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EBOOK ▶ FILOSOFIA
Naturaleza y ser humano
Publicado el jueves 01 de enero del 1970 por Jaime Despree

Hubiera podido titular este primer capítulo como  «La naturaleza y el hombre» y cualquier lector lo hubiera interpretado correctamente como la relación que existe entre la naturaleza y la humanidad. También es posible que la mayoría de mis lectoras lo entendieran así, pues se trata de un convencionalismo cultural ampliamente aceptado. Pero que yo sepa la  «mujer» no es un género de  «hombre» sino de  «ser humano».

En efecto, el uso reiterado de la voz  «hombre» para referirnos a la humanidad es la más escandalosa forma machista del lenguaje, no sólo del castellano, sino de todas las lenguas que conozco. Lo peor es que ningún lingüista, al menos reconocido, ha rectificado esta falta de democracia y de ética en el uso de este importantísimo concepto. Incluso la Real Academia española apoya rotundamente esta actitud histórica machista con esta escueta definición de hombre.  «Ser animado racional, varón o mujer.» Para justificar el subterfugio opone el  «varón» a la  «mujer», cuando al varón le corresponde el concepto opuesto y de escaso uso coloquial de  «fémina», pues lo contrario de varonil es femenino. 

Esta no es solo una anécdota lingüística sino una prueba más de que la cultura, y en especial el lenguaje, está dominada por una clara actitud machista que tiene sus raíces en el dramático cambio cultural en un momento dado de la evolución del propio lenguaje.

Espero no aburrir demasiado al lector si le cuento una anécdota personal que justifica mi repulsa ya histórica por utilizar el concepto de hombre como sinónimo de humanidad. Durante los años setenta asistí en varias ocasiones, acompañando a una buena amiga mía, como oyente en las clases de la Facultad de Filosofía de Madrid.

Pese a que eran tiempos duros para el ejercicio de las libertades en general, la universidad española gozaba de una excelente salud democrática. No recuerdo el nombre del catedrático al que propuse que me permitiera dar una pequeña charla sobre mi tesis sobre este asunto, pero para mi sorpresa me lo permitió.

La tesis era simple. Tras el descubrimiento de la agricultura la mujer sufriría tal transformación biológica como consecuencia del sedentarismo y la mayor frecuencia de sus gestaciones que en un momento dado se hace necesaria una voz distinta para nombrar a una persona que también ya es distinta.

Para poner un toque de humor a mi charla expuse el caso del inglés, donde la voz  «woman» parece el resultado de contemplar un nuevo tipo de  «hombre» asombroso,  «wo-man!», puesto que en inglés no existen los géneros. 

Pero mi tesis tenía también un argumento antropológico, pues durante las sucesivas migraciones norte-sur, los pueblos cazadores y recolectores más atrasados del norte y con rasgos característicos más comunes entre ambos sexos, se mezclarían con otros sedentarios cuyos rasgos eran más diferenciados, de ahí mi cómica idea de la yuxtaposición inglesa de  «wo-man!» 

Pero lo cierto es que los cambios biológicos y morfológicos en el cuerpo de la mujer llevarían a la inevitable creación de una nueva voz distinta de hombre, pero se siguió utilizando la de hombre para nombrar con un sentido genérico a ambos sexos. Y como la cultura se fundamenta en el lenguaje y sus significados, desde ese mismo instante la mujer quedó culturalmente marginada a un segundo plano, pues a nadie se le ocurre utilizar la voz  «mujeridad» para nombrar lo que llamamos  «humanidad».

Y este fue el argumento de mi espontánea charla cuando ni siquiera sospechaba que un día se me ocurriría escribir un libro de filosofía en el que tuviera que citar esta anécdota para justificar por qué nunca utilizo la expresión  «el hombre» cuando me refiero a la humanidad. Una primera definición simple y escueta de la naturaleza podría ser ésta:  «La naturaleza es todo aquello característico que se desarrolla de acuerdo a su propia dinámica interna».

