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Hermann en el purgatorio y otros relatos celestiales
Publicado el jueves 01 de enero del 1970 por Jaime Despree

Cuando les diga dónde me encuentro seguramente que pensarán que estoy loco, o que he fumado marihuana. Todavía peor, que he tomado algún poderoso alucinógeno, como LSD, o, tal vez, que por equivocación he comido algún hongo venenoso que me ha producido visiones raras. No he hecho nada de eso, y ni siquiera puede decirse que tenga un carácter propicio para las alucinaciones, más bien sucede todo lo contrario: soy de carácter realista, sobrio y racionalista. Me considero poco menos que ateo y no dejo que me dominen las emociones. Tampoco puede decirse que tenga una exaltada imaginación, y mi edad no es como para que mi mente me juegue estas pasadas.

Pero, incomprensiblemente, aquí estoy, y ni siquiera sé cómo he podido llegar hasta este tenebroso lugar. Solo recuerdo que estaba cómodamente sentado en mi sillón, leyendo un complicado libro de metafísica, pues ya he dicho con anterioridad que soy racionalista y, por tanto, aficionado a la filosofía, saboreando una humeante taza de café, cuando de pronto se apagaron las luces de mi apartamento y me quedé completamente a oscuras. Reaccioné con absoluta calma.

Primero esperé unos instantes, convencido de que era un apagón temporal. Después dejé el libro, me relajé, y reflexioné sobre los complicados razonamientos de lo que acababa de leer. Como no podía sacar mucho en claro, me levanté y, a tientas, llegué hasta la cocina, no sin tropezar con la mesita del salón. Sabía que en un cajón guardaba una pequeña linterna, pero revolví los trastos que contenía sin dar con ella.

Esto me frustró y hasta consiguió ponerme de mal humor, poco habitual en mí. Me resigné a quedarme a oscuras mientras durase el apagón, y, no sin tropezar nuevamente en la mesita del salón, volví a mi sillón.Allí estuve esperando que volviera la luz, ¡pero no volvió! Apenas habían transcurrido un par de minutos cuando tuve la alarmante sensación de que el sillón se desvanecía y no sentía su contacto. Instantes después fueron apareciendo, primero con palidez, pero enseguida con un extraordinario brillo e intensidad, millones de estrellas, que formaban galaxias y constelaciones.

Y ahí estaba yo, flotando en el espacio, en medio de una tenebrosa oscuridad, iluminada tan solo con el pálido brillo de las estrellas, sin tener la menor idea de lo que me había sucedido, y por qué me encontraba en aquel extraordinario lugar.Tenía la sensación de haber perdido el cuerpo, porque no sentía ni frío ni calor, solo una extraña sensación de neutralidad y bienestar. Pero, como empezaba a temer, era evidente que no me había convertido en un espíritu, sino que permanecía aparentemente íntegro, tal y como estaba sentado en mi sillón.

Podía caminar como si andase sobre el agua, sin tener la sensación del suelo; podía moverme, cambiar de posición, ponerme boca abajo o en posición horizontal, porque en realidad no tenía ninguna referencia para poder establecer cuál era mi posición. Mirase hacia donde mirase, solo había un inmenso espacio tenebroso, lleno de brillantes y espectaculares galaxias, porque desde el extraño lugar en que me encontraba, se podían ver en todo su esplendor sus masas y vapores de tonos azulados, púrpuras y rojos, en formas espirales y otras más deformes y caprichosas.

Si me hubiera aplicado más en el colegio en el estudio de la astronomía seguramente que podía haber reconocido alguna de estas galaxias, sobre todo la Vía Láctea, y hubiera podido hacerme una idea siquiera aproximada de dónde me encontraba, pero en mi primer aturdimiento no llegué a reconocer ninguna de ellas, así es que estaba completamente perdido y desorientado.No sentía vértigo, porque no tenía la sensación de que pudiera precipitarme hacia ningún lugar en concreto.

No había a mi alrededor nada sólido, ningún planeta, satélite o incluso meteorito sobre el que pudiera caer. Era como flotar dentro del agua, pero sin sentir su humedad.Intenté sacar alguna razonable conclusión y enseguida comprendí que simplemente me había quedado dormido, y me encontraba en medio de una pesadilla.

