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MUESTRA

1. Por qué vivo en Berlín

Bueno, uno nace accidentalmente en tal o cual país del mundo, y se pasa el resto de su vida tratando de dar con el país en el que le hubiera gustado nacer. Hay quien tiene oportunidad de viajar por el mundo y comparar unos países con otros y sacar sus conclusiones. Yo soy de esos afortunados y he recorrido medio mundo. Por ejemplo, durante mi estancia en los Estados Unidos tuve al principio una agradable impresión. Primero fue San Francisco, con su fascinación cosmopolita, su ambiente hippy, sus interesantes cafés, el encanto de sus barrios victorianos, sus tranvías, las brumosas playas del Pacífico y la soleada Área de la Bahía interior, su inquietante barrio chino y el latino, con sus graffitis políticos e imágenes de Frida Kahlo y Paco Rivera, o del Día de los muertos mejicanos.

Luego residí algún tiempo en Los Ángeles, tan cinematográfica y tan sugerente. Con su letrero de Hollywood en la ladera, sus barrio súper lujoso de Beverly Hill, y Sunset Boulevard, con sus altas y cimbreantes palmeras; los ríos de tráfico de sus inmensas autopistas con dirección a las playas de Santa Mónica o Long Beach, llenas de surfistas y bellísimas patinadoras, sus animados cafés playeros, sus lujosas mansiones en los arenosos acantilados que bordean la costa.

De Los Ángeles me fui a Nueva York, con su poderoso atractivo cosmopolita, su Manhattan desconcertante y a la vez impresionante, su lujosa Quinta avenida, su inmenso y medio salvaje Central Park, los ferris canarios de Staten Island, la animación callejera del Harlem latino y afro-americano y, en fin, tantos excitantes lugares rebosantes de energía creadora. Pero la primera buena impresión pasó y quedó la cruda y simple realidad de sus cientos de mendigos indigentes, ocultos en sus parques durantes las frías noches de invierno en enormes cajas de cartón de embalajes de neveras, sus barrios sucios y degradados y desangelados, su estresante ritmo de vida, su frialdad urbana, su loca persecución del éxito económico y la tragicómica vanidad de las candilejas de Broadway. ¡No, ése no era mi país soñado! Aunque confieso que estuve a punto de dejarme seducir por sus cantos de sirena y su «sueño americano», que ahora sé que no es más que un mal sueño, o mejor, una angustiosa pesadilla americana. Por eso me fui de allí tan pronto como el primer neoyorquino al que le comenté mis últimas impresiones me contestó: «¡Pues si no le gusta, váyase a su país!» Pero seguí vagando por ahí, de un país a otro, buscando algo que no tenía ni idea de qué era, pero que lo sabría tan pronto como lo viera. ¡Y sucedió en Berlín! Por eso estoy aquí.

No es que Berlín sea el paraíso. A decir verdad es una ciudad algo desdichada, pero no triste. Es desdichada por su pasado, pero sobre todo porque por culpa de ese pasado se ha rehecho como una ciudad modelo, tanto que yo creo que sus habitantes viven agobiados por un exceso de orden, respeto, tolerancia y buena educación, que está lejos de estimular su imaginación, como sucede en Londres, en Roma o en París. Ese comportamiento cívico tan ejemplar resulta en ciertas ocasiones algo agobiante. Sólo rara vez los berlineses dejan volar su imaginación y hacen lo que les viene en gana. Prácticamente carecen de fiestas locas. La vida nocturna es tan discreta que parece que no exista, salvo las noches de cabaret para turistas y jubilados del Friedrichstadt Palace. Mientras tanto las calles se llenan de sórdidas salas de juego, póquer sobre todo, un desdichado pasatiempo que da una idea de su languidez y falta de espontaneidad e imaginación artística ciudadana. Tal vez por esta razón los espectáculos callejeros espontáneos son por lo general pobres, poco inspirados, y en su mayoría vulgares, como esos grupos de rock descamisados, sudorosos y desafinados que suelen tocar, quiero decir armar escándalo, en la Pariser Platz. Y ahí están sus estatuas vivientes con los típicos iconos de la ex RDA, URSS y USA juntos, para satisfacer el morbo de turistas con escasa sensibilidad artística, como son casi todos los turistas del mundo, ávidos de tópicos y estereotipos, según los traen en la cabeza, inculcados por las agencias de viajes, las malas guías de turismo o algunos nefastos blogs de Internet.

