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La mujer y su mundo (Visto por un hombre)

 

No creo que ningún Dios haya tenido nada que ver con la creación de la mujer, y mucho menos aceptar que haya podido surgir nada menos que de una costilla de Adán. Adán no tiene nada en común con Eva. La denominada con el sugerente nombre científico de «Eva mitocondrial» nunca conoció a Adán porque vivió 70.000 años antes que él. Desde luego que Adán nunca hubiera aceptado una relación con una mujer de su edad, y la prueba la tenemos en nuestros días, en que los hombres nos creemos con el derecho natural de aparearnos sólo con mujeres a las que siempre superemos en edad. ¿Por qué? Porque creemos que nosotros nunca dejamos de ser jóvenes y ellas sí, por esa razón en previsión de desarreglos emocionales futuros las elegimos siempre jovencitas, de manera que para cuando nosotros aceptemos que nos estamos haciendo viejos, ellas justo empiecen a sentir los primeros molestos síntomas de la menopausia, y si para entonces no nos quedan más ganas de aventuras sentimentales, las aceptemos como son.

Las mujeres, desde la supuesta Eva mitocondrial, han guardado para sí celosamente sus propias mitocondrias, salvo en el desdichado caso de que no tuvieran descendencia femenina, caso que sólo es frecuente en nuestros días, donde existe menos del dos por ciento de acertar con el sexo deseado, ya que en las familias tradicionales dada la generosa fertilidad de las mujeres, era poco normal que se rompiera esta línea maternolineal de las mitocondrias, de manera que las mujeres pudiera mantener intacta su personalidad en el transcurso de las generaciones, desde la misma madre común a todas ellas. Mientras tanto nosotros con cierto retraso también fuimos capaces de establecer nuestra idiosincrasia masculina a través del cromosoma Y, de manera que desde entonces nos esforzamos por dominar la naturaleza para que sea más favorable a los cromosomas Y que a las mitocondrias; es decir, que hemos intentado inútilmente destruir a la mujer desde su raíz genética. Pero ésta se ha mantenido firme y prolífera en sus trece, desafiante y rebelde, lo que para mí, de forma muy especial, ha sido una auténtica bendición, como trataré de exponer más adelante.

¿Que qué nos diferencia?  ¡Todo! Pero si hemos de entrar en detalles particulares, lo más notorio y evidente es que la mujer desde un principio sabe que la vida es un sufrimiento prácticamente constante, pero lejos de repudiarla siempre la ha aceptado tal y como es, con sus momentos gratos e ingratos; felices y desdichados; placenteros y dolorosos. La mujer olvida pronto los malos ratos y se entrega sin remordimientos a los buenos. Instantes después de parir, la visión de su hijo le hace olvidarse de lo que acaba de pasar, no sólo de los dolores del parto, sino de esos molestos nueve meses de embarazo. Las mujeres cuando hacen el amor no piensan en las consecuencias, porque la vida y sus propias exigencias la arrastra más allá de los razonable, por eso afortunadamente casi nunca son razonables. 

Sin la aportación de las peculiaridades del carácter de la mujer el sexo no sería el componente de una relación amorosa, sino que seguiría siendo una violación, como sucede en la vida animal. La mujer hace del placer una experiencia que debe ser inevitablemente compensada con el dolor, porque sabe que no hay placer sin dolor, y lo acepta con naturalidad y resignación, por eso hace del dolor algo cotidiano y llevadero. Una mujer puede mantener una divertida conversación y reír una gracia a pesar de estar sufriendo una pesada migraña o unos intensos dolores de ovarios. Cuando una mujer sufre, lo que es muy habitual, lo hace calladamente porque sabe que no es algo excepcional o temporal, sino parte de su naturaleza, diseñada para soportar relajadamente el sufrimiento. 

