×
LOS + LEIDOS
Ecología y sociedad civil
103 LECTURAS
La pasión de Alicia
66 LECTURAS
La extraña
64 LECTURAS
Marcus
52 LECTURAS
Filosofando sobre la Realidad, el Ser, Dios y el Cosmos
49 LECTURAS
Filosofía de los sistemas sociales
44 LECTURAS
La guerra de Inés
33 LECTURAS
eDemocracia para indignados
31 LECTURAS
Mi querida libertad
31 LECTURAS
Berlín sin muro
25 LECTURAS
La batalla de Sigüenza. Diario de guerra
21 LECTURAS
Relatos celestiales y otros cuentos
20 LECTURAS
Cuentos berlineses
16 LECTURAS
Filosofía para todos los públicos
12 LECTURAS
Naturaleza y ser humano
10 LECTURAS
Naturaleza y ser humano
JAIME DESPREE





NATURALEZA
Y SER HUMANO



MONOGRAFÍA










Naturaleza y ser humano








Hubiera podido titular este primer capítulo como «La naturaleza y el hombre» y cualquier lector lo hubiera interpretado correctamente como la relación que existe entre la naturaleza y la humanidad. También es posible que la mayoría de mis lectoras lo entendieran así, pues se trata de un convencionalismo cultural ampliamente aceptado. Pero que yo sepa la «mujer» no es un género de «hombre» sino de «ser humano». En efecto, el uso reiterado de la voz «hombre» para referirnos a la humanidad es la más escandalosa forma machista del lenguaje, no sólo del castellano, sino de todas las lenguas que conozco. Lo peor es que ningún lingüista, al menos reconocido, ha rectificado esta falta de democracia y de ética en el uso de este importantísimo concepto. Incluso la Real Academia española apoya rotundamente esta actitud histórica machista con esta escueta definición de hombre. «Ser animado racional, varón o mujer.» Para justificar el subterfugio opone el «varón» a la «mujer», cuando al varón le corresponde el concepto opuesto y de escaso uso coloquial de «fémina», pues lo contrario de varonil es femenino.
Esta no es solo una anécdota lingüística sino una prueba más de que la cultura, y en especial el lenguaje, está dominada por una clara actitud machista que tiene sus raíces en el dramático cambio cultural en un momento dado de la evolución del propio lenguaje.
Espero no aburrir demasiado al lector si le cuento una anécdota personal que justifica mi repulsa ya histórica por utilizar el concepto de hombre como sinónimo de humanidad. Durante los años setenta asistí en varias ocasiones, acompañando a una buena amiga mía, como oyente en las clases de la Facultad de Filosofía de Madrid. Pese a que eran tiempos duros para el ejercicio de las libertades en general, la universidad española gozaba de una excelente salud democrática. No recuerdo el nombre del catedrático al que propuse que me permitiera dar una pequeña charla sobre mi tesis sobre este asunto, pero para mi sorpresa me lo permitió.
La tesis era simple. Tras el descubrimiento de la agricultura la mujer sufriría tal transformación biológica como consecuencia del sedentarismo y la mayor frecuencia de sus gestaciones que en un momento dado se hace necesaria una voz distinta para nombrar a una persona que también ya es distinta. Para poner un toque de humor a mi charla expuse el caso del inglés, donde la voz «woman» parece el resultado de contemplar un nuevo tipo de «hombre» asombroso, «wo-man!», puesto que en inglés no existen los géneros.
Pero mi tesis tenía también un argumento antropológico, pues durante las sucesivas migraciones norte-sur, los pueblos cazadores y recolectores más atrasados del norte y con rasgos característicos más comunes entre ambos sexos, se mezclarían con otros sedentarios cuyos rasgos eran más diferenciados, de ahí mi cómica idea de la yuxtaposición inglesa de «wo-man!»
Pero lo cierto es que los cambios biológicos y morfológicos en el cuerpo de la mujer llevarían a la inevitable creación de una nueva voz distinta de hombre, pero se siguió utilizando la de hombre para nombrar con un sentido genérico a ambos sexos. Y como la cultura se fundamenta en el lenguaje y sus significados, desde ese mismo instante la mujer quedó culturalmente marginada a un segundo plano, pues a nadie se le ocurre utilizar la voz «mujeridad» para nombrar lo que llamamos «humanidad». Y este fue el argumento de mi espontánea charla cuando ni siquiera sospechaba que un día se me ocurriría escribir un libro de filosofía en el que tuviera que citar esta anécdota para justificar por qué nunca utilizo la expresión «el hombre» cuando me refiero a la humanidad.

Una primera definición simple y escueta de la naturaleza podría ser ésta: «La naturaleza es todo aquello característico que se desarrolla de acuerdo a su propia dinámica interna». Pero esta definición resulta demasiado lacónica y fría para que exprese las sensaciones, emociones e impresiones que para el ser humano tiene este concepto.
En primer lugar la naturaleza la percibimos de acuerdo al desarrollo y capacidad de nuestros sentidos físicos, lo que quiere decir que la naturaleza en sí misma no es tal y como la percibimos sino tal y como es de acuerdo a sus características físicas y materiales reales.
De esta última reflexión se deduce el sentido que tiene el concepto «características» de la primera y escueta definición; es decir, lo característico es la parte física de la realidad sensible, cuya compleja estructura nos llevaría a la composición final de la materia en subpartículas como los quarks o cuasipartículas supuestamente indivisibles que ni siquiera contienen masa, como los fotones, o incluso antipartículas como los gravitones, que interactúan con las partículas para hacer posible la estabilidad gravitacional universal.
Pero ésta es la naturaleza real que interesa a la física pero no la naturaleza «casual» que interesa a la filosofía, de acuerdo a la concepción aristotélica.
Lo que en este breve ensayo pretendo no es descubrir algo nuevo que tenga que ver con la naturaleza real, que se puede conocer con la investigación y la técnica, sino con la naturaleza que se puede «entender» con la razón a partir de lo que nos transmiten nuestras sensaciones, emociones e impresiones. No será por tanto una explicación científica y real sino filosófica y casual, y no se basará en las cosas mismas sino en su «ser», que conocemos por sus voces gracias al desarrollo ontológico del lenguaje.
Pero en un mundo pragmático como el actual dominado por el sentido de lo real, sustancial o físico de la investigación científica y el desarrollo espectacular de la técnica, el resultado de este ensayo puede parecer banal e irrelevante, sin embargo hemos de tener en cuenta que el descubrimiento propio de la ciencia debe servir para mejorar las condiciones de la supervivencia, en tanto que todo descubrimiento basado en una reflexión filosófica sobre la causa del ser de las cosas debe servir, sobre todo, para mejorar las condiciones de la convivencia. Por tanto mi trabajo no pretende descubrir nada nuevo acerca de la composición característica de la naturaleza ni de sus complejas relaciones dinámicas, sino sobre las causas por las cuales el ser humano, que es también parte de la naturaleza, la percibe con sus sensaciones, emociones o impresiones, con el único fin de entenderla y entenderse a sí mismo, para aprender a relacionarse con ella de modo que no entren en conflicto los resultados especulativos de su cultura social y los intereses de la naturaleza salvaje que conforma su entorno y le provee de medios de subsistencia.

