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EBOOK ▶ LITERATURA
El escritor y su obra
Publicado el jueves 01 de enero del 1970 por Jaime Despree

Introducción

La intención de este ensayo es tratar de descubrir y estimular el «escritor» que muchos llevamos dentro y, al mismo tiempo, denunciar a escritores ya «consagrados», pero que, a pesar de que publican sus obras y son profusa y reiteradamente premiados, no lo son realmente.

Para ello tendremos que respondernos a estas dos preguntas fundamentales: ¿Quién es un escritor y cómo lo reconoceremos?, y ¿qué es una obra literaria y cómo la reconoceremos?Pero, hablando de literatura, ya la primera dificultad está en el uso y sentido que damos al lenguaje, materia fundamental para todo escritor, pero también para el lector.

Tanto es así que apenas he comenzado y ya en el primer párrafo he entrecomillado algunas palabras que presentan dudas de significado y que serán analizadas en otros capítulos, como el propio concepto de «escritor». Pero también he subrayado «consagrados», porque surge inmediatamente la pregunta de por qué el prestigio de un escritor depende de ciertos sacramentos de la Iglesia, pero no decimos que están «excomulgados» o «endemoniados».

Constantemente nos encontramos con que el uso habitual del lenguaje está lleno de contrasentidos o, si se analizan objetivamente, como es el caso de «consagrados», sentidos equívocos o dudosos.

 

Sin embargo, por la evolución lógica y dialéctica del lenguaje, la mayoría de las palabras responden correctamente al significado que les otorgamos, la dificultad está en comprender los fundamentos de donde provienen esos significados. Volviendo a la palabra «consagrados», si no deseáramos recurrir a un concepto tan claramente vinculado a la teología, podríamos decir que un escritor que ha merecido el aplauso general y está considerado en alta estima es un escritor «maduro», «asentado», «establecido», «aceptado», «reconocido». Pero no es así, sino que lo «correcto» es, en efecto, decir que está «consagrado». ¿Por qué recurrir a la teología para reconocer las cualidades de un buen escritor? Porque se refiere a la «creación» de un escritor, y es obvio que la «creación» es, una vez más, un concepto de origen teológico, puesto que sólo Dios «crea» las «criaturas» porque éstas se «aparecen» y surgen de la «nada» y no por evolución. Es decir, lo que alguien «crea», si lo creado merece la aprobación y admiración de quienes lo perciben, debe tener la misma o similar categoría de lo «divino». No nos extrañe que a Garcilaso se le diera el apodo de «El Divino»

Ya vemos, por tanto, que no se habla por hablar ni se escribe por escribir, sino que, en rigor, cada palabra encierra un único y estricto sentido o sugerencia, que, a su vez, debe de estar relacionado con otras palabras que contengan algún elemento propio del sentido inicial; y que, al final, tendremos oraciones con «sentido», compuestas de palabras íntimamente relacionadas entre sí. No se puede hablar o escribir con sentido si algunas de las palabras utilizadas en una oración no están relacionadas o en «concordancia». Un ejemplo contundente es esta frase contenida en el cuento de Carmen Martín Gaite, «La chica de abajo»:«Pero las estrellas nunca se habían retirado, bullían todavía»

Ni siquiera la libertad del lenguaje poético admite todas las palabras dentro de una oración sólo porque sean más o menos sugestivas. Un caso habitual entre los malos poetas. Según la Real Academia de la Lengua los significados de «bullir» son estos:

«Bullir, del latín bullire.1. Hervir el agua u otro líquido.2. Agitarse una masa de personas, animales u objetos.3. Agitarse una persona con viveza excesiva.»

Por mucho que se empeñe esta escritora las estrellas no sugieren «bullicio», sino todo lo contrario, «quietud», o un movimiento pausado e imperceptible, pero de ninguna manera sugieren un movimiento bullicioso, puesto que ni siquiera se perciben visualmente, salvo en los casos de meteoritos o eventuales cometas. Si las estrellas «bullesen» sería el caos y el fin del relato. 

