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RESUMEN

 Esta novela narra la dramática historia de Alicia, una escritora de provincias enamorada de un autor ya consagrado, pero con una enfermedad incurable y los remordimientos por haber traicionado  a la mujer que le ayudó en su inicios. La historia sigue en ultratumba.

MUESTRA
La pasión de Alicia

 

1. El diagnóstico

Han sido suficientes cinco sencillas palabras para que todo el fantástico universo que he creado con mis novelas y en el que he vivido apartado de este mundo se venga abajo: «Padece usted una enfermedad incurable.» Me lo acaba de comunicar el especialista que trata mi enfermedad. El mensajero espera mi reacción, pero yo soy incapaz de hacerme una idea de lo que acabo de escuchar. Hay un tenso silencio. Parece como si el facultativo temiera continuar describiendo mi situación, pero ha considerado que debía ser claro para que no me hiciera falsas ilusiones, y me ha advertido que no tengo más de seis meses de vida, o, en caso excepcional, y si respondo bien al tratamiento, tal vez un año.

Salgo del hospital renegando por haber permitido que me diagnosticaran la causa de mis molestias. Por supuesto que no acepto el diagnóstico. Después de todo los dolores son todavía soportables. Es una mañana fresca y húmeda, como son las del otoño, pero agradable para pasear. Para demostrar que no es aceptable el diagnóstico, regresaré caminando a mi apartamento. ¿Por qué yo? Sí, conozco mucha gente que padecen enfermedades incurables, pero por alguna inexplicable razón yo me creía inmune. Ahora necesito algún tiempo para hacerme a la idea de mi error. Aún a mi pesar, tengo que aceptar que soy tan humano como los demás, y puedo sufrir sus mismas enfermedades.

Estoy cansado y todavía me falta más de la mitad del trayecto. Entro en un pequeño parque junto a la iglesia del barrio. En uno de sus bancos dormita un mendigo, que al acercarme me mira con una clara expresión de odio, porque debe sentirse humillado por mi apariencia de persona bien situada. Él no puede saber que acababan de condenarme a morir prematuramente, si lo supiera no tendría ningún motivo para envidiarme. Me siento en un banco contiguo, porque mis piernas no pueden dar un paso más. El mendigo parece contrariado y se revuelve en sus harapos, como si esta fuera su casa y yo hubiera entrado sin llamar.

El facultativo me ha creado un estigma. Ya no soy el yo-mismo que apenas una hora antes podía hacer aquello que me apeteciera, sino yo-mismo-y-la-muerte. En adelante cada uno de mis pensamientos o actos deberán contar con ella. Pero no estoy resignado. Los médicos pueden estar equivocados. Tal vez mis informes médicos se hayan traspapelado y sean los de otro paciente. Alguna inexperta secretaria ha podido cometer ese terrible error. La naturaleza no puede abandonarme y la vida no puede ser tan irresponsable conmigo. El destino no puede ir en contra de mi voluntad, porque es mi voluntad la que debe crear mi destino.

Esto no me puede estar pasando a mí. Todavía tengo muchas cosas nuevas que admirar, muchas historias fantásticas que contar, y, por qué no, tal vez alguna persona a quien amar. ¿Es un castigo divino? ¿Me condenan a una muerte prematura por supuestos pecados cometidos, aunque no pueda saber la naturaleza de mi culpa? Un pecador no necesita conocer los detalles de su culpa, le basta con padecer el castigo para saber que ha pecado.

Es perfectamente posible que esta enfermedad estuviera escrita en las estrellas, o puede leerse en la palma de mi mano, sin que por ello deba considerarlo un castigo. Pero lo más razonable es que sea el resultado de mis largas noches de insomnio voluntario, dando vida a personajes que en agradecimiento me llevan a mí a la muerte. Pero no les guardo rencor. Desde el principio acepté que cada obra que merece el elogio es porque en ella hay un poco arrancado de nuestra propia humanidad, y la humanidad debe tener también sus límites.

Tal vez haya sido esa mi culpa: haber creado fantasmas y presumido de ser su dios. Pero sin mí nunca hubieran existido, luego debo de estar en lo cierto: yo soy su dios, y por ello no merezco ser castigado con tanta crueldad. Si esa es la justicia divina, todos los artistas iremos al infierno y la imaginación sería perseguida y severamente castigada.

2. La reacción

La gran impresión y desasosiego que me ha causado el diagnóstico anula totalmente mi sentido del tiempo. No sé cuánto tiempo he permanecido sentado en este banco. Mientras yo pienso en mi desolación en algún remoto lugar del universo, estoy seguro de que alguien, que ya conoce mi destino, debe estar compadeciéndose de mí. Probablemente sea un ángel, el mismo que aparecía en las estampas que nos regalaban cuando éramos unos críos en la clases de religión. Por entonces yo también quería ser un ángel. Quería volar, ver el mundo desde lo alto, emigrar a tierras cálidas, ser libre como los pájaros, y, de acuerdo a aquellas brillantes estampas, solo los ángeles sabían volar. Por eso quería ser un ángel.

Se me erizan los cabellos, porque presiento que ese ángel puede estar ahora sentado en este mismo banco, escuchando mis nostálgicos pensamientos, intentando inútilmente consolarme, porque los ángeles y los humanos, por alguna razón que solo Dios debe saber, somos incompatibles. Pero he vuelto al tiempo real por la turbia y resignada mirada que me dirije de vez en cuando el mendigo, incapaz de comprender qué hace alguien como yo sentado en este banco a estas horas de la mañana, reservado para indigentes. Me gustaría decirle que yo tampoco lo sé, pero para él no tendría ninguna utilidad.

Luce un sol frío, otoñal, pero limpio y brillante. Una fresca y húmeda brisa procedente de un mar cercano humedece mi acalorado rostro. Todavía quedan rastros del relente matutino sobre los coches y en las aceras. Pronto llegará el invierno. Es inevitable que a todos nos llegue algún día el invierno, pero algunos ya no vivirán para contemplar la próxima primavera. El mendigo se ha erguido y me contempla extrañado. Creo que a pesar de su aspecto, debe tener la capacidad de leer los pensamientos. Sí, sabe lo que estoy pensando, porque los que sufrimos tenemos el mismo rictus, la misma languidez en la mirada, la misma curvatura de la espalda, los mismos ojos enrojecidos, y todo eso es fácil de traducir al lenguaje común: Desolación.