Han llegado a tener tan buena relación con el dolor que a veces hasta lo añoran, por lo que en cierta manera son algo masoquistas. Pero lo excepcional de su carácter con relación al dolor es que sus dolencias no les estresan porque no son consecuencia de enfermedades, solo son dolores de mujer, más reiterados e intensos que los de los hombre. Pero lo mismo podemos decir del placer, el orgasmo femenino es infinitamente más duradero e intenso que el masculino. Los hombres, en realidad, no tenemos ni idea de lo que es el placer, pero por la misma razón, tampoco conocemos lo que es el dolor intenso, profundo, duradero y natural; el dolor propio de la naturaleza humana y no de la enfermedad. La mujer vive más años porque los vive sin estrés, dejando que las cosas sucedan según su naturaleza; sean placenteras o dolorosas. 

Una verdadera mujer jamás reniega de su condición sexual, antes bien la glorifica. Por esta misma razón la muerte no es algo que obsesione a la mujer. La mayoría se mueren de improviso y por sorpresa, sin apenas haber tenido tiempo de pesar en ella. La muerte, como la vida, es femenina, natural, aceptable e inevitable. Casi ninguna mujer cree seriamente que haya algo más allá de la muerte porque para ellas las cosas son simples: sólo hay vida y después sólo hay muerte. Todas esas ingeniosas ideas sobre el cielo y el infierno las aceptan para mostrar su buena educación, su fingido respeto a las ideas de los hombres y sus disparatadas teorías sobre el Paraíso y todo eso, pero sólo para complacerles y no contrariarles. Las mujeres no pueden creer seriamente en aquello que no pueden sentir por sí mismas, con su intuición natural; con su lógica irracional. Un mundo femenino carecería de dioses, tan solo tendría madres-reinas, madres-supremas o madres supernaturales, con poderes extraordinarios, pero no madres sobrenaturales. La idea del padre supremo está simplemente descartada, pero hacen ver que la aceptan para no ir contra lo establecido, ¡por el hombre, claro está! 

Por otro lado, las mujeres han sido brutalmente dominadas, pero ni mucho menos derrotadas, porque mantienen inexpugnable su peculiar fortaleza femenina, aquella que nunca podrá ser conquistada porque excede todos los poderes terrenales desarrollados por el hombre. Son psicológicamente más poderosas y podrían acabar con el mundo con una simple conjura maléfica colectiva. Son potenciales brujas, poseedoras de poderes todavía no utilizados ni siquiera descubiertos, salvo casos aislados y que no son públicamente aireados. Por tanto, son temibles, razón por la cual en algunas culturas, aquellas donde los hombres intentan dominarlas brutal pero inútilmente, se las reprime bárbaramente, hasta el extremo de privarlas de los órganos que puede producirlas placer, anulando de esta manera su conexión directa con los grandes misterios todavía ocultos de la naturaleza humana, y que sin duda tienen relación con el propio placer, pero también con el dolor. 

La mujer tiene dos valores fundamentales sobre los que se sustenta toda nuestra civilización: el sentido de la comodidad y el de la limpieza. Sólo cuando el hombre asumió estos valores para sí mismo dio comienzo la civilización. Todo lo que ha hecho desde entonces es idear cosas inspiradas por los deseos de la mujer. El único invento universal pensado por el hombre sin la inspiración de la mujer ha sido la espada y su posterior desarrollo hasta los actuales misiles con cabeza nuclear, lo demás, incluida la rueda, son inventos basados en los valores de la mujer y su sentido de la vida práctica y aseada. No hay nada a nuestro alrededor que no tenga un toque femenino, desde los semáforos hasta los automóviles utilitarios, pasando por las necesarias alcantarillas, las aceras y los pasos de de cebra, que son probablemente algunos de los mejores inventos de las sociedades avanzadas. Por esa razón las mujeres son las que más aprecian la civilización en todo su amplio sentido pragmático y femenino y detestan las sociedades tradicionales y atrasadas, idealistas y masculinas.