Reaccioné con cierta energía, intentando despertar, porque la situación no era precisamente agradable, pero todo fue inútil. Supuse que había entrado en un sueño profundo del que me costaba despertar y que solo era cuestión de tener paciencia y dejar que transcurriera aquel mal sueño y ver hasta que más situaciones absurdas me llevaría.

Pasaron lo que tal vez fueran varias horas, porque tampoco tenía una clara sensación del tiempo, y, cosa extraña para ser un sueño, pues flotando en medio de aquella nada ¡finalmente me quedé dormido!

 

2.

 

—¡Señor, señor; despierte señor!

Alguien, con una extraña voz aguda pero apagada, me estaba zarandeando. Me desperté convencido de que mi pesadilla había concluido, y volvería a encontrarme en mi confortable apartamento de Berlín, y antes de hacerme cargo de la situación me prometí a mí mismo que jamás volvería a leer un libro de metafísica, al que culpaba de aquel mal sueño. Pero no fue así y Berlín tendría que esperar. La pesadilla continuaba y seguía suspendido en ninguna parte, rodeado del mismo tenebroso espectáculo abismal.

A pesar de la oscuridad pude distinguir a quien me había despertado y, aunque siempre he tolerado a la gente rara, este individuo me provocó un instintivo rechazo. Era un enjuto anciano, encorvado y tembloroso, vestido con lo que parecía un jubón como los que había visto en algunos grabados del siglo XV ó XVI, de un color pardo indescriptible, ceñido con un grueso cordón anudado en la cintura. Los calzones le llegaban hasta la rodilla y cubría sus esqueléticas pantorrillas con unas medias blancas pero oscurecidas seguramente por la suciedad. Se cubría la cabeza con un pequeño gorro de fieltro, tan descolorido como los demás vestidos, con el que cubría un cráneo blanquecino, mientras que sus escasos cabellos se confundían con una larga barba canosa y apelmazada que le llegaba hasta la cintura. Pero, a pesar de su estrafalario aspecto, su mirada era bondadosa y sus movimientos eran lentos y temblorosos, por lo que, pese a su horrible aspecto, me sugerían que se trataba posiblemente de una buena persona. No he mencionado que cargaba con un enorme saco, donde al parecer debía guardar algo de gran valor, porque ni siquiera se molestó en descargarse de él, que, por otro lado, tampoco había ningún lugar donde dejarlo.

— ¿Tiene algo que no le sirva que pueda darme? —me preguntó sin esperar a que hiciéramos algún tipo de presentaciones.

Pero yo no quise desaprovechar la inesperada presencia de aquella extraña persona para indagar en dónde me encontraba, y me salieron un torrente de preguntas apresuradas y sin demasiado orden:

— ¿Pero, dónde estamos? ¿Quién es usted? ¿Por qué flotamos en el espacio? ¿De dónde diablos ha salido usted? No es más que una pesadilla, ¿no es verdad?

El anciano no pareció inmutarse, y como si no me hubiera escuchado, insistió en su demanda:

—    Puede darme cualquier cosa, ya veré después para qué me sirve.

Sin embargo yo insistí:

—    Pero, dígame al menos quién es usted y de dónde ha salido.

—    Ah, quiere saber eso. Pero ¿es que no lo ve? ¡Soy un pobre anciano que se gana la vida mendigando por ahí! ¿Qué más quiere saber? Ah, sí; dónde estamos, ¡y qué sé yo; pregúntele a alguien que tenga más cultura que yo! Pero, algo tendrá que no le haga falta. ¿Por qué no me da sus zapatos? Aquí no son necesarios los zapatos.

Era evidente que no sacaría nada en claro con aquella conversación, pero no me resignaba a desaprovechar aquella oportunidad para aclarar en alguna medida mi absurda situación.

—    Está bien, está bien; le daré mis zapatos si me contesta a una última pregunta, a fin de cuestas en las pesadillas uno puede regalar los zapatos y lo que le de la gana, porque no es más que un mal sueño y ya está. Pero, dígame al menos cómo se llama y de qué lugar procede.