Durante unos instantes parece indeciso. Finalmente se decide, y con la forma de caminar de quien tiene los músculos entumecidos, viene a mi banco, pero no se sienta. Permanece de pie, vacilante, indeciso. Por fin se decide, y me pide un cigarrillo, pero lamentablemente yo no fumo. Le ofrezco unas monedas, pero incomprensiblemente las rechaza. Extravía su mirada en un punto indeterminado, parece meditar si entablar conversación o volverse a su mundo. Como si aquel encuentro no hubiera tenido lugar y sin hacer el más mínimo gesto, recorre de nuevo con la misma torpeza esa corta distancia que separa nuestros dos mundos, y de nuevo se envuelve en sus harapos para seguir dormitando. No tiene valor para salir de su pobreza y yo no tengo valor para aceptar la mía. Él ha perdido la confianza en los seres humanos, a los que solo les pide un cigarrillo; yo he perdido la confianza en mí mismo, al que solo pido valor para enfrentarme a mi desgracia.

El mendigo ha vuelto a levantarse y de nuevo viene hacia mí. Me pide con gesto de fingida humildad las monedas que le ofrecí. No tengo ganas de interesarme por su situación, solo tengo algún interés por la mía. No ha transcurrido ni una hora desde que he conocido mi condena y presiento que antes de regresar a mi apartamento habré pasado a la fase de rebeldía, que no es otra cosa que el recurso del pataleo, paso previo a la aceptación y el sometimiento ya sin defensas ni reservas. «He aquí el esclavo del Señor, hágase en mí según tu palabra».

El mendigo se impacienta, seguramente piensa que deseo humillarle y noto en su extraviada mirada más odio que en la anterior. Le entrego las monedas y se vuelve a su banco sin darme las gracias. Las cuenta y me dirige una despreciativa y tosca mirada. Sin duda esperaba que hubiera sido más generoso. No soporto más su andrajosa presencia y reemprendo el camino, pero una .parte de mi cuerpo arde como si ya estuviera en el infierno, y me cuesta caminar. ¿Existirá el infierno? ¿Existirá el cielo? ¿Existirá Dios, y sus ángeles y querubines? Me horrorizo al darme cuenta de mi rápida transformación. Por primera vez he dudado de mis arraigadas convicciones seculares. Hasta hace solo un minuto el infierno, el cielo y Dios, eran algo anecdótico; un tema de conversación lleno de incongruencias y fanatismo para crédulos e ignorantes; de ceguera intelectual e irracionalidad. Y de improviso surgen de nuevo estas preguntas teológicas pero con una renovada importancia. También presiento que mi mente se quedará pronto en blanco, negándose a pensar, puesto que no podría dejar de pensar en la muerte y sus intrincados misterios. Tengo que redescubrir la nada, y sumergirme en ella hasta el día de mi anunciada muerte.

3. La primera noche

Son las tres de la madrugada y no consigo conciliar el sueño. Solo oscuridad y nada más. Esas figuras que las luces de los automóviles proyectan sobre el techo es lo único que llama mi atención, lo demás parece haberse desvanecido. Todo a mi alrededor es silencio, oscuridad, nada. Quien haya creado esta absurda palabra pensaba en mí, yo le he dado su verdadero sentido; su auténtico significado; su opresivo vacío. A las cuatro de la madrugada seguiré pensando en lo mismo que pienso ahora, y las próximas horas, los próximos días hasta el día de mi muerte seguiré teniendo los mismos pensamientos: nada. Ya no me queda nada en qué pensar excepto en la nada, y, pensar en la nada es como no pensar.

Dejo la mente en blanco para intentar disuadir a mi cerebro para que no me reviva malos recuerdos, los buenos no los he olvidado. Pero de todo aquello ya no queda nada. Es la hora de mi propio juicio final. He sido ambicioso, egoísta y desleal. Si existe el infierno sin duda que me condenaré.

Tengo que reconocerlo, estos insistentes dolores, sumados a mis remordimientos, han mermado la creatividad de mi imaginación. Mi última novela es mediocre, incluso patética. Los personajes han nacido muertos y actúan como verdaderos zombis. Creo que he perdido la conexión con la realidad y vivo en un mundo paralelo. Veo el nuevo mundo pero no lo siento; lo escucho pero no lo entiendo, y ya no tengo a nadie a mi alrededor para comentar esta faena del tiempo; un confidente al que se le puedan contar un cúmulo de desdichas sin que te rechace, te ignore, o te olvide. He traspasado de una a otra dimensión sin apenas darme cuenta, entretenido con mis sueños de grandeza, con el convencimiento de que pondría el mundo a mis pies y ahora yo soy su felpudo.

He traicionado a la única mujer que he amado. He despreciado a mis amigos, y admirado a mis enemigos, porque prefería el estímulo de la victoria después de una enconada guerra contra mis enemigos a la estéril paz de los amigos. Y ahora no tengo amigos ni enemigos. A unos los he humillado, y los otros me han ignorado y rechazado mi enemistad, así que no queda nada, ni de unos ni de otros.

Estoy postrado sobre la cama intentando olvidar que tengo un cuerpo corrompido, que amenaza con destruir también mi alma y mi mente. Esta noche las esporádicas luces de los automóviles que cruzan por el techo me parecen almas en pena que me advierten que muy pronto seré una de ellas y cruzaré los techos de otros condenados; que ni el cielo ni el infierno existen, solo la insoportable nada.

4. El primer amanecer

Por fin amanece. He dormido dos o tres reparadoras horas. Es un alivio dormir; poder tener la oportunidad de encontrarte con las personas más queridas, pero no las reales, sino las que tu estado de ánimo necesita, y que durante la vigilia duermen en tu imaginación. Solo en sueños las cosas suceden como deseamos que sucedan; sin los sueños el alma no tendría donde refugiarse; donde anidar y entonar su canto, estaría presa de la cruda y severa realidad. No sé quién nos dio la facultad de soñar, pero debió ser alguien muy comprensivo y buen conocedor de las debilidades del ser humano. Tal vez fuera el Dios del que hablan las religiones, pero yo no puedo aceptarlo, porque simplemente no creo en nada. Incluso he dejado de creer en mí mismo. Quien vive sumido en la nada no puede creer en nada.

Pero está amaneciendo y es mi hora para el optimismo; el momento más esperado, porque la luz debe ser la causa de todo lo creado, mientras que las tinieblas son las encargadas de destruirlo, de sumir lo creado en un abismo sin retorno, el mismo que nos debe esperar tras la muerte. He pensado mucho en la muerte, especialmente en mi muerte; en mi irreversible y temprana muerte. Me gustaría creer en la transmigración, porque la vida no se destruye, solo se transforma. Sería un consuelo poder creer que instantes después de mi último suspiro ser parte de una nueva vida, en algún lugar de la Tierra o del Universo. Al fin y al cabo de él venimos y a él volveremos.

