blog de Jaime Despree
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¿Son necesarias las religiones

El mismo Lutero, transcurridos unos años después de consumado el cisma protestante, escribió a un amigo que, a pesar de las buenas intenciones morales de su reforma, “el mundo es ahora mucho más perverso que era antes”. Entonces, ¿para qué sirven las religiones?

Una buena respuesta nos la dio Enrique IV, rey de Navarra y pretendiente al trono vacante de Francia. Este príncipe había abrazado las ideas de la reforma calvinista, más por librarse de la tutela y vasallaje moral y política del Papa, como era el motivo de la mayoría de los príncipes protestantes, que por causa de su fe.

Cuando asedió París para reivindicar por la fuerza sus derechos, los parisinos se defendieron, temerosos de las represalias a manos de los fanatizados protestantes, los hugonotes franceses, como venganza por la “Matanza de San Bartolomé”, en la que fueron degollados miles de hugonotes por los católicos.

El pretendiente sopesó los pros y los contras y decidió que “París bien valía una misa”, y se convirtió a la fe del catolicismo, entrando en París en honor de multitudes. Esta anécdota nos muestra como la religión ha sido, excepto en sus comienzos, casi siempre un instrumento del poder de las iglesias y de los estados para manipular las masas, o, como lo definió Marx, “El opio del pueblo”.

La inmoralidad religiosa

La sociedad medieval en su conjunto era religiosa pero amoral. Sin duda que la causa principal era debido a su imaginativa credulidad, que le inducía a sentir horror ante su condenación después de la muerte. Pero eso no se traducía necesariamente en un argumento moral para guiar su conducta, pues la corrompida Iglesia católica de su tiempo no era precisamente un ejemplo de moralidad, que, además de practicar la simonía y defender con agresividad y violencia sus bienes temporales, vendía “acciones del Paraíso” en lucrativas indulgencias, causa principal del cisma protestante.

La conducta moral de la nobleza era brutal e inhumana, y la del pueblo llano no tenía otra referencia que la que se inducía de su precaria situación personal; es decir, dependía de su lucha por la supervivencia, que no dejaba mucho lugar a entender las ingeniosas especulaciones teológicas de los predicadores.

Abrazaban cualquier religión que les prometiera alguna mejora material que aliviara sus muchos padecimientos, y, en un principio, la teología protestante les libraba de las muchas cargas fiscales a los que les sometía la Iglesia católica para su fausto y mantenimiento de millares de ociosos monjes, que se encerraban en cientos de conventos y abadías, de donde surgía sus proselitistas.

Pero una vez que el pueblo llano abrazaba una opción cismática liberadora, surgían los inevitables fanáticos y demagogos, que manipulaban las nuevas creencias convirtiéndolas en sectas donde ejercer su poder personal y dictatorial, creando las condiciones para el enfrentamiento violento entre sectarios y la nobleza y con la Iglesia católica dominante. Tal fue el caso del esperpéntico Jan van Leiden, “Rey de Munster”, el sastre anabaptista que aterrorizó esta ciudad alemana con sus reformas religiosas estrafalarias.

Sobre la condición humana

El ser humano es un complejo individuo cuya conducta psicológica y personal se rige por los sentidos (el cuerpo), cuyo estímulo es el placer; la imaginación (el alma), cuyo estímulo es la felicidad; y la conciencia (la mente), cuyo estímulo es la alegría. Al placer le induce la atracción de lo hermoso; a la felicidad, la de la gracia (natural o divina) y a la alegría la de la belleza.

Pero en última instancia nuestra moralidad depende del “juicio de valor” que hacemos en la conciencia de las sensaciones del cuerpo y las emociones del alma. Toda religión pretende manipular los juicios de la conciencia para inducir a creer una determinada doctrina, donde está incluida una valoración moral de los sentidos.

La moralidad idónea para la condición humana es cuando en un determinado acto confluyen placer, felicidad y alegría a la vez, de donde se deduce que es un acto natural, bueno y justo. Por ejemplo, la prostitución puede ser un acto placentero y justo e incluso alegre, puesto que está retribuido con su precio, pero es infeliz, porque carece de emoción, ya que es una simple transacción económica.

Los ascetas y místicos, incapaces de hacer compatibles estas tres percepciones, amputaron de raíz la percepción de los sentidos y de la razón y el sentido crítico, simplificando así la moralidad, limitándola a las emociones del alma, pero negando la condición humana, creando de esta manera las causas potenciales de los interminables conflictos y contradicciones futuras de sus doctrinas. Pablo de Tarso lo tenía más claro: “Antes casarse que abrasarse”.

Para que en un acto confluyan placer, felicidad y alegría la conciencia debe juzgarlo como “justo” y el alma como “bueno”. Por desgracia, dadas la subjetividad propia de la mente humana y nuestras contradicciones y desigualdades sociales, tal confluencia absoluta es prácticamente utópica. Como solución a este dilema hemos adoptado la norma moral de desvincular una percepción de otra, buscando el placer, la felicidad y la alegría (la justicia) por separado y en sí mismas.

Pero esta no es una solución “realista”, por lo que no satisface plenamente las necesidades de la condición humana, que inevitablemente tiende a la perfección moral, en la que todos sus actos sea naturales, felices, alegres, y, por tanto, justos, a la vez.

Sin que sea obligada la intervención de la religión, aunque no es necesariamente negativa siempre que sea humana y tolerante, y el cristianismo bien entendido lo es, este es el destino “trascendental” de la condición humana. La cuestión es saber en qué remoto siglo venidero la podremos alcanzar.

* Artículo revisado