—    Le agradeceré que me de sus zapatos, pero me es imposible contestar a su pregunta. Hace tiempo que lo he olvidado. Solo recuerdo al soldado que me clavó la lanza en el pecho, ¿quiere ver la herida? Era un maldito mercenario católico del Anticristo, en mala hora nacido, del emperador Carlos, pero no me pregunte más. ¿Me dará ahora sus zapatos?

— ¿El emperador Carlos? ¿Se refiere usted a Carlos V?

El viejo hizo un gesto de asco e intentó escupir sin que le saliera saliva.

—    ¡El mismo bastardo!

Entonces aquel viejo andrajoso debía tener cerca de quinientos años, ¡y estaba muerto! ¿Y yo, no estaría también muerto? Como pesadilla había llegado muy lejos. Normalmente en otros malos sueños anteriores solía despertarme cuando estaba en riesgo mi vida, bien porque fuera a ser atropellado, por caerme por un precipicio o ser violentamente atacado por alguien. Pero ahora había sufrido el mismo sobresalto y agitación emocional, pero ¡no me había despertado!

—    Entonces… está usted muerto, y yo debo estarlo también.

El viejo no me sacó de dudas ni parecía haber escuchado, e insistió una vez más en sus ruegos:

—    Ya le he dicho todo lo que sé, y usted me ha prometido que…

—    Esta bien, le daré mis zapatos, ¡maldita la falta que me hacen ya si estoy muerto!

El viejo parecía complacido y con extrema dificultad se descargó del enorme saco, para poder meter en él mis zapatos. Aunque sabía que resultaría inútil, me atreví ha hacerle una última pregunta.

—    Pero, por el amor de Dios, ¿qué lleva usted en ese saco?

—    Ya se lo he dicho, cosas con las que me gano honradamente la vida.

—    ¿En un sitio como éste?

—    En cualquier parte es preciso ganarse la vida.

—    ¡Pero usted está muerto!

—    ¿Muerto yo? ¡Qué absurdo! Harían falta cien picas como las que me atravesó el pecho para acabar conmigo.

—    Entonces yo…

—    Si ha prometido darme sus zapatos, no me haga perder más tiempo.

Sin duda que el viejo estaba perturbado y no era consciente de su estado. Lo peor era que yo mismo estaba a punto también de perder el juicio. Era preciso que intentara calmarme, darle mis dichosos zapatos, y que me dejara solo para tratar de reflexionar sobre aquella extraña situación, si eso era posible.

—    Gracias, y ¡que Dios se lo pague!

Apenas me dio las gracias, metió mis zapatos en el saco, se lo cargó de nuevo sobre sus encorvadas espaldas y, con paso inseguro pero decidido, vi como se alejaba hasta perderse en las tinieblas.

 

3.

 

Aquel viejo misterioso me dejó sumido en una angustiosa confusión mental. Algo verdaderamente grave me había sucedido, pero ¿qué? Yo no podía estar muerto, porque no había ninguna razón que lo justificara. Mi salud es razonablemente buena. Tal vez padezca de una úlcera de estómago por mis frecuentes ardores, que ya debería de haber acudido al médico para salir de dudas de una vez. Pero eso no es causa de muerte. Es cierto que abuso de la mostaza en las salchichas, pero es superior a mis fuerzas el evitarlo. Puede que abuse también del café y fumo más de lo que desearía yo mismo, pero me falta voluntad para dejarlo. A lo mejor sin yo saberlo mi corazón estaba debilitado. O tal vez tenía la tensión muy alta y he padecido un infarto, pero la última vez que me la tomaron parecía normal. Además, estas cosas no suceden así por las buenas; tendría que haber tenido algún síntoma previo; unas palpitaciones; un dolor en el pecho, ¡algo, digo yo! Pero anoche me encontraba perfectamente bien, tan solo sucedió aquel inesperado apagón, y si no me hubiera tropezado con la mesa podría pensar que quien se levantó en busca de la linterna era ya un espíritu. Pero tropecé dos veces, así es que todavía estaba vivo. Y después, todo sucedió rápidamente. ¿Sería entonces cuando me sobrevino la muerte de forma súbita e insensible? ¡No es posible; no, eso no ha podido sucederme a mí!