Pero mi habitación se ha inundado de luz y ahora veo las cosas como son y no como las sueño. Veo en la estantería minuciosamente ordenados por grosor, color y altura mis novelas, en las que gastado, o tal vez desgastado, toda mi vida, y algunas fotos de tiempos remotos e irrecuperable. Las mejores novelas las escribí cuando mi mente y mi imaginación tenían alas, porque eran jóvenes y libres, y se entendían mutuamente: lo que la imaginación creaba mi disciplinada mente lo escribía. La mayoría de mis novelas han sido un rotundo éxito, pero la última estaba contaminada de mi enfermedad. En mi mesa de escritorio, junto al ventanal por donde contemplo la parte de mundo que me corresponde, veo que permanece inactivo y silencioso el ordenador que en días mejores me provocaba constantemente, sin apenas dejarme respiro, ni tiempo para el descanso. Solo se escuchaba el excitante y rápido sonido de las teclas describiendo sobre la pantalla iluminada las imágenes que brotaban como un manantial de agua fresca de mi exuberante imaginación. Entonces esta máquina era una extensión de mi mente y de mi espíritu, ahora es un vulgar ordenador, como hay miles, sin alma y sin actividad, porque ya no tengo nada que contar.

El teclado me parecían un universo, con el que se podían expresar hasta los más recónditos pensamientos filosóficos, escribir los más apasionados diálogos, o describir los más bellos escenarios. Todo estaba allí, a la vista, solo había que elegir las letras adecuadas, en la forma más acertada y con el ritmo también adecuado. Esa era otra vida. Cada personaje que salía de ese ahora inerte teclado trastocaba completamente la realidad: ellos eran los reales, lo demás era un sueño. Los sentía tan vivos que muchas veces los invocaba convencido de que aparecerían en mi habitación, y discutiríamos sobre su futuro como personaje de la novela. Siempre tuve la sensación de que no estaban conformes con su papel, porque yo nunca llegué a conocerlos como realmente eran, a pesar de que yo mismo los había creado. Pero eso fue antes del diagnóstico; antes de que mi caminar se hiciera torpe y descompasado; mucho antes de que los primeros síntomas de mi enfermedad me hicieran perder el sentido por causa de un intenso dolor surgido de alguna parte imprecisa del interior de mi cuerpo. Pero yo presentí mi enfermedad mucho años antes. Posiblemente tuve el presentimiento ya desde mi nacimiento, por eso viví con urgencia, escribí con urgencia y también envejecí con la misma urgencia. Ahora ya puedo descansar y tranquilizarme, ya no hay razón para la urgencia.

5. Una muerte digna

He desechado toda esperanza. Sé que voy a morir, pero en contra de mi voluntad. No puedo aceptar que la naturaleza decida por mí. Tengo que anticiparme a sus ciegos impulsos; a su destrucción irracional. Solo yo puedo decidir cuándo y cómo debo morir. Es un pensamiento que me horroriza, pero tal vez deba poner yo mismo fin a mi vida. ¿Suicidarme? ¿Sería capaz de hacerlo? Pero ¿cómo? No quiero tener una muerte violenta. ¿Recurriendo a los sedantes? Pero, sabiendo mi situación ningún médico me los recetaría. Nunca pensé que fuera tan difícil atentar contra la propia vida. Envidio a los que tienen la fortuna de morir durante el sueño, porque la mayor dificultad de un suicida es tomar la última decisión de su vida, porque no es posible rectificar. Tal vez podría recurrir a la eutanasia, pero no quiero morir donde la ley lo permite, ni que mi muerte sea un intercambio comercial. Desearía morir junto al mar, al atardecer de un crepúsculo otoñal, para llevarme su belleza a la eternidad. ¿No se cumplen los deseos de un moribundo? ¿Por qué no pueden cumplirse los míos?

Pero estoy hablando de mí; planeando mi muerte por mis propias manos y por mi voluntad. Pretendo ser yo mismo el homicida que destruya todo cuanto he creado; acabar con el fruto de mis ilusiones juveniles, mis ambiciones consumadas tras muchos años de soledad y tristeza, con mis gratos recuerdos. Al menos si me mata la naturaleza yo no seré responsable de este homicidio. No, no puedo atentar contra mí mismo. Ningún árbol destruiría sus propios frutos.

Pero si no tengo el valor suficiente para atentar contra mi cuerpo, tengo que acallar mi conciencia, limitar los lúgubres pensamientos y cerrar los ojos de la imaginación, la única responsable de mis sufrimientos, porque no sufrimos si no imaginamos. ¿Entonces, tengo que dejar que esta terrible enfermedad siga su curso? ¿Cómo soportaré esta larga agonía? ¿Con qué estímulo contaré? No me puedo imaginar esperar impasible la muerte postrado en la cama de un hospital, con la mente aturdida por los analgésicos y la vista nublada, tontamente fija en algún punto de la habitación. No, esa no es una forma digna de morir. Debe de haber otra forma más humana y menos dolorosa. Puede que la única forma digna de morir sea en aquel lugar que llames tu hogar, y estar junto a quién sienta verdadero afecto por ti; que puedas estrechar su mano hasta que en el último suspiro se pierda su contacto, porque es a través de las manos como las almas se comunican y expresan sus deseos y sentimientos, de esta manera te puedes llevar su afecto y su sonrisa a la eternidad, aunque mis ojos ya no vean, mis oídos ya no escuchen y mi cuerpo ya no sienta nada. ¡Esa es la única forma digna de morir!

Una sabia reflexión pero inútil, porque yo no tengo un hogar ni nadie que sienta tanto afecto por mí. Este apartamento no es un hogar, porque falta lo esencial: una mujer. Solo es un lugar de residencia; un confortable refugio; el espacio adecuado para un escritor; una jaula dorada donde dejar libre la imaginación. Solo una mujer puede convertir la sala de espera de una estación en un hogar, porque ella es el hogar. Está entre su brazos, en su seno, en su energía femenina. El hogar está en el lecho donde yace una mujer.

En cuanto a alguien que sienta por mí tanto afecto como para velar mi agonía y estrechar la débil mano de un moribundo, lamentablemente hace muchos años que no sé nada de ella. Fue mi primer y único amor, la persona que estimuló mi imaginación y mi creatividad. A ella le debo lo que soy y los recuerdos que han inspirados la mayoría de mis novelas. Pero por entonces mi ciega ambición era más fuerte que mis sentimientos. Nos unió y nos separó nuestra pasión por la literatura. Los dos teníamos confianza en nuestro talento y no teníamos la menor duda sobre nuestros futuros éxitos. Nuestra relación le inspiró sus mejores poemas, por lo que yo me sentía halagado y transportado a otro mundo, pero la providencia le tenía reservado un doloroso destino.