Gaite cree que las estrellas están de fiesta y andan agitándose de un lado para otro con «bullicio». Pero la sugestión de la palabra «bullicio» no se puede relacionar con la contemplación del universo, antes bien sería más «concordante» decir simplemente que «las estrellas nunca se habían retirado, brillaban todavía…»

Podemos citar un nuevo ejemplo del mismo cuento de falta de concordancia y relación «lógica», pero también armónica, en el uso de las palabras, como es esta corta frase:«Con la piel tan blanca y rosada.»Una de dos, o es blanca o es rosada, pero no puede ser ambas cosas a la vez. Lo correcto sería decir «Con la piel tan pálida y rosada». Estos son defectos que se eliminan en una atenta corrección, por lo que sin duda son faltas de atención y un cierto desprecio hacia la sensibilidad literaria y crítica del lector para percibirlas.

Con esta breve introducción a los múltiples y constantes retos del lenguaje escrito, sólo pretendo llamar la atención del lector para que esté prevenido y lea cada frase con la debida atención, puesto que estamos hablando de literatura. Una atenta lectura es la mejor escuela para un futuro escritor, porque si no «entiende» lo que lee puede sucederle lo que me sucedió a mí mismo. Yo sabía desde la edad en que se forman todas las vocaciones, es decir a los 18 años, que sería escritor, pero tardé 30 años en producir mi primera obra verdaderamente literaria. ¿Por qué? Porque nadie me previno contra la lectura del «Ulises» de James Joyce. 

Como todo joven, era exigente y ambicioso, y no estaba dispuesto a quedarme en una «mediocridad», por tanto debía intentar «superar» todo cuanto se había escrito hasta entonces. Las primeras lecturas no presentaron dificultades, especialmente la literatura española que se producía durante los años 60. Me bastaba con leer el primer párrafo para «saber» que sólo era cuestión de tiempo y práctica para superarlos, o al menos igualarlos. Pero las dificultades empezaron a surgir cuando cayeron en mis manos los primeros libros de Grass, Kafka o Sartre. 

No obstante, seguía pensando que, sin duda aumentaba la dificultad seriamente, pero podrían ser superados. Pero cuando tuve en mis manos el «Ulises» de Joyce el choc fue brutal, como si me hubiera herido de muerte un rayo, matando al escritor que días antes ya se veía con el Nobel a los 40 años. ¡No entendía nada ni sabía cómo leerlo, hasta el extremo de que no pude terminarlo! Entonces me dije que si no me veía capaz de «superar» a Joyce era mejor no perder más el tiempo y renegué de mi vocación de escritor. 

Ahora sé que una obra literaria, personal y creativa, no se puede ni se debe pretender «superar», como no tiene sentido pretender superar «El Quijote», pero, también, que no soy el único que no ha podido con el «Ulises» de Joyce, y algunos realmente han merecido el premio Nobel.

Lo que ocurrió fue que intenté aprender a escribir una obra literaria sin aprender antes a leerla. El «Ulises» es un «experimento» literario personal que tiene valor en sí mismo al margen de que se entienda o no. Es una creación genuina que obliga al lector a ponerse enteramente en la piel del autor y no pretender entender más de lo que el autor quiere que se entienda. No se puede leer a Joyce con el prejuicio adquirido por la costumbre de ver una obra literaria con los valores mínimos convencionales. Todo el libro es un ir en contra de lo establecido. Mi sentido del método, mi cartesianismo occidental y mis convencionalismos, propios de un principiante, me perdieron. Afortunadamente las circunstancias me pusieron de nuevo en mi «camino» y pude superar aquel «trauma» descomunal. Pero, como el gato escaldado, cuando veo el «Ulises» en el estante de una librería salgo de ella inmediatamente, por si caigo de nuevo en la tentación de ojearlo y tratar de «entenderlo», a pesar de que ahora ya estoy prevenido contra su lectura.

En resumen, que de la misma manera que el niño aprende a hablar escuchando, el escritor aprende a escribir leyendo. Pero, por la misma razón que el niño escucha y repite sólo aquello que ya entiende y asocia con lo que desea, el futuro escritor debe leer y escribir sólo aquello que «ya entiende verdaderamente» y sirve al objeto de su inquietud, como es el de crear una obra literaria; es decir, una obra de arte de creación personal con el uso exclusivo del lenguaje.