—    Lamentablemente sí te ha sucedido. Tuviste en efecto una muerte súbita cardiaca.

—    ¿Quién…?

—    No preguntes quién te habla, porque no puedo responderte. Te hablo a través de tu conciencia. Empieza a hacerte la idea porque estás muerto y no eres más que un anticuerpo, el espectro de lo que eras físicamente en el momento de tu muerte. Tal vez lo entiendas mejor si te digo que estas compuesto de anti-materia. Una materia sutil previa a la energía. Eres similar en todo a lo que eras en el instante de tu muerte, excepto que ahora careces de sensaciones, porque eres todo espíritu y mente; es decir, tienes plena conciencia del bien y del mal, pero careces de sensibilidad. Como deseas saber donde te encuentras, no te sorprendas si te digo que estás en el Purgatorio, un espacio intermedio entre el cielo y la tierra. Algo, que no es tan grave como para merecer el infierno, debe pesar sobre tu conciencia cuando no has ido directamente al cielo. No te alarmes, de aquí se puede salir, pero alguien tiene que ayudarte para que puedas librarte del sentimiento de culpa de tu conciencia. No obstante, te prevengo que esto puede llevarte años o tal vez siglos. Aquí el tiempo es cósmico y mil años es un periodo relativamente breve de tiempo.

—    ¡De modo que estoy muerto!

—    Desgraciadamente, así es.

—    Y tú eres la voz de mi conciencia.

—    Cierto.

—    Y estoy en el Purgatorio.

—    Al menos por el momento, aquí estás.

—    Por alguna falta cometida que todavía pesa en mi conciencia.

—    Esa es la razón.

—    Pero ¿qué falta es esa, si puedo saberlo?

—    Eso es cosa tuya el averiguarlo, para eso tienes la conciencia.

—    Pero yo habré cometido miles de faltas en el transcurso de mi vida, ¿cómo saber cuál de ellas es la causa de que me encuentre en el Purgatorio?

—    Solo tú mismo tienes la respuesta. Ahora tendrás tiempo de sobra para averiguarlo. El cielo puede esperar.

—    ¿El cielo? Pero ¿qué es el cielo?

—    Lo sabrás tan pronto como te libres de tu culpa.

—    Para ser la voz de mi conciencia, no eres muy habladora.

—    Adios, Hermann.

—    ¿Cómo sabes mi nombre?

—    Recuerda que soy tu conciencia. Lo supe desde el mismo día en que lo supiste tú. ¡Suerte en tu largo viaje, Hermann. Recuerda, solo alguien que te ayude puede sacarte de este lugar.

La voz de mi conciencia no dijo nada más, y me dejó sumido en una angustiosa perplejidad. Entonces me asaltaron cientos de imágenes y pensamientos que me deprimieron todavía más. Si realmente estaba muerto, ¿quién descubriría mi cadáver? ¿Se inquietarían mis colegas de la biblioteca y vendrían a mi apartamento para interesarse por mí? Por suerte dejé una copia de mi llave a la encargada del edificio y no tendrán que tirar la puerta abajo. Bueno, al menos mis pobres padres ya fallecidos se ahorrarán este disgusto. Y ¿dónde me enterrarán? Seguro que me incinerarán y arrojarán mis cenizas al contenedor de las basuras del crematorio. Pero ¿y mi cuenta del banco? ¿Quién se quedará con mis ahorros? ¿Y qué pasará con mi cuenta de correo electrónico? Nadie más que yo conoce la clave. Debí apuntarla en algún sitio fácil de encontrar. ¿Se extrañarán mis más de ciento cincuenta amigos de Facebook de que ya no postee? ¿Quién de ellos dará la noticia de mi muerte, y qué dirán en sus comentarios? ¡Menos mal que, al menos, no tengo cuenta en Twitter! Pero, ¿en qué estoy pensando? ¡Me acabo de morir y me preocupo por esas estúpidas nimiedades! Debo calmarme, afrontar los hechos, despreocuparme de cuanto he dejado atrás, y concentrarme en mi salvación. ¡Estas tinieblas son insoportables! ¿Cómo voy a vagar por esta tenebrosa oscuridad durante mil o dos mil años? ¡Ni siquiera podré tener la noción del tiempo! Aquel viejo loco lleva aquí ya casi quinientos años y sigue igual que el día de su muerte, convencido de que no ha muerto. Aquí no hay días ni noches; no hay un tiempo para la vigilia y otro para el sueño. Entonces, ¿cómo voy a hacerme una idea del paso del tiempo? Pero ¿quién puede ayudarme a salir de aquí, y qué tiene que hacer por mí? Mi conciencia está ofuscada y no puedo pensar con claridad, es mejor dejar descansar la mente y no pensar en nada, en nada en absoluto. ¿No es absurdo estar muerto y seguir pensando?