También fue fruto de nuestra relación el argumento de mi primera novela: la historia de una poetisa fracasada que describe en su último poema su suicidio. ¡Una amarga paradoja del destino! Ella me ayudó a corregir mis notables defectos literarios de principiante, incluso mecanografió el manuscrito y me sugirió que lo enviase a un conocido concurso literario para principiantes. Compartía mis ilusiones y mis ambiciones con generosidad y sin la menor sombra de envidia. Se entregó por entero a esta labor, que finalmente dio sus inesperados frutos: ¡Gané el primer premio! Lo que siguió después es la causa de mis remordimientos y que nunca podré perdonarme.

Una reconocida agente literaria se interesó por mí, y me aseguró que tenía un gran talento literario y que en uno o dos años haría de mi el escritor más leído y admirado de aquella época. Yo me sentí profundamente halagado y acepté su apuesta. Ella me sugirió el tema de mi segunda novela: una historia romántica con final feliz, y yo no tuve dificultad en imaginar el argumento, tan solo tenía que añadir algunas escenas nuevas a mis propias vivencias personales. En esta segunda novela fue ella quien revisó y corrigió los numerosos defectos de estilo y errores gramaticales del primer manuscrito. Solíamos trabajar en su propia casa, en un ambiente de intimidad y familiaridad, creado para seducirme y hacerme caer literalmente en sus brazos. No solo había visto en mí un escritor con talento, sino también un amante.

Desgraciadamente para mi fiel compañera, mi agente era una mujer con el atractivo de las mujeres maduras todavía bellas, con un espíritu joven y una gran experiencia en las artes de la seducción, por lo que fue imposible resistirme. En poco tiempo consiguió dominar completamente mi voluntad. Pasaba los días en un frenético programa de promoción de mi novela que apenas me permitía dedicar unos minutos al recuerdo de otra mujer que debía sufrir en silencio cada vez que mi imagen, con una sonrisa estudiada de triunfador prepotente, aparecía en algún medio de comunicación. Los pocos momentos que no dedicaba a mi promoción tenía que ocuparlos en satisfacer sus deseos, siempre insatisfechos, no como mi agente sino como mi amante.

Aunque había momentos en que era consciente de mi desleal comportamiento, no pude renunciar a la vanidosa sensación de estar por encima de la gente común; de dominar sus voluntades, convirtiéndolos en aduladores y en mis admiradores. Desde entonces no ha habido paz para mi espíritu y no he conocido ni la verdadera amistad ni mucho menos, el apasionado sentimiento del amor. Ahora ya es demasiado tarde, porque tanto la amistad como el amor son como una bella planta, necesita tiempo para florecer.

6. Recuerdos

A veces me pregunto qué hubiera sido de mí si no hubiera ganado aquel inesperado premio. Posiblemente estaría casado, tendría dos o tres hijos, un abdomen más prominente y podría haber encontrado un buen empleo en una compañía de seguros, donde ya habría ascendido a subdirector. Viviríamos en una bonita casa con suficientes habitaciones para todos, situada en un tranquilo suburbio residencial. Tendríamos dos perros, un histérico Yorkshire de mi mujer y otro de una raza más grande, además de un gato siamés. Dos de mis hijos irían ya a la Universidad. El mayor estudiaría Derecho, y tendría ya asegurado un empleo en mi empresa, y mi hija mediana estudiaría periodismo, porque creería tener vocación de escritora, y ya habría publicado en la red un libro de tema romántico.

La pequeña, porque muy probablemente tendríamos dos hembras, estaría todavía en el Instituto y llevaría una prótesis dental para corregir la desviación de su dentadura. Mi mujer sería presidenta de alguna asociación cultural, y cada primer sábado de mes nuestro amplio salón se convertiría en una sala de reuniones, donde una docena de activas madres de familia, y algún viudo jubilado, discutirían los detalles de un ambicioso programa cultural. Tendríamos una buena relación con nuestros vecinos. Él podría ser un alto ejecutivo de una multinacional de alimentos para mascotas, y ella regentaría una pequeña boutique de ropa exclusiva, dentro de nuestra zona residencial, que con toda probabilidad sería un negocio ruinoso.

Cada verano mi mujer, yo y nuestra hija pequeña pasaríamos dos semanas en una popular localidad de la costa, donde tendríamos reservado cada año un apartamento en el piso 15 de un edificio en la tercera línea de mar, mientras nuestros hijos mayores aprovecharían el verano para seguir cursos intensivos de inglés en Londres o en Nueva York.

¿Es eso lo que me he perdido? No; es una suposición demasiado convencional que yo nunca hubiera aceptado. Pero no quiero pensar en lo que hubiera podido ser mi vida con aquella mujer como si se tratara del argumento de una de mis novelas. Ella es una persona y no debo confundirla con un personaje; nuestra relación no fue una novela. A veces no sé distinguir el sueño de la realidad, porque los recuerdos con el tiempo se vuelven sueños, y los sueños con el tiempo se hacen realidad.

Todo hubiera podido ser distinto si yo no hubiera sido tan ciego y ambicioso y no hubiera caído en los brazos de mi agente literaria. Pero pronto su avidez por sentirse joven y atractiva no encontraba ya en mí el estímulo suficiente, y se buscó un nuevo amante, otro joven escritor ambicioso.

No sentí en absoluto su traición, más bien supuso una liberación, porque yo también necesitaba nuevos estímulos para proseguir la meteórica ascensión de mi popularidad. Entonces intenté recuperar mi primer amor, pero perdí su rastro, daba la impresión de que había emigrado a otro planeta o se la había tragado la tierra, porque se había ausentado de todos los medios que pudieran identificar su paradero. Desalentado por la inútil búsqueda, intenté buscar consuelo en alguna de mis jóvenes admiradoras. No me fue difícil seducirlas, incluso podía elegir entre las muchas jovencitas que me idolatraban. No la elegí por su inteligencia sino por su cuerpo, porque mi capacidad para amar había quedado anulada por mi traición. Por desgracia, a pesar de su atractivo, mi constante remordimiento me hacía impotente e insensible, por lo que mi relación con mis jóvenes amantes era breve y frustrante.

Mis remordimientos me llevaron a aceptar la soledad y me entregué en cuerpo y alma a mi trabajo. Pero cambió radicalmente la temática de mis novelas, los anteriores argumentos tenían siempre un final feliz, los nuevos se tornaron desdichados, negativos y con finales trágicos, en los que invariablemente moría el protagonista de la historia. Pero lejos de decaer mi popularidad siguió creciendo, porque en nuestra época apenas se conocen relaciones con un final feliz, y mis lectores se identificaban mejor con el nuevo giro dramático de mis trágicos argumentos.