Que el ser humano es producto de la evolución está ya sobradamente probado como para refutarlo. Por tanto podemos decir que tiene sus orígenes en la formación misma del universo, ¿o tal vez anterior? Hago esta fundamental pregunta porque acepto que el universo se crease de la nada, siempre que la nada contenga «algo», puesto que simplemente no es razonable y semejante tesis no concuerda con el fin último de la filosofía, como es establecer las causas razonables de las cosas y no conformarse simplemente con aquello que puede ser experimentado y probado, como es la actitud de la ciencia. Obviamente la ciencia no puede explicar en qué consistía la «nada» anterior a la formación del universo, pues la nada carece de consistencia.
Yo no tengo ninguna teoría para responder a esta compleja pregunta, que tampoco es de interés para la astrofísica, pues, como sucede con la historia que se inicia con la escritura, la cosmología se inicia con la formación del espacio-tiempo y no puede ser tenido en consideración ningún suceso anterior o posterior al espacio tiempo. Pero para la filosofía todo lo que es, incluido el universo, tiene necesariamente su causa en lo que no-es, es decir, en la «nada». Pero tal y como ya argumentaba Parménides, la nada no puede ser, entendiendo el ser como una entidad en movimiento, pues lo que no es nada no puede ser algo ni estar en movimiento.
Esto nos lleva a plantear el difícil dilema acerca de la idea de Dios como una entidad imposible de concebir pero necesaria, en tanto que creadora de la realidad a partir de la nada.
Para ilustrar este dilema pondré un simple ejemplo que nos puede resultar familiar. Supongamos que nos encontramos en un bosque que está en absoluto silencio, y de pronto escuchamos el canto de un pájaro. Puesto que el canto es algo que sucede en el tiempo, tiene que tener necesariamente un principio y un final, volviendo de esta manera de nuevo el silencio. ¿Qué sonidos había en el silencio antes del canto del pájaro? En el acto ninguno (nada), pero en potencia el canto de un pájaro (algo en potencia). Por tanto el canto del pájaro surge de la potencialidad del silencio, donde si no canta no podemos saber que hay un pájaro en el bosque.
Trasladando este ejemplo a la formación del universo nos hacemos la misma pregunta: ¿qué había antes del universo? La respuesta ya es obvia: «algo en potencia», que fue la causa del universo. Pero ¿cómo saber qué es ese algo si está en la potencialidad de la nada? Es razonablemente imposible probar la existencia de algo que está en la nada, sin que eso no quiera decir que no sea necesario que en la nada haya algo en potencia que sea la cusa de todo. En realidad este argumento es tan viejo como la filosofía misma, y más concretamente está planteado en la metafísica de Aristóteles, quien a esa potencialidad creadora lo llama «motor inmóvil»; es decir, una razonable idea de Dios como creador de la realidad física perceptible a partir de la nada. Tesis utilizada por Santo Tomás y Descartes, tomando como referencia al mismo Aristóteles, para la prueba de la necesaria existencia de Dios.
Por tanto el universo, como el ser humano, proceden de su «potencialidad», pero la pregunta del millón es ésta: ¿qué es esa potencialidad? La respuesta no puede ser general, sino que debemos situarla dentro de un contexto cultural determinado. Si la pregunta la formula un astrofísico debe tratarse de una sustancia relacionada con el propio universo, tal vez sea anti-materia con sus propias característica de anti-gravitación, que fueron la causa probable de su generación espontánea, según la tesis propuesta por el astrofísico Stephen Hawking. Pero si la pregunta la formula un teólogo, la sustancia debe tener relación inmediata con el espíritu, y en especial con el alma del ser humano. Y como el alma es la consecuencia de la emoción que producen las imágenes, el resultado lógico es personalizar a Dios en la imagen de un ser omnipotente, que puede ser modelado de acuerdo al carácter y los valores estéticos de cada cultura en particular. Para nosotros los occidentales, y dentro de nuestra tradición cristiana, Dios es una imagen similar a la de un patriarca, de raza blanca y de aspecto respetable. Para otros pueblos o culturas puede tener incluso el aspecto de un animal considerado sagrado. Todo es cuestión de imaginación y de creencias. Por último si la pregunta se la formula un filósofo, la sustancia de Dios debe tener relación con la idea del todo de donde procede y, como ya he dicho, es la potencialidad que necesariamente debe de haber en la nada. Pero como tal nada, y de acuerdo a su sentido ontológico, es inaccesible para nuestro entendimiento, es decir, no podemos hacernos una idea de lo que pueda ser Dios, pero si podemos afirmar que lo que sea está en la nada; es decir, para nuestro sentido de la realidad, Dios está en la potencialidad de la nada, pero como correctamente argumenta Aristóteles, en tanto que está pero no es, debe estar necesariamente inmóvil.
Y con esta breve explicación no doy una respuesta concreta pero al menos clarifico mi posición sobre este difícil dilema.

El ser humano se comporta de acuerdo a pautas culturales pero vive de acuerdo a pautas estrictamente naturales. El ciclo de su vida es simple y similar al resto de los seres vivos: nacer, crecer, reproducirse y morir.
Como organismo puramente mecánico vivir consiste en «funcionar» sintetizando energía de fuentes externas, proteínas, y trasformándola en tejidos, que hace aumentar su masa corporal hasta que el envejecimiento y mal función de esos mismos tejidos detienen el proceso y sobreviene la muerte. En el fondo el plan aparente de la naturaleza es intrascendente y consiste en utilizar los seres vivos, incluido el ser humano, como catalizadores que transforman energía en materia, y este plan deberá seguir adelante hasta que se agote toda la energía y colapse la materia o sea absorbida enteramente por un agujero negro masivo para ser convertida nuevamente en anti-materia.
Esta es una idea mecanicista y materialista de la existencia, que se refiere exclusivamente a la condición física y natural del ser humano, pero que no tiene en cuenta otros aspectos concurrentes, como la personalidad y sus cualidades o la mentalidad y sus atributos. Este es también el interés fundamental de la ciencia cuando estudia al ser humano, como el resultado de su estructura genética, donde residen las claves de su condición natural y su carácter, sin considerar otros aportes que no pueden ser probados en un laboratorio y que constituyen los fundamentos de su personalidad.
La ciencia trata el ser humano como una máquina educable; es decir, un organismo puramente mecánico que puede ser manipulado a través de sus genes y ser modelado gracias a la educación y la experiencia. Por tanto, para la ciencia vivir consiste en mantener el organismo con energía y en buen estado de funcionamiento, de la misma manera que para circular con nuestro automóvil debemos mantenerlo con gasolina y en buen funcionamiento mecánico.
Si nos limitamos a considerar el ser humano de acuerdo a esta tesis puramente mecanicista tenemos un grave problema de lógica, pues no podremos explicar de dónde surgen las innovaciones, ya que una máquina no podría saber más que aquello que constituye su propia constitución mecánica, de manera que las máquinas siguientes serían similares a las anteriores y recibirían una educación similar a la primera, sin que fueran posibles las innovaciones. Argumento expuesto por Aldous Huxley en su famosa novela «Un mundo feliz». En otras palabras, si consideramos el ser humano como el producto exclusivo de sus características genéticas, podemos conocer todo lo relativo a su carácter, su constitución física, incluso su predisposición a padecer determinadas enfermedades y hasta la fecha previsible de su muerte así como sus causas, pero no podemos saber nada de sus cualidades morales o intelectuales, pues éstas no están contenidas en sus genes, y no se adquieren por una característica física sino por un fenómeno psíquico. En otras palabras, el ser humano debe estar constituido por una parte física donde experimentar las sensaciones y otra psíquica donde valorar las emociones y procesas las impresiones, o resumiendo todavía más y utilizando conceptos de teología y de la filosofía, debe constar de cuerpo, alma y mente, de otro modo no podemos considerarlo humano.