 

4.

 

Durante unos instantes logré librarme de mis angustiosos pensamientos concentrando mi atención en la contemplación de una de las galaxias más espectaculares que tenía a la vista. Tenía una forma en espiral, pero con irregularidades. El centro era de un blanco intenso y brillante, y a medida que se expandía los tonos iban cambiando del rosáceo al violeta, y los jirones de densas nebulosas de los extremos eran de color azul pálido. Probablemente la leve claridad que me iluminaba provenía principalmente de aquella fantástica galaxia. Me hubiera gustado conocer su nombre, seguramente que era familiar entre los astrónomos de la tierra.

Cuando había logrado calmar mis excitados ánimos con aquella extraordinaria visión, volvió a sobresaltarme porque creí ver, perfilándose en el resplandor de la galaxia, una figura humana, e instantes después no salía de mi asombro al encontrarme frente a una joven ataviada al estilo de las antiguas campesinas alemanas, con una camisola blanca y un corpiño rojo con primorosos bordados; unas largas sayas hasta los tobillos, cubiertas con un delantal sujeto por una de sus esquinas en la cintura. Llevaba sus pequeños pies descalzos. Tal vez no tendría más de veinte años, de larga cabellera rubia hasta la cintura, que recogía en dos largas trenzas, y cubría con una cofia blanca, sujeta con un broche probablemente de plata en forma de rosa con los pétalos abiertos. Sus facciones eran agradables pero tristes. Pero lo más asombroso era que llevaba en cada mano uno de mis zapatos, los que le había regalado al viejo loco hacía apenas unos instantes. Se acercó a mí con cierta timidez y embarazo, y alargándome los zapatos me dijo:

—    Tenga, señor, sus zapatos. Mi abuelo no debió pedírselos, y usted fue muy bueno al dárselos.

—    ¿Su abuelo? ¿Aquel viejo chiflado es su abuelo?

—    Así es, señor. Pero no está chiflado, solo algo confundido. Eso es todo. Bueno… adiós, señor, y le pedimos disculpas, pero ahora tengo que volver con mi abuelo.

Con cierta indecisión, como si esperase que yo la retuviera, se dio media vuelta y pude ver una horrible herida en su espalda, que le desgarraba parte del vestido. Entonces comprendí que tal vez el viejo y ella murieron por las mismas causa, traspasados por la picas de los mercenarios católicos de Carlos V.

—    ¡Espere, espere! No se vaya sin decirme quién es usted y como ha llegado hasta aquí.

—    ¿Qué quiere que le diga? No puedo entretenerme mucho. Mi abuelo ya me estará echando de menos.

—    Solo desearía saber cómo…, cómo…, quiero decir, ¡cómo ha muerto usted!

—    Ah, eso. A mi abuelo y a mí nos mataron los católicos el mismo día. Yo trataba de huir, corrí cuanto pude, pero me clavaron una lanza por la espalda. No fallecí en el acto, y pude arrastrarme hasta donde estaba mi abuelo, que intentó socorrerme. Entonces el mismo soldado lo mató despiadadamente a él también, clavándole la lanza en el pecho cuando me sostenía en sus brazos…

—    ¡Malvado!

—    Sí, eran muy crueles estos mercenarios católicos.

—    Entonces, ¿son ustedes protestantes?

—    Sí señor; luteranos, y solo por eso nos mataban.

—    ¿Y dónde sucedió?

—    Vivíamos en la hermosa ciudad de Magdeburgo.

