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Los años de rojo carmín
Publicado el jueves 01 de enero del 1970 por Jaime Despree

A la memoria de «La chata», miliciana de las J.S.U. caída durante el asedio a la catedral de Sigüenza, en octubre de 1936,

y de Francisco Gonzalo, alias «El carterillo», socialista y presidente de la Casa del Pueblo de Sigüenza, asesinado por los fascistas la víspera de la Guerra Civil

 

  • Los tres hermanos Valiente
  • los tres a la misma hora
  • murieron el mismo día
  • naciendo para la gloria
  • Los tres hermanos Valiente
  • salieron a hacer la guerra
  • armados de su apellido
  • más que de lanza guerrera

   Fernán Silva Valdés

 

 

Mi nombre es Andrés Lafuente, pero para mi desdicha desde muy joven siempre me han llamado «don Andrés». Antes de la guerra fui pastor y seminarista, después cura de pueblo. Desde entonces sólo he vivido para el recuerdo de dos besos estremecedores: uno de vida y otro de muerte. También de una primavera feliz y del alegre canto de un ruiseñor en el frescor de la noche castellana. Por pereza, respeto o desconsuelo no había pensado escribir esta historia hasta hoy, cuando ya sólo espero el inevitable abrazo de la muerte. Esta es la historia de dos hijos del campo, retoños tiernos de una primavera republicana y ramas rotas de un otoño fascista.

Lo que voy a narrar en este libro lo siento todavía vivo como si hubiera sucedido ayer, y, sobreponiéndome al dolor de su recuerdo, no quiero que se vaya conmigo a la tumba. Si me quedan fuerzas quiero contar la historia de los hermanos Valiente: Juan, Damián, Benjamín e Inés, ésta última la flor más recia y perfumada que ha dado el mísero páramo castellano. Flor rota cuando liban en ella las abejas; cuando la primavera da paso al verano y agitan las tiernas alas las nuevas golondrinas; cuando el relente matutino se hace pronto bochorno abrasador; es decir, en lo mejor de su vida.

Mis recuerdos se remontan a los primeros días de abril de 1931, cuando «con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros», según cantara nuestro inmortal Antonio Machado, Inés subía como de costumbre por el camino hacia el pueblo mientras yo intentaba cuidar un par de docenas de tercas ovejas y una cabra imposible de dominar. Ella venía jugando con su cuaderno de escritura, garabateado por cada espacio disponible, y lo lanzaba al aire como si fuera una cometa, volviéndolo a recoger como si estuviera amaestrado. Al llegar a mi lado se reía, tal vez de mi terquedad de adolescente analfabeto, al tiempo que me miraba provocativa, ensayando esas artes de mujer que surgen de forma natural en todas las adolescentes sin que nadie se las enseñe. Al acercarse parecía como si el viento se agitara con más fuerza, las ásperas jaras parecían florecer, como si fueran madreselvas, y el canto de los monótonos chichipanes parecían ser jilgueros o ruiseñores.

Cuando estaba cerca se sonrojaba, o hacía ver que se sonrojaba, porque Inés nunca tuvo vergüenza de mí, lo que me hacía perder la entereza, como si ella fuera veinte años mayor que yo y supiera todo lo que hay que saber de la vida, mientras que yo, un mocetón de quince años, casi dieciséis, apenas si sabía de dónde venían los niños, porque había visto parir a las ovejas, no sin cierto embarazo, pues me repugnaba la placenta y la viscosidad del cordero recién nacido.

Cerca ya, en el ribazo, a cierta altura de donde estaba yo, Inés se arreglaba su tosco vestido estirando de aquí y de allí, colocándose bien las hombreras y ajustándose el delantal, como si se preparara para una actuación:

—¡Ea, Andrés, no me mires tanto que me vas a desgastar!

Lo decía sabiendo que la miraba de reojo, cuando en apariencia estaba atento a varios corderos que remontaban la ladera en busca de hierba fresca, pero yo ni los veía.

—¿No ves que la cabra se te desmadra?

Era verdad, aquella maldita cabra, que no todas las criaturas deben ser de Dios, se echaba siempre al monte y no había nada que hacer. Para un cuartillo escaso de leche que nos daba al día el trabajo de tenerla junto a las ovejas no compensaba, pero mi padre insistía en tenerla, más por nostalgia que por utilidad. Desde que murió mi pobre madre teníamos aquella cabra díscola e ingobernable como si fuera su alma que seguía en el mundo, y que sólo a ella respetaba. La compró ella misma en el mercado de ganado de Sigüenza, en el otoño del 27, porque quería que a mí no me faltara la leche, aunque fuera de cabra. «Si quieres ser un hombre de bien, y lo serás, aunque tenga que molerte a palos, tienes que beber mucha leche de cabra». Lo decía como si aquella leche fuera el ungüento de confirmar del señor obispo.

—¡Eres un pastor tonto, que no sabe ni tener firme a una cabra vieja! —me recriminaba Inés.

Pero yo sabía que desde que murió mi madre Inés me tenía afecto, pero no sólo por compasión femenina, sino que era por otras razones que mejor no quiero mencionar todavía. Pero disfrutaba martirizándome como si creyera que tenía la obligación de hacerlo. Era como si quisiera reemplazar a mi difunta madre y se propusiera la misión de espabilarme y hacer de mí un hombre de «bien» a base de rapapolvos y recriminaciones, tal y como lo dejo dicho mi pobre madre.

Se detenía, metía el cuaderno en el amplio bolsillo del delantal, y me volvía a reprender.

—¿No ves que la cabra se te va al monte?

Yo la silbaba, le gritaba, le arrojaba un guijarro y trataba inútilmente de hacerla volver al rebaño, porque no quería salir en su busca y alejarme de Inés. Ella era mi única alegría en el mundo y esperaba ese momento, cuando regresaba de la escuela, como se espera el sol tras una fría noche de helada. Todo a mi alrededor era silencio y desconsuelo. Mi padre no volvió a sonreír tras la muerte de mi madre; mis tías parecían esperar el momento de entrar en nuestra desangelada y fría casa para alejar de sus semblantes cualquier muestra de alegría, y parecían creerse en la obligación de compadecerse de mí a cada instante. «¡Pobre hijo mío! Sin una madre que lo cuide, ¡cómo va a hacerse un hombre de provecho!». Yo era para todos el «pobre Andresito», el niño sin madre, casi huérfano, porque mi padre parecía ya un cadáver. Los otros niños del pueblo, crueles y despiadados como todos los niños, me mostraban todo aquello que sólo una madre puede hacer, como sus bien remendadas camisas y pantalones, las suculentas meriendas, y me sonreían maliciosamente cuando sus madres los llamaban para recogerse al anochecer. «Vaya, me voy porque me llama mi madre. Claro, tú como no tienes puedes quedarte hasta cuando te de la gana. ¡Vaya suerte!». Su crueldad era tan inmensa como su ignorancia.

—¡Estoy harto de esa cabra, tan harto que un día… bueno, que no sé lo que haré con ella!

—¡Ni se te ocurra, Andrés! ¡Esa cabra la compró tu madre y tienes que respetarla!

Como todos los demás, al mencionar a mi madre también Inés se creían en la obligación de compadecerse de mí, pero apenas si dejaba ver un instante de melancolía e inmediatamente su rostro volvía a brillar, sus mejillas se encendían y sus labios volvían a sonreír, como si tratara de alejar de sí cualquier pensamiento triste en alguien que parecía haber nacido para hacer propaganda de la alegría. Además, sentía la muerte de mi madre con la naturalidad de un cura que da la extremaunción a un moribundo, porque pienso que quien ama la vida también ama la muerte, de la misma manera que quien se presta a ser mártir puede llegar a ser verdugo.

Yo hacía lo que ella esperaba que hiciera: reunía el rebaño, reducía las aspiraciones revolucionarias de la maldita cabra, y una vez todo en orden, volvía y me sentaba a su lado, como un niño que espera el beso de su madre por su buen comportamiento. Pero ella seguía su metódico sistema de provocar mi dignidad.

—¡Yo nunca me casaría con un pastor tan tonto; vaya, que ni siquiera me casaré con un pastor, conque espabila!

—No digas tonterías, Inés, ¡hablar ya de casorios!

—Cuando sea mayor seré como esas señoritas veraneantes de Sigüenza. Llevaré bonitos vestidos de organdí, con un buen escote para que rabien los chicos. Porque yo no me pienso casar con cualquiera. ¡Para eso voy a la escuela, que no gano para suelas de zapatos!

Al mencionar la escuela su expresión se volvía solemne, su mirada se perdía en algún lugar del valle, permanecía unos instantes en el más absoluto silencio, raros en ella, como si comprendiera que sólo con los cuatro garabatos que empezaban a surgir de su cuaderno rayado su dignidad de persona podría estar a la altura de sus sueños. Entonces se volvía todavía más agresiva, sacaba su gastando cuaderno del bolsillo de su delantal, lo habría por cualquier página mostrándome filas de frases repetidas, más o menos ajustadas a las líneas, y casi con arrogancia me recriminada:

—¿Cómo un pastor ignorante que no sabe hacer ni la o con un canuto puede comprender lo importante que es ir a la escuela? ¡Una señorita necesita saber leer y escribir, porque…—y se detenía súbitamente, como si supiera que aquellas letras garabateadas en un cuaderno de beneficencia no fueran suficientes para hacer de ella una señorita. Sin embargo a mí aquellos signos me acobardaban, porque, en efecto, no había tenido la oportunidad de aprender a leer y escribir, y ella me parecía una persona importante y con futuro. Tenía la sensación de que encerraban significados que a mí se me negaban por mi ignorancia. Puede que contaran historias, hablaran de la vida, de la naturaleza, de todo aquello que era necesario saber para comprender todos los misterios que encierra el mundo. Sólo contemplar aquellos signos que me ocultaban su varadero significado me angustiaban— …por lo que sea! ¡Ea, que ya he dicho bastantes tonterías!