Si es necesario recurrir a la teología para determinar la hipotética existencia del alma y a la filosofía para considerar la existencia de la mente es porque la física no tiene en consideración los fenómenos que no tienen consistencia, pues para la ciencia solo existe aquello que sabemos en qué consiste, y ni el alma ni la mente, sean lo que sean, pueden ser tenidas en consideración por la ciencia al no tener una sustancia consistente que pueda ser experimentada y localizada, idea obsesiva en muchos teólogos y filósofos antiguos, como Descartes, quien creía que el alma estaba localizada en la glándula pineal; es decir, junto al cerebro. La biología tiende a creer que las cualidades morales y mentales de los seres vivos son también el producto de su carácter genético, pero no explica cómo pueden adquirir la capacidad de distinguir el bien del mal o lo verdadero de lo falso para hacer juicios de valor justos, o, insisto, de dónde proviene su creatividad innovadora que contradicen las tesis mecanicistas.
Para la ciencia la vida se sustenta gracias a una sola fuente de energía luminosa y por tanto visible, la que proviene del proceso de fusión de las estrellas, que es asimilada dentro de una cadena natural que comienza en la fotosíntesis de las plantas. Se supone que esta energía visible y mesurable es la responsable indirecta de la «inteligencia» del ser humano y de la naturaleza en general, puesto que no tiene en consideración ninguna otra fuente de energía. De hecho muchas culturas ancestrales cayeron en la lógica creencia de considerar al Sol como una divinidad, tradición que se mantiene hasta la aparición de nuevas ideas culturales y religiosas en las que la naturaleza se rige por un principio trascendental más allá de lo visible, al que llaman «espíritu», como el orfismo de la tradición religiosa griega que reconoce la existencia del alma como una entidad separada del cuerpo.

No existe una sola tradición cultural religiosa que no considere esta hipótesis, y en cuanto a la filosófica, ya a partir de Platón el alma es una entidad independiente del cuerpo, y es responsable de las emociones y de las ideas, tesis que rebate en parte Aristóteles, quien considera el alma como una característica más vital que intelectual, principio de vida o potencialidad. Pero en realidad ambos entienden que la vida es el resultado de la fusión de cuerpo, alma y mente, sean o no entidades independientes.
Pero es en nuestra propia tradición cultural judeo-cristiana donde, no sólo queda establecida esta separación de forma independiente, sino que considera el alma anterior a la vida, pues según el relato bíblico del Génesis: «El primer hombre Adán vino a ser alma viviente». De manera que viene a confirmar que con anterioridad a la vida deberían existir necesariamente «almas no-vivientes», o simplemente «espíritus».
Naturalmente que la ciencia no puede aceptar esta concepción dual del ser humano, natural-espiritual, pues da por hecho que lo espiritual o sobrenatural es improbable. De manera que deberá ser la filosofía, cuya misión es establecer las causas razonables de las cosas por causa de su necesidad, sean o no físicamente experimentables, la que establezca que por necesidad el ser humano debe ser una entidad con un cuerpo natural y sensible, un alma espiritual y emotiva y una mente intelectual e impresionable, estos dos últimos fenómenos son los responsables de su personalidad e inteligencia. Hegel expone esta tesis de forma todavía más concisa en su comentario: «Los hombres no son sino los instrumentos del genio del universo.»

Pero si el alma y la mente existen es necesario demostrar en qué consisten, y, sin necesidad de recurrir a fenómenos sobrenaturales, la existencia del alma puede tener una simple explicación si cambiamos el contexto simbólico del lenguaje de la física por el de la teología y en lugar de «energía vital» lo denominamos «energía espiritual», o simplemente «espíritu», teniendo no obstante las mismas funciones.
En el ser humano, y en el resto de la naturaleza, concurren dos fenómenos opuestos pero estrechamente vinculados entre sí, como son energía y materia aparente. Como toda la materia del universo el cuerpo humano está constituido por átomos, en su mayoría de hidrógeno, cuyos núcleos y electrones están cargados de energía de distinta polaridad. La combinación de estos átomos forman las moléculas, que a su vez forman células, tejidos, órganos, etc. Es decir, el cuerpo humano está compuesto por un espectro electromagnético cuya organización dinámica y cohesión atómica causa la apariencia humana, así como otras combinaciones forman otros tipos de estructura naturales distintas.
El crecimiento de nuevos átomos y moléculas se debe al metabolismo, o combustión interna, que convierte energía de fuentes externas, como son la contenida en los alimentos, los minerales, el agua o el aire, los cuatro elementos clásicos de que está compuesta la vida, en más átomos y moléculas humanas, y así hasta que el organismo es incapaz realizar esta catarsis. Entonces la materia aparente pierde su coherencia formal y se desintegra (muere y se descompone), pero el espectro electromagnético permanece con distintas formas en la materia descompuesta, integrándose en otras estructuras atómicas y moleculares para sostener otras formas de vida que podemos llamar «inferiores», y que explican las teorías clásicas tradicionales sobre la trasmigración, pues por una cuestión cultural y ética los restos humanos no suelen formar parte directa de la cadena trófica de la alimentación. Las prácticas rituales del canibalismo primitivo se debían a la creencia de que comiendo los restos de los difuntos asimilaban también su alma.
Pero este espectro electromagnético es común en toda la materia, y es el responsable de su coherencia y estabilidad basada en las leyes de la gravitación universal. Ahora también sabemos que existe otra fuente desconocida de «energía oscura» que es responsable de su expansión o crecimiento.
Sin duda que este tipo de energía debe estar relacionada con los fenómenos acaecidos durante los instantes iniciales de la formación del universo o la llamada «inflación cósmica» del universo. Por tanto este espectro electromagnético universal tiende a la estabilidad de la materia a partir del caos del plasma inicial previo a la formación de los átomos y sus estructuras, en tanto que el alma que buscamos tiende a todo lo contrario; a la inestabilidad o más concretamente a la «animación», idea que justifica la voz misma de alma, del latín «anima». De manera que trasladando nuevamente esta idea al lenguaje metafórico de la teología o de la magia, el espectro electromagnético universal, incluida la energía oscura y las radiaciones cósmicas, podemos llamarlo «espíritu universal», de donde debe surgir el «alma humana», así como la materia que conforma su cuerpo, como realmente sucede.
Esta tesis no solo concuerda con todas las concepciones espirituales, religiosas y mágico-religiosas tradicionales sino con las creencias ancestrales chamánicas, para las que la naturaleza, montañas, lagos, bosques, etc., incluso los objetos construidos por el hombre, están poseídos por «espíritus».
Siguiendo en el lenguaje metafórico de la teología, para que del espíritu surja el alma es necesario que la materia inorgánica se «anime»; es decir, que adquiera la capacidad de moverse con una dinámica propia; en otras palabras, se convierta en orgánica y por tanto en materia viva.
Para la biología actual la vida se origina cuando las condiciones ambientales, por ejemplo condensación del vapor de agua, favorecen la formación de la primera molécula orgánica o microorganismo a partir de componentes químicos, como los isótopos de carbono, gracias a la capacidad de esta primera molécula de sintetizar la energía que proviene del sol a través del proceso de la fotosíntesis, el mismo proceso de las plantas actuales. Dadas las condiciones nocivas de la superficie terrestre y sus altas temperaturas la primera molécula surgió en el fondo del océano.
Para nuestro argumento lo importante de este suceso es que la materia, que ya mantiene una forma de energía pasiva, adquiere ahora la capacidad de retener otra forma de energía «activa», que constituye la causa de la vida en sí misma. Pero ya no se trata de una energía estable que mantiene la coherencia nuclear sino de una energía «inestable» que mantiene la dinámica interna del nuevo organismo, y que necesita ser repuesta constantemente, pues esta energía se consume debido a su propia actividad vital, o como define la ciencia el concepto de energía, por el trabajo.
Este es el instante crítico en que, utilizando nuevamente el lenguaje metafórico de la teología, surge el alma individual del espíritu universal. Incluso el Génesis ratifica en su expresión metafórica esta simple tesis en este significativo pasaje: «Produzca la tierra almas vivientes…».
Las posteriores cualidades del alma humana será el resultado de la evolución con el desarrollo de nuevos sentidos, en especial el de la vista, fundamental para las emociones, así como la creación del lenguaje, necesario para entender la causa se sus impresiones, y, como resultado, la creación de su cultura que progresivamente se fundamentará en su «alma racional» y no en su «espíritu universal».
Si el alma no se estudia como tal en biología es precisamente por su relación con las emociones y las impresiones, que son aspectos que interesan a la religión y la filosofía respectivamente y que se intentan aglutinar en lo que entendemos como «ciencias esotéricas», o un apartado de la ciencia no convencional, como el hinduismo y sus «chakrás», o puntos de concentración de energía vital en el cuerpo humano.
Sin embargo esta energía es el soporte para toda la actividad «psíquica» del ser humano, utilizando el concepto aristotélico de alma, o el lugar donde se causan las imágenes creadas por la imaginación, incluidos los sueños, además de los pensamientos y la consciencia, incluidas las ideas, y no en el cerebro, como burdamente se supone, pues el cerebro es una prodigiosa máquina con una extraordinaria memoria de la historia de los sucesos personales y los colectivos, pero no es un espacio para la imaginación ni la consciencia.


