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Premio Planeta: la muerte de la novela

Los españoles siempre hemos tenido la tendencia a evadirnos de la realidad y vivir en mundos ilusorios. Esto nos hace ser fantasiosos y exagerados. Hay dos ejemplos espléndidos de este anormal comportamiento: somos el país que más gasta en fichajes de deportistas y el que más dinero otorga en un premio literario. Por su modesta posición entre los países desarrollados, no le corresponden estas generosas exageraciones.

Todos los países incurren en alguna desproporcionada exageración. Los británicos exageran en sus alardes monárquicos; los italianos en su sentido teatral de la existencia; los franceses en su visceral republicanismo; los daneses en su liberalismo, los suecos en su pasión por las saunas; los alemanes por el sentido del orden; los austriacos por su aristocraticismo; los suizos por su cantonismo; los húngaros por su indisciplina; los polacos por su catolicismo, los checos por su kafkianismo; los rusos por su despotismo; los irlandeses por su folclorismo, y solo me quedan los holandeses, los belgas y los luxemburgueses, que exageran su individualismo. Tal vez debería mencionar también a los andorranos, que exageran su nacionalismo bancario.

El premio Planeta es una anomalía, que solo se justifica por esta anormal tendencia a la fantasía y la exageración nacional. Pero de la misma manera que los grandes clubs de fútbol han aprendido a rentabilizar sus astronómicas inversiones, la editorial Planeta ha dado con la fórmula para recuperar su desorbitada cuantía del premio, por supuesto que a costa de sacrificar la literatura.

Los brillantes CEOs (ejecutivos) de la Penguin Random House han dado con el perfil idóneo de sus lectores para conseguir que el premio sea rentable. Estas han podido ser perfectamente su deliberaciones en sus juntas de directores:

Pregunta del presidente: 

-¿Quiénes leen nuestros libros? 

Respuestas de los CEOs:

-Desde luego que no son lo adultos, padres de familia, agobiados por deudas y las complicaciones familiares…

-Tampoco son los mayores de sesenta años, porque, además de perder el hábito de la lectura, tienen la vista cansada, y les resulta penosa la lectura, excepto la de los pies de las fotos de las revistas de chismes que compran ellas y de los periódicos amarillos que compran ellos. 

-Mucho menos los estudiantes, que se gastan el poco dinero que tienen en botellones.

Por lo que llegan a la obvia conclusión, de que los que compran sus libros son los jóvenes entre 25 y 35 años, solteros, tal vez con compromiso, pero que cada uno hace lo que le viene en gana, con aceptables empleos, que les permiten disponer de algunos euros para malgastarlos en los premios Planeta, a condición de que les distraigan de su aburrimiento en su tiempo libre, porque en su mayoría hacen jornada inglesa.

 

Todos ellos disponen de una extensa y variada colección de tarjetas de crédito, y son asiduos compradores de las tiendas y las librerías online. En la mayoría de los casos son compradores compulsivos, porque comprar es su principal aliciente para justificar su presencia en este mundo.

La segunda pregunta del presidente: 

-¿Qué les gusta leer a estos jóvenes?

Permitirme responder yo a esta pregunta. Desde luego que no leen las Églogas de Garcilaso, o la Divina Comedia ni Cortadillo y Rinconete, o El elogio de la locura, ni siquiera pueden soportar las novelas de Tolstoi, Víctor Hugo, Unamuno o Pio Baroja. Estos lectores se han iniciado en la lectura de ocio de la mano de editoriales como Planeta o Nadal, y no conocen otra literatura que la de sus autores. Por lo que han ajustado su sensibilidad literaria a la de ellos, o lo que es lo mismo, se han habituado de tal manera a esta literatura que admiten toda clase de abruptos, vulgaridad del lenguaje, oraciones sin sentido, adjetivos incalificables, descripciones incomprensibles, situaciones absurdas, diálogos insípidos, argumentos amanidos, expresiones soeces, escenas pornográficas, personajes imposibles, violencias irracionales y gratuitas, y toda una colección de horrores literarios que ya son incapaces de distinguir lo que es y no es literatura. 