Casi siempre terminaba sus reflexiones de aquella forma tan desconcertante, pero casi inmediatamente recuperaba su jovialidad. Era como si regresara de un viaje imaginario por su futuro, después de haberse paseado luciendo sus deseados vestidos por la alameda, provocado a los muchachos por su descarado escote y, no obstante, no hubiera encontrado la satisfacción esperada. Por ello, regresaba al pueblo; al polvoriento camino de la escuela; a la ribera del arroyo cubierto de carrizales donde croaban las ranas; al sonido lejano de la campana de la iglesia, las esquilas de las ovejas y el silbido de las alondras entre los sembrados. Como si en realidad aquel sueño suyo de señorita de ciudad no fuera realmente suyo, sino que se lo habían tratado de inculcar aquellos garabatos mal escritos en su cuaderno desvencijado.

De pronto Inés se volvía otra vez maternal, perdía su atractivo de joven casadera, y me recriminada duramente:

—¿Por qué no vas también tú a la escuela?

—¿Yo a la escuela? ¡Y quién hace todo el trabajo de mi casa!

—¿Qué será de ti siendo un analfabeto? ¿No ves que un hombre no tiene provenir si no sabe leer y escribir y las cuatro reglas?

—Teniendo tierras y ovejas ¿para qué hace falta saber de cuentas?

—Pero ¿y si las pierdes; si viene un mal año o les coge un mal a las ovejas y se mueren? ¿Qué harás entonces?

—Trabajo no me faltará mientras tenga dos brazos

—¿De peón en el campo y morirte de miseria?

—¡De lo que sea, mujer!

Indignada por mi terquedad, se levantaba airada y me restregaba su cuaderno gastado por la cara, como si tratara de que las letras me entraran en la cabeza a fuerza de golpearme con ellas.

—¡Si no aprendes a leer y escribir no te querré como marido, aunque me lo pidieras de rodillas!, ¡para que lo sepas!

Ella creía que aquella era la mejor forma de estimular mi inconsciencia y mi terquedad pueblerina, porque para Inés la vida se reducía a vivir alegremente hasta el inevitable día en que tuviera que casarse. Entonces la vida dejaría de ser un juego para convertirse en algo serio; una especie de misión natural a la que toda mujer está obligada a cumplir, como es cuidar un marido, llevar una casa y criar unos hijos. Por tanto, todo lo que hiciera antes de este trascendental cometido no era sino un juego sin importancia, que había que aprovechar lo mejor posible.

—¡Yo no sirvo para hacer letras como ésas! —me defendía yo, pero en mi interior sabía que no era así, es más, creía entenderlas aún sin saber lo que significaban.

—Tampoco sirves para pastor…. ¡ni quiero que seas pastor!… Yo quiero que seas alguien importante… porque yo sólo me casaré con alguien que sea importante, como esos señores que vienen en automóvil de Madrid a veranear en Sigüenza…

—¿Pero qué ideas tan tontas se te meten en la cabeza? ¿Qué tiene de malo el pueblo, eh? Además, ¿de dónde sacas esas ideas siendo una mocosa que, total, no hace ni medio año que va a la escuela? ¿Qué te crees, que con saber leer y escribir y las cuatro reglas ya puedes aspirar a todas esas tonterías de señoras y señores veraneantes? ¡Anda, baja ya de la higuera, Inés, que las cosas no son como tú las sueñas! No somos más que dos campesinos como son todos los campesinos. Tu serás como tu madre, te casarán con uno del pueblo, cuidarás ovejas, escardarás los cebollinos, cavarás las judías, engordarás un cerdo para la matanza de San Martín, segarás y trillarás la mies cada verano, y Dios quiera que te de siquiera cuatro o cinco hijos y puedas criarlos con salud para que te cuiden en tu vejez. ¿A qué vienen todas esas tonterías de señores y señoras? ¡Para eso más te valdría no ir a la escuela!

Era como si la hubiera abofeteado. Apretando los labios con violencia, se levantó airada, me crucificó con la mirada, que si hubiera sido una espada se me hubiera clavado en el corazón, y, poniéndose en jarras, me dijo todo lo que sin duda merecía y todavía por su buen natural se calló:

—¿Lo ves? ¡No eres más que un analfabeto tonto que no sabe nada de la vida! Para que lo sepas, en la escuela no sólo nos enseñan a leer y a escribir y las cuatro reglas, sino a ser personas… Bueno, yo no quiero decir que sea malo ser un campesino, pero hay que aspirar a ser algo más que unos analfabetos muertos de hambre y de miseria. Tú crees que esto es bueno porque no conoces nada más. ¿Por qué? ¿Qué puedes aprender de la vida si todo el día estás en el monte, o arreando la mula en el sembrado o cavando el huerto? ¿Crees que todo se acaba aquí? ¿Qué los pobres no tenemos derecho a comer algo más fino que el tocino rancio, o los chorizos y las morcillas? Que no es que no me gusten, pero hay otras cosas: pasteles, dulces y cosas para beber que no sea sólo agua y vino. ¿Crees que no tenemos derecho a vestirnos con otras cosas que no sean estos harapos remendados? ¡Mira tus pantalones, están más remendados que el tejado de mi casa! ¿Para qué crees que están las tiendas llenas de cosas bonitas? ¿Para adorno, eh, so tonto? ¿Y cómo vamos nosotros a comprar esas cosas si no vemos el dinero más que cuando hay bautizo y nos echan cuatro perras de aguinaldo!

Yo callaba porque no entendía muy bien lo que me quería decir. Para mí la vida estaba bien como estaba. Me gustaba el olor intenso del tomillo, el espliego, el romero, la salvia o la mejorana, incluso la acidez de la flor de la retama; respiraba con satisfacción aquel aire serrano y limpio; disfrutaba contemplando el corretear de las liebres por los sembrados o la procesión de los pichones detrás de la madre; me gustaba imitar el canto del asustadizo cuco, con su imagen recortada en la lejanía sobre la copa de las encinas. Yo era feliz viendo declinar el sol al crepúsculo, cuando las nubes se encendían de bermellón, como si ardieran. Todo aquello tenía para mí la solemnidad de lo divino y no sabría vivir sin ello.

De pronto Inés se puso a llorar, y lo supe porque brotaban dos gruesas lágrimas de sus ojos grandes y verdes, resbalando por sus sonrojadas mejillas.

—Y ahora, ¿qué te pasa?

—¡No sé, tengo ganas de llorar, eso es todo!

—¡Vaya, así sin más!

—¡Sí, así sin más! ¡Las mujeres lloramos porque sí, sin más!

—¡Pues vaya tontería! —siempre hablaba de sí misma como de una mujer, a pesar de no haber cumplido todavía los catorce años

—¡Lloro porque algo, que no sé qué es, me oprime el pecho, y si no lloro reviento!

—¿Pero tiene que tener alguna explicación?

—¡Claro que tiene una explicación! ¿Te parece poca explicación que seamos pobres, viviendo aquí en esta aldea medio en ruinas, abandonados de Dios, sin una mala bombilla en la plaza del pueblo, alumbrándonos con candiles. ¿Te parece poca explicación que a tu madre se la llevara una gripe, que los médicos ya saben curar con cuatro pastillas?

—¡Deja a mi madre, que descansa en paz, y si se ha ido Dios sabrá por qué!

—¡Eso, siempre lo mismo; lo bueno o lo malo, todo lo quiere Dios! ¿Pues qué Dios es ese tuyo que no sabe distinguir entre lo que es justo y lo que no? ¡Va, que me perdone Dios si existe, pero no hay justicia en el mundo y Él debe saber por qué, pero yo no lo sé!

—¡No blasfemes, Inés, que Dios te castigará con algún mal!

—¡Déjame en paz! ¡No, si tú vas para cura, y si no el tiempo! —y se alejó airada, guardando con rabia su cuaderno en el delantal, hasta perderse tras la ermita del humilladero, sin ni siquiera volverse para ver la cara de estúpido con la que me había dejado.

Aquello fue una premonición, porque Inés sabía de mi carácter más que yo mismo. Lo sentí como una maldición del cielo y no como una bendición. Ser cura era apartarme de ella, renunciar a ella, cuando de alguna manera vivíamos con la ingenua convicción de que estábamos hechos el uno para el otro, pero que sólo era cuestión de dejar que el tiempo arreglara nuestras diferencias. Esto ocurriría tan pronto como yo dejara de ser un adolescente para convertirme en un hombre, pero no sabía cuándo ni cómo sabría que ya lo era. Sólo estaba seguro de que todavía no lo era. Sin embargo ella hacía tiempo que era una mujer, pensaba como una mujer y se comportaba como una mujer. ¡Incluso lloraba como una mujer!

Aquella nueva discusión no enfrió nuestra amistad y hasta yo diría que nuestro mutuo afecto que podría ya ser amor. Al contrario, a mi regreso del campo la encontré sentada en la fuente, con un cántaro que rebosaba desde hacía bastante tiempo, porque sin duda me esperaba. Pasé por su lado confuso, temoroso de que, después de nuestra discusión no me volviera a dirigir la palabra, y le di un severo golpe de vara a una pobre oveja que se detuvo a mordisquear una hierbas que crecían junto al pilón, justo donde ella estaba sentada. El animal, asustado, brincó sobre sus patas traseras, y estuvo a punto de estrellarse contra la piedra de la fuente de no haber sido porque ella lo detuvo.

—¿Quieres matar al pobre animal? ¡Mira que eres bestia, Andrés! —me recriminó Inés.

Yo no dije nada, pero estaba arrepentido. Cogí a la pobre oveja por el collar de la esquila y traté de calmarla, como si quisiera disculparme por mi mal comportamiento, pero el animal no quería otra cosa que librarse de mí. Inés cogió el cántaro, lo cargó sobre su cadera y caminó a mi lado en silencio.