Pero esta definición resulta demasiado lacónica y fría para que exprese las sensaciones, emociones e impresiones que para el ser humano tiene este concepto.En primer lugar la naturaleza la percibimos de acuerdo al desarrollo y capacidad de nuestros sentidos físicos, lo que quiere decir que la naturaleza en sí misma no es tal y como la percibimos sino tal y como es de acuerdo a sus características físicas y materiales reales. 

De esta última reflexión se deduce el sentido que tiene el concepto  «características» de la primera y escueta definición; es decir, lo característico es la parte física de la realidad sensible, cuya compleja estructura nos llevaría a la composición final de la materia en subpartículas como los quarks o cuasipartículas supuestamente indivisibles que ni siquiera contienen masa, como los fotones, o incluso antipartículas como los gravitones, que interactúan con las partículas para hacer posible la estabilidad gravitacional universal. Pero ésta es la naturaleza real que interesa a la física pero no la naturaleza  «casual» que interesa a la filosofía, de acuerdo a la concepción aristotélica. 

Lo que en este breve ensayo pretendo no es descubrir algo nuevo que tenga que ver con la naturaleza real, que se puede conocer con la investigación y la técnica, sino con la naturaleza que se puede  «entender» con la razón a partir de lo que nos transmiten nuestras sensaciones, emociones e impresiones. No será por tanto una explicación científica y real sino filosófica y casual, y no se basará en las cosas mismas sino en su  «ser», que conocemos por sus voces gracias al desarrollo lógico del lenguaje.

Pero en un mundo pragmático como el actual dominado por el sentido de lo real, sustancial o físico de la investigación científica y el desarrollo espectacular de la técnica, el resultado de este ensayo puede parecer banal e irrelevante, sin embargo hemos de tener en cuenta que el descubrimiento propio de la ciencia debe servir para mejorar las condiciones de la supervivencia, en tanto que todo descubrimiento basado en una reflexión filosófica sobre la causa del ser de las cosas debe servir, sobre todo, para mejorar las condiciones de la convivencia.

Por tanto mi trabajo no pretende descubrir nada nuevo acerca de la composición característica de la naturaleza ni de sus complejas relaciones dinámicas, sino sobre las causas por las cuales el ser humano, que es también parte de la naturaleza, la percibe con sus sensaciones, emociones o impresiones, con el único fin de entenderla y entenderse a sí mismo, para aprender a relacionarse con ella de modo que no entren en conflicto los resultados especulativos de su cultura social y los intereses de la naturaleza salvaje que conforma su entorno y le provee de medios de subsistencia.

Que el ser humano es producto de la evolución está ya sobradamente probado como para refutarlo. Por tanto podemos decir que tiene sus orígenes en la formación misma del universo, ¿o tal vez anterior? Hago esta fundamental pregunta porque acepto que el universo se crease de la nada, siempre que la nada contenga  «algo», puesto que simplemente no es razonable y semejante tesis no concuerda con el fin último de la filosofía, como es establecer las causas razonables de las cosas y no conformarse simplemente con aquello que puede ser experimentado y probado, como es la actitud de la ciencia.

Obviamente la ciencia no puede explicar en qué consistía la  «nada» anterior a la formación del universo, pues la nada carece de consistencia.Yo no tengo ninguna teoría para responder a esta compleja pregunta, que tampoco es de interés para la astrofísica, pues, como sucede con la historia que se inicia con la escritura, la cosmología se inicia con la formación del espacio-tiempo y no puede ser tenido en consideración ningún suceso anterior o posterior al espacio tiempo. Pero para la filosofía todo lo que es, incluido el universo, tiene necesariamente su causa en lo que no-es, es decir, en la  «nada».