 Esta novela narra la dramática historia de Alicia, una escritora de provincias enamorada de un autor ya consagrado, pero con una enfermedad incurable y los remordimientos por haber traicionado  a la mujer que le ayudó en su inicios. La historia sigue en ultratumba.

 

1. El diagnóstico

Han sido suficientes cinco sencillas palabras para que todo el fantástico universo que he creado con mis novelas y en el que he vivido apartado de este mundo se venga abajo: «Padece usted una enfermedad incurable.» Me lo acaba de comunicar el especialista que trata mi enfermedad. El mensajero espera mi reacción, pero yo soy incapaz de hacerme una idea de lo que acabo de escuchar. Hay un tenso silencio. Parece como si el facultativo temiera continuar describiendo mi situación, pero ha considerado que debía ser claro para que no me hiciera falsas ilusiones, y me ha advertido que no tengo más de seis meses de vida, o, en caso excepcional, y si respondo bien al tratamiento, tal vez un año.

Salgo del hospital renegando por haber permitido que me diagnosticaran la causa de mis molestias. Por supuesto que no acepto el diagnóstico. Después de todo los dolores son todavía soportables. Es una mañana fresca y húmeda, como son las del otoño, pero agradable para pasear. Para demostrar que no es aceptable el diagnóstico, regresaré caminando a mi apartamento. ¿Por qué yo? Sí, conozco mucha gente que padecen enfermedades incurables, pero por alguna inexplicable razón yo me creía inmune. Ahora necesito algún tiempo para hacerme a la idea de mi error. Aún a mi pesar, tengo que aceptar que soy tan humano como los demás, y puedo sufrir sus mismas enfermedades.

Estoy cansado y todavía me falta más de la mitad del trayecto. Entro en un pequeño parque junto a la iglesia del barrio. En uno de sus bancos dormita un mendigo, que al acercarme me mira con una clara expresión de odio, porque debe sentirse humillado por mi apariencia de persona bien situada. Él no puede saber que acababan de condenarme a morir prematuramente, si lo supiera no tendría ningún motivo para envidiarme. Me siento en un banco contiguo, porque mis piernas no pueden dar un paso más. El mendigo parece contrariado y se revuelve en sus harapos, como si esta fuera su casa y yo hubiera entrado sin llamar.

El facultativo me ha creado un estigma. Ya no soy el yo-mismo que apenas una hora antes podía hacer aquello que me apeteciera, sino yo-mismo-y-la-muerte. En adelante cada uno de mis pensamientos o actos deberán contar con ella. Pero no estoy resignado. Los médicos pueden estar equivocados. Tal vez mis informes médicos se hayan traspapelado y sean los de otro paciente. Alguna inexperta secretaria ha podido cometer ese terrible error. La naturaleza no puede abandonarme y la vida no puede ser tan irresponsable conmigo. El destino no puede ir en contra de mi voluntad, porque es mi voluntad la que debe crear mi destino.

Esto no me puede estar pasando a mí. Todavía tengo muchas cosas nuevas que admirar, muchas historias fantásticas que contar, y, por qué no, tal vez alguna persona a quien amar. ¿Es un castigo divino? ¿Me condenan a una muerte prematura por supuestos pecados cometidos, aunque no pueda saber la naturaleza de mi culpa? Un pecador no necesita conocer los detalles de su culpa, le basta con padecer el castigo para saber que ha pecado.

Es perfectamente posible que esta enfermedad estuviera escrita en las estrellas, o puede leerse en la palma de mi mano, sin que por ello deba considerarlo un castigo. Pero lo más razonable es que sea el resultado de mis largas noches de insomnio voluntario, dando vida a personajes que en agradecimiento me llevan a mí a la muerte. Pero no les guardo rencor. Desde el principio acepté que cada obra que merece el elogio es porque en ella hay un poco arrancado de nuestra propia humanidad, y la humanidad debe tener también sus límites.

Tal vez haya sido esa mi culpa: haber creado fantasmas y presumido de ser su dios. Pero sin mí nunca hubieran existido, luego debo de estar en lo cierto: yo soy su dios, y por ello no merezco ser castigado con tanta crueldad. Si esa es la justicia divina, todos los artistas iremos al infierno y la imaginación sería perseguida y severamente castigada.

2. La reacción

La gran impresión y desasosiego que me ha causado el diagnóstico anula totalmente mi sentido del tiempo. No sé cuánto tiempo he permanecido sentado en este banco. Mientras yo pienso en mi desolación en algún remoto lugar del universo, estoy seguro de que alguien, que ya conoce mi destino, debe estar compadeciéndose de mí. Probablemente sea un ángel, el mismo que aparecía en las estampas que nos regalaban cuando éramos unos críos en la clases de religión. Por entonces yo también quería ser un ángel. Quería volar, ver el mundo desde lo alto, emigrar a tierras cálidas, ser libre como los pájaros, y, de acuerdo a aquellas brillantes estampas, solo los ángeles sabían volar. Por eso quería ser un ángel.

Se me erizan los cabellos, porque presiento que ese ángel puede estar ahora sentado en este mismo banco, escuchando mis nostálgicos pensamientos, intentando inútilmente consolarme, porque los ángeles y los humanos, por alguna razón que solo Dios debe saber, somos incompatibles. Pero he vuelto al tiempo real por la turbia y resignada mirada que me dirije de vez en cuando el mendigo, incapaz de comprender qué hace alguien como yo sentado en este banco a estas horas de la mañana, reservado para indigentes. Me gustaría decirle que yo tampoco lo sé, pero para él no tendría ninguna utilidad.

Luce un sol frío, otoñal, pero limpio y brillante. Una fresca y húmeda brisa procedente de un mar cercano humedece mi acalorado rostro. Todavía quedan rastros del relente matutino sobre los coches y en las aceras. Pronto llegará el invierno. Es inevitable que a todos nos llegue algún día el invierno, pero algunos ya no vivirán para contemplar la próxima primavera. El mendigo se ha erguido y me contempla extrañado. Creo que a pesar de su aspecto, debe tener la capacidad de leer los pensamientos. Sí, sabe lo que estoy pensando, porque los que sufrimos tenemos el mismo rictus, la misma languidez en la mirada, la misma curvatura de la espalda, los mismos ojos enrojecidos, y todo eso es fácil de traducir al lenguaje común: Desolación.