De estos lectores han surgido muchos nuevos autores, y como es de esperar, repiten los mismos horrores literarios que sus mentores. De esta manera hemos llegado a esta tragedia nacional, como es la irreparable pérdida del gusto por la buena literatura. 

Pero esta no ha sido la única pérdida, también hemos perdido el interés por la novela social y comprometida; la novela testimonio, como “Los miserables”, “Madame Bovary” , “Niebla”, “Resurrección” o, incluso, “El Quijote”, porque estos lectores y autores no encuentran motivos de queja ni nada que reivindicar. Ellos reciben cada mes una nómina que les permite dilapidar una considerable cantidad de dinero en el fomento de esta clase de literatura, que si somos rigurosos con el lenguaje y sus significados, bien podemos llamar “literatura basura”, o para hacerlo más concreto, “basuratura”. Ellos creen que el mundo está bien como está, y también la novela está bien como está. Por tanto, que no les vengan con historias que les hagan pensar; que hablen de pobreza, marginación, corrupción, soledad o muerte. Prefieren historias que no tengan ni la más remota vinculación con la realidad actual, sus injusticias, sus desigualdades sociales, su desprecio por la virtud, la belleza y la generosidad. Novelas con historias que hayan sucedido muchos siglos atrás, mucho antes de la revolución copernicana, el discurso racionalista cartesiano, y por supuesto, del pensamiento ilustrado, antecedente de nuestra cultura social actual. 

No, ellos solo están interesados en historias que no sobrepasen el siglo XIII, o como máximo el XIV. Pero sus favoritos son los siglos IX, X y XI, los de mayor oscurantismo y violencia confesional. Si hablamos de la antigüedad, les deleitan los sanguinarios reinados de Nerón o Calígula, pero no saben quién fue Pericles. Si les dan a elegir entre historias sobre Jesús o Judas, no tienen la menor duda en elegir las de Judas. Sus mitos literarios son sin duda Umbert Eco y Ken Follet, padres de la interminable saga medievalista, y Dan Brown, o la versión moderna de thriller oscurantista. 

En cuanto a los escenarios, sin deuda que Roma, y en especial el Vaticano, son sus predilectos. La democrática Atenas o la sabia Alejandría, no están entre sus favoritas.

Pero la realidad es que no saben lo que les gusta hasta no verlo anunciado o publicitado y jaleados por los críticos de los medios que forman parte de esta confabulación contra la literatura, a las ordenes de esos CEOs que he mencionado con antelación. 

Así, el presidente de la junta levanta la sesión, satisfecho por la sagacidad de sus directores, que, a través de sus subordinados, harán llegar su destructivo mensaje al resto de los subordinados, hasta llegar a los jurados de los diversos premios (yo más bien diría castigos) que convocan las diversas editoriales del grupo. Calentando los teléfonos móviles has el agotamiento de las baterías.

Indiscutiblemente el plan de marketing decidido es un éxito comercial y un fracaso de la dignidad del autor premiado, la literatura y de la novela en particular.

Nota importante: Tengo que confesar que hasta la redacción de este artículo no he sido plenamente consciente de esta penosa situación ni que yo me estoy moviendo literariamente en ciénagas pantanosas, en las que terminaré por ahogarme, porque el suelo firme ya no está a mi alcance. Me he quedado atascado en una época ya fenecida en que los escritores éramos conscientes de la trascendencia de nuestro arte, su contribución a la formación de la conciencia social, la moral, la buena convivencia y la generosidad. 

En definitiva, los escritores de está fenecida época éramos conscientes de nuestra responsabilidad y la influencia de nuestros escritos en el comportamiento social. 

Todos esos remilgados prejuicios morales, afortunadamente para los balances de estas editoriales, ya no existen. Sus autores pueden escribir lo que les venga en gana y como les de la gana. A los escritores atascados en estas lagunas pantanosas del pasado solo nos queda escribir un emotivo panegírico para que quede algo de nosotros en el recuerdo colectivo, por si algún día resurgiese la literatura con todo su esplendor y belleza.

Nota de última hora: Nada ilustra mejor este articulo que estas declaraciones del último Premio Planeta: "Escribo de lo que me da la gana, cuando me da la gana y como me da la gana". 

En Berlín, un 15 de octubre de 2018, día de la concesión de un nuevo Premio Planeta; 

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