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MUESTRA

 

PRÓLOGO

 

La realidad que circunda al hombre que piensa, o su «circunstancia», es desproporcionadamente inmensa para su también inmensa pequeñez dentro del universo, y su capacidad de conocer y entender, es decir, su inteligencia no puede contestar a todo cuanto se pregunta. El padre de la filosofía, Tales de Mileto, se cayó a un pozo mientras paseaba meditando en torno al universo, y tuvo que ser una modesta sirvienta quien le recordara que la realidad no sólo estaba en las estrellas sino en los pozos del camino.

No solo eso, sino que muy pronto el hombre que piensa se tropezó también contra las limitaciones de su propia naturaleza, y desconcertado descubrió que después de todo final siempre había un principio; es decir, pronto fue consciente de la dualidad de la naturaleza de la que, aún a su pesar, formaba parte. Ante este descubrimiento perfectamente razonable, el de la infinitud y de la eternidad, no tuvo más remedio de caer en la irracionalidad e «imaginar» algo capaz de superar esta fatalidad, en su desesperada búsqueda de lo único y lo absoluto, a lo que llamó «Dios». Idea que existe en todas las culturas y lenguas del planeta, pues en todas ellas el hombre que piensa alcanza las mismas «razonables» conclusiones. 

Por otro lado, y volviendo a la anécdota de Tales, el hombre que piensa debe de ocuparse del hombre que siente, no sólo para dar satisfacción a sus deseos, sino para defenderse y asegurar su descendencia.

Poniendo orden en todas estas evidencias, llegué a la conclusión obvia de que la «realidad» no sólo la puede interpretar en el hombre que piensa, es decir, el filósofo, sino también el que imagina o el religioso, y el que siente o el científico. En otras palabras, el ser humano se organiza en torno a tres sistemas simultáneos y paralelos, y que no llegan a converger nunca: el filosófico: fruto de lo que piensa, del que surge el «sistema político»; el teológico: fruto de lo que imagina, del que surge el «sistema religioso», y el científico: fruto de lo que experimenta, y del que surge el «sistema económico». 

Este ensayo interpreta la historia del ser humano como el resultado del enfrentamiento entre estas tres percepciones de la realidad, pues sólo en nuestros días, y en las sociedades más avanzadas, han dejado de combatirse enconadamente gracias a la plena aceptación de la democracia y el Estado de Derecho.

Este no ha sido un logro exclusivo del hombre que piensa, sino también del que «ora et labora», del creyente y del trabajador, es decir, de la religión y de la economía, pues ambas, pese a tener fundamentos irracionales, han aceptado de buen grado los principios democráticos y de respeto mutuo pensados por filósofos. Por esta razón una sociedad productiva, de derecho y libre, debe mantener necesariamente un equilibrio entre las ideas filosóficas o políticas, la economía y la religión, que expresado en términos históricos no son sino los principios de la Revolución francesa: «Liberté, Égalité et Fraternité». Cualquier desequilibrio es contrario a la realidad según la percibe el ser humano.

El dominio de la economía lleva al «materialismo», sin libertad ni moralidad, y concluye en una sociedad dominada por la tecnología; el domino de la política lleva al «idealismo», sin libertad ni moralidad, y concluye en dictadura, incluso si es «razonable»; por último el dominio de la religión lleva al «espiritualismo», con la merma de la productividad y de la libertad y concluye inevitablemente en fanatismo teocrático. 

 

I. EL SISTEMA ECONÓMICO

 

 

I. LA LARGA MARCHA HACIA LA ECONOMÍA DE MERCADO

I.1. La noción del tiempo y la angustia de vivir

No resulta fácil definir qué es la libertad, pero la libertad, que es el valor fundamental sobre el que se asienta el liberalismo, forzosamente tiene que poder demostrarse, o de otra forma el liberalismo sería un sistema «sin fundamento» y sin una teoría concreta. Esto nos lleva a intentar formular una primera definición que sea «razonable» y «lógica» y que sería ésta: «La libertad es la sinergia que produce la creatividad». Pero esta escueta definición necesita urgentemente su desarrollo y razonamiento.

Toda creación es una «hipótesis»; es decir, es una nueva idea «por defecto» antes de realizarse, y para realizarse «en efecto» necesita algo que no está en la realidad de quien la «concibe», y ese «algo» es, precisamente, la «libertad». Así, la «libertad» es una «sinergia» de la creación. El resultado final nunca se hubiera podido realizar sin «libertad», porque sin ella la idea no sería nueva, sino existente ya en la realidad. ¡Pero, en ese caso, ya no hubiera sido una creación, sino una repetición, una «réplica»! 

