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El monarca de las sombras

"No se me olvida la primera vez que la acompañé a la iglesia. Habíamos recorrido al ralentí los cien metros que separan su casa de la parroquia de Sant Salvador y, cuando nos disponíamos a cruzar el paso de cebra que facilita la entrada a la iglesia, estrujó mi brazo.

—Hijo mío —me susurró—, bienaventurados los que creen en los pasos de cebra, porque ellos verán a Dios. Yo estuve a punto."

Javier Cercas es un narrador incapaz de escribir un diálogo con la mínimo parecido a un diálogo real. Y se inventa diálogos absurdos que nadie excepto él puede imaginar. Jamás, y lo repito, jamás una mujer corriente, o mejor dicho, normal, diría lo que este escritor, o lo que sea, escribe en esta novela. Es sencillamente absurdo. No solamente es absurdo, sino que está lleno de contrasentidos, como es habitual en los escritores españoles de esta generación.

¿Cómo se puede creer en algo que es visible? ¿Creer significa tener una certeza de algo que no está probado o no es visible, como creer en Dios? Los escritores también deben ser filósofos y no escribir absurdos como este. ¿Qué relación puede haber entre un paso de cebra y Dios? ¿Por qué distorsionar una bienaventuranza del cristianismo en semejante estupidez? Y qué decir de andar "al ralenti", o "estrujó mi brazo"

Todas estas son preguntas, una vez más, tiene una sola explicación: ¡Otro caso de la escuela de "escribir a tontas y a locas!". No hay manera de dar en este país con un escritor, no necesariamente fuera de lo normal, sino ¡siquiera normal!