—    Ah, fue durante el sitio de Magdeburgo.

—    Sí señor; lo arrasaban todo. Mataban niños, mujeres y ancianos, sin ninguna clemencia. ¡Y se decían cristianos!

Ambos permanecimos unos instantes en silencio, sobrecogidos por la imagen de aquellas horribles matanzas.

—    Fue algo espantoso, sin duda…

—    ¿Fue? ¿Es que los católicos ya no matan a los protestantes?

—    ¡Por supuesto que no! Hace siglos que viven en paz unos con otros.

—    ¿Es cierto eso? ¡Mi abuelo debería saberlo! Es una gran noticia y puede que le devuelva el juicio.

—    Según parece él todavía no es consciente de que está muerto.

—    Eso es lo malo. Cree que está vivo y sigue con su rutina, como si estuviera en Magdeburgo. Sabe, recogía cosas que la gente le daba por inservibles y las vendía en el mercado. Así sacaba algunas monedas que ayudaban en casa. Yo estaba empleada de criada en casa del Burgomaestre, ¡Una buena persona, que los católicos debieron matar también!

—    ¿Y sus padres?

—    Murieron durante la última epidemia de peste. Ahora seguro que deben estar en el cielo. Si pudiera convencer usted a mi abuelo, podría dejar este horrible lugar y subir también al cielo. En el fondo es una buena persona, pero está lleno de odio contra el emperador.

—    Si lo cree así, puedo intentarlo.

—    ¿Hará eso por mí? ¿De verás lo intentará?

—    Claro; por supuesto. No me cuesta nada.

La pobre criatura se frotó las manos llena de júbilo, y, por primera vez desde que la conocí, vi una sonrisa en sus labios y su expresión se hizo más graciosa y juvenil.

—    ¡Espere aquí, no tardaremos ni un minuto!

—    Dime antes como te llamas.

—    Eloisa; eso creo, porque así me llama mi abuelo.

Y se perdió en las tinieblas por las que había aparecido. Por un momento pensé que aquella dulce criatura nunca había estado allí y que había sido una aparición causada por mi alterada conciencia, que, desde que me lo advirtiera su voz, buscaba desesperadamente alguien que me ayudara a salir de aquel Purgatorio. Pero cuando vi que tenía mis zapatos en la mano me alegré, porque era la prueba de que aquella joven había estado allí, y seguramente volvería con el abuelo, tal y como me había prometido. La paradoja es que iba a ser yo quien ayudara a alguien a salir de aquel tenebroso lugar.

 

 

5.

 

Se hizo de nuevo un pavoroso silencio, aunque por instantes creí percibir un extraño sonido, como si fueran las notas agudas de un órgano, con cierta armonía, pero sin que formara una frase musical concreta. Era un tono monótono, a veces mas grave y otras más agudo. El sonido era agradable y solemne, pero al mismo tiempo aterrador, porque parecía provenir de las galaxias. A veces se desvanecía totalmente y reinaba el más absoluto silencio. ¿Tendría que escuchar aquella música espectral los mil o dos mil años que permaneciera en aquel Purgatorio?

Por suerte la llegada del viejo y la joven Eloisa me sacaron de aquella angustiosa suposición.

—    Señor, dígale a mi abuelo lo que me ha dicho a mí. A usted debe creerle.

El viejo me observaba incrédulo, pero parecía inquieto y expectante. Yo traté de hablar con aplomo y ser lo más convincente posible. La joven empujó suavemente al anciano para que se acercase más a mí y le descargó de su voluminoso saco.

—    Es cierto, señor, y debe creerme. Hace años que los católicos y los protestantes conviven juntos en paz y armonía.

—    No puedo creerlo; usted debe ser católico y trata de engañarme, pero yo no renunciaré a mi fe, ¡antes prefiero mil veces la muerte!

—    ¡Abuelo, no sea tan obstinado! – le recriminó la joven.

—    Ya no hay guerras religiosas en Alemania. ¡Carlos V ha muerto, y sus sucesores también!

—    ¿El emperador ha muerto?

—    ¡Completamente! ¡Hace ya casi cinco siglos!