En realidad hemos creado el mundo civilizado a imagen y semejanza de la mujer y no del hombre, por esta razón los hombres nos sentimos cada vez más incómodos. Nosotros valoramos positivamente las guerras, a las que solemos justificar con toda clase de argumentos políticos, económicos, religiosos y hasta filosóficos, y en ocasiones las llamamos «guerras de civilización», y siempre estamos envueltos en alguna. En el mundo occidental y civilizado, es decir, masculino, siempre hay una buena razón para estar en guerra. Antes era contra Marx y ahora contra Al Qaeda. Los capitalistas siempre tenemos algún enemigo violento proveniente de culturas también machistas, pero que todavía no son capitalistas. Pero lo que no nos damos cuenta es que en ambos casos estamos defendiendo un mundo inspirado en estos dos valores femeninos fundamentales, que, como decía, son la comodidad, que no hay que confundir con el masculino y derrochador sentido del confort y del lujo, y la limpieza. Lo masculino es la incomodidad y la suciedad. Esto puede parecer una peligrosa simplificación, pero cada vez más hombres y mujeres no aspiran a otra cosa que a llevar una vida cómoda y saludable. Así es nuestra civilización. 

También las mujeres, como los gatos, detectan las energías telúricas y saben cuál de todas las habitaciones de su casa es la más adecuada para instalar el dormitorio o el comedor. También saben si en una determinada casa nueva serán o no serán felices, cosa que desconcierta a los agentes inmobiliarios que intentan vendérselas y a sus compañeros, que no tienen ni la menor posibilidad de apercibirse de esta energía. Sienten en su cuerpo sensaciones que proceden de energías dispersas, descontroladas, y saben si son negativas o positivas, pero no siempre pueden explicar esta sensación ordenada e intelectualmente. Por esta razón se vuelven agresivas, melancólicas, irascibles o encantadoras por influencia de estas energías, y nadie sabe interpretarlas ni puede prever su cambiante carácter. Un día pueden estar de un excelente humor y al siguiente sencillamente insoportables, sin que haya una causa razonable. Incluso puede darse el caso de que se enfurezcan a pesar de haber ganado una considerable suma en la lotería. 

Las mujeres tienen un sentido del orden que desconcierta a los hombres. Es lo que podemos llamar un orden caótico y natural, que siempre termina por reestablecerse de un caos aparente. Es un orden que podríamos llamar «biológico», pero de ninguna manera lógico. No es un orden basado en teoremas o ecuaciones matemáticas; ni en estadísticas sociales ni en normas del Derecho. Cuando una mujer cruza un semáforo en rojo lo hace porque se lo ordena su peculiar sentido del orden, dinámico y vital. Si espera a que se vuelva verde estaría observando un orden estático, similar al de la gravitación universal, basado en leyes que resultan del movimiento inercial de las cosas muertas, pero no es el orden que observan las cosas vivas. Si las mujeres son aparentemente caóticas es porque respetan un orden interior y femenino, superior al orden convencional y masculino. Supongo que a la larga también los hombres tenderemos a este tipo de orden natural, para olvidarnos del antinatural que nos hemos impuesto, y que no funciona sin la consiguiente represión. En este sentido las mujeres son todas anarquistas sin pararse a demostrarlo con argumentos históricos. Ellas saben perfectamente lo que es la anarquía desde que tienen uso de razón y ni siquiera los duros años de escuela y universidad consiguen doblegarlas de seguir siendo anarquistas. Pero se trata de un anarquismo también   natural y no teórico o cultural, por esa razón su anarquismo tiene unas normas estrictas, que aplican con extremo rigor. 

Las mujeres consideran la familia tan solo aquellas personas con alguna relación de sangre, pero no sus eventuales amantes o padres legalmente reconocidos de su descendencia. En realidad los maridos no son nunca parte de la familia, solo invitados de larga duración, a quienes se le permiten ciertas confianzas y libertades, pero sí son de la familia sus hermanas, primas o sus nietas. Los hombres del clan familiar son tolerados, atendidos y alimentados, pero no dejan de ser gente extraña, de otra condición humana, como si fueran accidentes de la naturaleza. Una madre que no pare hijas se siente a sí misma como si hubiera sido estéril; traicionada y abandonada por la naturaleza, pero eso no quiere decir que no críe y atienda a sus hijos varones con el mismo afecto y devoción que si hubieran sido hijas; eso está fuera de duda, la maternidad es generosa y tampoco razona. Los suegros son todavía más extraños que los maridos y los cuñados pasan completamente desapercibidos para las mujeres casadas. 