Naturaleza, espíritu y mente

Lo que desconcierta a la ciencia e incluso a la filosofía es saber de qué manera interactúan en el ser humano cuerpo, alma y mente, y cuáles son sus resultados.
La primera inquietud ha sido establecer la forma en que el ser humano alcanza el conocimiento. Pero para conocer la naturaleza se basta a sí misma, sin la intervención de ningún fenómeno psíquico o espiritual. Para conocer basta con disponer de algún sentido natural conectado a una memoria a través de un sistema nervioso, y la experiencia hace el resto. Cualquier animal es capaz de conocer infinidad de cosas con este simple principio. Esto no quiere decir que la manera en que un perro adquiere conocimientos sea materia de la filosofía. No puedo entender por qué algo tan simple se pretende hacer complicado, y todavía entiendo menos por qué la historia de la filosofía, como por ejemplo el caso de las complejas «Críticas» de Kant, se haya ocupado de establecer una «teoría del conocimiento», cuando en rigor éste es un tema que corresponde a la biología y no a la filosofía.
Complicando algo más el proceso podemos decir que ciertos conocimientos vitales son asimilados por los genes y trasmitidos por vía genética en forma de instinto, cuyos reflejos naturales determinan los comportamientos innatos.
Esta capacidad de la naturaleza de trasmitir conocimientos a través de la herencia genética es lo único que diferencia el proceso del conocimiento de la naturaleza de una simple máquina construida por el hombre, que con ayuda de unos sensores conectados a un computador pueden almacenar en su memoria millones de datos o «conocimientos», y gracias a los sensores puede reconocer los datos acumulados al contrastarlos con otros similares, tal y como hace el ser humano.
Por tanto conocer es simplemente memorizar, pero ello no quiere decir que el conocimiento por sí mismo tenga la capacidad de «valorar» o «entender» aquello que conoce. La red Internet, que es una máquina, contiene millones de datos e imágenes, es decir, conocimientos, pero estos no son valorados ni entendidos por la máquina misma, sino por las personas que los consultamos, que no somos máquinas. Lo que nos permite valorar y entender aquello que vemos o leemos no es nuestro cerebro sino nuestra «alma» y nuestra «mente»; es decir, mientras la función de los sentidos naturales es conocer, la del alma es «valorar» y la de la mente es «entender». Los valores son tratados por la religión mientras que el entendimiento debe ser tratado por la filosofía. Por esta razón la filosofía no puede tratar la teoría del conocimiento sino del entendimiento, y toda la filosofía que no establece esta clara distinción es contradictoria y, en mi opinión, falsa.

Por tanto, nuestra personalidad no se debe a nuestros conocimientos, sino a cómo los valoramos, y nuestra mentalidad tampoco es el resultado de lo que conocemos, sino de cómo los entendemos. Lo que conforma nuestra personalidad ética proviene de nuestro sistema de valores causados por las emociones, que están determinadas por nuestro carácter, y lo que conforma nuestro entendimiento tiene su fundamento en nuestras impresiones provocadas por nuestras intuiciones, que no son sentidos físicos sino fenómenos psíquicos.
Tanto los valores personales como nuestra mentalidad se hacen más manifiestos y precisos cuanto más desarrollados están los sentidos y mayor es el entendimiento de la realidad de nuestro entorno, pues es a través de nuestros sentidos, nuestra sensibilidad, como experimentamos la intensidad de nuestras emociones que definen nuestros valores, y gracias a la amplitud de nuestro entendimiento aumentan las impresiones, que conforma nuestra mentalidad. Por esa razón ciertas tradiciones religiosas limitan la existencia del alma al ser humano, por considerar que los animales no son lo suficientemente sensibles como para experimentar emociones, además de que no poseen un lenguaje y una cultura suficientemente extensa como para entender las causas de aquello que conocen.
Por tanto el alma sería el resultado de un proceso personal, cultural y social complejo gracias al cual el ser humano se vuelve más «sensible» y más culto y racional, lo que favorece el desarrollo de su personalidad y de su entendimiento. Esta idea se refleja en el comentario jocoso del jesuita Philipp Segesser durante la evangelización de México: «Como el Papa nos ordena creer que los indios tienen alma racional, tenemos que creerlo, pero la verdad es que no se nota.»
De esta manera cuerpo, alma y mente interactúan a través de los sentidos físicos: el alma a través de la visión de las imágenes y sus emociones, que en estados emotivos críticos provoca el fenómenos de la «revelación», o la alucinación de una imagen emotiva, y la mente gracias a las impresiones de lo que conocemos pero no entendemos, y que también en estados de fuerte impresión provoca el entendimiento de las causas de las cosas a través de una «intuición», o la preconcepción de una idea sin un razonamiento previo.

