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ARTICULO ▶ SOCIEDAD
¡Una bola de cristal, por favor!
Jaime Despree

 

Si los alemanes de 1940 hubieran podido ver en una bola de cristal lo que iba a ser de ellos en 1945 sin duda que hubieran rechazado las locuras belicistas de Hitler. Ahora nos encontramos ante una nueva incertidumbre histórica y tampoco disponemos de una bola de cristal para ver el resultado "real" de nuestras decisiones, pues tan solo nos basamos en hipótesis argumentadas en diversas conjeturas y premisas, en las que no podemos creer ciegamente. Como yo tampoco dispongo de la anhelada bola de cristal, solo puedo dar mi opinión planteando una nueva hipótesis, cuya originalidad tal vez consista en tomar como perspectiva la filosofía.

Es evidente que las relaciones humanas actuales no se fundamentan en la soberanía política ni en la moralidad religiosa sino en las estrictas leyes del mercado, es decir, en la economía. No parece moralmente aceptable que a un país que necesita desesperantemente dinero se le haga pagar más intereses que a otro que no lo necesita. De ser así significaría que los prestamistas aplicaban criterios morales en lugar de económicos, es decir, más que buscar rentabilidad buscarían satisfacción moral para sus inversiones.

Dado el abrumador dominio de la rentabilidad sobre la moralidad, tan solo las fundaciones filantrópicas invierten con este altruista criterio. Para que los inversores se vieran forzados a invertir con criterios morales deberían creer ciegamente que se trata de un mandato ?divino? (como vemos el estímulo de una moralidad social, basada en los derechos humanos, no es suficiente), y la economía (y el Estado) caería en manos de fanatismo religioso. Este es el punto de vista extremo de toda religión.

Pero en el mundo no hay una sola religión ni una sola doctrina, y dado su carácter dogmático, serían inevitables los enfrentamientos interreligiosos. Las diferencias en la interpretación del dogma de la Trinidad causaron miles de muertos durante la Edad Media. Por tanto, aplicar criterios morales a las inversiones, no solamente serían técnicamente antieconómicas, sino que podría llegar a ser más peligroso que los de rentabilidad actuales.

Si el criterio moral aplicado a las relaciones humanas podría llevarnos al fanatismo teocrático, el criterio político podría, llegado a un punto extremo, llevarnos a la dictadura, tanto de derechas (fascismo) como de izquierdas (comunismo). Por tanto creo que estamos actuando correctamente, dando prioridad al criterio de rentabilidad, pero matizado por políticas sociales y valores morales, que aun siendo técnicamente antieconómicas, proveen solidaridad y cohesión social, sin cuyos valores no es posible la buena convivencia, a pesar del éxito de la economía. Este es, por ejemplo, el criterio de la política del estado social en la Alemania actual.

Pero esta reflexión, que puede parecer razonable, nos lleva a aceptar la fatalidad de que el progreso económico será siempre a costa de los muchos aspectos negativos que conllevan el criterio económico de rentabilidad, como son las desigualdades sociales, la destrucción del medio ambiente o el desprecio a los derechos humanos. Esta fatalidad condena, a la larga, la especie humana a su extinción, porque su economía y cultura social es insostenible y están en total oposición con la economía natural.

Para evitar este sombrío futuro la raza humana debería adoptar valores sociales radicalmente distintos a los actuales, que consistirían en consumir estrictamente lo necesario para una elemental economía de subsistencia, con prioridad de productos naturales y locales, condenado la capacidad creadora e innovadora de la mente humana (criterio de algunos ecologistas ingenuos), lo que está en total oposición con la idea histórica de progreso social humano.

Por más vueltas que le demos, no hay solución a este dilema, que en términos simbólicos de las Sagradas escrituras, debe ser el resultado dramático e irreversible de nuestro ?pecado original?, por haber mordido la manzana del árbol de la ciencia del bien y del mal, lo que nos arrojó del paraíso inconsciente del mundo natural, y nos puso en la senda del progreso insostenible actual.