—Lo que te he dicho de que serás cura no lo he sentido… —dijo al rato de caminar juntos y a pocos metros de su casa—. Yo no quiero que seas cura… Los curas no son hombres de verdad; no saben nada de la vida porque no se casan— de pronto se detuvo, cambió el pesado cántaro sobre su otra cadera, y riendo me gritó—: ¡Pero si tú te metes a cura yo me hago monja!

Yo, una vez más, me quedé confuso y desconcertado, porque algo en mi interior me decía que nunca podría gozar del amor de aquella muchacha, que, sin embargo, ya se veía a sí misma como una mujer.

Ambiente de elecciones

  

Faltaba una semana para las elecciones municipales de 1931 y el pueblo se había convertido en un circo. Forasteros que nunca habíamos visto antes por allí, aparecían a pie, en cabalgaduras. Incluso llegaron en algunos automóviles rotulados con grandes siglas blancas, correspondientes a los partidos políticos a los que representaban, y que a duras penas eran capaces de remontar la ladera, especialmente porque con el rocío de la mañana el camino se hacía resbaladizo. También aparecieron letreros con consignas políticas, pintados con poca maña y hasta con alguna que otra falta de ortografía en todas las paredes, en especial en la revocada del frontón. «Campesino, acuérdate de tus cosechas, que no sean otra vez para el señor. Vota tu candidato del PSOE, el partido de los campesinos».  Pero en nuestro pueblo las elecciones no parecían tener más importancia que la de ratificar al alcalde, don Mariano. Éste era el único hacendado del pueblo, con más de quinientas cabezas de ganado y el mejor pedazo de valle  para el cereal, además de otras tierras baldías, pero buenas para el jabalí y el corzo, donde cazaban gentes venidas de Madrid, y hasta de Aragón y Cataluña. El coto estaba bien guardado de furtivos con un par de guardas jurados, padre e hijo, que no preguntaban antes de disparar a los que merodeaban por él. Don Mariano había sido nombrado a dedo durante la dictadura de Primero de Rivera. El candidato opositor era Genaro Martínez, apodado el «Tejero», porque trabajaba como oficial en el tejar del pueblo, una miserable industria destartalada propiedad de alguien de Guadalajara que casi nadie sabíamos quién era y que sólo habíamos visto alguna vez por el pueblo, para la temporada de caza del corzo, por fiestas o con ocasión de alguna solemnidad local. Aún había otro candidato de un partido republicano, pero que se retiró a última hora para favorecer al socialista. No es que el pueblo fuera importante, pero para los partidos de la coalición de izquierdas y republicanos todos los alcaldes o concejales que pudieran conseguir eran importantes. En cambio los conservadores parecían dar por ganadas las elecciones, porque a penas se movieron.

Los comentarios de taberna eran apasionados y todo el mundo en el pueblo parecía saber de política sin ni siquiera ser capaz de leer el nombre de los líderes que aparecía en los periódicos, apoyando con sus artículos a los candidatos de sus partidos. «Éste es ese Gil Robles. Pa’mí que es un tío instruido de verdad y, además, es el más preparao, porque es de buena cuna, no como nosotros», comentaban unos y otros. «¡Va!, que to’s los políticos son iguales. Ahora se acuerdan de nosotros para que les votemos, pero yo me astengo o como se diga. Ni me gusta uno ni el otro; el uno por cebao y el otro por enterao. Na, ¡que no voto y se’cabó!». «Pues yo sí que votaré, no vaya a ser que por desgana se lleven la alcaldía los rojos, que con los socialistas este pueblo sería un putiferio». «¡Que te digo yo que está to apañao! Al final habrá todos lo votos que quieran, que hasta los muertos resucitarán para las elecciones. Yo con la papeleta hago lo mismo que con los cantos cuando cago en el campo». «¡No seas bruto, que estas elecciones son serias!; que las cosas ya están bastante caldeadas desde lo de Marruecos, y este Almirante Aznar no vale ni para mandar en un convento de monjas. Que sin mano dura y alguien con buena cuna que mande y temple, este país se desmadra en dos jornadas». «¡Toma!, que el Romanones ya no caza tanto por estas tierras como cuando estaba el Primo de Rivera, que deben estar todos con el cuello que no les llega a la camisa».

Al atardecer venían grupos de jóvenes en cabalgaduras de Guadalajara, de Madrid y hasta de Zaragoza. Unas veces para anunciar un mitin en Sigüenza, otras ellos mismos, acompañados de su candidato, improvisaban uno en la plaza del pueblo, que casi siempre terminaba en acaloradas discusiones, cuando no a garrotazos. 

Los socialistas, los más activos, leían alguna proclama de Lenín y después las comentaban rebajando ostensiblemente sus pretensiones y sin mencionar la propiedad privada. 

—El producto del trabajo no puede ser entregado al capitalista, sino que debe ser repartido con justicia entre todos los trabajadores.

A lo que algún campesino respondía agitando el bastón en el aire. 

—¡Anda y vete con tus cuentos a otra parte!, que aquí no sabemos de capitalismos ni de productismos, que todos semos gente honrada y nadie nos va a quitar lo que hemos ganao con el sudor de nuestra frente, ¡y menos ese Leni, o como se llame!

—¿Pero es que no lo entendéis? —se esforzaba el improvisado orador—. Todos somos iguales porque a todos nos ha parido una mujer, por lo que todos tenemos derecho a una vida digna y sin penalidades. La propiedad latifundista y la mala explotación de las tierras son la causa de la miseria del campo español. Hace falta una política agraria moderna. Necesitamos hacer una reforma agraria en profundidad, que reparta mejor el fruto del trabajo del campesino y sea más rentable su trabajo.

Pero el campesino insistía, sin dejar de blandir amenazador su garrota: 

—Cada cual tiene lo que merece, porque hay vagos y trabajadores, que las gentes semos como las golondrinas, las hay listas y las hay tontas. Los listos bien está que tengan propiedades y los tontos no valen más que para ser peones. ¿Qué carajo ese eso de que todos semos iguales?

A lo que algún otro campesino replicaba: 

—¡Mira quién habla de listezas, que to lo que tienes lo has heredao; y trabajar, lo que se dice trabajar, no te cansas, no, que lo hacen tus peones, que los tienes medio muertos de hambre y de miseria. Que aquí todos sabemos lo que les pagas…

Entonces era inevitable la trifulca. 

—¿Y a ti, so muerto de hambre, quién te ha dao vela en este entierro? Heredao y con honra, y no dejaré que nadie me venga con esas de que todos semos iguales… ¡El primero que cruce mi sembrao probará ésta, que algunos aquí presentes ya saben cómo escuece en sus riñones!

Finalmente se hacía un clamor caótico en el que cada uno expresaba en voz alta sus opiniones: «¡Si no puede haber justicia sin mano dura!». «¡Que el ser humano no tiene arreglo!». «¡Sin una revolución como Dios manda no puede haber solidaridad ni justicia!».

Don Mariano pronunció un discurso de compromiso para complacer a los del partido de Sigüenza, pero por sus malas dotes de orador, fue un rotundo fracaso y casi una mofa, compensada por la acritud de sus correligionarios: 

—A mí no me gusta andar de sermoneos, que para ser alcalde basta con tener buen juicio y sentido común. Yo de política no sé na de na, ni me importa, porque para un pueblo como éste contri menos política mejor. Mientras yo sea alcalde tendremos tranquilidad, que es lo más importante. ¿De qué nos vale el progreso ese de la ciudad si nos viene envenenao de maldades y corruciones. Lo que importa es la tranquilidad y la buena salud, de la que tenemos a carretones y d’eso aquí no nos falta.

Pero sus correligionarios de Sigüenza no estaban satisfechos con la simpleza de aquellos argumentos pueblerinos, y metían sus puyas mal intencionadas contra el candidato socialista.

—Los socialistas y comunistas quieren quitaros las tierras, quemar la iglesia y declarar el amor libre, para que todos se puedan acostar con vuestras mujeres. ¿Es eso lo que queréis que aprendan vuestros hijos?

A pesar de la provocación, las réplicas eran jocosas. 

—¡Anda y vete pa’tu pueblo, marquesito, que aquí no queremos señoritos!

—¡Éste es también mi pueblo, porque esto es España, y España es lo más sagrado! Los rojos los manda Moscú y si ganan las elecciones aquí mandarán los rusos y no los españoles!

Pero los campesinos recelaban de los políticos conservadores tanto como de los socialistas.

—¡Muy lejos está Rusia pa que vengan a mandarnos! Que pa cuatro fanegas de trigo que recogemos al año, media docena de corderos y unas cuantas caballerías que se caen de viejas no creo que se molesten en venir de tan lejos pa gobernarnos.

—¡Pero, desgraciado!, ¿y los valores universales, y la patria, la religión, Dios, y todo lo sagrado que hay en nuestra tierra?, ¿vamos a permitir que esos rojos los profanen?

—¡Sin insultar, chalao, que pa’eso están las lecciones! Pa mí lo único sagrao es un jamón bien curao y el vino tinto de Aragón, y de eso creo yo que no nos faltaría, ¡aunque vinieran los rusos!

Las carcajadas eran unánimes, y los conservadores finalmente comprendían que sus argumentos catastrofistas no impresionaban a nadie.

  Para mí todo aquello de las elecciones no era sino una oportunidad para salir de mi rutina. Nunca el pueblo había estado tan animado ni había llegado tanta gente forastera. La taberna estaba siempre repleta de parroquianos, donde no se discutía de otra cosa que de política. Mis paisanos parecían haber recuperado la ilusión por el futuro. Era estimulante ver a la gente en la taberna hablar de temas sociales, como el trabajo, la educación, el derecho a expresarse libremente, a criticar a los políticos o a la monarquía. Los instruidos leían los pasquines políticos entre baso y baso de vino, mientras los analfabetos mordisqueaban los cigarros mal liados por la premura al hacerlo por no perder detalle de lo que se estaba leyendo. De vez en cuando, si no entendían algo, se rascaban las greñas apartando momentáneamente la gorra que mostraban sus calvas blanquecinas.