Como el valor emocional que damos a las imágenes depende de nuestro carácter y de nuestra educación, los valores mismos son tan relativos como lo son nuestro carácter y nuestra educación. Cuanto más intensas y atractivas son las emociones mejor valoramos la imagen de lo que vemos, y cuanto más intensas pero repulsivas son las imágenes peor las valoramos. O lo que es lo mismo, las imágenes que más gratamente nos emocionan son paras nosotros las más «buenas» y las imágenes que más desagradablemente nos emocionan son las más «malas». Y con esta simple experiencia emocional aprendemos a distinguir lo que para nosotros es el bien y el mal, que no pueden ser valores absolutos sino personales y relativos. Estas emociones que definen nuestros valores no solo provienen de la imágenes reales sino de las irreales o imaginadas, soñadas o alucinadas.
La emoción que causan las buenas imágenes es la felicidad, en tanto la emoción que causan las malas imágenes es la infelicidad o desdicha. Pero como la valoración depende del carácter, la felicidad o la desdicha también son relativas, y lo que a unos puede hacerles felices a otros pueden hacerles desdichados.
Esta capacidad para distinguir el bien del mal no es exclusiva del ser humano sino común en todos los animales con sentidos, en especial los domésticos y los más socializados. La supuesta buena amistad entre el hombre y el perro no se basa tan solo en un aprendizaje o reflejo del animal para aceptar el dominio del hombre, sino en una relación «emotiva» basada en la buena y atractiva emoción que la imagen del ser humano causa al perro y viceversa. El dominio se estable por la superioridad meramente intelectual del ser humano no por su emotividad, en la que nos gana el perro, razón por la que este animal, en especial si tiene un «buen carácter», puede suplir con creces la necesidades emotivas de muchas personas.
Pero el ejemplo más evidente de la relación necesaria entre emotividad y sensibilidad la tenemos en todas las relaciones entre madres e hijos, incluidas las que existente entre madre y crías del mundo animal. La profunda relación de la madre con su hijo se debe a que para la madre la imagen de su hijo es profundamente emotiva y dichosa, y por tanto, tiene un extraordinario valor emocional y moral, cuya fuerte atracción constituye en sí mismo la emoción del «amor». Esa relación decae progresivamente con el cambio de imagen del bebé cuando se convierte en adulto, y la madre seguirá añorando la imagen del bebé por ser más emotiva que la del adulto. Naturalmente que también intervienen razones culturales y el simple sentimiento de propiedad que unen madre e hijo, pero desde el punto de vista de su naturaleza, el vínculo principal es la emoción dichosa que imana de su buena imagen.
Por tanto, el alma no es ningún misterio sobrenatural sino perfectamente natural, pues es un fenómeno causado por la energía vital, como consecuencia de la percepción visual o sensible de las cosas o de sus imágenes. Si la relacionamos con la teología o con la religión es porque su función es la de permitirnos distinguir el bien del mal; es decir, crear un sistema de valores personales que darán origen a la moral y la ética en el ser humano, tal y como literalmente lo expone este pasaje del Génesis: «Dios sabe muy bien que el día en que coman de él (del árbol prohibido), se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal.»
Podemos decir que el alma es exclusivamente «emotiva», pero nunca racional, como la describía el jesuita en el comentario citado con anterioridad, y debe ser común en todos los seres vivos con sensibilidad, a pesar de que no tengan entendimiento. El alma no puede ser racional porque los valores morales no tienen su fundamento en las impresiones sino en las emociones, o como se expresa en lenguaje coloquial y metafórico: el alma se siente en el corazón y no en la cabeza.
Tal vez el jesuita quiso decir que los indios tenían alma pero no tenían «uso de razón», porque su entendimiento de la realidad no estaba a la altura del nivel cultura occidental. En otras palabras, debían tener emociones, pero actuaban de forma irracional. Pero los indios tenían alma y su propia mentalidad, basada en la comprensión de la realidad de acuerdo a sus patrones culturales y las posibilidades de expresión de su lenguaje. En otras palabras, tenía alma y mente, como la tenían sus conquistadores, pero con distintos valores morales y culturales.

Esto nos lleva a considerar el otro fenómeno causado por la energía vital a través de los sentidos, como es la mente. Como el alma, la mente también debe tener consistencia y una función específica perfectamente diferenciada del alma. Pero la mente no puede consistir en el cerebro, como habitualmente se relaciona, porque es un órgano físico y lo que buscamos es un fenómeno psíquico, sino el mismo espectro de energía vital del alma, pero con una función distinta y en un contexto también distinto, que obviamente ya no es espiritual sino mental. Tal vez la confusión se deba a que la mente debe tener su causa en la energía vital que circunda el cerebro, para la teología la aureola, cuyas funciones psíquicas están estrechamente relacionadas con las funciones cognoscitivas del cerebro, en tanto que la energía vital que se corresponde con el alma debe estar concentrada en otros puntos del cuerpo o «chakrás».
En cuanto a la función de la mente, para entenderla basta con definir su causa como el descubrimiento de la forma de ser de las cosas, o más propiamente dicho, de su «impresión». Por ejemplo, podemos decir que la causa natural de una manzana está en el árbol, la causa espiritual está en su imagen, en tanto que la causa mental está en su forma.
El descubrimiento de las formas que hay en las imágenes nos permite distinguir una manzana de otros frutos con distinta forma, lo que nos permite, a su vez, otorgarle una voz simbólica específica y diferente de los frutos de otras especies de árboles. Luego la «mentalización» de la manzana reside en su nombre y no en la manzana en sí como sustancia o como imagen. De manera que para que podamos decir que tenemos mente debemos tener, al mismo tiempo, una determinada capacidad de expresión simbólica de lo que contemplamos o imaginamos. En otras palabras, la mente surge con el lenguaje. Sin un lenguaje, por rudimentario que sea, no podemos concebir las cosas que contemplamos, de las que solo podríamos tener la sensación de sus sustancias o el valor emotivo de su imagen. Pero en este caso la realidad estaría constituida por una forma única y absoluta llena de una diversidad de imágenes, o «espíritus», que servirían para orientar nuestro comportamiento, pero al no distinguir sus formas, sería un comportamiento basado en las sensaciones y en las emociones, pero no en las impresiones que causan el entendimiento. Este es el caso de los animales, cuya mentalidad depende de su mayor o menor capacidad de expresión. Todos hemos escuchado la expresión popular, pero con pleno sentido: «Tienes la mentalidad de un mosquito».
Por tanto la mente es una consecuencia directa de la evolución, es posterior al alma, y debe surgir en el momento en que el ser humano adquiere la capacidad de articular un lenguaje variado con el que nombrar las cosas, que gracias a sus impresiones y a su intuición va distinguiendo progresivamente.
Pero la mente no tiene como fin el conocimiento en sí mismo, otro error habitual en la tradición filosófica, sino establecer la relación ontológica entre unas voces y otras, no para conocer las cosas sino para entenderlas. Por tanto cuanto más compleja sea nuestra capacidad de expresión, así como la extensión de nuestra experiencia, mayor será nuestra capacidad de entender la realidad que nos rodea; o dicho de otro modo, más amplia y profunda será nuestra mentalidad.
Este proceso de relacionar las voces con las cosas a las que se refieren, o los sujetos con sus objetos, es a su vez la causa misma de los pensamientos, pues no se puede pensar en algo sin relacionar las voces del lenguaje con aquello que representan; en otras palabras, pensar es hablar en silencio. Esta es una característica que solo puede darse en el ser humano que conoce un lenguaje y no puede suceder en aquellos seres que carecen de él, quienes simplemente sienten e imaginan, como es el caso de un bebé hasta que no aprende a relacionar las voces con lo que representan.
Pero este hablar en silencio nos aparta radicalmente de la naturaleza, cuya forma de expresión siempre es sonora o visible, y pensar es una forma de comunicación personal sin sonidos ni gestos. Al inventar el lenguaje, y con él la facultad del pensamiento, inventamos también el «secreto» y la capacidad de «mentir», impensable en el resto de la naturaleza.
Pero pensar tiene infinidad de connotaciones revolucionarias para el ser humano. La fundamental es que al adquirir la capacidad de distinguir unas cosas de otras por su forma de ser, descubrimos a su vez la lógica, pues es «lógico» que se nombren de distinta forma dos cosas que no son iguales, y la razón, pues lo que es lógico también es razonable. Este primer proceso lógico elemental adquirirá una complejidad extraordinaria a medida que se amplia la capacidad de expresión del lenguaje, hasta llegar a concebir ciencias puramente lógicas, como son las matemáticas y la geometría.
Con la lógica surge en la mente del ser humano además otra certidumbre tan extraordinaria como compleja, como es la «verdad» y la «falsedad», que resulta de establecer la relación entre los atributos de una voz y el objeto que representa. Si coinciden plenamente, o mejor dicho, «objetivamente», el resultado es verdadero, si no coinciden es falso. Volviendo al ejemplo de la manzana, si pretendo que sus atributos mentales asumidos por el convencionalismo simbólico del lenguaje coinciden con la forma de una pera es una deducción ilógica y por tanto falsa. Las cosas se complican para la mente del ser humano cuando las voces no representan objetos sino sensaciones, emociones e impresiones; es decir, valores. Entonces lo verdadero y lo falso se vuelve tan ambiguo y relativo como lo son los propios valores.
Finalmente todo este largo proceso mental culmina en la adquisición de la «consciencia» otro fenómeno psíquico específicamente humano, que es el resultado de la percepción mental de aquello que conocemos, sentimos, imaginamos o pensamos, y, por tanto, es un producto de la cultura del ser humano.