Durante unos instantes parece indeciso. Finalmente se decide, y con la forma de caminar de quien tiene los músculos entumecidos, viene a mi banco, pero no se sienta. Permanece de pie, vacilante, indeciso. Por fin se decide, y me pide un cigarrillo, pero lamentablemente yo no fumo. Le ofrezco unas monedas, pero incomprensiblemente las rechaza. Extravía su mirada en un punto indeterminado, parece meditar si entablar conversación o volverse a su mundo. Como si aquel encuentro no hubiera tenido lugar y sin hacer el más mínimo gesto, recorre de nuevo con la misma torpeza esa corta distancia que separa nuestros dos mundos, y de nuevo se envuelve en sus harapos para seguir dormitando. No tiene valor para salir de su pobreza y yo no tengo valor para aceptar la mía. Él ha perdido la confianza en los seres humanos, a los que solo les pide un cigarrillo; yo he perdido la confianza en mí mismo, al que solo pido valor para enfrentarme a mi desgracia.

El mendigo ha vuelto a levantarse y de nuevo viene hacia mí. Me pide con gesto de fingida humildad las monedas que le ofrecí. No tengo ganas de interesarme por su situación, solo tengo algún interés por la mía. No ha transcurrido ni una hora desde que he conocido mi condena y presiento que antes de regresar a mi apartamento habré pasado a la fase de rebeldía, que no es otra cosa que el recurso del pataleo, paso previo a la aceptación y el sometimiento ya sin defensas ni reservas. «He aquí el esclavo del Señor, hágase en mí según tu palabra».

El mendigo se impacienta, seguramente piensa que deseo humillarle y noto en su extraviada mirada más odio que en la anterior. Le entrego las monedas y se vuelve a su banco sin darme las gracias. Las cuenta y me dirige una despreciativa y tosca mirada. Sin duda esperaba que hubiera sido más generoso. No soporto más su andrajosa presencia y reemprendo el camino, pero una .parte de mi cuerpo arde como si ya estuviera en el infierno, y me cuesta caminar. ¿Existirá el infierno? ¿Existirá el cielo? ¿Existirá Dios, y sus ángeles y querubines? Me horrorizo al darme cuenta de mi rápida transformación. Por primera vez he dudado de mis arraigadas convicciones seculares. Hasta hace solo un minuto el infierno, el cielo y Dios, eran algo anecdótico; un tema de conversación lleno de incongruencias y fanatismo para crédulos e ignorantes; de ceguera intelectual e irracionalidad. Y de improviso surgen de nuevo estas preguntas teológicas pero con una renovada importancia. También presiento que mi mente se quedará pronto en blanco, negándose a pensar, puesto que no podría dejar de pensar en la muerte y sus intrincados misterios. Tengo que redescubrir la nada, y sumergirme en ella hasta el día de mi anunciada muerte.

3. La primera noche

Son las tres de la madrugada y no consigo conciliar el sueño. Solo oscuridad y nada más. Esas figuras que las luces de los automóviles proyectan sobre el techo es lo único que llama mi atención, lo demás parece haberse desvanecido. Todo a mi alrededor es silencio, oscuridad, nada. Quien haya creado esta absurda palabra pensaba en mí, yo le he dado su verdadero sentido; su auténtico significado; su opresivo vacío. A las cuatro de la madrugada seguiré pensando en lo mismo que pienso ahora, y las próximas horas, los próximos días hasta el día de mi muerte seguiré teniendo los mismos pensamientos: nada. Ya no me queda nada en qué pensar excepto en la nada, y, pensar en la nada es como no pensar.

Dejo la mente en blanco para intentar disuadir a mi cerebro para que no me reviva malos recuerdos, los buenos no los he olvidado. Pero de todo aquello ya no queda nada. Es la hora de mi propio juicio final. He sido ambicioso, egoísta y desleal. Si existe el infierno sin duda que me condenaré.

Tengo que reconocerlo, estos insistentes dolores, sumados a mis remordimientos, han mermado la creatividad de mi imaginación. Mi última novela es mediocre, incluso patética. Los personajes han nacido muertos y actúan como verdaderos zombis. Creo que he perdido la conexión con la realidad y vivo en un mundo paralelo. Veo el nuevo mundo pero no lo siento; lo escucho pero no lo entiendo, y ya no tengo a nadie a mi alrededor para comentar esta faena del tiempo; un confidente al que se le puedan contar un cúmulo de desdichas sin que te rechace, te ignore, o te olvide. He traspasado de una a otra dimensión sin apenas darme cuenta, entretenido con mis sueños de grandeza, con el convencimiento de que pondría el mundo a mis pies y ahora yo soy su felpudo.

He traicionado a la única mujer que he amado. He despreciado a mis amigos, y admirado a mis enemigos, porque prefería el estímulo de la victoria después de una enconada guerra contra mis enemigos a la estéril paz de los amigos. Y ahora no tengo amigos ni enemigos. A unos los he humillado, y los otros me han ignorado y rechazado mi enemistad, así que no queda nada, ni de unos ni de otros.

Estoy postrado sobre la cama intentando olvidar que tengo un cuerpo corrompido, que amenaza con destruir también mi alma y mi mente. Esta noche las esporádicas luces de los automóviles que cruzan por el techo me parecen almas en pena que me advierten que muy pronto seré una de ellas y cruzaré los techos de otros condenados; que ni el cielo ni el infierno existen, solo la insoportable nada.

4. El primer amanecer

Por fin amanece. He dormido dos o tres reparadoras horas. Es un alivio dormir; poder tener la oportunidad de encontrarte con las personas más queridas, pero no las reales, sino las que tu estado de ánimo necesita, y que durante la vigilia duermen en tu imaginación. Solo en sueños las cosas suceden como deseamos que sucedan; sin los sueños el alma no tendría donde refugiarse; donde anidar y entonar su canto, estaría presa de la cruda y severa realidad. No sé quién nos dio la facultad de soñar, pero debió ser alguien muy comprensivo y buen conocedor de las debilidades del ser humano. Tal vez fuera el Dios del que hablan las religiones, pero yo no puedo aceptarlo, porque simplemente no creo en nada. Incluso he dejado de creer en mí mismo. Quien vive sumido en la nada no puede creer en nada.

Pero está amaneciendo y es mi hora para el optimismo; el momento más esperado, porque la luz debe ser la causa de todo lo creado, mientras que las tinieblas son las encargadas de destruirlo, de sumir lo creado en un abismo sin retorno, el mismo que nos debe esperar tras la muerte. He pensado mucho en la muerte, especialmente en mi muerte; en mi irreversible y temprana muerte. Me gustaría creer en la transmigración, porque la vida no se destruye, solo se transforma. Sería un consuelo poder creer que instantes después de mi último suspiro ser parte de una nueva vida, en algún lugar de la Tierra o del Universo. Al fin y al cabo de él venimos y a él volveremos.