—«El doce de abril será la primavera de España, porque los trabajadores votarán en masa por la República —leía el campesino ilustrado—. El voto de los trabajadores pondrá fin a los históricos sufrimientos que ha padecido la clase trabajadora de este país por la opresión de la oligarquía formada por militares, nobles envilecidos y financieros sin escrúpulos, que dejará paso a un Gobierno honrado, del pueblo para el pueblo. Un nuevo gobierno democrático, honesto y comprometido con el bienestar del pueblo y no sólo en defensa de los privilegios de unos pocos».  

Los hermanos de Inés, Juan, Damián y Benjamín Valiente, eran los más atentos y no dudaban en interrumpir la lectura si no entendían algo. Parecían ávidos de conocimientos y sufrían visiblemente por su ignorancia.

—¿Qué significa pri… pri…?

—¿Privilegios? Hombre, pues qué va a significar, que unos pocos se quedan con todo lo que debe ser repartido entre todos…

—¡Sigue, sigue, que ya lo entiendo!

—«En esta histórica consulta electoral el trabajador no puede tener dudas a la hora de votar, porque la coalición de las izquierdas y los republicanos es la única que defiende sus intereses…» 

Así daban las tantas de la noche. El candil se quedaba sin aceite y el tabernero se quejaba de que hablaban mucho, pero bebían poco, y que ya estaba bien de mitines en su taberna; que la política no podría traer sino desgracias a la gente, sobre todo a los pobres. Al final, como si despertaran de un sueño, estiraban las piernas, se colocaban bien la boina y lentamente iban abandonando la taberna, sin dejar de comentar lo que habían escuchado. Afuera sólo el resplandor del mortecino candil de la taberna iluminaba la callejuela mal empedrada. Los gatos, que permanecían acurrucados en la puerta de la taberna a la espera de alguna raspa de sardina arenque, saltaban ágiles las tapias y se enzarzaban en peleas territoriales. Algún gallo cantaba prematuramente el amanecer del nuevo día y de alguna ventana llegaba el llanto monótono de alguna criatura hambrienta o dolorida.

—Lo tengo decidido —comentaba el mayor de los hermanos Valiente—, votaré al «Tejero».

—¡No me fío de los socialistas, que estuvieron con Primo de Rivera! —dijo el mediano.

—¡Pero ahora es distinto!, aquello era por lo que era…

—Yo votaría a un candidato que fuera anarquista o comunista. Aquí no valen medias tintas, ¡o todo o nada!

—Yo también votaría a los anarquistas —añadió Benjamín Valiente—, pero más vale el «Tejero» que el burro de don Mariano. Aunque para lo que se puede arreglar aquí no creo que importe quién gane. Como dice el Damián, ¡lo que hace falta es una buena revolución que lo cambie todo de raíz!

—¿Te crees que eso de la revolución es un juego o qué? ¡Eso es una cosa muy seria y puede traer mucho sufrimiento al pueblo! —replicaba el mayor de los hermanos.

—¡Todas las cosas que valen cuestan conseguirlas y nacen con sufrimiento!

—¡Déjate de revoluciones y vamos a votar por el «Tejero», que más valen los socialistas que estos caciques monárquicos!

Yo, que había estado sentado en un rincón de la taberna, seguí discretamente a los hermanos Valiente con la esperanza de que Inés estuviera despierta, esperando a sus hermanos, y pudiera charlar un rato con ella antes de irme a dormir. Pero no fue así. 

Al llegar a casa mi padre permanecía despierto pero, como siempre, inmóvil y sentado en su taburete, frente al fogón, atizando las ascuas una y otra vez con el mismo monótono movimiento, como si estuviera hechizado. Ni siquiera se movió ni me dirigió la palabra cuando entré. Pero yo estaba habituado a su silencio, me acerqué a la alacena para coger un trozo de pan, y me senté a su lado mordisqueando el mendrugo, al tiempo que seguía sus monótonos movimientos con el atizador. Así estuvimos un buen rato hasta que me atreví a preguntarle:

—Padre, ¿está usted bien? —pero no me respondió. Yo sabía que no me contestaría, pero me animé a seguir hablando sobre cualquier cosa con la esperanza de que le interesara—. La gente del pueblo anda revuelta con esto de las elecciones. He oído que los hermanos Valiente van a votar al «Tejero», pero el Benjamín dice que votaría a los anarquistas. Si yo tuviera la edad no sé ni por quién votaría, porque los socialistas me parecen extremados... que no son lo que este país necesita… creo yo... —no sé si me escuchaba porque su rostro permanecía inmutable y su interés seguía centrado en las ascuas del fogón, pero yo seguí con mi monólogo porque suponía que pudiera estar interesado—. A mí los hermanos Valiente me parecen buena gente, no sé por qué han de votar a los anarquistas. Dicen que si ganan las izquierdas habrá una revolución. Pero ¿qué significa eso de la revolución? Yo no creo que esté bien quemar iglesias y matar curas y monjas, como creo que hicieron en Rusia. 

Cuando dije lo que quemar iglesias y asesinar curas y monjas, mi padre reaccionó, dio un golpe con el atizador que levanto una nube de ascuas incandescentes iluminando el cuartucho, y dijo una lacónica frase:

—¡Un pueblo sin Dios, eso son los rusos!

No dijo nada más. Yo me retiré tratando de imaginar lo que pudiera estar pensando después de su lacónica frase. ¿Imaginaba a todos los rusos ardiendo entre las ascuas del fogón? Apenas me recliné sobre mi camastro me quedé dormido, y mi último pensamiento, como cada noche, fue para Inés. 

La víspera de las elecciones el alcalde instaló un altavoz en el balcón de Ayuntamiento, conectado a una radio de un coche traído por los miembros de su propio partido de Sigüenza. El artilugio sonaba poco pero suficiente para radiar los discursos de Gil Robles y del propio conde de Romanones con un tono de voz metálica y chillona. Un grupo de campesinos se arremolinaron alrededor del artilugio y aprobaban con metódicos gestos afirmativos de cabeza las razones por las que deberían votar a los conservadores. 

Yo me fui temprano al campo con las ovejas. Las elecciones no me importaban, aunque si me inquietaban, porque había visto nuevas miradas de odio en mis paisanos, y recelar unos de otros por causa de las ideas políticas, y eso no podía ser nada bueno. Desde el campo podía escuchar el lejano murmullo de los exaltados candidatos, pero era incapaz de entender apenas algunas frases sueltas. Como era sábado Inés no iría a la escuela y no pasaría por el camino de Sigüenza. Lo más probable es que fuera a la iglesia a la misa de diez, por lo que don Gregorio no tardaría en aparecer por el sendero. Por entonces me parecía un cura bondadoso y paciente, pero tenía un pronto que era temido por todo el pueblo. Ejercía su inútil apostolado con cierta resignación y conformismo. No era lo que se dice un cura de pueblo, cazador, buen comedor y hasta generoso bebedor, sino un hombre comedido y de hábitos casi monásticos. No era de la comarca sino valenciano. Había estado en Italia y conocido al Papa, y por alguna razón que nunca me desveló, terminó siendo capellán de un convento en Sigüenza y cura párroco de nuestro pueblo, al que llegaba a pie, fuera en el crudo invierno o en el agobiante verano. Por suerte para él, estábamos en primavera, y los campos se mostraban generosos y hospitalarios, y andar por sus olorosos senderos no era ya un sufrimiento sino un placer para los sentidos, y don Gregorio sabía disfrutar de ellos sabiamente.

—Buenos días, Andresito, ¡mañana te quiero en la misa de doce!

—Mañana no habrá misa, don Gregorio —le contesté sin saber muy bien por qué lo decía, pero que sin duda tenía algo que ver con la «revolución» que significaban las elecciones municipales.

—Llevas razón, Andrés, que casi lo había olvidado… —y quedó en silencio contemplando mis ovejas, que como si sintieran afecto por el cura, le contemplaban con ojos cándidos. Al cabo de unos reflexivos instantes prosiguió cambiando su jovialidad inicial por un cierto desconsuelo—. ¡Mañana van a pasar cosas graves en este pueblo!… Sí, llevas razón, lo más probable es que no haya misa de doce.

Yo sabía el por qué de su desconsuelo, porque tenía el mismo presentimiento, por eso le había comentado lo de la misa. Al cabo de un rato, en que el cura recorrió con la mirada la amplitud del valle como si se estuviera despidiendo de él, prosiguió cambiando totalmente de tono y recuperando su habitual sobriedad y templanza:

—¡Pero Dios seguirá existiendo mañana, y pasado, y después de que todos nos hayamos muerto y dejemos este mundo!

—¡Hombre, Don Gregorio, Dios ha existido siempre! —contesté yo, sólo por complacerle, pero sin saber realmente de lo que estaba hablando. Don Gregorio aprovechó la oportunidad para probar la consistencia de mi fe.

—¡Qué sabes tú de eso! A ver, Andrés, ¿por qué Dios ha existido siempre? 

—Hombre, don Gregorio, yo no soy muy listo para explicaciones, pero lo siento así… —contesté balbuceando. Don Gregorio me lanzó una mirada penetrante, como si tratara de leer dentro de mi mente cosas que ni yo mismo era capaz de ver.

—Tú serías un buen cura, porque la fe no se razona, sino que se siente… pero yo te diré en dos palabras porque Dios existe. El mundo es como un árbol y algunos de nosotros somos los frutos y otros las hojas. Las hojas no sirven para otra cosa que para sustentar el mundo y para que éste pueda dar sus frutos. Pero los frutos son codiciados por los pájaros y tienen que sacrificarse para cumplir con su misión. ¿Comprendes? Ahora viene la segunda parte: los frutos no saben de la realidad más que lo que ven durante su corta vida en el árbol, o sea, que desconocen el invierno del árbol. Esa es la otra vida. ¿Comprendes?

Yo asentaba mecánicamente con la cabeza pero no tenía ni idea de lo que me estaba hablando, aunque confieso que aquella breve charla marcaría toda mi posterior existencia, pues me demostró con sencillez demoledora que la realidad no es más que pura apariencia. Pero don Gregorio, consciente de mi incapacidad para comprender la metáfora del árbol, resumió su pensamiento lo más brevemente que le fue posible.

