorio antes de dar el siguiente paso y darle las llaves de su coche. Todavía estaba a tiempo de dar media vuelta y tomarse un poco más de tiempo para manejar otros argumentos en los que probablemente no había reparado. Por ejemplo: ¿Merecía Toni que le pusiera los cuernos? ¿Se enterarían sus hijos algún día de sus infidelidades y se lo recriminarían haciendo una piña con el padre y la repudiarían como a una madre despreciable e irresponsable?
—Señora, ¿va a dejar el coche o no? Está impidiendo el paso y la gente se pone nerviosa.
—Disculpa, chico; sí, toma, apárcalo
—¿Cuánto tiempo estará?
—¿Cuánto? —de pronto se dio cuenta de que ella no había tomado todavía ninguna decisión y ya tenía que contestar una complicada y comprometida pregunta. Siempre era así: ella ponía su mejor voluntad en hacer las cosas de forma razonable pero siempre sucedía algo inesperado que le obligaba a tomar decisiones casi de forma atolondrada. Entonces ella no era culpable, la culpa era de las prisas, de la forma de vivir de esa ciudad que ella respetaba y apreciaba y que sólo tenía el inconveniente de impedir que pudiera tomar las decisiones de forma algo más reflexiva.
—No sé, puede que unos minutos o toda la tarde. ¡Qué sé yo! —no iba a decirle más detalles a un simple aparcacoches sobre aquella cita a ciegas con un hombre que, además, no era español. Como siempre, importaba muy poco su opinión porque acudía presionada por las circunstancias, es decir, por la prisas y también presionada por su amiga, Tita Suárez, que la había preparado. Y mucho menos tratar de hacerle comprender la lógica de esas circunstancias tan poco usuales. Las citas a ciegas suelen durar un tiempo de cortesía, es decir, el tiempo para asimilar el desengaño o la decepción dadas las circunstancias y la exigida buena educación. Como mínimo debía durar lo que durase tomarse una copa y concluir con alguna pequeña disertación sobre el tiempo, un acontecimiento social relevante, como una boda entre la realeza europea o entre alguna familia de cierta posición social distinguida; una jugada importante en algún deporte de moda —casi siempre tenis, porque era el deporte que seguía con más asiduidad—, o alguna anécdota relacionada con aquella misma cita.
—Por lo menos media hora —dijo después de calcular el tiempo necesario para asimilar un nuevo desengaño. Sobre lo precipitado de su decisión encontró un buen argumento mientras subía por las escaleras del aparcamiento: Olga creía en el destino—. «No se puede ir en contra del destino» —pensó cuando ya estaba caminando despreocupada por el amplio salón de la galería comercial de la planta baja.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó casi inconsciente parándose bruscamente ante el escaparate de una lujosa tienda de una franquicia de moda— ¡Yo no me pondría nunca una cosa así! ¿Es que se han vuelto locos? ¡Qué mamarrachada de vestido! Voy a terminar por no saber qué ponerme... —agitó furiosa la mano con un gesto despectivo hacia la tienda, el vestido y quien lo hubiera diseñado, y prosiguió su marcha hacia la cafetería sin dejar de valorar a través de una minuciosa contemplación del resto de los escaparates si aquella supuesta mamarrachada no sería la moda de esa primavera o si sólo era una excentricidad propia de esa franquicia desquiciada. Pero apenas tuvo tiempo de terminar su reflexión, como siempre la salvaron las prisas de una ciudad que respetaba y defendía.
—Olga, hija, ¡ya era hora! Llevo aquí más de media hora y sabes que detesto que me vean sola, ¡que pensarán!
Olga desplegó una beatífica sonrisa, tan amplia como estudiada e insulsa, porque apenas era capaz de concentrarse en las recriminaciones de su amiga. Con un estudiado gesto consistente en balancear su sedoso cabello de un lado a otro como para desenredarlo mientras se desabrochaba el abrigo, fue recorriendo con la vista los clientes por si estaba entre ellos el hombre que Tita le habría preparado. Pero por alguna razón comprendió de forma instintiva que su cita probablemente había fallado.
—No me pones atención, Olguita. Ven, vamos a sentarnos. Sabes que no me gusta sentarme sola y no soporto las barras. ¡Se te pegan los tíos como las moscas a la miel!
Por fin Olga se percató de que Tita estaba allí, tratando de darle alguna excusa para la que no bastarían con dos o tres explicaciones, como: «¡Ay, chica, ese tío era un pelma!», o tal vez: «¡Qué le vamos a hacer, los tíos casi nunca cumplen lo que prometen!», o incluso: «¡Va, olvídate, después de todo no era tan guapo como me había parecido en un primer vistazo!». No era eso, había más razones y necesitaba tiempo. Suerte que le dijo al aparcacoches que estaría por lo menos media hora.
—No, no lo busques que no está aquí. Pero tranquila que vendrá.
Olga se sobresaltó. Por estúpido que pareciera ya se había hecho a la idea del fracaso, que ella lo interpretaba como un éxito del destino en quien ella creía con fe casi religiosa. Además, ya había hecho planes para consolarse de aquella gozosa decepción regresando otra vez a aquella extravagante franquicia para probarse aquella mamarrachada de vestido. Comprar ropa que nunca llegaría a usar era una forma de desahogarse porque le reconfortaba la idea de que, a pesar de las contrariedades, era suficientemente rica como para podérselo permitir, mientras que otras no sólo se llevan el desengaño sino que no estaban en condiciones de desahogarse con la vendedora de una boutique.
—¡Ay, hija! —dijo por fin con una expresión de gran serenidad que no se correspondía con lo que iba a decir—, perdona que te lo diga y no te lo tomes a mal, pero ¡te has vestido como una puta!