Ya tenemos algo fundamental que nos aclara qué es la libertad: «La libertad es una condición de todo ser natural que esté dotado de una mente creativa, y es el proceso de la creación en sí misma». Sólo pueden gozar de libertad aquello que «creen en algo», y es más libre cuanto más variadas y continuadas sean sus creencias y sus creaciones. Es decir, que la libertad, en realidad, es lo que hace que las creencias devengan en creaciones. Así, toda condición o ley que «limite» las creencias, limita, a su vez, las creaciones, y por tanto la propia libertad. Ahora podemos comprender por qué los planetas no son «muy creativos», porque no pueden «creer» en otra cosa que la derivada de las leyes inmutables de la gravedad. 

Si consideramos ya que la libertad es lo «arriesgado» del proceso de la creación, toda libertad en potencialmente «arriesgada y desestabilizadora», salvo que esté «sujeta a ciertas limitaciones» que permitan a la propia libertad realizarse sin «destruirse». Es decir, que «la libertad debe limitarse para que sea posible la estabilidad y permanencia de las cosas libres». 

Esta teoría, aplicada al «liberalismo», no puede sino llevarnos a la conclusión de que la libertad de la creatividad social se vuelve «arriesgada y desestabilizadora» si no está limitada por alguna ley, norma, sistema o valor moral, que al aplicarse haga posible su propia permanencia. En otras palabras, la libertad sin alguna limitación se destruiría a sí misma y dejaría de ser creativa. 

La intención de este ensayo es, desde luego, hablar de liberalismo y de capitalismo, pero como ideas en sí mismas, y como si no supiéramos qué son y qué relación tienen con el ser humano y con su historia. Por tanto nos interesa hacernos una idea de la economía como concepto, pero no sólo me pregunto el «qué es», sino «por qué es». La respuesta de por qué es la economía sólo puede tener sus causas en una «necesidad», ya que todo es porque necesita ser. Puesto que hablamos de los seres vivos en general, pero del ser humano en particular, ya tenemos establecido que la economía es por causa de una «necesidad del ser humano». 

Tanto el fisiócrata Quensay, como los economistas históricos Smith, Ricardo o Marx se preguntaron también qué era y por qué era la economía, pero consideraron que la causa estaba en los instintos o a la psicología humana, irracional y misteriosa, es decir, su «egoísmo natural», pero sin concretar de dónde provenía ese egoísmo. Precisamente para encontrar la respuesta tenemos que preguntarnos, a su vez, qué es y por qué es el ser humano. 

El ser natural tiene necesidades, porque todo lo que tiene una duración está en el tiempo, y con su estar o vivir, crea, a su vez, su propio tiempo. El tiempo crea todas las necesidades de las cosas naturales, tanto si están animadas como si no. Ahora bien, puesto que hablamos de economía y de libertad, conviene puntualizar que el devenir del ser en el tiempo necesita, más que otra cosa, de libertad, ya que el devenir será una constante «creación de sí mismo», y, como hemos dicho, la creación en sí mismo produce libertad, porque toda creación es «aleatoria y nunca es fiel a sí misma». 

Jean Paul Sartre, uno de los últimos filósofos existencialistas, que arengaba en las barricadas a los estudiantes en el París revolucionario de los años 60 del siglo pasado con su sentido de la «nada» existencial, llegó a sostener que «existir significa estar sosteniéndose en la nada»; es decir, que la persona creativa no tiene nada en que apoyarse, que es pura subjetividad, y que por mucho que lo intente no se librara de ella. Sin duda que comparto esta tesis, pero, no obstante, creo que «todo se sustenta en algo», y el ser humano no es una excepción. La misma ley de la gravitación nos demuestra que debido al «movimiento» un cuerpo es capaz de sustentarse en el vacío gracias al equilibrio entre la velocidad y su masa, girando en torno a otros cuerpos con más masa que ellos, que, a su vez, giran alrededor de otros. 

En efecto, el ser se incorpora directamente en el tiempo, y el tiempo es movimiento; su existencia es, a partir del momento de su incorporación, «una cuestión de movimiento en el tiempo»; sin tiempo no habría existencia, lo que nos lleva a preguntarnos qué es el tiempo. Una definición simple del tiempo sería ésta: «El tiempo es la duración del ser incorporado». También podemos decir que el tiempo es la duración del ser que es algo en concreto, porque el tiempo dura tanto como su «duración». 