Pero tal y como ya argumentaba Parménides, la nada no puede ser, entendiendo el ser como una entidad en movimiento, pues lo que no es nada no puede ser algo ni estar en movimiento. Esto nos lleva a plantear el difícil dilema acerca de la idea de Dios como una entidad imposible de concebir pero necesaria, en tanto que creadora de la realidad a partir de la nada. 

Para ilustrar este dilema pondré un simple ejemplo que nos puede resultar familiar. Supongamos que nos encontramos en un bosque que está en absoluto silencio, y de pronto escuchamos el canto de un pájaro. Puesto que el canto es algo que sucede en el tiempo, tiene que tener necesariamente un principio y un final, volviendo de esta manera de nuevo el silencio. ¿Qué sonidos había en el silencio antes del canto del pájaro? En el acto ninguno (nada), pero en potencia el canto de un pájaro (algo en potencia).

Por tanto el canto del pájaro surge de la potencialidad del silencio, donde si no canta no podemos saber que hay un pájaro en el bosque. Trasladando este ejemplo a la formación del universo nos hacemos la misma pregunta: ¿qué había antes del universo? La respuesta ya es obvia:  «algo en potencia», que fue la causa del universo. Pero ¿cómo saber que es ese algo si está en la potencialidad de la nada?

Es razonablemente imposible probar la existencia de algo que está en la nada, sin que eso no quiera decir que no sea necesario que en la nada haya algo en potencia que sea la cusa de todo. En realidad este argumento es tan viejo como la filosofía misma, y más concretamente está planteado en la metafísica de Aristóteles, quien a esa potencialidad creadora lo llama  «motor inmóvil»; es decir, una razonable idea de Dios como creador de la realidad física perceptible a partir de la nada. Tesis utilizada por Santo Tomás y Descartes, tomando como referencia al mismo Aristóteles, para la prueba de la necesaria existencia de Dios.

Por tanto el universo, como el ser humano, proceden de su  «potencialidad», pero la pregunta del millón es ésta: ¿qué es esa potencialidad? La respuesta no puede ser general, sino que debemos situarla dentro de un contexto cultural determinado. Si la pregunta la formula un astrofísico debe tratarse de una sustancia relacionada con el propio universo, tal vez sea anti-materia con sus propias característica de anti-gravitación, que fueron la causa probable de su generación espontánea, según la tesis propuesta por el astrofísico Stephen Hawking. Pero si la pregunta la formula un teólogo, la sustancia debe tener relación inmediata con el espíritu, y en especial con el alma del ser humano.

Por último si la pregunta se la formula un filósofo, la sustancia de Dios debe tener relación con la idea del todo de donde procede y, como ya he dicho, es la potencialidad que necesariamente debe de haber en la nada. Pero como tal nada, y de acuerdo a su sentido ontológico, es inaccesible para nuestro entendimiento, es decir, no podemos hacernos una idea de lo que pueda ser Dios, pero si podemos afirmar que lo que sea está en la nada; es decir, para nuestro sentido de la realidad, Dios está en la potencialidad de la nada, pero como correctamente argumenta Aristóteles, en tanto que está pero no es, debe estar necesariamente inmóvil.Y con esta breve explicación no doy una respuesta concreta pero al menos clarifico mi posición sobre este difícil dilema. 

El ser humano se comporta de acuerdo a pautas culturales pero vive de acuerdo a pautas estrictamente naturales. El ciclo de su vida es simple y similar al resto de los seres vivos: nacer, crecer, reproducirse y morir. Como organismo puramente mecánico vivir consiste en «funcionar» sintetizando energía de fuentes externas, proteínas, y trasformándola en tejidos, que hace aumentar su masa corporal hasta que el envejecimiento y malfunción de esos mismos tejidos detienen el proceso y sobreviene la muerte.