Pero mi habitación se ha inundado de luz y ahora veo las cosas como son y no como las sueño. Veo en la estantería minuciosamente ordenados por grosor, color y altura mis novelas, en las que gastado, o tal vez desgastado, toda mi vida, y algunas fotos de tiempos remotos e irrecuperable. Las mejores novelas las escribí cuando mi mente y mi imaginación tenían alas, porque eran jóvenes y libres, y se entendían mutuamente: lo que la imaginación creaba mi disciplinada mente lo escribía. La mayoría de mis novelas han sido un rotundo éxito, pero la última estaba contaminada de mi enfermedad. En mi mesa de escritorio, junto al ventanal por donde contemplo la parte de mundo que me corresponde, veo que permanece inactivo y silencioso el ordenador que en días mejores me provocaba constantemente, sin apenas dejarme respiro, ni tiempo para el descanso. Solo se escuchaba el excitante y rápido sonido de las teclas describiendo sobre la pantalla iluminada las imágenes que brotaban como un manantial de agua fresca de mi exuberante imaginación. Entonces esta máquina era una extensión de mi mente y de mi espíritu, ahora es un vulgar ordenador, como hay miles, sin alma y sin actividad, porque ya no tengo nada que contar.

El teclado me parecían un universo, con el que se podían expresar hasta los más recónditos pensamientos filosóficos, escribir los más apasionados diálogos, o describir los más bellos escenarios. Todo estaba allí, a la vista, solo había que elegir las letras adecuadas, en la forma más acertada y con el ritmo también adecuado. Esa era otra vida. Cada personaje que salía de ese ahora inerte teclado trastocaba completamente la realidad: ellos eran los reales, lo demás era un sueño. Los sentía tan vivos que muchas veces los invocaba convencido de que aparecerían en mi habitación, y discutiríamos sobre su futuro como personaje de la novela. Siempre tuve la sensación de que no estaban conformes con su papel, porque yo nunca llegué a conocerlos como realmente eran, a pesar de que yo mismo los había creado. Pero eso fue antes del diagnóstico; antes de que mi caminar se hiciera torpe y descompasado; mucho antes de que los primeros síntomas de mi enfermedad me hicieran perder el sentido por causa de un intenso dolor surgido de alguna parte imprecisa del interior de mi cuerpo. Pero yo presentí mi enfermedad mucho años antes. Posiblemente tuve el presentimiento ya desde mi nacimiento, por eso viví con urgencia, escribí con urgencia y también envejecí con la misma urgencia. Ahora ya puedo descansar y tranquilizarme, ya no hay razón para la urgencia.

5. Una muerte digna

He desechado toda esperanza. Sé que voy a morir, pero en contra de mi voluntad. No puedo aceptar que la naturaleza decida por mí. Tengo que anticiparme a sus ciegos impulsos; a su destrucción irracional. Solo yo puedo decidir cuándo y cómo debo morir. Es un pensamiento que me horroriza, pero tal vez deba poner yo mismo fin a mi vida. ¿Suicidarme? ¿Sería capaz de hacerlo? Pero ¿cómo? No quiero tener una muerte violenta. ¿Recurriendo a los sedantes? Pero, sabiendo mi situación ningún médico me los recetaría. Nunca pensé que fuera tan difícil atentar contra la propia vida. Envidio a los que tienen la fortuna de morir durante el sueño, porque la mayor dificultad de un suicida es tomar la última decisión de su vida, porque no es posible rectificar. Tal vez podría recurrir a la eutanasia, pero no quiero morir donde la ley lo permite, ni que mi muerte sea un intercambio comercial. Desearía morir junto al mar, al atardecer de un crepúsculo otoñal, para llevarme su belleza a la eternidad. ¿No se cumplen los deseos de un moribundo? ¿Por qué no pueden cumplirse los míos?

Pero estoy hablando de mí; planeando mi muerte por mis propias manos y por mi voluntad. Pretendo ser yo mismo el homicida que destruya todo cuanto he creado; acabar con el fruto de mis ilusiones juveniles, mis ambiciones consumadas tras muchos años de soledad y tristeza, con mis gratos recuerdos. Al menos si me mata la naturaleza yo no seré responsable de este homicidio. No, no puedo atentar contra mí mismo. Ningún árbol destruiría sus propios frutos.

Pero si no tengo el valor suficiente para atentar contra mi cuerpo, tengo que acallar mi conciencia, limitar los lúgubres pensamientos y cerrar los ojos de la imaginación, la única responsable de mis sufrimientos, porque no sufrimos si no imaginamos. ¿Entonces, tengo que dejar que esta terrible enfermedad siga su curso? ¿Cómo soportaré esta larga agonía? ¿Con qué estímulo contaré? No me puedo imaginar esperar impasible la muerte postrado en la cama de un hospital, con la mente aturdida por los analgésicos y la vista nublada, tontamente fija en algún punto de la habitación. No, esa no es una forma digna de morir. Debe de haber otra forma más humana y menos dolorosa. Puede que la única forma digna de morir sea en aquel lugar que llames tu hogar, y estar junto a quién sienta verdadero afecto por ti; que puedas estrechar su mano hasta que en el último suspiro se pierda su contacto, porque es a través de las manos como las almas se comunican y expresan sus deseos y sentimientos, de esta manera te puedes llevar su afecto y su sonrisa a la eternidad, aunque mis ojos ya no vean, mis oídos ya no escuchen y mi cuerpo ya no sienta nada. ¡Esa es la única forma digna de morir!

Una sabia reflexión pero inútil, porque yo no tengo un hogar ni nadie que sienta tanto afecto por mí. Este apartamento no es un hogar, porque falta lo esencial: una mujer. Solo es un lugar de residencia; un confortable refugio; el espacio adecuado para un escritor; una jaula dorada donde dejar libre la imaginación. Solo una mujer puede convertir la sala de espera de una estación en un hogar, porque ella es el hogar. Está entre su brazos, en su seno, en su energía femenina. El hogar está en el lecho donde yace una mujer.

En cuanto a alguien que sienta por mí tanto afecto como para velar mi agonía y estrechar la débil mano de un moribundo, lamentablemente hace muchos años que no sé nada de ella. Fue mi primer y único amor, la persona que estimuló mi imaginación y mi creatividad. A ella le debo lo que soy y los recuerdos que han inspirados la mayoría de mis novelas. Pero por entonces mi ciega ambición era más fuerte que mis sentimientos. Nos unió y nos separó nuestra pasión por la literatura. Los dos teníamos confianza en nuestro talento y no teníamos la menor duda sobre nuestros futuros éxitos. Nuestra relación le inspiró sus mejores poemas, por lo que yo me sentía halagado y transportado a otro mundo, pero la providencia le tenía reservado un doloroso destino.