Naturaleza y lenguaje

Para la investigación de este nuevo tema mi laboratorio o material de trabajo no tiene nada que ver con probetas de ensayo, microscopios electrónicos, disecciones de tejidos, análisis de estructuras moleculares o fotografías de galaxias aportadas por súper telescopios espaciales, sino que consta de algo más simple en apariencia pero más complejo en el fondo, como son las voces de un lenguaje, cuyo legado histórico se remonta con toda probabilidad a 200 mil años de antigüedad. El extinto hombre de Neandertal poseía ya alguna forma de lenguaje articulado capaz de expresar algunos cientos de ideas simples, o voces referidas a objetos, pero no es probable que desarrollaran voces complejas que denotaran acción o alguna emoción. Para ello debía de surgir un nuevo hombre, el de Cromañón, o una de las primeras formas de hombre moderno, el Homo sapiens, hace 40 mil años, que desarrollaría un lenguaje con más capacidad de expresión y por tanto de entendimiento, pues entender algo significa tener la capacidad de exponerlo en una síntesis contenida en un grupo de voces que tienen sentido lógico y razonable entre sí. Por tanto, sin el lenguaje no es posible el entendimiento, pues como dice el refrán popular: «Hablando se entiende la gente». Pero ¿por qué y cómo surge el lenguaje?
Para que surja el lenguaje serán necesarias dos grandes transformaciones en los seres humanos, una es biológica y la otra mental. La primera es la capacidad de articular sonidos distintos y la segunda, y la más importante, es saber distinguir la forma que hay en las imágenes de las cosas que observa; o lo que es lo mismo, apercibirse de la «impresión» de aquello que contempla o imagina.
Este proceso, que ahora nos puede parecer simple, pues un bebé no tarda ni dos años en adquirir esta capacidad y aprender a distinguir algunas cosas familiares por su forma y relacionarlas con un sonido fonético, descubrimiento que le produce inmensa alegría y es la causa de su risa, debió tomar al ser humano más de 150 mil años de evolución, a partir de considerarse biológicamente apto para articular un lenguaje, y tal vez otros 40 mil años más para trasformar su lenguaje en escritura.
Un primate superior, o también podríamos decir «proto-hombre sensible y emotivo», percibe las cosas por sus sensaciones al contacto con sus sustancias y sus emociones por la visión de sus imágenes, pero es incapaz de apercibirse de la «impresión» o de sus formas.
Tomando contacto de las cosas por sus sensaciones directas aprende a distinguir unas de otras de acuerdo a sus características, pero tomando contacto indirecto visual con las cosas por sus emociones a través de sus imágenes aprende a distinguirlas por sus valores; es decir, con la visión no llega a conocerlas pero si a valorarlas y prevenirse de ellas porque tienen «mala imagen», o a establecer contacto y conocerlas si tienen «buena imagen». Con estas dos percepciones ya sabe si las cosas que percibe son «positivas» o «negativas», y además si son «buenas» o «malas»; es decir, ya es «sensible» y «moral», pero en tanto no desarrolle la capacidad de abstraer de las imágenes sus formas o de sus impresiones, todavía no es «consciente» de lo que siente o le emociona.
Será esta nueva y extraordinaria percepción lo que permitirá al nuevo ser humano crear una representación mental y formal de lo que ve y le emociona; es decir, convertir las emociones en impresiones, y guardarlas en su memoria, y que asociadas a unas determinadas voces simbólicas construirán la estructura básica de su lenguaje. En este proceso surge a su vez su «mente intelectual»; es decir, aquello que le hace «inteligente» y que se complementa con su alma espiritual y emotiva. Desde ese momento de la evolución el Homo sapiens debe tener en consideración las percepciones de su naturaleza, su alma y su mente para determinar su comportamiento y el entendimiento de sí mismo y de la realidad que le circunda.

Antes de aparecer la mente humana propiamente dicha, y con ella la consciencia, las fuerzas que movían sus percepciones eran las sensaciones, que estimulan su cerebro, y las emociones, que estimulan su «espíritu». Por tanto, el espíritu no es más que una función fenomenológica nueva de la energía vital en un contexto distinto de la realidad según la percibía, no por sus sustancias sino por sus imágenes, causando de esta manera la aparición de la misteriosa «imaginación», o la capacidad de «crear imágenes» y reproducirlas interiormente, sin materia ni sustancia, a lo que solo podemos llamar espíritus, o imágenes espectrales, que surgen de la nada y vuelven a la nada cuando dejan de ser imaginadas. La imaginación será el punto de partida para la adquisición de la consciencia. Esto es evidente en la evolución mental de un niño.
Por tanto, podemos decir que hasta la aparición del lenguaje el ser humano vivirá en un mundo espectral e inconsciente rodeado de cosas que conoce porque las siente y le emocionan, sustancias y espíritus, y que le proporcionan la energía y la espiritualidad que necesita, pero es incapaz de determinar sus causas sencillamente porque no las concibe ni las entiende. Para entenderlas será necesario relacionarlas entre sí con un cierto orden ontológico y para ello necesitaba crear primero un leguaje lo suficientemente complejo para poder realizar esta difícil función. Este lenguaje debe de estar ya lo suficientemente desarrollado en el Homo sapiens, que es precisamente la razón por la que le hemos otorgado este honroso calificativo cultural.
La mayor complejidad y perfección del leguaje significa que no solo debe tener capacidad para identificar por sus voces las sustancias (sustantivos) sino sus cualidades y sus atributos, componiendo de esta manera oraciones complejas que le llevarán al entendimiento de las cosas de las que tiene alguna certidumbre.
Pero, al mismo tiempo, esa misma complejidad creciente le permite formular preguntas para las que el lenguaje tendrá que ir incorporando nuevas voces para expresar las respuestas. Así, tras cada pregunta de «¿Qué es esto?» requerirá la progresiva creación de nuevas voces y sus respectivos sonidos que den sentido a las respuestas con un estricto orden ontológico.
El segundo gran dilema que le plantea el desarrollo progresivo del lenguaje es la capacidad de hacer la nueva pregunta de «¿Cómo es esto?», y que le obligará a crear nuevas voces que no expresan las sustancias sino sus valores, de acuerdo a las emociones que le trasmiten, como «esto es bonito, azul, grande, alegre», etc.
Pero el último gran reto llegará cuando el propio lenguaje le permita preguntarse «¿Por qué es esto?», ya que en este caso la respuesta no debe ser ontológica; es decir, basada en una relación semántica lógica, sino simple y estrictamente «ideológica» y «razonable», y este es el momento en que debe surgir la primera forma rudimentaria de filosofía, pues la filosofía es el saber que busca la respuesta lógica al porqué de las cosas, no por lo que sentimos o imaginamos que son, sino como tenemos la impresión de que «deben ser», pues la respuesta no nos dice lo que son en sí mismas, sino una hipótesis de lo que «pueden ser», o lo que es probable que sean.