En el fondo el plan aparente de la naturaleza es intrascendente y consiste en utilizar los seres vivos, incluido el ser humano, como catalizadores que transforman energía en materia, y este plan deberá seguir adelante hasta que se agote toda la energía y colapse la materia.Esta es una idea mecanicista y materialista de la existencia, que se refiere exclusivamente a la condición física y natural del ser humano, pero que no tiene en cuenta otros aspectos concurrentes, como la personalidad y sus cualidades o la mentalidad y sus atributos.

Este es también el interés fundamental de la ciencia cuando estudia al ser humano, como el resultado de su estructura genética, donde residen las claves de su condición natural y su carácter, sin considerar otros aportes que no pueden ser probados en un laboratorio y que constituyen los fundamentos de su personalidad. La ciencia trata el ser humano como una máquina educable; es decir, un organismo puramente mecánico que puede ser manipulado a través de sus genes y ser modelado gracias a la educación y la experiencia. Por tanto, para la ciencia vivir consiste en mantener el organismo con energía y en buen estado de funcionamiento, de la misma manera que para circular con nuestro automóvil debemos mantenerlo con gasolina y en buen funcionamiento mecánico. 

Si nos limitamos a considerar el ser humano de acuerdo a esta tesis puramente mecanicista tenemos un grave problema de lógica, pues no podremos explicar de dónde surgen las innovaciones, ya que una máquina no podría saber más que aquello que constituye su propia constitución mecánica, de manera que las máquinas siguientes serían similares a las anteriores y recibirían una educación similar a la primera, sin que fueran posibles las innovaciones. Argumento expuesto por Aldous Huxley en su famosa novela  «Un mundo feliz». En otras palabras, si consideramos el ser humano como el producto exclusivo de sus características genéticas, podemos conocer todo lo relativo a su carácter, su constitución física, incluso su predisposición a padecer determinadas enfermedades y hasta la fecha previsible de su muerte así como sus causas, pero no podemos saber nada de sus cualidades morales o intelectuales, pues éstas no están contenidas en sus genes, y no se adquieren por una característica física sino por un fenómeno psíquico.

En otras palabras, el ser humano debe estar constituido por una parte física donde experimentar las sensaciones y otra psíquica donde valorar las emociones y procesas las impresiones, o resumiendo todavía más y utilizando conceptos de teología y de la filosofía, debe constar de cuerpo, alma y mente, de otro modo no podemos considerarlo humano.Si es necesario recurrir a la teología para determinar la hipotética existencia del alma y a la filosofía para considerar la existencia de la mente es porque la física no tiene en consideración los fenómenos que no tienen consistencia, pues para la ciencia solo existe aquello que no sabemos en qué consiste, y ni el alma ni la mente, sean lo que sean, pueden ser tenidas en consideración por la ciencia al no tener una sustancia consistente que pueda ser experimentada y localizada, idea obsesiva en muchos teólogos y filósofos antiguos, como Descartes, quien creía que el alma estaba localizada en la glándula pineal; es decir, junto al cerebro.

La biología tiende a creer que las cualidades morales y mentales de los seres vivos son también el producto de su carácter genético, pero no explica cómo pueden adquirir la capacidad de distinguir el bien del mal o lo verdadero de lo falso para hacer juicios de valor justos, o, insisto, de dónde proviene su creatividad innovadora que contradicen las tesis mecanicistas. 

Para la ciencia la vida se sustenta gracias a una sola fuente de energía luminosa y por tanto visible, la que proviene del proceso de fusión de las estrellas, que es asimilada dentro de una cadena natural que comienza en la fotosíntesis de las plantas. Se supone que esta energía visible y mesurable es la responsable indirecta de la  «inteligencia» del ser humano y de la naturaleza en general, puesto que no tiene en consideración ninguna otra fuente de energía.