—En la otra vida es donde se puede ver a Dios, por eso en ésta no podemos verlo. ¿Crees que tu pobre madre ya no existe porque está muerta? Piensa en lo que te he dicho sobre el árbol y verás que tiene que seguir existiendo en la otra vida; la que no puede ver el fruto. Allí está y estará esperándote el día en que Dios te lleve también a ti a la otra vida. ¿Comprendes?

—¡Claro, don Gregorio!

—No, no comprendes, pero es igual, ya lo comprenderás algún día —me dio una amistosa palmada sobre el hombro, apretó su devocionario, lanzó un profundo suspiro y prosiguió su ascenso hacia la aldea, al tiempo que seguía murmurando—. ¡Eso sólo lo comprendemos los que tenemos fe!

Naturalmente que yo me quedé sumido en una profunda desazón, pues si don Gregorio había dicho que mi madre seguía existiendo, tal vez incluso andaba por allí, como una alma en pena, recorriendo los montes, contemplándome y tratando de hablarme sin que yo pudiera escucharla. Instintivamente me giré varias veces mirando en todas las direcciones, por si se aparecía. Sugestionado por esta idea, incluso creí ver que algunos guijarros se movían, o como si las zarzas se agitaran más de lo habitual, cuando apenas había viento. Estuve a punto de llamarla y preguntar si andaba por allí y no podía verla, pero afortunadamente me recuperé de la sugestión y me dije que aquella idea debía significar alguna otra cosa que don Gregorio no quiso aclararme por mi ignorancia. «Por desgracia —pensé más tranquilo— los muertos están bien muertos y sus huesos están en el cementerio. Si queda algo de ellos no debe de ser en este mundo y si hay otro mundo ¿cómo saberlo si es otro mundo?».  Aquella fue la primera vez que utilicé mi mente con cierto sentido lógico, lo que marcaría mi posterior educación y mi afición por la filosofía.

  

Las elecciones municipales

  

El domingo 12 de abril de aquel año el día amaneció fresco y húmedo. Las primeras lluvias de abril habían tardado en llegar, pero ahora que por fin habían llegado para bendición de los campos, no parecían dispuestas a marchar. El suelo de la plaza Mayor estaba encharcado y el empedrado resbaladizo. Algunos perros famélicos deambulaban empapados hasta los huesos, fáciles de ver por ambos costados. Acababan de sonar la siete en el desvencijado reloj del Ayuntamiento y ya se notaba movimiento de gente por las callejuelas. Para mí era un día cualquiera y tendría que llevar las ovejas al monte, pero por ser domingo no madrugaba como un día normal. 

Mi padre gracias a Dios respetaba el domingo, y como si viviera mi madre, acudía a misa de doce después de afeitarse. A su modo se vestía de domingo, con su gastado traje de casado, la faja nueva y una camisola blanca de cuello postizo pero sin cuello, que llevaba sólo las horas que mediaban entre la misa, el chato de vino que tomaba en la taberna con una o dos sardinas arenques, y alguna rara vez se entretenía conversando con alguna de nuestras tías sobre lo único para lo que parecía tener tema de conversación, el tiempo y las cosechas. 

A duras penas éramos capaces de sembrar y cosechar un par de fanegas de cereal en unas tierras cercanas al río, que hubieran rendido mucho más si tuviéramos más brazos que emplear. Gracias a mis tías y sus maridos, podíamos recoger la cosecha, trillar el grano y guardar algo de forraje para el ganado. Sólo en este último año yo fui capaz de mantener firme el arado, porque mi padre ya era incapaz de hacerlo. Una parte de la cosecha era para mis tías, por su ayuda, la otra para nosotros, con lo que al menos pan no nos faltaba, y si quedaba algo, lo vendíamos a los comerciantes mayoristas de Sigüenza.

El huerto era una labor exclusiva de mi padre. Lo trabajaba en silencio, pero era como si estuviera hablando con las lechugas y las coliflores. Doblado como la rama de un sauce, casi tocaba las plantas con la cabeza. Cavaba y cavaba, aunque no hiciera falta. Mimaba los plantones de tomates como si fueran hijos suyos. Encañaba las judías con arte haciendo auténticas filigranas. No había en el huerto más hierbas que las que producían algo comestible ni más bichos que los inofensivos. El escarabajo de la patata lo retiraba uno por uno y los mataba con detenimiento y a conciencia, chafándolos minuciosamente para que no quedara ni rastro de ellos, no fuera que se volviera a reproducir. Teníamos un frondoso parral de uvas negras, jugosas y dulces, pero también los pájaros eran de la misma opinión, y las picoteaban hasta dejar los racimos en los cascajos. Cuando las uvas empezaban a madurar, mi padre pasaba horas sentado en un poyato, espantando los pájaros tirando de una cuerda atada al parral, que agitaba unos trapos de colores y espantaban a los mirlos y a las grajillas, los mayores ladrones de la naturaleza. Nuestra austera dieta vegetal se completaba con un peral viejo, que un año sí y otro no, daba abundantes peras, que no alcanzaban a madurar hasta bien entrado el otoño, y dos ciruelos claudios que con regularidad y abundancia daban cada año sus frutos de ciruelas, suficientes para toda la familia, y aún vendíamos alguna canasta en el mercado de Sigüenza, lo mismo que las uvas, si los pájaros las respetaban. 

Como decía, aquel domingo a esa temprana hora de la mañana no había ya ningún campesino que no estuviera despierto, afeitado y vestido con lo mejor de su escaso vestuario y listo para ir a votar. 

Los hermanos Valiente liaban cigarrillos sentados en el poyato de su casa y hablaban animadamente entre ellos. Parecía vivir aquel día como si el país entero estuviera pendiente de sus votos. El padre, un hombre taciturno y de mal carácter, no estaba con ellos y era probable que no fuera a votar. Era un hombre débil, sin voluntad, aficionado al juego y a la bebida. Parece como si la naturaleza se regocijara en dar padres débiles a hijos fuerte; hijos perversos a padres virtuosos; o hijos perezosos a padres laboriosos. El caso era que los hermanos Valiente tenía que salir al paso un día sí y otro también de las trifulcas y peleas en las que el padre se veía envuelto por causa del alcohol y del juego. 

De no haber sido por la habilidad de la madre para esconder escrituras y las pocas cosas de valor que poseían, ya se hubiera jugado las tierras y hasta la casa con el ganado.

La madre de los hermanos Valiente era una mujer menuda e insignificante, que no hacía pensar que de sus entrañas hubieran nacido aquellos tres vástagos, hombretones fuertes y con temple, e Inés, una muchacha, no muy corpulenta, más bien menuda, pero que con tan sólo catorce años tenía ya el cuerpo de una mujer madura, los cabellos morenos, rizados y abundantes, las mejillas sonrosadas y saludables, algo moteada de pecas, que parecían desaparecer con la edad. Sin duda que la naturaleza encierra sus misterios que son difícil de desentrañar.

Yo no era un chiquillo pero tampoco podía decirse que hubiera dejado completamente de jugar, así es que cuando llegaba la ocasión me unía a otros chavales algo más jóvenes que yo para hacer alguna que otra diablura. Ese día los críos, atraídos por el incesante parloteo electoral, intercalando canciones de partido y otras más conocidas y populares, también habían madrugado y se arremolinaban alrededor del coche del partido de los monárquicos, de donde salía todo aquel jolgorio amplificado por el altavoz que pendía del balcón del Ayuntamiento.

Sobre las ocho llegó al pueblo un grupo de hombres, algunos bien trajeados, que a lomos de una mula traían una caja de cristal que debía ser la urna para las elecciones y los paquetes de las papeletas. En la puerta del Ayuntamiento esperaban varios del pueblo, que habían sido elegidos como comisarios de la mesa electoral, y al llegar las mulas observaron la urna como si trataran de comprender como funcionaba, pero no se atrevían a tocarla. Preguntaron si tenía su precinto y los hombres les dijeron que todo era legal, que no tenían por qué preocuparse. En otra alforja traían paquetes de papeletas bien empaquetadas. También los del pueblo preguntaron si habría bastantes para todos, a lo que los hombres volvieron a insistir que todo era legal y que habría para todos.

Descargaron todo el material electoral sin que los presentes perdieran detalle de ninguno de los movimientos, como si desconfiaran de los recién llegados. Los niños molestaban las operaciones, empujándose unos a otros, pidiendo aguinaldos, como si se tratara de un bautizo. Uno de los hombres, tal vez para quitárselos de encima, les tiró unas monedas, lo que sin duda fue un grave error, porque por arte de magia aparecieron todavía más niños en la plaza cuando corrió la voz de que aquellos hombres venía a repartir dinero entre los del pueblo y que en eso consistían las elecciones.

A las nueve menos cinco, de los casi trescientos votantes que había en el pueblo, al menos una veintena ya habían formado una improvisada cola ante la puerta, sin que por el momento hubiera aglomeraciones. Se pasaban la petaca de la picadura de tabaco los unos a los otros, por turnos, según se les consumía el cigarro, era de uno o de otro, y siempre volvía por las mismas manos a su dueño original, mientras cada uno sacaba su papel de fumar de su propio librillo, mientras comentaban su parecer sobre aquellas elecciones. «Ya ni me acuerdo la última vez que votamos, que fue pa’l año 22 ó el 23, me parece». «¡Bien poco duró la alegría! A ver esta vez en qué queda la fiesta». «Aquí repite don Mariano, que no hacía falta ni elecciones para saberlo. Pero por ahí, vete tú a saber. Si salen los republicanos nos quedamos sin rey». «Pa’mí que será una desgracia». «¡Quia!, si da igual que estén los unos como los otros. ¡Pa’l campo siempre habrá miseria!». 

