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La guerra de la seducción

Marilyn Monroe, Elvis Presley, Janis Joplin, Jimi Hendrix, John Lennon, Mikel Jackson, George Michel, todos han sido víctimas de la extraña y agresiva guerra entre el seductor y los seducidos.   Cuando alguien destaca por su capacidad de seducción, sea un músico, actor, escritor o simplemente un amante, el seducido encuentra en el seductor un importante estímulo personal además de la satisfacción que pueda causarle, pero al mismo tiempo la dependencia del seductor supone una intolerable agresión a su libre albedrío.   

Por esta razón a partir de que se crea la relación entre uno y otro el seducido mantendrá una extraña y contradictoria relación de amor y odio con el seductor, pues mientras lo admira, inconscientemente tratará de librarse de su seducción destruyendo al seductor. ¿Cómo?  El medio más simple es destruir el mito descubriendo en el seductor defectos “humanos”,  de lo que se encargan los medios de comunicación. 

Una vez destruido el mito cesa el encanto y la seducción, y el seducido recobra su libertad, ¡para volver a perderla con el próximo seductor de turno!, pues la gente común no puede vivir sin el estímulo y la satisfacción de la gente excepcional.   Pero si el mito es demasiado poderoso entonces el seducido adopta una nueva y más sutil estrategia, que consiste en sobre admirarlo, es decir, intentar destruirlo exigiéndole más de lo que sus necesidades personales de estímulo y satisfacción necesitan. 

Se trata de una admiración histérica pero malévolamente intencionada para provocar el colapso del seductor, que nunca podrá estar a la altura de lo que le exigen sus histéricos admiradores.  Si se trata de un amante, la estrategia consiste en exigirle satisfacción constante y frecuente hasta acabar con su capacidad sexual, destruyendo así la seducción, pero también la satisfacción. 

 Pero el seductor no es totalmente inocente en esta destructiva relación, pues tan pronto como sus artes de seducción funcionan y es consciente de tener admiradores, impedirá por todos los medios que dejen de estar subyugados a su seducción, procurándoles nuevas satisfacciones, no por un altruista deseo artístico, sino por un instintivo deseo de dominio sobre los seducidos, lo que justifica su reacción y rebeldía. 

Esto es tan cierto que el propio Borges, víctima también de este juego de seducción, dijo que si se reencarnase por nada de este mundo deseaba volver a ser Borges, pues detestaba las consecuencias personales de su popularidad. 

 Los aspirantes a seductores, escritores, actores, músicos o lo que sea, deberíamos valorar las consecuencias nefastas de nuestra posible seducción y dedicarnos a labores más comunes, tarea a la que me estoy entregando yo mismo en estos últimos años. Si se me ha ocurrido publicar este nuevo artículo no es para seducir a nadie sino todo lo contrario, para justificar mi cada vez mayor desinterés por las artes de seducción.   

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