De hecho muchas culturas ancestrales cayeron en la lógica creencia de considerar al Sol como una divinidad, tradición que se mantiene hasta la aparición de nuevas ideas culturales y religiosas en las que la naturaleza se rige por un principio trascendental más allá de lo visible, al que llaman  «espíritu», como el orfismo de la tradición religiosa griega que reconoce la existencia del alma como una entidad separada del cuerpo.No existe una sola tradición cultural religiosa que no considere esta hipótesis, y en cuanto a la filosófica, ya a partir de Platón el alma es una entidad independiente del cuerpo, y es responsable de las emociones y de las ideas, tesis que rebate en parte Aristóteles, quien considera el alma como una característica más vital que intelectual, principio de vida o potencialidad. Pero en realidad ambos entienden que la vida es el resultado de la fusión de cuerpo, alma y mente, sean o no entidades independientes.

Pero es en nuestra propia tradición cultural judeo-cristiana donde, no sólo queda establecida esta separación de forma independiente, sino que considera el alma anterior a la vida, pues según el relato bíblico del Génesis:  «El primer hombre Adán vino a ser alma viviente». De manera que viene a confirmar que con anterioridad a la vida deberían existir necesariamente  «almas no-vivientes», o simplemente «espíritus». Naturalmente que la ciencia no puede aceptar esta concepción dual del ser humano, natural-espiritual, pues da por hecho que lo espiritual o sobrenatural es improbable.

De manera que deberá ser la filosofía, cuya misión es establecer las causas razonables de las cosas por causa de su necesidad, sean o no físicamente experimentables, la que establezca que por necesidad el ser humano debe ser una entidad con un cuerpo natural y sensible, un alma espiritual y emotiva y una mente intelectual e impresionable, estos dos últimos fenómenos son los responsables de su personalidad e inteligencia. Hegel expone esta tesis de forma todavía más concisa en su comentario:  «Los hombres no son sino los instrumentos del genio del universo.»

Pero si el alma y la mente existen es necesario demostrar en qué consisten, para ello cambiamos el contexto simbólico del lenguaje de la física por el de la teología y en lugar de «energía vital» lo denominamos «energía espiritual», o simplemente «espíritu», teniendo no obstante las mismas funciones. En el ser humano, y en el resto de la naturaleza, concurren dos fenómenos opuestos pero estrechamente vinculados entre sí, como son energía y materia aparente. Como toda la materia del universo el cuerpo humano está constituido por átomos, en su mayoría de hidrógeno, cuyos núcleos y electrones están cargados de energía de distinta polaridad.

La combinación de estos átomos forman las moléculas, que a su vez forman células, tejidos, órganos, etc. Es decir, el cuerpo humano está compuesto por un espectro electromagnético cuya organización dinámica y cohesión atómica causa la apariencia humana, así como otras combinaciones forman otros tipos de estructura naturales distintas. El crecimiento de nuevos átomos y moléculas se debe al metabolismo, o combustión interna, que convierte energía de fuentes externas, como son la contenida en los alimentos, los minerales, el agua o el aire, los cuatro elementos clásicos de que está compuesta la vida, en más átomos y moléculas humanas, y así hasta que el organismo es incapaz realizar esta catarsis.

Entonces la materia aparente pierde su coherencia formal y se desintegra (muere y se descompone), pero el espectro electromagnético permanece con distintas formas en la materia descompuesta, integrándose en otras estructuras atómicas y moleculares para sostener otras formas de vida que podemos llamar  «inferiores», y que explican las teorías clásicas tradicionales sobre la trasmigración, pues por una cuestión cultural y ética los restos humanos no suelen formar parte directa de la cadena trófica de la alimentación. Las prácticas rituales del canibalismo primitivo se debían a la creencia de que comiendo los restos de los difuntos asimilaban también su alma. Pero este espectro electromagnético es común en toda la materia, y es el responsable de su coherencia y estabilidad basada en las leyes de la gravitación universal. Ahora también sabemos que existe otra fuente desconocida de  «energía oscura» que es responsable de su expansión o crecimiento. 