También fue fruto de nuestra relación el argumento de mi primera novela: la historia de una poetisa fracasada que describe en su último poema su suicidio. ¡Una amarga paradoja del destino! Ella me ayudó a corregir mis notables defectos literarios de principiante, incluso mecanografió el manuscrito y me sugirió que lo enviase a un conocido concurso literario para principiantes. Compartía mis ilusiones y mis ambiciones con generosidad y sin la menor sombra de envidia. Se entregó por entero a esta labor, que finalmente dio sus inesperados frutos: ¡Gané el primer premio! Lo que siguió después es la causa de mis remordimientos y que nunca podré perdonarme.

Una reconocida agente literaria se interesó por mí, y me aseguró que tenía un gran talento literario y que en uno o dos años haría de mi el escritor más leído y admirado de aquella época. Yo me sentí profundamente halagado y acepté su apuesta. Ella me sugirió el tema de mi segunda novela: una historia romántica con final feliz, y yo no tuve dificultad en imaginar el argumento, tan solo tenía que añadir algunas escenas nuevas a mis propias vivencias personales. En esta segunda novela fue ella quien revisó y corrigió los numerosos defectos de estilo y errores gramaticales del primer manuscrito. Solíamos trabajar en su propia casa, en un ambiente de intimidad y familiaridad, creado para seducirme y hacerme caer literalmente en sus brazos. No solo había visto en mí un escritor con talento, sino también un amante.

Desgraciadamente para mi fiel compañera, mi agente era una mujer con el atractivo de las mujeres maduras todavía bellas, con un espíritu joven y una gran experiencia en las artes de la seducción, por lo que fue imposible resistirme. En poco tiempo consiguió dominar completamente mi voluntad. Pasaba los días en un frenético programa de promoción de mi novela que apenas me permitía dedicar unos minutos al recuerdo de otra mujer que debía sufrir en silencio cada vez que mi imagen, con una sonrisa estudiada de triunfador prepotente, aparecía en algún medio de comunicación. Los pocos momentos que no dedicaba a mi promoción tenía que ocuparlos en satisfacer sus deseos, siempre insatisfechos, no como mi agente sino como mi amante.

Aunque había momentos en que era consciente de mi desleal comportamiento, no pude renunciar a la vanidosa sensación de estar por encima de la gente común; de dominar sus voluntades, convirtiéndolos en aduladores y en mis admiradores. Desde entonces no ha habido paz para mi espíritu y no he conocido ni la verdadera amistad ni mucho menos, el apasionado sentimiento del amor. Ahora ya es demasiado tarde, porque tanto la amistad como el amor son como una bella planta, necesita tiempo para florecer.

6. Recuerdos

A veces me pregunto qué hubiera sido de mí si no hubiera ganado aquel inesperado premio. Posiblemente estaría casado, tendría dos o tres hijos, un abdomen más prominente y podría haber encontrado un buen empleo en una compañía de seguros, donde ya habría ascendido a subdirector. Viviríamos en una bonita casa con suficientes habitaciones para todos, situada en un tranquilo suburbio residencial. Tendríamos dos perros, un histérico Yorkshire de mi mujer y otro de una raza más grande, además de un gato siamés. Dos de mis hijos irían ya a la Universidad. El mayor estudiaría Derecho, y tendría ya asegurado un empleo en mi empresa, y mi hija mediana estudiaría periodismo, porque creería tener vocación de escritora, y ya habría publicado en la red un libro de tema romántico.

La pequeña, porque muy probablemente tendríamos dos hembras, estaría todavía en el Instituto y llevaría una prótesis dental para corregir la desviación de su dentadura. Mi mujer sería presidenta de alguna asociación cultural, y cada primer sábado de mes nuestro amplio salón se convertiría en una sala de reuniones, donde una docena de activas madres de familia, y algún viudo jubilado, discutirían los detalles de un ambicioso programa cultural. Tendríamos una buena relación con nuestros vecinos. Él podría ser un alto ejecutivo de una multinacional de alimentos para mascotas, y ella regentaría una pequeña boutique de ropa exclusiva, dentro de nuestra zona residencial, que con toda probabilidad sería un negocio ruinoso.

Cada verano mi mujer, yo y nuestra hija pequeña pasaríamos dos semanas en una popular localidad de la costa, donde tendríamos reservado cada año un apartamento en el piso 15 de un edificio en la tercera línea de mar, mientras nuestros hijos mayores aprovecharían el verano para seguir cursos intensivos de inglés en Londres o en Nueva York.

¿Es eso lo que me he perdido? No; es una suposición demasiado convencional que yo nunca hubiera aceptado. Pero no quiero pensar en lo que hubiera podido ser mi vida con aquella mujer como si se tratara del argumento de una de mis novelas. Ella es una persona y no debo confundirla con un personaje; nuestra relación no fue una novela. A veces no sé distinguir el sueño de la realidad, porque los recuerdos con el tiempo se vuelven sueños, y los sueños con el tiempo se hacen realidad.

Todo hubiera podido ser distinto si yo no hubiera sido tan ciego y ambicioso y no hubiera caído en los brazos de mi agente literaria. Pero pronto su avidez por sentirse joven y atractiva no encontraba ya en mí el estímulo suficiente, y se buscó un nuevo amante, otro joven escritor ambicioso.

No sentí en absoluto su traición, más bien supuso una liberación, porque yo también necesitaba nuevos estímulos para proseguir la meteórica ascensión de mi popularidad. Entonces intenté recuperar mi primer amor, pero perdí su rastro, daba la impresión de que había emigrado a otro planeta o se la había tragado la tierra, porque se había ausentado de todos los medios que pudieran identificar su paradero. Desalentado por la inútil búsqueda, intenté buscar consuelo en alguna de mis jóvenes admiradoras. No me fue difícil seducirlas, incluso podía elegir entre las muchas jovencitas que me idolatraban. No la elegí por su inteligencia sino por su cuerpo, porque mi capacidad para amar había quedado anulada por mi traición. Por desgracia, a pesar de su atractivo, mi constante remordimiento me hacía impotente e insensible, por lo que mi relación con mis jóvenes amantes era breve y frustrante.

Mis remordimientos me llevaron a aceptar la soledad y me entregué en cuerpo y alma a mi trabajo. Pero cambió radicalmente la temática de mis novelas, los anteriores argumentos tenían siempre un final feliz, los nuevos se tornaron desdichados, negativos y con finales trágicos, en los que invariablemente moría el protagonista de la historia. Pero lejos de decaer mi popularidad siguió creciendo, porque en nuestra época apenas se conocen relaciones con un final feliz, y mis lectores se identificaban mejor con el nuevo giro dramático de mis trágicos argumentos.

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