Eran comentarios sin discrepancia, como si realmente les diera igual el resultado de las elecciones. Sólo algunos parecían realmente interesados en que ganaran unos u otros, pero tampoco mostraban gran decisión a la hora de defender sus posiciones. Realmente el campesino castellano había perdido el interés por la política, o tal vez no la había tenido nunca.

Cuando sonaron las nueve en el reloj del Ayuntamiento, hora oficial para dar comienzo a las elecciones, se produjo un murmullo general en la improvisada cola. Los votantes escupían los cigarrillos como si estuviera prohibido fumar y votar al mismo tiempo, pero el alguacil no abrió la puerta del Ayuntamiento y la gente empezó a impacientarse. «¡A ver esos de ahí adentro, que ya es la hora, no vamos ya a tener pucherazo antes de empezar!». Gracias como ésas, acompañadas de carcajadas, ayudaban a serenar los ánimos. Quince minutos después la puerta seguía cerrada y por una de las ventanas el alguacil tuvo que dar explicaciones. «¡A ver si os creéis que hacer unas elecciones es cosa de coser y cantar, que hay su preparación. Un poco de pacencia que hay disconformidad de criterios y no se puede abrir hasta que no haya acuerdo!». En efecto, al parecer había disputas acerca la lista electoral. Algunos comisarios habían comprobado que sus vecinos, supuestamente empadronados, no figuraban en ella, pero la verdad es que muchos ni se habían molestado en registrarse en el padrón y no podrían votar. 

 Así es que volvió a salir la petaca de la picadura y pasar de unas manos a otras, al tiempo que la improvisada cola se agrandaba y ya se desbordaba por la calle Mayor en dirección a las eras. Como era natural los chavales seguían importunando con sus peticiones de aguinaldo, pero, a parte de aquel forastero despistado, a nadie se le ocurrió que aquello era una fiesta para tirar perras o caramelos.

Sobre las nueve y media por fin se abrieron de par en par las puertas del Ayuntamiento y dio comienzo la votación. El primero en votar fue recibido con toda clase reverencias por parte de los comisarios, como si aquel primer voto fuera en realidad el que contaba, por lo que debía ser para el candidato de su propio partido. Los chiquillos, yo entre ellos, nos colamos dentro del Ayuntamiento, como si creyéramos que era allí donde estaba el convite. De nada sirvió que el alguacil nos amenazara con su vara, porque seguimos allí importunando a los votantes. Si yo los seguía, a pesar de no ser ya un chaval, era sobre todo por la curiosidad de ver una elecciones «por dentro», porque me parecía algo importante y trascendental que no podía dejar de contemplar. 

Los comisarios leía en voz alta los nombres, introducían la papeleta y corroboraban que fulano de tal había votado, volviéndola a cerrar con un gran sobre de estraza. Había muertos que fueron denunciados y muchos apellidos estaban mal escritos y no coincidían con la cedula de identificación personal, por lo que les impedían votar, salvo que hubiera unanimidad y fuera una persona muy conocida del pueblo. No fueron unas votaciones fáciles, y más de una vez tuvo que intervenir el alguacil amenazando a alguno de los descontentos con arrestarlo por desacato a la autoridad, porque las listas eran realmente un desastre. Pero, finalmente, al filo del medio día, dio por finalizado el escrutinio. El alguacil echó a los chiquillos a golpes de vara y cerró la puerta del Ayuntamiento para que diera comienzo el recuento.

Don Gregorio no dio comienzo la misa a las doce como era habitual, sino que la retrasó hasta que concluyeran las elecciones. Tenía ordenado al monaguillo más espabilado que se informara del resultado tan pronto como corriera algún rumor. Le interesaba conocerlo para saber cuál debía ser el tema y hasta el tono del sermón, no fuera a decir algo inconveniente según cuál fuera el candidato ganador. Daba por seguro que repetiría don Mariano, de Unión Monárquica, porque conocía bien a sus feligreses. En la taberna todos parecían ser de izquierdas pero a la hora de la verdad, no eran de unos ni de otros, sino de la costumbre. Es decir, sabía que votarían por la continuidad de lo que ya conocían.

Como no tenían derecho al voto en aquellas elecciones, la práctica totalidad de las mujeres ocupaban ya las bancadas de la izquierda. En las de la derecha sólo algunos hombres, los más madrugadores y abstemios, ya estaban en la iglesia, pero la gran mayoría se había desplazado a la taberna, para esperar allí los resultados, que no tardaría mucho en saberse.

Yo también me fui a la taberna, más por curiosidad que porque me interesara realmente quién iba a ser el nuevo alcalde. Los hermanos Valiente parecían preocupados, como si ya supieran de antemano que el resultado no sería el que ellos deseaban. Pasadas las doce y media el monaguillo encargado de llevar a don Gregorio noticias sobre los resultados, se acerco antes a la taberna, y desde la puerta, gritó a los parroquianos:

—¡180 votos contra 110. Ha ganado don Mariano!

Y se fue corriendo para la iglesia a informar a don Gregorio para que pudiera dar comienzo la misa.

En la taberna no hubo demasiada agitación por los resultados, porque en su mayoría ya los esperaban. Sólo los hermanos Valiente parecía realmente contrariados.

El campesino que se había enfrentado a los comunistas levantó la garrota, y haciendo un gesto con aire solemne, invitó a los parroquianos a una ronda a su cuenta. 

—¡Pa que vean esos rojos que en los pueblos no queremos historias de’sas de colectismo ni zarandajas! Ha ganao quien tenía que ganar, porque es de sentido común. ¡Venga, Juliano, pon una ronda gratis a los presentes que la ocasión bien vale un dispendio!

Los hermanos Valiente rehusaron la invitación, y salieron de la taberna, pero el resto la aceptaron, y hasta brindaron a la salud del nuevo alcalde.

La misa empezó casi a la una pero la iglesia ya estaba repleta, como era habitual en domingo. Los hombres pasaron de la taberna a la iglesia, y al entrar, algo eufóricos por los efectos del vino, se santiguaban con verdaderos garabatos en el aire. Las mujeres los fulminaban con la mirada, recriminándoles su tardanza y su falta de respeto por llegar a misa de aquella manera. Yo entré con los hombres, pero sin perder la compostura y con el debido respeto al lugar. Inés, que estaba en la primera bancada, me dirigió una complaciente mirada, como dando a entender que estaba orgullosa de mi comportamiento, tan distinto del resto de los hombres. Luego se volvió hacia el altar y se arrodilló al escuchar el sonido de la campanilla del monaguillo que anunciaba el comienzo de la misa.

El sermón de don Gregorio fue de circunstancias, pero no podía ocultar su satisfacción que se hizo patente ya en el comienzo con su habitual  «Queridísimos hermanos», como si aquel día fueran más queridos que el anterior.

Cuando se armó el revuelo fue a la salida de misa. Don Mariano, ya confirmado como vencedor, se presentó con sus colegas de partido a las puertas de la iglesia, y radiante de satisfacción, estrechaba las manos de sus paisanos agradeciéndoles su confianza. 

—Esta noche, si el tiempo nos acompaña, habrá verbena en la plaza para celebrar el evento. Quedan todos invitados, que habrá vino y tortas para quien quiera acompañarnos.

El tiempo fue bueno; el vino corrió en abundancia y las bandejas de tortas de anís se agotaron rápidamente. Los dos músicos del pueblo, Jacinto y Tomasón, que solían animar todas las fiestas con una dulzaina y un tamboril, interpretaron varias jotas castellanas que animaron la improvisada fiesta y hacían volar los pies callosos de las viejas, como si volvieran a tener veinte años. Sólo los hermanos Valiente, que no obstante se acercaron también a la plaza, permanecían resignados y pensativos, y no parecían disfrutar de la fiesta. Inés, por solidaridad con sus hermanos, tampoco se animó a bailar, pero sus pies se movían en el empedrado al ritmo de la dulzaina, como si no tuviera dominio sobre ellos y se esforzara inútilmente en retenerlos. 

Mientras el pueblo celebraba el triunfo de la costumbre, en España entera se gestaba ya el cambio político más trascendental de nuestra historia, y nosotros, infelices, sin enterarnos, porque el coche del partido monárquico, que gracias a su aparato de radio hubiera sido el único medio de saberlo, había vuelto a Sigüenza finalizadas las elecciones.

  

Proclamación de la II República

  

Para nuestro pueblo la fiesta de las elecciones había concluido. Genaro, el «Tejero», candidato socialista, volvió con sus 110 votos en el bolsillo a su trabajo en la fábrica de tejas, calificativo que no merecía porque no empleaba más que al propio Genaro y a tres peones más que acarreaban la arcilla roja con mulos para las tejas y las carretadas de leña de encina para el horno. Pero su imponente chimenea le hacia parecer una fabrica real, porque era más alta incluso que la torre de la iglesia.

El día amaneció turbio pero ya a primera hora de la mañana se veía que la borrasca llevaba camino de Aragón y despejaría bien entrada la mañana. Yo, como de costumbre, llevé el ganado al monte, pero hasta pasadas las diez de la mañana lo tenía en el ribazo próximo al camino, para disgusto de las ovejas que tenían el prado tan mordisqueado que no encontraban otras cosas que raíces. Tan pronto como Inés pasara hacia la escuela, y me lanzara sus bien intencionadas pujas y alguna que otra gracia de las suyas, llevaría el ganado monte arriba, hasta bajar por la otra ladera a una fuente que llaman del Rebolledo, donde siempre había hierba fresca. Al mediodía, después del acostumbrado rezo del Ángelus, una avemaría mascullada más que rezada, tenía por costumbre sentarme en un poyato que los pastores habíamos apañado para este fin, bajo la sombra de una noguera silvestre que crece al pie del manantial que lleva a la fuente. Allí, lejos de la vergüenza de mi mal talante para la música, interpretaba para las ovejas algunas cancioncillas aprendidas del dulzainero en las fiestas del pueblo, con una flauta tosca hecha por mí mismo de una gruesa rama de saúco, siguiendo las explicaciones que me diera el propio dulzainero. No sé si sonaba afinada o desafinada, y si las ovejas apreciaban o no aquel soniquete, pero no parecían desagradarles porque se arremolinaban bajo la encina, apretadas unas a otras como sólo las ovejas saben hacerlo, y ni siquiera balaban mientras duraba mi concierto. Sólo Chispa, mi perra pastora, aullaba de vez en cuando con más afinación que yo mismo. Y así pasaba las mañanas hasta la hora del almuerzo. Después un buen trago de agua fresca del arroyo y una corta siesta, a medio duerme vela, y vuelta al cerro, para estar como una clavo a las seis en el borde del camino, para ver a la Inés al regresar de la escuela.