Sin duda que este tipo de energía debe estar relacionada con los fenómenos acaecidos durante los instantes iniciales de la formación del universo o la llamada  «inflación cósmica» del universo. Por tanto este espectro electromagnético universal tiende a la estabilidad de la materia a partir del caos del plasma inicial previo a la formación de los átomos y sus estructuras, en tanto que el alma que buscamos tiende a todo lo contrario; a la inestabilidad o más concretamente a la  «animación», idea que justifica la voz misma de alma, del latín  «anima». De manera que trasladando nuevamente esta idea al lenguaje metafórico de la teología o de la magia, el espectro electromagnético universal, incluida la energía oscura y las radiaciones cósmicas, podemos llamarlo  «espíritu universal», de donde debe surgir el  «alma humana», así como la materia que conforma su cuerpo, como realmente sucede.

 Esta tesis no solo concuerda con todas las concepciones espirituales, religiosas y mágico-religiosas tradicionales sino con las creencias ancestrales chamánicas, para las que la naturaleza, montañas, lagos, bosques, etc., incluso los objetos construidos por el hombre, están poseídos por  «espíritus». Siguiendo en el lenguaje metafórico de la teología, para que del espíritu surja el alma es necesario que la materia inorgánica se «anime»; es decir, que adquiera la capacidad de moverse con una dinámica propia; en otras palabras, se convierta en orgánica y por tanto en materia viva. Para la biología actual la vida se origina cuando las condiciones ambientales, por ejemplo condensación del vapor de agua,  favorecen la formación de la primera molécula orgánica o microorganismo a partir de componentes químicos, como los isótopos de carbono, gracias a la capacidad de esta primera molécula de sintetizar la energía que proviene del sol a través del proceso de la fotosíntesis, el mismo proceso de las plantas actuales. Dadas las condiciones nocivas de la superficie terrestre y sus altas temperaturas la primera molécula surgió en el fondo del océano.

Para nuestro argumento lo importante de este suceso es que la materia, que ya mantiene una forma de energía pasiva, adquiere ahora la capacidad de retener otra forma de energía  «activa», que constituye la causa de la vida en sí misma. Pero ya no se trata de una energía estable que mantiene la coherencia nuclear sino de una energía  «inestable» que mantiene la dinámica interna del nuevo organismo, y que necesita ser repuesta constantemente, pues esta energía se consume debido a su propia actividad vital, o como define la ciencia el concepto de energía, por el trabajo. Este es el instante crítico en que, utilizando nuevamente el lenguaje metafórico de la teología, surge el alma individual del espíritu universal. Incluso el Génesis ratifica en su expresión metafórica esta simple tesis en este significativo pasaje:  «Produzca la tierra almas vivientes…».

Las posteriores cualidades del alma humana será el resultado de la evolución con el desarrollo de nuevos sentidos, en especial el de la vista, fundamental para las emociones, así como la creación del lenguaje, necesario para entender la causa se sus impresiones, y, como resultado, la creación de su cultura que progresivamente se fundamentará en su  «alma racional» y no en su  «espíritu universal». Si el alma no se estudia como tal en biología es precisamente por su relación con las emociones y las impresiones, que son aspectos que interesan a la religión y la filosofía respectivamente y que se intentan aglutinar en lo que entendemos como  «ciencias esotéricas», o un apartado de la ciencia no convencional, como el hinduismo y sus  «chakrás», o puntos de concentración de energía vital en el cuerpo humano.

Sin embargo esta energía es el soporte para toda la actividad  «psíquica» del ser humano, utilizando el concepto aristotélico de alma, o el lugar donde se causan las imágenes creadas por la imaginación, incluidos los sueños, además de los pensamientos y la consciencia, incluidas las ideas, y no en el cerebro, como burdamente se supone, pues el cerebro es una prodigiosa máquina con una extraordinaria memoria de la historia de los sucesos personales y los colectivos, pero no es un espacio para la imaginación ni la consciencia.