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¿Tiene futuro la Unión Europea?

Como resido desde hace ya bastantes años en Berlín, siento de forma especial los   acontecimientos y movilizaciones sociales en España, y en el resto de países afectados por   la crisis. Puedo decir que disfruto de los beneficios de la Unión, pues como ciudadano   europeo tengo los mismos derechos que si residiera en España, pero todavía mejorados por   el más elevado nivel de vida de este país y por sus más que generosas ayudas sociales de   todo tipo.  

Por esta razón me inquieta la sola idea de que esta unidad pueda resquebrajarse y pueda   llegar a cambiar mi estatus político y social en este país, que ya considero mi nuevo hogar,   y me pregunto si tiene futuro la Unión Europea. Esta es mi reflexión y conclusión.  

Las causas de la UE  

Las causas de la UE tienen una motivación política y otra económica. La política es hallar   la manera de poner fin a las interminables guerras internas promocionando para todas sus   naciones un mismo modelo político de democracia parlamentaria en un estado de Derecho.   La económica es recompensar la llegada de la democracia con inversiones productivas que   traigan prosperidad y desarrollo económico.  

Los promotores de esta idea no podía ser otros que los vencedores y vencidos de la II   Guerra mundial, es decir, Norteamérica y Alemania, materializado en el eje París-Berlín.   Francia aportaba el espíritu político y Alemania el económico. Así da comienzo el proceso   de integración europea, con el paraguas defensivo de la OTAN.  

El “Milagro alemán” y sus consecuencias  

Con una nueva constitución social y progresista, ayudada por cuantiosas inversiones, y   concentrada en su reconstrucción, en solo dos décadas Alemania resurgió de sus ruinas tan   espectacularmente que mereció el calificativo de “Milagro alemán”.   

Como es tradición, el espectacular desarrollo se basaba sobre todo en la producción   industrial. Durante los años 50 y 60 esta producción de bienes es absorbida por su propia   población, pero a partir de los años 70 el fuerte crecimiento de la producción industrial   requería de nuevos mercados, y es entonces cuando la propia Alemania promueve con más   decisión la integración de nuevos países a la Unión Europea, entonces “Mercado Común   Europeo”, para lo que se hacía necesario un nuevo tratado acorde con la nueva situación.  

Los nuevos socios de la UE  

El nuevo tratado fue enormemente ambicioso, y propuso un mercado único sin barreras   arancelarias en lo económico y sin fronteras en lo político, que debía concluir con la   adopción del Euro.   Cansados de la autarquía y la represión de las dictaduras y cegados por los futuros goces   del consumo, en pocos años España, y otros países candidatos en similares circunstancias,   se democratizó a pasos forzados y se hizo merecedora del premio ofrecido, formando parte   de la Unión con todos sus derechos y obligaciones.

Como todo lo nuevo surge con un exceso de optimismo y confianza, los inversores   alemanes y franceses se volcaron en España, atraídos por el potencial de 50 millones de   nuevos consumidores para sus productos industriales, el acceso a una exuberante   abundancia de frutas y verduras frescas y baratas y la perspectiva de gozar de su   extraordinario clima en sus miles de kilómetros de playas en estado casi virgen.  

El “espejismo económico” español

 Lo que siguió a la integración de España en la UE fue más un espejismo que un milagro   económico. Los gobiernos, tanto de izquierdas como de derechas, aprovecharon esta   prosperidad coyuntural para intentar perpetuarse en el poder. Cada uno interpretaba el   estado social a su manera, y ambos colmaban de beneficios sociales a sus electores, sin   conseguir asentar las bases de un modelo económico sólido y estable. ¡Hasta que surgió la   monolítica economía del “ladrillo”!   

Esta economía tenía sentido en un país que necesitaba renovar la mayoría de las pésimas   viviendas construidas durante la dictadura, pero tenía dos inconvenientes: necesitaba   fuertes inversiones con bajo interés y a largo plazo y una ingente mano obra no   especializada que había que importar de países no comunitarios.   

El sistema se hundió con la crisis financiera y el colapso del crédito, dejando a los bancos   en números rojos, las obras a medias y los trabajadores, la mayoría emigrantes con estatus   políticos precarios, temporalmente a cargo del Estado.  

 De la noche a la mañana los españoles, y el resto de países en circunstancias semejantes,   pasaron del espejismo a la perplejidad, pues habían adquirido hábitos de consumo de un   país rico, pero con unas estructuras económicas propias de un país pobre.  