Lo dramático y revolucionario de esta última fase de la evolución del lenguaje es que el ser humano ya no conoce las cosas por lo que son en sí mismas sino que adquiere la capacidad para preguntarse sobre qué pueden ser; es decir, su mente ya no es «realista» sino que se vuelve «especulativa», o adquiere la capacidad de darse respuestas hipotéticas, o «teóricas», a la razón de ser de las cosas por su relación lógica entre sí. Por ejemplo, aprenderá que la razón de ser de un fruto debe de estar en la simiente que causa el árbol y que produce el fruto, que a su vez es la causa del árbol, sin necesidad de permanecer sentado intentado contemplar por sí mismo todo este largo proceso.
Pero esta mente especulativa no se detendrá en reflexionar solo sobre cosas simples, como la relación que existe entre una simiente, un árbol y sus frutos, sino la causa y el efecto de «todo» lo que siente, lo que le emociona y lo que le impresiona, para la que ¡por desgracia para su estabilidad mental y emocional no tendrá una respuesta lógica adecuada! Por esta causa, a partir de la aparición del lenguaje el ser humano padecerá una constante crisis de conciencia de sí mismo y de su entorno.
Podemos decir que la aparición de la mente especulativa en el ser humano es la causa de su desvinculación traumática del «realismo natural y sus leyes dinámicas» (pérdida del Paraíso terrenal, según el relato bíblico) y, por causa de un error en su discurso lógico en torno a aquello que intenta concebir como una hipótesis, le sitúa ante la posibilidad de atribuir a las cosas causas irreales, o más propiamente dicho, «falsas». Por tanto, esta posibilidad de error abre por sí mismo la capacidad que hay en su mente especulativa de discernir entre algo radicalmente nuevo, como es lo «verdadero» de lo «falso»: lo verdadero debe tener una causa lógica, en tanto que lo falso deberá tener una causa ilógica. Y, a partir de entonces, surge en la peculiar mente especulativa del ser humano la desesperada búsqueda de la verdadera causa de las cosas que le devuelvan la estabilidad emocional perdida, lo que le obligará a ser racional y lógico, además de inventar cientos de nuevas voces con las que articular sus nuevas y complejas respuestas.

Esta creciente complejidad de sus respuestas del porqué de las cosas dará origen a tres lenguajes superpuestos, o más propiamente dicho, a tres contextos en los que una misma respuesta se expone de tres formas distintas según sea su percepción y certidumbre. El primer contexto responde estableciendo la relación probada que hay entre el sujeto nombrado y el objeto observado, como era el caso del ejemplo anterior de la simiente y el fruto. Pero en el siguiente contexto las cosas se complican, al no existir tal relación directa y probada, por lo que opta por una respuesta «probable», de la que ni siquiera tiene una experiencia anterior. Por tanto recurre a la creatividad de la imaginación para encontrar una respuesta provisional, o, simplemente, lo que «cree» que puede ser y no lo que está probado que es o sea probable que es. Por último si recurre a la certidumbre contenida en la relación lógica del significado de las voces con las que exponemos la respuesta, ya no es lo probable que sea, o que cree que es, sino lo que es porque «debe ser» de acuerdo al significado verdadero de las palabras con las que exponemos la respuesta, y este es el contexto de la certidumbre que aporta la filosofía, mientras el primero es el de la ciencia y el segundo de la teología. Este es también el contexto en el que expongo los argumentos de este mismo ensayo.

La naturaleza en sí misma no puede ser especulativa porque carece de la habilidad humana del lenguaje, por tanto sus juicios son siempre ciertos y al mismo tiempo buenos y verdaderos. Un árbol no especula si los frutos que produce son peras o manzanas, obviamente porque ni siquiera se lo cuestiona. Esta lacónica resolución del árbol de producir los frutos que le corresponden por su dinámica natural es una actitud determinista, donde no cabe ni siquiera la posibilidad de poder imaginar que pueda llegar a producir otra clase de frutos que aquellos determinados por su especie. Einstein lo expresó con esta acertada metáfora: «Dios no juega a los dados». En otras palabras, el árbol que no especula tampoco es libre de creer que pueda ser de otra forma que la determinada por su naturaleza, en tanto que el ser humano que especula es libre de creer que puede producir lo que quepa en la indeterminación de su lenguaje especulativo. Él sí puede imaginar que un manzano pueda producir peras, lo que quiere decir que es del lenguaje en sí mismo de donde proviene su libertad de creencias, pero no su libertad en sí misma, tal y como es la naturaleza salvaje.

Sin un lenguaje especulativo complejo donde quepa la posibilidad de preguntarse «¿Por qué es esto?» el ser humano no podrá creer en otra cosa que aquello que esté determinando por la dinámica natural. De manera que su libertad de creencias es al mismo tiempo la causa de su desvinculación de la naturaleza salvaje y determinista pero libre de donde proviene. Digamos que cambia la libertad en sí misma por la libertad de creencias y más tarde la libertad de consciencia. Es obvio que la sentencia de Jesús: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32) está incompleta, pues le falta el predicado: «…de toda falsa creencia».
No obstante basta con escuchar el variado canto de un ruiseñor para darnos cuenta de que también los animales salvajes intentan a su manera desarrollar alguna forma de lenguaje especulativo para expresar lo que crea su «imaginación» que proviene de sus emociones, pero no puede ser articulado en ideas con sentido lógico y razonable y tan solo sirven para estimular a su vez la imaginación y las emociones de quien recibe el mensaje, por lo general la hembra de la misma especie, cumpliendo así una función natural fundamental para la reproducción de la especie. La habilidad del canto del ser humano tiene el mismo fundamento y función natural, por lo que el canto es consustancial con la adquisición del lenguaje.

Es de su capacidad para preguntarse por la causa de las cosas para las que no tiene una respuesta evidente, y que no está probada ni es probable, de donde surge la necesidad de ser libre de creer para imaginar una respuesta, pero ésta no solo surge de la observación, sino de otras certidumbres cuyas fuentes no son solo sensibles sino extra-sensibles, o más propiamente extra-sensoriales, como son el instinto, la fe y, finalmente, la intuición.
En un principio el ser humano utiliza su lenguaje y se pregunta «¿Qué es esto?» no sólo con el fin de conocer las cosas sino para nombrarlas y memorizarlas con una voz con el objeto de relacionarlas entre sí y entenderlas, mientras el resto de los seres vivos que carecen de un lenguaje articulado se hacen esa misma pregunta con la intención simple de conocerlas sin poder llegar nunca a entenderlas. Por tanto estos últimos conocen las cosas por sus características, cuyas sensaciones memorizan y forman su experiencia y su aprendizaje. Parte de esta información la trasmiten a su descendencia a través de la memoria genética, cuya fuente innata constituye el «instinto».
Este lento proceso natural de aprendizaje hereditario es común en todos los seres vivos y no trasmite ideas ni emociones sino simplemente sensaciones, que estimulan los reflejos naturales que conforman su comportamiento. Por tanto el instinto no proporciona respuestas concretas a las preguntas formuladas a través del lenguaje, porque obviamente las voces no se trasmiten por el instinto. De manera que una vez que el ser humano depende del lenguaje para su supervivencia el instinto deja de ser una certidumbre fundamental en su aprendizaje y adquiere mayor importancia la memorización y transmisión oral de las voces del lenguaje y de sus significados concretos, tanto los probados como los probables e imaginados; es decir, a través de una forma de expresión que podemos llamar «su cultura».
Debido a la cultura que se inicia con el lenguaje la relación del ser humano con la naturaleza ya no se fundamentará en el conocimiento simple y directo de las cosas por sus sensaciones con el objeto de utilizarlas, sino en su conocimiento con el objeto de identificarlas, valorarlas, ordenarlas y, finalmente, entenderlas, estableciendo sus causas; es decir, alcanza el elevado calificativo de «animal con entendimiento».
Esto le proporciona una posición de dominio sobre los seres naturales sin entendimiento, pero al mismo tiempo le desarraiga de la propia naturaleza, pues en adelante ya no se comunicará a través del lenguaje natural de los gestos y las imágenes propio de la naturaleza, sino de una forma de expresión «artificial» de su propia invención, como es su lenguaje. A partir de entonces la realidad no tendrá sentido para el ser humano si no puede explicarse a través de su lenguaje, desoyendo y olvidando progresivamente el mensaje simple y directo de la naturaleza.
Por tanto la cultura le apartará progresivamente de la realidad natural de donde ha emergido, pero le proporcionará la extraordinaria capacidad de reinventar libremente la realidad que le rodea de acuerdo a su propia concepción intelectual; en otras palabras, llegará a crear un «mundo nuevo y virtual» exclusivamente humano, basado en su cultura y no en la simple y determinista dinámica de la naturaleza.