Por tanto tenemos ya a un individuo, que por el hecho de ser natural tiene una duración limitada de tiempo, es decir, tiene «duración». Cuando este individuo llegue a tomar conciencia de esta circunstancia, es probable que sienta una profunda angustia al saber que por el hecho de ser en el tiempo está condenado a dejar de ser, debido a su duración. Para concebir esta idea sólo tiene que «tomar consciencia del tiempo», y esa es precisamente la razón que provocará en él un primer «rechazo de la vida»; «un sentimiento trágico de la vida», en palabras de nuestro filósofo, más o menos existencialista, Unamuno. ¿Es por ello que los recién nacidos lloran apenas comienzan a respirar? ¿No tendrán ya una intuición del tiempo y eso les provocará la primera sensación de angustia, que, a su vez, provoca el llanto? Lo razonable, y que forma parte de fundamental de nuestra reflexión, es que su «aparición en el mundo» les obliga por primera vez a ser «creativos y empezar a generar su propia libertad», porque, por primera vez tendrán que hacer algo para sobrevivir, es decir, «crear para vivir», aunque la primera creación no sea más que respirar, que es «instintiva». Con el nacimiento del ser humano nace, a su vez, el principio de su «duración», su «creatividad», y su «libertad», y todo para satisfacer sus nuevas necesidades por el hecho simple de vivir y ser en el tiempo. En otras palabras, nace el «hombre libre y económico», de manera que la economía y la libertad nacen con la vida misma. 

Ahora comprendo en toda su trascendencia por qué pone Shakespeare en boca del atribulado príncipe de Dinamarca, mientras sostenía la calavera de su padre difunto: «Ser o no ser, esa es la cuestión». Tal vez Shakespeare quiso expresar así su angustia por el paso del tiempo, pues si bien ser (estar vivo) tiene su lado agradable y feliz, contiene irreversiblemente el lado amargo e infeliz de la certeza de la muerte. Por tanto el dilema es saber si conviene ser o no haber sido, y ahorrarnos así toda la angustia de nuestra existencia. Obviamente Hamlet se hace la pregunta cuando ya es, por lo que resulta del todo inútil. Conocemos el ser cuando ya es y no podemos pretender conocerlo «como si no fuera». Heidegger, otro filósofo temporalista, lo expresa de esta manera: «El hombre se encuentra siendo, teniendo que ser, decidiéndose a ser, esforzándose por ser con la angustia de desconocer su futuro». 

El bebé toma rápidamente consciencia de su nueva situación unos segundos después de nacer, justo el tiempo que tarde en «abrir los ojos a la realidad». Tal vez el único reflejo que nos quede de los instintos del animal sea el de respirar, el resto es fruto de la conciencia, o de la concepción de nosotros mismo y del mundo que nos rodea. Otra vez tengo que citar a Sartre, verdadero especialista de la existencia, cuando dice que «el hombre existe primero, se encuentra, surge en el mundo y se define después». 

La experiencia visual y sensorial de la realidad pondrá inmediatamente los mecanismos propios de la conciencia humana, y, a partir de ese momento, aprenderá a ser un «ser humano» en todo el extenso y trascendental sentido de la palabra, cuyas reglas y códigos los encontrará en su tradición familiar, en su cultura social y en su historia. Es decir, en el mundo al que se ha incorporado su existencia; en nuestro mundo. Pero es necesaria una última observación: todo este prodigio no sucedería de no ser por la «necesidad», y la necesidad es lo que estimula el conocimiento de las cosas y la aparición de la propia conciencia. 

 

I.2. La creatividad de la mente y el valor capital del tiempo

El primer hombre económico e inteligente, con una cierta noción del tiempo, desarrollará inevitablemente la idea del futuro como algo que está en el tiempo y forma parte de la duración de las cosas. El futuro es lo único que le angustia porque su «memoria del pasado» le demuestra que su realidad presente es precaria, vive con la seguridad de que «sólo es cuestión de tiempo» que vuelva a tener necesidades, porque, aunque esté momentáneamente saciado, tendrá que volver a «crear» para volver a saciarse.

Esta sensación sólo angustia al hombre porque es el único ser vivo realmente consciente del tiempo. El animal no siente angustia alguna, porque toda su vida es presente, y reacciona sólo cuando siente hambre. En ese momento pone en marcha toda su capacidad «creativa», pero que es fruto de la «especialización» de un comportamiento «efectivo», es decir, adquirido por la repetición con éxito de un comportamiento, que lo convierte en una determinada «especie». De esta manera, el comportamiento repetitivo se convierte en un «comportamiento específico», o propio de una «especie», que condiciona su propia capacidad funcional para obtener la satisfacción inmediata de sus necesidades. Pero si cambian constantemente las condiciones del medio ambiente, su comportamiento no podrá ser «repetitivo» y, por consiguiente, no podrá devenir en «especialidad». Finalmente, ciertos animales asumirán que su comportamiento tiene que ser permanentemente «creativo», y, gracia a ello, superarán la «alienación a sus instintos» en favor de la «liberación de su creatividad». Así es como debe surgir el «ser humano», una «especie animal» que, paradójicamente, carece de una «especialización». 