Ese día estaba yo sentado sobre el ribazo cuando vi subir al cartero, sudoroso y excitado, dando grandes zancadas desiguales y a trompicones, como si andara borracho, pero al parecer lo que sucedía era que la cartera pesaba más que de costumbre y le hacía perder el equilibrio. Cuando llegó a mi lado se quitó la gorra, se secó el sudor de la frente con el dorso de la manga, dejó la pesada mochila un rato en el suelo y cuando le volvió el resuello, me dijo como si yo supiera de qué iba el comentario:

—¡Vamos a tener República!

Yo no sabía de qué me estaba hablando, así es que por cortesía le contesté lo primero que me vino a la mente: 

—Yo creo que está despejando.

—¡Mira que eres burro, Andresito! Me refiero a las elecciones de ayer; que las hemos ganado los republicanos y se va a acabar la monarquía… ¡eso si no hay follón y se arma el lío!

—¿Qué follón?

—Hombre, tú verás; como ha dicho el Almirante Aznar a los periodistas: que el país no puede irse a dormir monárquico y despertarse republicano, así sin más. Veremos a ver qué hacen los del Gobierno provisional, y si el rey se aviene a los resultados y se da las de Villadiego, ¡que aquí, en vista de los resultados, ya está de más!

Yo seguía sin entender, pero el cartero parecía necesitar un interlocutor para expresar sus opiniones en voz alta. Pero no quería parecer un ignorante, así es que le repliqué lo primero que se me ocurrió.

—Hombre, el rey es el que más manda, ¿cómo va a estar de más?

—¡Ay, que país de ignorantes! Quien manda, Andresito, es la soberanía del pueblo, y ésta se expresa en las urnas, ¿comprendes, so borrico?

Me dolía que me trataran de ignorante, pero me lo tenía bien merecido y ésa era la única forma de aprender. Así es que replique con la humildad del ignorante pero voluntarioso.

—¿¡Qué se yo sobre esas cosas si no voy a la escuela!?

—¡Ya, hijo, ya! ¡Pero para eso hemos ganado estas elecciones, para que vayas a la escuela y sepas lo que hay que saber sobre la vida y la democracia! Bueno, te dejo Andresito, que hoy tengo reparto extra —volvió a cargar su pesada cartera, se ajustó la gorra, me palmeó la espalda como hacían todos los que me trataban, y chasqueando los labios, se alejó mirándome con cierta condescendencia—. ¡El que se va a llevar un buen soponcio es don Mariano! —dijo ya mientras se alejaba.

En el camino se encontró con Inés, que bajaba ya hacia la escuela. Parece que debió decirle la misma cantinela y que la Inés tampoco debió de estar al corriente de la situación, porque el cartero hacía gestos de resignación, como los había hecho conmigo, alzando el único brazo disponible al cielo, como clamando justicia a Dios.

Cuando Inés llegó a donde estaba esperándola, me miró recelosa y ausente, como si las noticias del cartero la hubieran afectado. Estuvo un rato en silencio dibujando cosas en el suelo con la punta de su sandalia, y por fin me dijo:

—Mis hermanos sí que se alegrarán, que estaba ayer más mustios que si se les hubiera muerto el caballo.

Yo tenía miedo de volver a meter la pata, y con Inés no quería parecer un patán desinteresado por las cosas del país, así es que callé como asentando, a la espera de que ella prosiguiera la conversación.

—¿Es que tú no dices nada? ¿Te da igual que ganen unos como los otros?

—¡Es que no sé quiénes son los unos ni quiénes son los otros! —respondí espontáneamente, porque era así como lo sentía—. Para mí todos son iguales y dicen las mismas cosas. Si escuchas a don Mariano, pues que lo arregla todo; si escuchas al «Tejero», lo mismo. A ver, ¿dónde está la diferencia? Explícamelo tú, que pareces saberlo todo.

—Mira hijo, tengo otras cosas mejor que hacer que enseñar a un palurdo lo de la política, así es que adiós y con Dios, que llego tarde a la escuela.

Lo que sucedía era que ella tampoco tenía la respuesta, a pesar de que por fuerza tendría que escuchar las conversaciones de los hermanos, siempre enfrascados en política, pero sin que realmente ellos supieran muy bien de lo que estaban hablando. Eran charlas de taberna, resumidas en cuatro conceptos básicos: explotación, injusticia, caciquismo y lucha obrera. Lo que realmente significaba cada uno de ellos no era lo importante, porque los cuatro se resumían en uno: ¡Revolución! ¡Todo lo arreglaba la revolución!

—¡Ea, no te enfades que no era mi intención insultar! —rectificó conciliadora Inés—. Si te digo la verdad, estoy hasta el moño de política, que para lo único que sirve es para desunir familias y enfrentar a las personas. Si yo mandara no habría política, sólo pan para todos y se acabaron todos los males del mundo… 

Se alejó caminando al ritmo de improvisados pasos de baile, lanzando su gastado cuaderno en el aire, que de seguir con aquel trajín no llegaría con hojas al final del curso. Yo volví al cerro para hacer mi recorrido habitual; toqué la flauta para las ovejas, pero al atardecer cambié de plan, y en lugar de volver al camino, rodeé el pueblo para encerrar algo más temprano a las ovejas y pasar por la taberna, por si allí se sabía ya el resultado de las elecciones y podía enterarme de algo y no vivir en aquella ignorancia.

Lo que sucedía en la taberna sí que era una verdadera revolución. El «Tejero» había reunido allí a medio pueblo, y les arengaba sobre la situación creada en el país tras el triunfo de las izquierdas:

—¡Hay que ir al Ayuntamiento y proclamar al República, porque el pueblo se ha expresado en las urnas y ya no quiere al rey ni a su camarilla! En Madrid la gente se ha echado a las calles y por todas partes se ve la bandera republicana. Aquí tengo yo una, ¡ya es tarde para que se vea en el balcón del Ayuntamiento!

El candidato socialista derrotado agitó una bandera republicana que todavía mostraba las marcas de las dobleces de haber estado empaquetada largo tiempo. Yo, al verla ondear en la taberna, me estremecí, no sé si por la impresión de aquel morado de una de sus franjas o porque intuía que aquella bandera significaba realmente la «Revolución». 

No había unanimidad, y la mayoría consideraban más prudente esperar al día siguiente, a ver en qué quedaba todo y si el Gobierno provisional encabezado por Alcalá Zamora se hacía definitivamente con el poder y el rey se exiliaba, como era el rumor más insistente.

Al parecer, también a esa hora don Mariano, el alcalde vencedor de Unión Monárquica, estaba reunido con miembros de su propio partido en el Ayuntamiento, porque sin duda tendría que saber a qué atenerse si finalmente en Madrid se proclamaba la República.

—Aquí hay un compañero ferroviario —prosiguió el «Tejero»— que viene de Zaragoza, donde hoy mismo, o a lo más mañana, se proclamará la República, y lo mismo han hecho en San Sebastián y en otras ciudades y pueblos. Somos las masas las que tenemos que proclamar la República, para que ya sea un hecho y no haya más que rubricarlo.

—Pero ¿y si sale el Ejército? ¡Que no sería la primera vez!…

—Eso ya es agua pasada, aquí ya no hay más golpes militares; ahora la política es la que manda, ¡que el pueblo ya está maduro!

—¿Y si don Mariano se opone?

—¡Peor para él, coño, no puede ir en contra de la voluntad soberana del pueblo!

—¡Pero él ha ganado limpiamente, no podemos echarle!

—Ni hace falta, que él también tendrá que jurar la República. Vaya, menos cháchara y al Ayuntamiento, ¡a proclamar la República en nombre de pueblo soberano!

Seguidos del «Tejero» y su bandera republicana, casi medio centenar de personas, con los inevitables chiquillos importunando con su griterío, el grupo recorrió los escasos cincuenta metros entre la taberna y el Ayuntamiento. Como si todo el pueblo hubiera tenido las misma idea, la plaza estaba ya llena a rebosar de gente, probablemente no habría nadie del pueblo que no estuviera en ella. Al ver al grupo del «Tejero» aparecer con la bandera republicana, se levantó un murmullo que se convirtió casi en un griterío. «¿Dónde vas tan deprisa, “Tejero”?, ¡no nos vengas con tus jodiendas!». «Guarda esa bandera, “Tejero”, que no ha traído a este país más que desgracias», decían otros. «Siempre son los mismos armando yesca, más valdría que se fueran del pueblo», protestaban algunas viejas. En general el pueblo no era partidario de proclamar la República, pero el «Tejero» estaba decidido a hacerlo, tal vez para resarcirse del fracaso electoral. El grupo se abrió paso formado un corro apretado de gente a su alrededor. El «Tejero» se subió sobre el pescante de un carro y agitando la bandera republicana, gritó tanto como le fue posible:

—¡Viva la República! ¡Viva España republicana! ¡Viva Castilla republicana! ¡Abajo la monarquía!

Pero sólo su grupo respondió con un «¡viva!» de compromiso y sin demasiado entusiasmo, tal vez temerosos de las reacciones de la gente del pueblo. Entonces se abrió el balcón del Ayuntamiento y apareció don Mariano, demudado y sudoroso, más por su gordura que por el prematuro sofoco de aquel atardecer, barrido por vientos sureños, como anticipo ya del próximo verano.

