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Cenicienta: Cómo pescar un príncipe
lunes, 30 de noviembre de -1
Es una bobería pensar que no hay dos jovencitas con el mismo número de zapato en todo un reino, por eso y porque ya va para la media docena de cuentos en los que he descubierto el engaño, a penas si me he puesto con éste y ya tengo el origen de la malversación.

Primero la «Ceni», diminutivo de Cenicienta, era una chica de barrio totalmente normal. Era huérfana de abuela, por tanto apenas podía decirse que lo era del todo. Vestía mal porque le gustaba y era bastante perezosa con las cosas de la casa, hasta tal extremo que ese toque de ceniza del nombre le viene de esta manía suya de no limpiar la cocina como Dios manda.

—¡Va, si yo me tengo que casar con un príncipe, de Mónaco o de donde sea! —se decía a sí misma convencida de sus artes femeninas.

En esto que el único príncipe disponible del reino vecino, porque en el propio sólo había una princesa, otra malversación del cuento, estaba en el trance de buscar esposa y decidió pescarlo fuera como fuera e hizo sus averiguaciones.

—¡Está loco por los zapatos de mujer, es su fetiche. Dicen que colecciona hasta zapatillas de cocinera de hotel barato, sudadas y grasientas!

¡Zape! ¡Ya lo tenía!

Llegó el día. Se hizo con el par de zapatos más horteras que se pueden comprar en Lavapiés. Le prestaron un seiscientos trucado (ahora se dice «tuneado») y se presentó en la fiesta, dando traspiés, ¡porque los zapatitos se las traían!

Fue un amor a primera vista. Apenas el príncipe divisó los zapatos sabía que serían suyos, con o sin Cenicienta.

—¡Que bella noche! —le dijo disimulando fatal

«Sí, sí, nochecita; tú lo que quieres es lo de todos... pero esto te cuesta firmar en la vicaría» —pensó la Ceni maliciosa pero melosamente dulzarrona.

Llegaron la 12 y lo demás es de sobra conocido. Ella esperó tranquilamente en su casa con el otro par del zapatito hortera, el príncipe estuvo la borde de la muerte por la angustia, pero todo se arregló felizmente. Dicen que llegó a coleccionar más zapatos de la Imelda Marcos, algunos bastante sudados, pero a la Ceni no le importaba, ¡estaba acostumbrada a los malos olores!

Moraleja: el amor en los príncipes entra por los zapatos, tanto más cuanto más horteras sean.