Otra curiosidad de las mujeres es que no son sociables, sino gregarias. No se asocian con nadie ni pertenecen a su propia sociedad estatal, pues no conciben la idea misma del Estado, invento genuinamente masculino. El único poder superior que rige su convivencia es la naturaleza misma y sus obligaciones de todo tipo. Su mundo se reduce a su hogar y fuera de él nada tiene sentido. Una mujer sin hogar es como un pájaro sin nido, algo simplemente inconcebible. Una mujer desde niña está atávicamente unida a la idea del hogar. Sus juegos infantiles consisten en recrear pequeños hogares, con comedor y cocina, pero todavía sin dormitorio. La idea que una mujer tiene del hogar consiste en un reducido espacio personal, cómodo y aseado, donde una madre pare y cría a su prole. El hogar no pertenece al padre ni a los hijos varones, estos sólo lo utilizan durante una determinada época de sus vidas, unos por comodidad y los otros por seguridad, pero su obsesión es abandonarlo cuanto antes, unos para ir al bar o al fútbol con los amigos y colegas y los otros para hacer de sus vidas lo que les venga en gana, hasta que otra mujer les utilice para crear su propio hogar. Así son las cosas para nosotros los hombres. 

Las mujeres más felices son aquellas que son capaces de resistir la presión del mundo de los hombres y siguen siendo fieles a su instinto y a su intuición, que a nosotros casi siempre nos parece irracional y absurdo; y las más infelices, que por lo general coincide con las más bellas y las mejor educadas, sin que esto quiera decir que ambas cualidades deban ir necesariamente juntas, sino todo lo contrario, son las que siguen las normas creadas por los hombres. Éstas viven sumidas en una tremenda esquizofrenia, y terminan convertidas en meros objetos sexuales o profesionales, o sumidas en profundas en irreversibles depresiones emocionales, además de padecer frecuentes ataques de nervios e histeria. No acaban de entender que ser mujer significa ser «distinta de los hombres», y por tanto negarse sistemáticamente a sus deseos, tanto en las relaciones sexuales como en las profesionales, y si no tienen más remedio que ceder, hacerles pagar un precio justo y equitativo, pues los hombres no concebimos que los intercambios, sean de lo que sean, deban hacerse sin poner valor a lo intercambiado, sea también lo que sea. 

Desde luego que la generosidad es también femenina. En este sentido he observado que probablemente sean las mujeres norteamericanas las más infelices del planeta, porque sus hogares no tienen carácter femenino sino masculino; es decir, en realidad son castillos profusamente amurallados. Las mujeres no pueden hacer su hogar encerrado entre unas murallas, de la misma manera que los pájaros no saben hacer sus nidos dentro de una jaula, sino en espacios abiertos y bien comunicados con los hogares de otras mujeres, a las que visitan y son visitadas con cierta frecuencia. Pero ya no sabría decir cuáles pueden ser las más felices, tal vez las de alguna isla de la Polinesia que conserve todavía alguna forma de matriarcado. Las mujeres de los países subdesarrollados no son felices por culpa de los atavismos culturales represivos contra ellas, de otro modo, a pesar de su pobreza, sería felices, pues, como ya he dicho, una mujer no necesita mucho para ser feliz, le basta con un hogar cómodo, tranquilo y aseado, y una prole sana y alegre, donde haya por lo menos un miembro de su propio sexo, y si puede ser también la madre, verdadero centro de gravedad de toda mujer normal. Con eso se conforman. Esta era la situación social y cultural que James Cook echó a perder cuando descubrió los matriarcados de Thaití, Samoa, Salomón y de otras islas paradisíacas de Oceanía, y que con su influencia se transformaron en los actuales patriarcados.

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