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MONOGRAFIA ▶ FILOSOFIA
Filosofía de...
Publicado el jueves 01 de enero del 1970 por Jaime Despree

 Creo que fue David Hume quien dijo que “El hombre es el peor enemigo del hombre”, y que debería gobernar el que pudiera probar que era el más fuerte; es decir, un monarca o un dictador, lo que garantizaría la seguridad y estabilidad del estado.    Esta opinión la basaba en la experiencia histórica de las relaciones humanas. Una historia que podía resumirse en una interminable guerra por el dominio territorial, espiritual y cultural de los pueblos entre sí, sin que no obstante se haya podido consolidar el dominio absoluto de unos pueblos sobre otros.     

El dominio territorial es una cuestión instintiva y económica, que nos relaciona con nuestra condición animal; el espiritual se relaciona con una más elaborada condición humana, que defiende las creencias que conforman la personalidad espiritual de los pueblos, y el mental concierne a las ideas, fundamentadas en las costumbres y los hábitos, que constituyen la entidad cultural de los pueblos.     

Las causas potenciales de las guerras

Cuando alguno de estos tres aspectos, territorio, espiritualidad o cultura están amenazados se crean las causas potenciales para la guerra. Esta causa empieza cuando los pueblos afectados pasan de la amistad o la indiferencia a la enemistad, pero la enemistad no es causa suficiente para la guerra.   

 En efecto, todos tenemos enemigos, pero no les hacemos la guerra. La reacción psicológica natural es “rechazarlos” y evitar relacionarnos con ellos, ya que mientras la amistad provoca el encuentro por simpatía, la enemistas provoca la reacción contraria; es decir, el desencuentro por antipatía. Por tanto los enemigos se evitan, pero no se atacan.    

Para que haya una motivación psicológica suficiente para la guerra, la enemistad debe convertirse en “odio”: A diferencia de la amistad o enemistad, que se fundamenta en el conocimiento de los valores del amigo, o los vicios del enemigo, y que, por tanto, es un rechazo “razonable”, el odio es una emoción irracional que se basa en la repulsa de un enemigo desconocido. El amor es todo lo contrario: la atracción de lo desconocido de un amigo.    

Por tanto, el odio no conoce objetivamente las causas de la enemistad, por lo que una vez que se llega a este estado emocional es imposible la reconciliación, y la guerra es ya inevitable, puesto que ya tiene la motivación fundamental para agredirse.    

La irracionalidad de las guerras    

No puede haber guerras sin que se produzca el proceso psicológico de “odiar al enemigo” por causas desconocidas, pero instigadas por aquellos interesados en provocarlas. Por lo que todas las guerras son irracionales. Los enemigos pueden reconciliarse si no llegan a odiarse. De hecho en las sociedades democráticas conviven amigos y enemigos por una u otras razones, pero sin llegar a agredirse.    Para evitar las guerras es suficiente con discutir las razones que llevan a la enemistad sin promover el odio entre los enemigos. Para ello es necesario que exista un valor social que esté por encima de las diferencia que llevan a la enemistad, que no puede ser otro que el deseo de paz entre amigos y enemigos.     

Quien actúa con violencia, sea quien sea, está convirtiendo enemistad en odio y justificando la guerra. Mahatma Gandhi, y cualquiera que defienda la no-violencia, sabe perfectamente el resultado de esta simple reflexión.    Sin duda que la principal responsabilidad de las guerras recae sobre grandes multinacionales con intereses creados, políticos populistas que apoyan sus pretensiones, intelectuales sobornados o ignorantes y medios de comunicación sociales irresponsables y sin ninguna ética profesional.