BLOG DE JAIME DESPREE
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CUENTOS
Cosas de los duendes de Berlín
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Como las cosas que se piden con educación y por favor no se pueden negar, te voy a contar una breve historia que se me ha ocurrido así, de pronto. ¿Quiénes saben del color de las hojas en el otoño berlinés mejor que los duendes del Tiergarten? No hace mucho tuve la suerte de encontrarme con uno, y eso que lo habitual es que aparezcan durante el equinoccio de invierno. 

—¡Preciso otoño! —le comenté, extrañado de que siguiera fumando su pipa como si tal cosa, apoyado en un viejo nogal cerca del puentecillo que lleva al jardín zoológico. 

—¡Hermoso! —contestó (los duendes son gente de pocas palabras y normalmente detestan a los turistas) Uno nunca sabe cuál puede ser la conversación adecuada para ganarse la confianza de los duendes, así es que me entretuve dando pataditas a las bellotas y haciéndome el interesado por su bosquecillo. 

—¿Tabaco cubano? —le dije para despistar. 

—¡Turco! —Si no es mucho molestar, ¿vive usted por estos alrededores? 

—En esta misma haya, desde hace más de trescientos años! 

—¡Guau! —le contesté en inglés. Mal hecho, porque sospechó que era turista. 

—¿Es usted turista? —(¡lo que me temía!) 

—A medias; sólo escritor. Murmuró algo, como dándome a entender que me perdonaba. 

—Yo conocí a los Grimm —¿A los hermanos Grimm? ¿Los de Blancanieves? —asintió, no sin cierta arrogancia.

 —¿Escribe usted también cuentos?  —me preguntó a su vez, pero sin poner demasiado interés por la respuesta. 

—No siempre, pero tengo un encarguillo de una pelirroja española. Ya sabe como son las chicas cuando se empeñan en algo. ¡Saben cómo pedirlo! 

—¿Y que piensa contarle? —¡Pchsss, lo primero que se me ocurra! 

—Yo me sé un cuento muy gracioso, a lo mejor le sirve. 

—¡Cuente! —le rogué con la excitante sensación de poder salvar mi compromiso. —Había una vez una niña que vestía siempre una caperuza roja... 

—Perdone —le interrumpí—, pero ahora recuerdo que me he dejado el gato encerrado en el microondas. ¡Si no le importa seguimos mañana! No le gustó la idea y sospechó que en realidad yo era un turista camuflado de escritor. 

—¡Usted se lo pierde! —me dijo sin dejar de mirarme por encima del hombro, lo que no era fácil dado su pequeña estatura. Me vine a casa, saqué el gato del microondas, y me puse a escribir este cuento. En cuanto al rojo de las hojas, puedo decirte que no hay palabras para definirlo. Si puedo te enviaré una un día de estos.