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Ser viejo sigue sin estar de moda

En Berlín circulan casi más andadores que bicicletas. Sí, esta ciudad tiene una enorme población de ancianos. Son el legado viviente de un pasado horrible y traumático, que todavía pesa confuso sobre sus conciencias y que lentamente se va evaporando, justo en la misma proporción en que se van muriendo. Cada anciano berlinés que muere es reemplazado por un joven emigrante polaco, ruso, checo, lituano, estoniano, letón o, incluso, cada vez con más frecuencia, español.

Los pequeños estudios que estaban amueblados con sillones de cretona floreados, con los brazos roídos por años de soledad y silencio, protegidos de la intimidad con visillos blancos y cubiertos de grandes alfombras de imitación persa, se han cambiado por muebles funcionales y baratos de Ikea y persianas regulables de Gradulux. Donde antes en el balcón había geranios ahora hay margaritas y lavandas. En los timbres y buzones aparecen nombre largos terminados en «esky», y uno se encuentra en el ascensor con jóvenes de rasgos eslavos que sonríen pero no te dan los buenos días, tal vez sea por temor a sus escasos conocimientos de alemán o su mala pronunciación. Si por alguna razón tienen que disculparse, se les escapa instintivamente un «Sorry!» ¡Berlín se rejuvenece!

Pues, señores, a pesar de que la vejez es por aquí tan popular aún no se ha puesto nunca moda. Y es que la vejez, digan lo que digan los vendedores de cruceros, es horrorosa y, además, molesta. Por muy compresivos que seamos, nos exasperamos cuando un viejo se atasca en la caja del supermercado porque no sabe dónde ha puesto el monedero. Todos tenemos en la mente la misma idea: que haya un cajero solo para viejos, donde puedan demorarse cuanto quieran.

En realidad la idea se hace extensible a todo lo demás: autobuses para viejos, aceras para viejos, calles donde circulen solo viejos, cafés para viejos, etc. En otras palabras, crear un gueto solo para viejos, con lo que nos libraríamos de su molesta y desagradable presencia. Obviamente se trata de una idea del subconsciente, para no atormentar nuestra conciencia.

Los hombres morimos antes que las mujeres porque envejecemos renegando de nuestra decrepitud, que encontramos humillante, inoportuna e injustificada. Pretendemos, ¡nada menos!, condenar a la misma naturaleza por injusta y cruel. Las mujeres lo llevan sin rencor, por eso viven más.

La vejez es fea y antiestética. La piel se reseca y se llena de oscuras manchas de pigmentación, las manos se descarnan, la carne se vuelve flácida y rugosa, la espalda se encorva, como si lleváramos una pesada piedra colgada del cuello, las piernas flojean como si fueran de goma, los dientes huyen de las encías, la vista se enturbia, los ojos se irritan, la nariz moquea. La respiración se vuelve insuficiente apenas hacemos el mínimo esfuerzo, el corazón no sigue un ritmo regular y constante. Surgen irregulares protuberancias de grasa, verrugas en el rostro, caspa en el poco cabello que nos queda, durezas en los pies, las articulaciones se resecan. Cualquier dolor nos alarma por temor a que sea causado por un tumor cancerígeno. Las arterias se vuelven de corcho y la tensión arterial se enloquece y se pone fuera de control,  la sangre parece de caramelo. Si nos olvidamos del número de nuestra cuenta del banco nos imaginamos que es un primer síntoma de Alzheimer. Siempre nos abrigamos más de la cuenta, y ya no nos quitamos la chaqueta o el chaleco hasta bien entrado el mes de agosto, y aún así, siempre la tenemos a mano. Dormimos 3 ó 4 horas a intervalos de una hora, y cogemos el sueño al amanecer, cuando despiertan los mirlos y los cuervos, el resto lo pasamos en vela, revolcándonos en la cama con la misma torpeza que las focas en la playa.

Tememos el invierno por la nieve y los hielos, la primavera por las alergias, el verano por las olas de calor, y solo nos queda el otoño como la estación más tolerable para la vejez. ¡Ojala todo el año fuera otoño! Los médicos nos tratan como enfermos imaginarios y nos recetan pastillas de lo que sea, con tal de que los dejemos tranquilos, y tal vez lleven razón.

Pero no solo se degrada el cuerpo, también se envejece el alma. Si no ponemos atención se nos desvanece la imaginación y dejamos de soñar, y si no soñamos no podemos ser felices. De hecho pocos viejos son felices. Solo los creyentes lo son, porque sueñan ya con que se rejuvenecerán automáticamente cuando lleguen al Paraíso celestial. Pero la mayoría somos descreídos y nos volvemos cínicos, socarrones y demagogos. Lo que nos pasa es que nos da coraje que el mundo no se acabe con nosotros, lo que es de un egoísmo bíblico, por eso todo lo vemos de color negro, catastrófico y apocalíptico; en otras palabras, nos volvemos paranoicos y esquizofrénicos, y lo peor es que disfrutamos maliciosamente con ello.

Pero ¿y la mente? Ese prodigio de la naturaleza humana se apaga lentamente. Primero nos olvidamos del nombre de nuestros amigos de la infancia, luego de los artistas favoritos de la adolescencia, después no recordamos el título de la película que más nos habían impresionado en nuestra juventud, casi inmediatamente dejamos de retener en la memoria las frases célebres de aquellos autores más admirados, y, finalmente, un buen día alguien nos pide nuestro número de teléfono y nos damos cuenta que no podemos recordar los tres o cuatro últimos números. Entonces es cuando nos alarmamos verdaderamente.

Pero no solo se evaporan lentamente los recuerdos, buenos o malos, sino que se enreda nuestra capacidad de manejar las ideas con lógica. La realidad se nos hace confusa e imprecisa, porque estamos dominados por las sensaciones dolorosas y las impresiones tristes y nos faltan las necesarias emociones felices, que son el estímulo de la mente. Lo que sucede es que ya nos alcanza la sombra tenebrosa de la muerte, y empezamos a dedicar más tiempo del necesario a este pensamiento. Morir es un estado difícil de concebir, porque nadie puede aceptar que pueda haber un fin irreversible, sin que podamos tener una segunda oportunidad. Por otro lado la sola idea de vernos reducidos a un cadáver putrefacto devorado por los gusanos aterra nuestra imaginación. Sin embargo, como es irremediable terminamos por resignarnos, pensando lo menos posible en ella y que suceda cuando le venga en gana. No solo eso sino que nos hacemos los valientes cuando surge el tema en una conversación:

—¿Por qué dramatizar si es inevitable? —fanfarroneamos.

Finalmente lo que nos angustia no es morir, sino morir bien, sin agonías prolongadas o dolores insoportables. Morir como al parecer mueren los gorriones, que cuando presienten su muerte se encierran en algún recóndito escondrijo y se dejan morir allí de hambre, por eso nunca vemos los cadáveres de los gorriones muertos. Lamentablemente por nuestra confusa ética social nos empeñamos en prolongar inútilmente la vida de un anciano moribundo, mientras dejamos morir de hambre a millones de niños en todo el mundo. ¡Así somos los humanos de contradictorios!

 

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