—¡Paisanos, paisanos! —grito agitando las palmas de las manos de arriba abajo pidiendo silencio—. ¡Aquí no se proclama nada que no sea legal y como Dios manda! Si hay República, sea, y a acatar la voluntad soberana, pero cuando llegue, ¡no vayamos a comernos la liebre antes de cazarla! —el comentario fue aprobado con unanimidad con un clamor de murmullos—. ¡Aquí la autoridad soy yo por la gracia de Dios y de las urnas, y no hay más República que la que venga firmada y rubricada del Gobierno de Madrid, así es que cada uno a su casa y todos con Dios, ¡que se acabo el mitin!— e hizo ademán de salir del balcón.

Pero el «Tejero» estaba decidido a proclamar la República y con la agilidad de un gato, escaló el balcón, saltó dentro, quitó la bandera monárquica del mástil y ató como pudo la republicana, mientras el asustado alcalde, a medio camino entre el balcón y su despacho, era incapaz de reaccionar, cada vez más sudoroso y congestionado por el nerviosismo. Entonces los hermanos Valiente acompañaron al «Tejero», y a unísono volvieron a lanzar vivas a la República, y sea por su entusiasmo o porque el hecho parecía ya consumado, esta vez si se escuchó un clamor casi general de «vivas», de manera que el pueblo mudó de opinión en apenas unos minutos y se hizo, en su gran mayoría, republicano. Así se proclamó la República en mi pueblo.

Los acontecimientos posteriores a las elecciones fueron un auténtico cataclismo para nuestro pueblo. El 14 de abril la gente no se movió de la taberna, y los que no cabían dentro, se trajeron sillas y taburetes para sentarse en la calle y esperar noticias entre baso de vino, olivas negras de Aragón y sardinas arenques del Cantábrico. El «Tejero» se había hecho con una radio de galena y seguía las noticias de la Radio oficial, pegándose un auricular a la oreja y pidiendo silencio, mientras uno de los hermanos Valiente se cuidaba de la larga antena, empalmada a un hilo de cobre, que pendía del balcón del piso de arriba del local.

Al medio día ya sabíamos que el Gobierno provisional pedía la salida del rey de España antes de que se pusiera el sol y Romanones estaba negociando las condiciones para el exilio. De manera que la República era un hecho y ya se había proclamada en casi todas las capitales de provincia y en miles de pueblos como el nuestro. Don Mariano, el alcalde elegido en mala hora, permanecía en el Ayuntamiento con los suyos y corría el rumor que iba a dimitir si finalmente obligaban al rey al exilio, porque era un monárquico convencido y no estaba dispuesto a seguir de alcalde en un país sin un rey que lo mandara, que era como una casa sin un padre que la gobierne.

—¡Ya está decidido, el rey se marcha al exilio! —dijo el «Tejero» pidiendo silencio a la multitud, y apretándose contra el oído el auricular.

—¿Quién lo ha dicho? —contestó un campesino desconfiado.

—¿Quién lo va a decir?: ¡el Gobierno legítimo de la República, don Niceto! 

Mis paisanos no aprobaban la salida del rey, y menos en aquellas condiciones. Así es que meneaba la cabeza en señal de desapruebo. «¡Esto no puede traer na bueno! ¡Por malo que sea el rey no es cosa de echarlo del país como si fuera un perro! ¡Que culpa tiene el hombre de tener malos ministros! ¿Es que no puede haber toda la Republica que se quiera pero con un rey?»

—¡La Guardia civil ha rendido honores en Madrid al nuevo Gobierno! —seguía informando el «Tejero»—. Se ve que está con el pueblo y con la legitimidad, ¡como tiene que ser! El que le está echando lo que hay que echar es el ministro Maura, les ha dicho a los guardias: «¡Señores, paso al Gobierno de la República!», y los guardias se han cuadrado presentando armas. Y es que Madrid es un clamor a favor de la República, todo el mundo está en la calle. Dice el que radia que no cabe un alfiler desde la Cibeles a la Puerta del Sol.

«Ya no es por el rey, pero ¿y esa familia? —seguían los comentarios aislados de los campesinos—; ¿y esas criaturas? ¡Qué culpa tienen ellas de las cosas de la política! Que se vayan los malos ministros y se quede el rey, que a mí no me parece tan mala persona. Una vez lo vi así como está ahora el “Tejero” y no me pareció mala persona, un poco melindroso y con poco temple pa mandar un país como éste, tan encabritado y rebelde, pero mala persona, na d’eso.»

Serían ya las ocho y los parroquianos no dejaban la taberna. Inés pasó del brazo de sus dos tías abuelas, tocada con el velo, por lo que deduje que irían a la iglesia. Don Gregorio había organizado unas vísperas para rezar un rosario y rogar por la vida de la familia real en aquellos momentos tan críticos. Muchos monárquicos, como él mismo, temían que se produjera un magnicidio, con todas esas masas enardecidas en la calle, y sólo se le ocurría interceder ante Dios para que lo evitara. Otro tanto se debía hacer en miles de iglesias de todo el país. No creo que Inés fuera a la iglesia por devoción ni a favor del depuesto de rey de España, sino por no quedarse en casa en un día tan señalado. En la taberna, en la iglesia o en la plaza del Ayuntamiento, el pueblo entero estaba en la calle haciendo algo para disimular su inquietud y nerviosismo. Saludó a sus hermanos, que estaban al cuidado de la antena, y como era de esperar me lanzó su puya habitual:

—¡Pachasco no estuvieras tú también en la taberna! 

Yo, también como de costumbre, no me daba por aludido, porque sabía que lo decía sin mala fe, sólo era una manera de decirme «hola» o «cómo estás», pero a su manera mordaz.

De pronto el «Tejero» mandó callar a todo el mundo, agitando el brazo y chistando silencio.

—¡A callar todo el mundo, que Alcalá Zamora está pidiendo un minuto de silencio en memoria de los mártires de la república Galán y García Hernández! 

Los campesinos por respeto a los muertos, más que por homenaje a los jóvenes oficiales, se quitaron la boina y con expresión de circunstancia quedaron en silencio, sin ni siquiera mover la boca para terminar de comer las arenques. Alguien sacó un reloj del bolsillo del chaleco y controló el tiempo. Inés se sumó al homenaje y las tías abuelas se santiguaron como si vieran pasar un entierro, sin saber por qué la gente estaba tan callada. Trascurrido el minuto, se volvió a los murmullos.  

Aunque nadie lo supo hasta el día siguiente, a esas horas salía el rey de España camino del exilio por la puerta de atrás del palacio de Oriente, camino de Cartagena, donde se embarcaría rumbo a Roma en el crucero «Príncipe de Asturias», dando así fin al reinado de los Borbones en España, hasta la reinstauración de la monarquía en 1976.

A última hora de la noche ya estaba claro que la II República era un hecho en España y las últimas noticias que se captaban por la radio de galena no hacían sino confirmar que la transición se había hecho sin violencia en toda España, por lo que la gente fue abandonando progresivamente la taberna, recogiendo sus banquetas y retirándose ya más tranquilos y relajados a sus respectivas casas. Sobre las diez de la noche, Inés regresó con sus tías de la iglesia, convencidas de que habían sido sus rezos los que habían evitado un baño de sangre, porque Dios había escuchado el clamor y había intercedido por España, país por el que sentía, según don Gregorio, una debilidad especial, por ser el más católico de la cristiandad, fuera de Roma y el Vaticano, claro está. Y pienso yo que tal vez fuera así.

De regreso a casa vi salir a don Gregorio de la iglesia, quien, a pesar de la hora, se disponía a regresar a Sigüenza a pie, tomando el sendero del río, que es más angosto pero acorta algo el camino. No sé por qué, pero en ese momento sentí una gran admiración por aquel cura, fiel a sus convicciones y que no eludía sus responsabilidades, fueran o no penosas o arriesgadas.

—Buenas noches, don Gregorio —le dije acercándome a él casi corriendo, porque había emprendido ya un vivo paso para su retorno—. ¿No tiene usted una cabalgadura? 

—Buenas noches, Andresito, ¡para cabalgaduras está el patio!

—¿Qué le parecen las noticias?

—¡Malas, Andresito, muy malas!… pero Dios sabrá por qué lo ha hecho... Si lo quiere así ¡por alguna razón será! Ya te digo ahora mismo que no tardaremos ni diez años en matarnos unos a otros. ¡Y que me perdone Dios por ser tan claro, pero lo he visto como si fuera en una revelación!

—¡Hombre, don Gregorio!

—¡Que Dios me perdone!, y no vayas diciendo por ahí que te he hecho este comentario, que no lo he podido evitar. ¡Es que lo veo venir, porque yo conozco bien este pueblo, Andresito! Días vendrán que tú mismo te verás envuelto en esta violencia que se nos viene encima…—volvió a santiguarse, me bendijo, dio media vuelta y emprendió el camino de regreso sin mediar más palabras. 

Yo me quedé como petrificado. Sentía frío en los huesos, a pesar de que la noche no era de las frescas. Se me había erizado el cabello y permanecí mudo y espantado allí, en la puerta de la iglesia, un buen rato sin saber cómo tomarme aquellas proféticas confesiones. Como si despertara de un mal sueño, conseguí recuperarme, respiré hondo, sacudí la cabeza como si quisiera sacarme aquella impresión a golpes, y me dije que don Gregorio había exagerado como cosa de curas, pero que las noticias no eran como para alarmarse.

La noche se tornó clara, con la luna ya en cuarto creciente, así es que pude ver la silueta del cura alejarse por el sendero del río, como si fuera la de un fantasma que se desvaneciese en las tinieblas. Cuando desapareció, proseguí mi camino hacia mi casa, pero sentí como si aquel encuentro me hubiera hecho cuatro o cinco años mayor, y desde esa misma noche se hubiera esfumado la inocencia de mi tardía infancia. Por alguna razón me dejé contagiar de aquellos funestos presentimientos y acabé por sentir sobre mí el peso de aquella terrible premonición.