La caída del Muro de Berlín y sus secuelas  

El fin de la Guerra fría supuso un verdadero cataclismo para la UE, cuyas consecuencias   aún nos siguen afectando. Supuso el inicio de la apertura de nuevos y gigantescos mercados   para la producción industrial alemana, que no eran ni imaginables antes de la caída del   Muro de Berlín, como China y Rusia.   

En solo una década estos nuevos mercados se han consolidado, a los que, tras un largo   periodo de estabilidad democrática, se han incorporado otros emergentes, como India o   Brasil. Cualquier economía emergente necesita sobre todo maquinaria y herramientas, y esa   es la especialidad alemana. Por tanto era natural que Alemania exportara su producción a   estos países y les destinara buena parte de sus inversiones, que en otro tiempo iban   destinadas a España, y otros países de la UE.  Como los cristiano-demócratas de Ángela Merkel gobiernan sobre todo con criterios de   mercado, pendientes de los índices bursátiles más que de la encuestas de opinión, ante las   nuevas perspectivas de negocio es lógico que vean a los países en crisis de la UE como una   rémora, cuya solución es hacerse de nuevo competitivos reduciendo sus costes sociales y laborales con drásticas medidas de austeridad presupuestaria, con la esperanza que estas   medidas estimularán la iniciativa privada, pues según el dicho popular “El hambre agudiza   el ingenio”.  

El riesgo de desintegración  

Nunca en la UE habían estado tan de espaldas el pueblo y sus gobernantes. El pueblo   protesta las medidas de austeridad sin ofrecer una alternativa razonable y realista, entre   otras cosas porque ya no se sabe bien que es lo real y lo razonable, y los gobernantes   porque promueven medidas que rechaza el pueblo, sin que pueda garantizar que son las   más adecuadas.  

El dilema es simple: el pueblo quiere que el gobierno invierta para estimular la economía el   dinero que no tiene, y el gobierno intenta inútilmente que inviertan el dinero quienes lo   tienen. Pero así por las buenas, y sin verse forzados a ello, esto va contra las leyes del libre   mercado. En teoría el dilema no tiene solución, y parece que vamos hacia la desintegración   de la UE, que puede ir precedida de un insolidario “¡Sálvese quien pueda, mientras estemos   a tiempo!”, pues cada vez son más los euroescépticos, especialmente en el Reino Unido. 

Pero entonces, ¿cuál es la solución?  

La solución de esta crisis la tiene el mismo que la ha provocado. Solo saldremos de este   embrollo si los Estados Unidos consigue una vigorosa recuperación de su economía, y   volve a crecer pero de forma equilibrada y sostenible, y no basado en las rentas ficticias de   la ingeniería financiera de Wall Street.   

Solo si la primera economía mundial se recupera podrá servir de estímulo nuevamente a la   expansión de los mercados mundiales, y europeos en particular; estabilizando los mercados   financieros, con lo que el crédito volvería a circular y con él las inversiones, que crearían   puestos de trabajo, crecería la confianza del consumidor, aumentando el consumo, así como   los ingresos del Estado, lo que le permitiría pagar sus deudas y asumir de nuevos sus   responsabilidades sociales inexcusables.  

Con Trump en La Casa Blanca, abiertamente hostil, la Unión Europea corre el riesgo de   desintegrarse, pues China no podrá tomar el relevo como motor de la economía mundial en   tan poco tiempo, ni es un aliado tan fiable y estable de los europeos como los EE. UU.  

Conclusión  

Pese a las apariencias de estabilidad y fortaleza, la Unión Europea es muy vulnerable,   porque depende de una opinión pública heterogénea, con sentimientos nacionalistas   profundamente arraigados y que con demasiada facilidad y ligereza revive rencillas del   pasado, pero que no se ve todavía como parte de una misma nación europea. 

Bruselas, que más que un gobierno se percibe como una gigantesca y costosa institución   burocrática, no tiene el mandato popular suficiente como para influir en la opinión pública   de las diversas naciones, y los ciudadanos que sufren los rigores de la crisis se empiezan ya   a preguntar “¿De qué nos sirve ser parte de la Unión Europea?” La respuesta puede ser su   desintegración.  

Después de todo lo penosamente conseguido, la unidad de la UE sigue basándose en   intereses económicos, pues todavía es inconcebible una unidad política que permita un   liderazgo común europeo, por tanto si se deteriora su economía se deteriorará también su   unidad, y los europeos por nosotros mismos desgraciadamente todavía no tenemos ni la   voluntad política ni los recursos necesarios para evitarla. 

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