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Napoleón de George Orwell no es el Negro de Pérez-Reverte
01 de enero del 1970

Han sido muchos los autores que se han servido de animales para expresar sus inquietudes y darnos una bella lección de moral y de buen gusto literario. Antoine Saint-Exupéry utilizó un  zorro para darnos una magistral lección de los valores y las responsabilidades de la amistad. Juan Ramón Jiménez escribió unos versos inmortales sobre un burro para resaltar la nobleza y la virtud del trabajo; Machado utilizó las simples moscas para resaltar el valor humano de la añoranza; Franz Kafka se sirve de un repugnante escarabajo para mostrarnos las frustraciones de su nuestra época; pero incluso aquel breve relato de Juan Salvador Gaviota, sirvió a su autor para mostrarnos las consecuencias de ser libre y uno mismo. Por último, George Orwell crea el personaje del cerdo Napoleón para denunciar  la corrupción a la que lleva el ejercicio del poder, y por contraste, crea ese desgraciado caballo de tiro, que se deja la piel por cumplir con su deber de responsable ciudadano. Todos ellos hicieron de los animales los portavoces de sus críticas a la moral social de sus respetivas época, porque eran conscientes de que un escritor es la conciencia de los inconscientes, la voz y el oído de los sordos y mudos, que no quieren oír ni hablar, y los ojos de los que están ciegos porque no quieren ver.

Pero Pérez-Reverte no es de esa casta de escritores, que debe considerar desfasados y superados. Él es un "cuenta historias policiacas", porque no alcanza a ser denominado con el inspirado nombre de "escritor". A diferencia de Machado, él "persigue la gloria y dejar en la memoria de los hombres los horrores de sus sanguinarios Falcones, o sus mastines descuartizadores de germanos, indios y negros". Tampoco le preocupa los recursos del idioma de Cervantes, Lope, Garcilaso, Góngora y tantos otros escritores responsables ante la historia del uso y mejora de la capacidad de expresión de una lengua tan bella y admirada en todo el mundo como es el castellano. Él es la apisonadora de todas esas antiguallas, y sus editores los alcahuetes que hacen posible este matrimonio de conveniencia entre él y unos lectores embrutecidos por la publicidad, la manipulación de las redes sociales, y la falta de interés por lo que debería ser nuestra inquietud fundamental: la belleza, la bondad y la verdad. Él, su Falcó y su mastín Negro son la negación de estos tres valores que nos hacen ser reconocidos como seres humanos.