—    Pero, ¿quién es usted, y por qué sabe todo eso? ¿Es un emisario de la Liga protestante?

—    No, no; de eso hace ya muchos años. Pero yo también estoy muerto. Lleva usted mucho tiempo en este Purgatorio y yo acabo de llegar del mundo de los vivos. Las cosas han cambiado mucho en el mundo desde que usted está muerto.

—    Debe creerle, abuelo, se lo dice con buena intención. Este señor no quiere herirle. Es una buena persona; ¡le regaló sus zapatos! – intercedió nuevamente la joven.

El viejo pareció afectado, como si mantuviera una profunda lucha interior. Cambió una interrogante mirada con su nieta y ella hizo un enérgico gesto de afirmación con la cabeza.

—    Entonces, estoy muerto, y de nada me sirve recoger cosas inservibles…

—    No, abuelo, ya no le sirve de nada; ya nunca podrá venderlas en el mercado. Todo ha terminado para nosotros. Ahora solo nos queda ganar el cielo, y este buen hombre puede ayudarnos.

El viejo permanecía confuso. Le temblaban las pantorrillas y seguía intercambiando angustiosas miradas con su nieta. Por fin me pareció que había aceptado los hechos, porque se acercó a su nieta, estrechó su mano, y exclamó desolado:

—    Entonces, aquel soldado nos mató a los dos el mismo día…

—    Sí, abuelo.

—    ¡Y tú lo has sabido todo este tiempo!

—    Muchas veces he intentado convencerle, pero usted se obstinaba.

El anciano parecía sereno y resignado. Se volvió hacia mí y me preguntó si sabía como había muerto el emperador.

—    Enfermo y cansado de pelear contra todos los príncipes de Europa se retiró a un monasterio en España…

—    ¿Se hizo monje ese Anticristo?

—    Oh, no; en absoluto. Él siguió siendo el mismo arrogante y fanático personaje de siempre, como todos los Habsburgo de aquellos tiempos. Pero en sus últimos años la gente le perdió el respeto. Incluso los monjes y lugareños del monasterio le hacían la vida imposible. Ni siquiera el hijo le tenía mucho respeto.

—    ¿El joven Felipe?

—    Sí, el mismo. Finalmente falleció después de una dolorosa agonía, víctima del paludismo, aunque desde muy joven ya padecía de la dolorosa enfermedad de la gota, tan frecuente entre los príncipes de entonces.

—    ¡Dios le castigó!

—    En sus últimos días debió padecer de grandes remordimientos, porque prácticamente perdió el juicio. Hizo que los monjes del monasterio celebrasen sus exequias mientras estaba todavía vivo y permanecía dentro de su propio ataúd.

—    Ha debido ir directamente al infierno – me interrumpió la joven.

—    ¡Sin duda alguna!

—    ¿Y qué sucedió después?

—    Desgraciadamente su hijo Felipe no se comportó mejor que él, y provocó una larga guerra entre católicos y protestantes. Pero finalmente se firmó un acuerdo de paz por el que se decidió que el norte de Alemania profesaría mayoritariamente el protestantismo y el sur el catolicismo, pero con libertad religiosa en ambas partes. Hoy las iglesias católicas y protestantes están unas al lado de las otras y las dos confesiones conviven pacíficamente.

—    ¡Alabado sea Dios! –exclamó el viejo, y después pareció sumirse en una profunda reflexión. - ¡Yo le perdono! Si Dios ya le ha castigado, yo debo perdonarle, pues el Señor nos dijo que debíamos perdonar a nuestros enemigos, y yo no tengo más enemigo que el emperador.

Lo que sucedió inmediatamente después fue asombroso. El anciano pareció caer en un beatífico estado de trance. Su tenue figura empezó a desvanecerse al tiempo que adquiría un leve resplandor, que fue en aumento hasta que se convirtió en una pequeña luz blanca de una deslumbrante intensidad, que nos iluminó como si se tratará de una diminuta estrella. Un instante después de esta extraordinaria metamorfosis, la luz fue vertiginosamente absorbida en dirección a la gran galaxia blanca que lucía sobre nuestras cabezas, y supongo que fue a fundirse con ella. ¿Era aquello el cielo de que habló mi conciencia?