Entonces, se dirán, ¿cuál es el encanto de Berlín que me ha seducido desde que puse los pies en ella? Es difícil de explicar y me ahorraría mucho trabajo si supiera que han leído «El lobo estepario» del Hermann Hesse, como creo yo que lo hemos leído casi todos los de mi generación. Esta ciudad es una estepa perfectamente urbanizada, por supuesto llena de lobos esteparios, potenciales suicidas que nunca atentarán contra sus vidas, de una languidez bellísima, que se demuestra en la melancólica mirada de sus mujeres, tan inteligentes que ha renunciado a entender el mundo que les rodea para limitarse a bebérselo con abundante cerveza o café hasta intoxicarse. Es, por tanto, una ciudad centro europea; es decir, limpia, ordenada y pequeño burguesa, pero habitada por lobos esteparios con un alma derrotada por las terribles contradicciones que tienen que soportar día a día, desde la mañana a la noche.

Y ese vivir intensamente las contradicciones de este mundo es lo que la hace encantadoramente desdichada. Desdicha que, puestos a ser contradictorios, encierra cierta alegría, la de sentirse salvados de inocencias perjudiciales, fantasías sin fundamento o ilusiones sin esperanza de ninguna clase. Por eso Berlín es la gran atalaya del mundo, desde donde se contempla todo lo que es tal y como es y no como desearían que fuera. Es la conciencia de la «vieja Europa», con nuevos brotes también viejos, niños que son como adultos y adultos que no pueden ser como niños. Una mezcla de optimismo racionalista y pesimismo idealista, si se puede decir, al que le falta un poco de luz mediterránea, la suficiente como para imaginar cosas que no son. Si Berlín fuera música sería el torturado Concierto para violín de Mendelsshon, hijo de la ciudad hermana de Hamburgo, pese a que esta ciudad de «tierra adentro» goza del viento húmedo y mágico de ese Mediterráneo de los países del norte de Europa, como es el mar Báltico, aspecto que se puede sentir en este gran músico. Pero también serían los Conciertos de Brandemburgo, de Bach, antes de que fuera desdichada, o la Novena sinfonía de Beethoven, cuando fue imperial y clásica.

Por todo esto siempre he sabido que Berlín era el lugar que estaba buscando y, por tanto, el que considero mi verdadero hogar. Porque yo no soy un artista imaginativo, en cuyo caso me hubiera ido en busca de la luz, el sabor y el color de la Provenza francesa o de la Toscana italiana; tampoco soy un intelectual o sociólogo, en cuyo caso me hubiera quedado en Nueva York, ni un divo, para lo que hubiera servido Los Ángeles. Tampoco soy una persona que necesite mucha animación, para lo que hubiera elegido Londres o París; no, yo soy una persona simplemente resignada, otro lobo estepario; seguramente que un potencial suicida aferrado a la vida; alguien que detesta el orden y el carácter pequeño burgués, pero que no puede vivir sin sus grandes ventajas de todo tipo; soy una persona tan complicada, desencantada y frustrada que todo el mundo me encuentra encantador, como si ellos fueran la boa del cesto y yo su flautista embaucador.

Por eso ¿dónde podría vivir mejor que en Berlín? ¿Dónde puede una persona derrotada y desencantada, un simple observador compulsivo de este curioso mundo, gozar de la estima de sus conciudadanos? Allí donde seamos comprendidos y tolerados; allí donde el desencanto sea un valor social apreciable, siempre que no sea destructivo sino moderadamente creativo. Pero no esperen que en Berlín vivan muchos Picassos, Matisses o Van Goghs; no, aquí viven artistas frustrados, desencantados, desilusionados y solitarios como lobos esteparios, y por eso producen un arte desdichado, pero no triste, pues el arte nunca es triste. Y si no lo creen, ahí estaban los expresionistas de «Die Brücke», y sus desdichadas obras de arte. Por esa razón sospecho que mis notas serán también algo desdichadas, pero en ningún caso tristes. Nunca he sido más infeliz, pero he estado más contento y satisfecho. Nunca he disfrutado tanto de una ciudad tan amable y educada, donde uno puede observar sus gentes a sus anchas, porque se dejan observar, cuando en otras ciudades y culturas la observación de la gente está, sencillamente, condenada, desacreditada y por tanto mal vista y poco tolerada; aquí las cosas para los buenos observadores son distintas, y uno goza de la paz y la tranquilidad necesaria para pensar tranquilamente en aquello que observa. Esta es, sin más preámbulos, la idea de estas notas. Espero que al menos, si no les gustan les entretengan, pues hoy la mayoría de los escritores no aspiran ya a otra cosa que a entretener.

 

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