Tita Suárez tenía la virtud de parecer una prostituta, vistiese la ropa que vistiese, pero mucho más si vestía una blusa roja escotada dejando al descubierto una piel extremadamente quemada por los rayos uva, haciendo que se adivinaran unos senos flácidos y moteados de pecas oscuras y abundantes, con un pañuelo de seda negro ajustado al cuello como la cuerda de un ahorcado, una minifalda verde pradera incapaz de situarse a la altura prevista de los muslos abotargados a la altura de las rodillas, y unas botas de piel blancas de media caña, casi hasta la rodilla, le daban un inequívoco aspecto de prostituta, al menos de acuerdo a las vestimentas que suelen ser habituales en los bares de alterne. Tanto Tita Suárez como Olga Serrano sabían muy bien que las mejores prostitutas, las más solicitadas, nunca vestían de forma tan extremada un día de diario a las cinco de la tarde en una cafetería de la calle Serrano. Entonces, ¿por qué Tita vestía como una prostituta de esas que hay en los bares de alterne?
—Mira, ¡no me jodas, guapa! —dijo Tita sin la menor acritud ni enfado—, ¡ya se ve que tú no conoces a los tíos! Hay que enseñar la mercancía, ¡sobre todo mientras se pueda!
Hablaba mordisqueando un cigarro y exhalando a intervalos nada regulares bocanadas de humo que la obligaban a cerrar los ojos hasta hacerlos llorar, mientras se golpeaba disimuladamente la cadera, sin dejar de aprovechar para estirar inútilmente la falda que se atascaba en las abultadas cartucheras.
—Podías ser un poco menos directa, ¿no?
—Cuando cumplas los cincuenta como yo no te andarás con tantos remilgos.
—¡Aún me queda, mujer!
—Vamos, Olguita, baja del guindo que sólo se vive una vez, y las mujeres media. ¿Cuánto crees que nos durará el chollo? Dentro de nada seremos invisibles y nos joderemos porque no nos querrá ni Dios. Es muy triste pero es la verdad, así es que luce el palmito mientras puedas, hija, y déjate de monsergas.
—Tampoco es una obligación tener que ligar.
—¡Pero bueno —protestó Tita—, no me digas que te han venido ya los sofocos! ¿Es que ya no te pica nada? Y perdona la grosería...
Olga no sabía de qué estaba hablando Tita, pero la divertía. Ésa era la única razón para soportar a una amiga que inevitablemente la ponía en evidencia. Se divertía y ¡era tan difícil divertirse en esos tiempos en Madrid! Tenía la cualidad de ser grosera pero con naturalidad. De la misma forma que una monja piadosa sólo habla de Dios, ella sólo hablaba de sexo, como si se tratara de una hembra en celo acosada por decenas de machos embravecidos en medio de una pradera sin otra salida que acceder a que todos se agotaran copulado con ella hasta la extenuación. Pero lo cierto es que hacía ya muchos años que ningún hombre había pasado de mostrarse burlonamente cruel de su pantomima erótica. Finalmente había llegado a un acuerdo con su propia decrepitud: se conformaba con que soportaran su compañía y le dijeran unas cuantas groserías obscenas que la hicieran sentirse todavía deseable.
Por su parte Olga simplemente utilizaba a los hombres como si se trataran de alguna forma nueva de inspectores de atracción femenina, o más concretamente, control de juventud y lozanía. Mientras se sintiera deseada todo iba bien. Se martirizaba a diario examinando con sobresalto cada uno de los pliegues de su piel, cada nuevo rictus que pudiera degenerar y desfigurar su rostro con alguna profunda arruga, con las pequeñas estrías amenazando celulitis, la sospechosa flacidez de los senos o las venas que se marcaban algo descarnadas en el cuello, cada vez con más agresividad, cuando bajaba la cabeza. Por eso había tomado la firme resolución de vigilar sus gestos y muecas, tratar de mantener una expresión lo más estática y relajada posible, lo que le hacía parecer una mujer inexpresiva y como ausente, pero era parte de una estrategia recomendada por su esteticiene. Por la misma razón la cabeza debería de permanecer siempre lo más erguida posible para evitar que aparecieran esas feas venas descarnadas, lo que le parecía un inconveniente porque sus amigas empezaban a considerarla una persona altiva, hasta soberbia. ¡Y todo por mantenerse joven el mayor tiempo posible! Por tanto, aquellos encuentros no eran sino la prueba o la refutación de que sus extremos cuidados, que reducían considerablemente su círculo de amistades, no eran inútiles. Sobre el sexo no tenía una idea muy definida. Ni lo buscaba ni lo rechazaba; ni le atraía ni le repulsaba. Todo dependía del destino y eso escapaba a sus juicios y valoraciones.
—Bueno, entonces, ¿qué pasa con esos tíos? ¿Vienen o no vienen? Oye, ya sabes que yo no quiero que piensen que ando salida como tú. Porque no es verdad. Al menos Toni cuando quiere cumple en la cama... —lo dijo sin convicción, como quien no sabe disimular una mentira.
Tita dejó escapar una sarcástica carcajada que terminó provocándole una tos estentórea propia de los fumadores empedernidos. Otra vez los ojos le lloraban amenazando destrozar el maquillaje.
—Vamos, hija ¡qué sabrás tú lo que es cumplir en la cama!
—Bueno, dejemos eso. Cada uno hace el amor a su manera. Es un asunto muy personal.
—El día que conozcas un hombre de verdad sabrás lo que es cumplir en la cama.
—¿Es que Toni no es un hombre?
—¡No!
—Hablas como si te hubieses acostado con él.
—¡No podría!, y no porque sea el marido de mi mejor amiga. No
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