Algo tan importante y que produce tanta angustia como es el tiempo y la duración de la cosas no podía dejar de ser valorado por el primer ser humano consciente de él. No debía de preocuparle tanto la muerte, que se produce al final de su duración, es decir, a largo plazo, sino el problema inmediato de la supervivencia, del que debe ocuparse constantemente; o los problemas que se le plantean a corto plazo. Esta primera noción del tiempo y de sus consecuencias inmediatas le angustian, pero le permite, no obstante, concebir estratégicas de supervivencia a corto plazo, o, lo que es lo mismo, «plantearse objetivos económicos a corto plazo», para los que es fundamental gozar de plena libertad de acción. Si los animales son «salvajes», no es más que un mecanismo de la naturaleza para permitirles proteger su libertad. Por tanto al tener noción del tiempo, es precisamente el tiempo el que constituye el valor fundamental para la realización de sus objetivos, porque todo lo que no sea trabajar para el objetivo propuesto es «perder el tiempo». 

Y esto es lo revolucionario: «el tiempo se gana o se pierde», por lo que es un valor económico de «capital» importancia. Si es un valor económico con una duración determinada, es una cantidad de algo que se convierte en un «bien de capital»; es decir, «el tiempo es el primer capital de la historia del hombre», y, por la misma razón, el hombre que toma conciencia del valor del tiempo se convierte automáticamente en un hombre económico. La elección de sus objetivos determinará, a su vez, la forma en que invertirá su tiempo (su capital), y del acierto o del fracaso en su inversión obtendrá beneficios o pérdidas. Su primera inquietud es «invertir bien su tiempo». Inquietud que sigue siendo fundamental en el hombre actual. 

Pasemos ahora a otro aspecto del devenir del ser humano. Aristóteles sostenía que la parte es posterior al todo, por lo que el ser humano necesariamente debería comenzar a tomar consciencia de sí mismo, no como «individuo», sino como «colectividad» o «comunidad» aún antes de ser consciente del tiempo. Pero en la medida de que es consciente del tiempo progresivamente también llegará a ser consciente de su individualidad. 

Por tanto nos estamos refiriendo al hombre que progresivamente va emergiendo de la naturaleza para concebirse a sí mismo dentro de ella. Dada la precariedad de sus primeras ideas (concepciones de la realidad), lo primero que requiere su interés es conocerse como objeto que está en la naturaleza, más que como sujeto que está en sí mismo; es decir, se preguntaría por sí mismo como ser humano, no como individuo; trataría de encontrar las respuestas a las sustanciales diferencias con respecto a los otros seres de otras especies y al resto de los cosas que formaban su precario mundo material e intelectual. El interés por el individuo, o más concretamente por la persona que hay en todo individuo, ya que éste no puede dejar de ser parte de lo común, no llegaría hasta el mismo Sócrates, después de que la filosofía alcanzara ese estadio de sabia relatividad que constituían los sofistas. 

La persona es un sujeto imposible de concebirse a sí mismo, pero el hombre, como especie, es un objeto cuya sola presencia permite identificarlo como tal, con características fijas y estables, es algo concebible y objetivo. La persona, en la medida de que goza de libre albedrío, tiene un futuro «imprevisible» y poco estable. La lucha de la persona por alcanzar cierta certidumbre sobre sí misma provoca un constante impulso hacia la búsqueda de estabilidad, que se traducirá en una actividad constante por proponerse objetivos en el tiempo, que según su conciencia le proporcionarán la estabilidad necesaria y pondrán fin a su angustia. 

Quiera o no tan pronto como sea consciente del tiempo lo será también de su subjetividad. Como hombre libre y económico a la vez, sus objetivos en busca de estabilidad tendrán dos concepciones distintas: la material y la mental (podríamos añadir también la «espiritual», pero eso nos llevaría a consideraciones teológicas, que veremos más adelante), pero ambas progresarán al unísono. Los logros de la mente contribuirán a los logros de la economía y los económicos contribuirán a los de su mentalidad. De esta manera la civilización progresará de forma armoniosa y todas las disciplinas creadas por él: arte, política, filosofía, teología, ciencia, técnica, industria, deporte y la guerra, progresarán irremediablemente al unísono, aunque serán las artísticas las que avancen más rápidamente, incluso llegando a cierta canonización y perfección en tiempos de Pericles. 

 

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