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Tiempo de Tormentas

Basta un solo párrafo para descubrir un buen  escritor, y es suficiente una línea para descubrir  los malos escritores. 

Los malos hablan de sus móviles, de cinco dedos agarrotados en una garganta, de un perro poco bailarín, capaz de despedazar bárbaros y cazar  indios y negros, de mujeres que ponen un pie sobre el asfalto de una calle de Nueva York, con la intención de poner luego el otro sabe Dios dónde. De niños que quieren estar seguros de que su mamá todavía tienen la cabeza sobre los hombros.

Los buenos escriben párrafos como éste: 

"Y allí me sorprendieron las fragancias de los limoneros de ese jardín y los pequeños bulbos de malabares abriéndose camino debajo de los ventanales de la mansión. Los olores de mi infancia, cuando llegaba aquí junto a mi padre a buscar a Belén después del colegio." 

¿Cuál es la diferencia? Los malos escriben sobre lo que han visto u oído; los buenos sobre lo que sienten y que han vivido. Los malos copian, disimulando con  palabras descabelladas, abruptas, disonantes; los buenos crean, y los dicen con palabras acordes a la emotividad de la narración, sensibles, sugerentes, emotivas: porque así es su autor. Los  malos escupen palabras, los buenos las saborean. 

¡Por fin he dado con un buen escritor! ¡Ven como no soy un derrotista! Claro que no  es de la cantera nacional, de la escuela de escritores de "A tontas y a locas". Es venezolano. Hace años que son los autores latinoamericanos los que está salvando de la vergüenza y la ignominia la literatura en castellano.