Pero para desarrollar plenamente esta capacidad del entendimiento tiene que trasladar al lenguaje también el valor de sus emociones, o las respuestas a la pregunta «¿Cómo es esto?». Para ello tendrá que descubrir la gran diversidad de valores que trasmiten las imágenes de las cosas que contempla y que ya conoce por sus sustancias. Estas imágenes trasmiten emociones que son entendidas por todos los seres naturales sin entendimiento sin necesidad de palabras y que la naturaleza tiene la capacidad de crear de forma dinámica según sea la función encomendada. Los vivos colores de las flores trasmites emociones que son percibidas por los polinizadores, la exuberancia de la cola del pavo real trasmite la emoción adecuada a la hembra para atraer su atención. Los gestos de desafío de dos machos rivales trasmiten emociones inequívocas a los contendientes. Incluso entre los humanos el uso de máscaras grotescas en tiempo de carnaval intenta trasmitir determinadas emociones propias del ambiente festivo. Pero el ser humano que interpreta los mensajes naturales a través de su lenguaje intenta ponerle nombre a esas emociones para que formen parte de su cultura. Voces como «niño triste», «mujer bonita», «jardín florido» o «bosque tenebroso» trasmiten el valor de ciertas imágenes que ya no hay necesidad de contemplar sino simplemente nombrarlas para poder representarlas en nuestra imaginación, y que nos emocionen como si las estuviéramos contemplando realmente. Por tanto, también las emociones que trasmiten las imágenes naturales han sido sustituidas por las voces de su lenguaje, apartándole más y más de la naturaleza y su simple sistema de comunicación basado en los sonidos, en los gestos y en las imágenes.

Pero esta capacidad de representar imágenes emotivas en su imaginación a través de su lenguaje provocará la aparición de una nueva percepción extra-sensorial, pues el lenguaje mismo llegará a sugestionarle de tal manera que adquirirá la capacidad de proyectar esas imágenes de gran intensidad emotiva fuera de su imaginación en forma de «revelaciones», o la sustitución de una imagen real por otra virtual; es decir, en estados de gran emotividad causadas por la sugestión del lenguaje llegará a tener «alucinaciones». Un ejemplo popular de esta capacidad está contenido en el relato ejemplar de nuestra gran novela renacentista «El Quijote», donde las lecturas de libros de caballería provocan tal estado emocional en Don Quijote que «ve» gigantes donde solo hay molinos de viento. Toda la obra es un ejemplo de la poderosa sugestión emotiva de la literatura, y en ello radica la clave de su extraordinario éxito.
Pero esta capacidad «cultural», pues solo el ser humano con lenguaje padece alucinaciones, llegará a hacerle creer, o simplemente tener «fe», de que se trata de revelaciones trascendentales trasmitidas por dioses que él mismo ha creado precisamente gracias al lenguaje, cuando no es más que una respuesta de gran intensidad emotiva a sus angustiosas preguntas en torno al valor de lo que le preocupa y perturba. Es decir, el ser humano llega a crear la visión de la respuesta con una imagen virtual porque no la encuentra en las imágenes de la realidad natural, en las que tiene fe en su valoración moral. Una inocente pastorcita que dice haber visto a la Virgen no ha hecho más que ver fuera de sí la emotiva imagen virtual que deseaba ver y que no veía en estado normal en su entorno natural. Pero la imagen de la Virgen prevenía de la sugestión de quien le había hablado de ella y de su extraordinaria belleza espiritual y sus excepcionales cualidades morales. Su emotividad e imaginación y la fe posterior hicieron el resto.
En esta nueva capacidad extra-sensorial causada por el lenguaje se basan todos los relatos considerados sagrados o «revelados», que no sino visiones virtuales de personas excepcionalmente emotivas y sugestionables. De esta manera, a pesar de no estar probadas ni que sean siquiera probables, sus visiones son ciertas, en tanto que proceden de la certidumbre de sus revelaciones, pero que causadas por la sugestión del lenguaje.

Pero esta certidumbre o certeza no proviene tan solo de la sugestión a la que le induce su lenguaje, sino de una nueva percepción extra-sensorial, superior incluso a la revelación, como es la «intuición». Podemos decir que la intuición es la percepción que rellena los vacíos que hay en la concepción de una idea para la que «no hay palabras suficientes» en el lenguaje para exponerla razonablemente. Por tanto la intuición debe aparecer en el ser humano al mismo tiempo que aparece su lenguaje, y es, a su vez, la causa de su evolución, gracias a la necesarias «impresiones» que causa la visión o imaginación de las cosas. Por eso toda revelación que contenga mensajes morales o éticos está causada por la «fuerte impresión» de una intuición. Pero si el mensaje carece de contenido ético o moral, es decir, no forma parte de una doctrina, se trata de una alucinación sin más, provocada por la sugestión del lenguaje. Por esa misma razón el relato bíblico del Génesis, pese a ser simbólico, puede ser «cierto»; es decir, puede ser lógico en el contexto del lenguaje en que ha sido redactado, y basta con interpretarlo en otro contexto para que, además, sea «verdadero», bien porque esté probado o porque sea probable una vez interpretado su simbolismo.
Por tanto, solo el ser humano que dispone de un lenguaje puede tener intuición, pues gracias a la intuición llegará a crear un lenguaje capaz de explicar razonablemente «todas» las complejas causas de la naturaleza y de sí mismo como parte de ella. Y éste es, a fin de cuentas, la razón de ser de «su desnaturalizada cultura humana».

Con la invención de la escritura, la cultura del ser humano se hace menos mítica y más histórica. Las creencia ya no se trasmiten por vía oral, con el consiguiente riesgo de alteración de los hechos y de su mitificación, sino que se trasmiten a las generaciones posteriores tal y como fueron escritas, con sus aciertos y con sus errores. Debido a la escritura permanecen inalterables tanto las creencias basadas en falsas premisas como las verdaderas por haber sido probadas o ser razonablemente probables. Por tanto la escritura no sólo aparta al ser humano de su naturaleza sino que tam
Estimado lector / Estimada lectora, si te ha gustado lo que has leío puedes comprar el resto haciendo clic aquí:
He puesto los precios mínimos posibles. Gracias por tu ayuda.   SUBIR ->